Evangelización

Milagros de la Virgen María y naturaleza: ‘el sol bailó’, nevadas, flores…

Con ocasión de las más conocidas apariciones de la Virgen María, se han sucedido hechos inexplicables, milagrosos, relacionados con la naturaleza. El ‘baile del sol’ en Fátima, las flores en invierno en el Tepeyac (Guadalupe), o la nevada del 5 de agosto del 358 en Roma.

Francisco Otamendi·14 de agosto de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
Centenario Virgen de Fátima, 2017

Procesión con la Virgen de Fátima a la que asistieron miles de fieles, en los actos del centenario de las apariciones (2017).

A lo largo de la historia de la Iglesia, algunas apariciones de la Virgen María han quedado asociadas a hechos extraordinarios que, en el lenguaje popular, suelen recibir el nombre de ‘milagros de la Virgen’, y están ligados a fenómenos de la naturaleza.

En ocasiones se aprecia cierta reticencia a emplear el término “milagros”, incluso en el lenguaje eclesial. Sin embargo, los milagros de Jesús relatados en los Evangelios fueron realmente numerosos. 

Basta leer, ya en el capítulo 8 de san Mateo, los tres primeros que cita el evangelista: las curaciones de un leproso, de un criado del centurión y de la suegra de Pedro. Antes tuvieron lugar la conversión del agua en vino en las bodas de Caná y la pesca milagrosa, y luego la multiplicación de los panes y peces, la resurrección de Lázaro, y un largo etcétera.

Con el milagro de las bodas de Caná (magnífico el capítulo de The Chosen sobre el tema), que san Juan relata al comenzar el cap. 2, comienza la manifestación de la gloria del Hijo de Dios. “En Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos (milagros) con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él”, escribe san Juan. Y ahí estaba su Madre, María Santísima, colaborando en la obra salvífica de Jesús.

Los acontecimientos extraordinarios sucedidos con motivo de apariciones de la Virgen María, no han sido declarados formalmente como milagros por la Iglesia, pero podemos anotar algún hecho común a varios de ellos: tienen que ver con la naturaleza, con el sol, la nieve, las flores…. Veamos con brevedad algunos de ellos.

El Papa León XIV a la salida de Santa María la Mayor en Roma (Foto: CNS/Vatican Media).

La nieve de agosto de Santa María la Mayor en Roma

Uno de los relatos marianos más antiguos de este género se sitúa en Roma, en el siglo IV. Así lo ha contado Gerardo Ferrara.

“Según la tradición, la fundación de Santa María la Mayor parte de un sueño y llega a una nevada, algo ya de por sí raro en Roma, y encima en el mes de agosto, en el año 358, bajo el pontificado del papa Liberio (por eso la basílica también es llamada “liberiana”). La Virgen se apareció en sueños simultáneamente al Papa y a un patricio romano llamado Juan, ordenándoles construir una iglesia en el lugar donde, al día siguiente, encontraran nieve. Y la mañana del 5 de agosto, en la Colina del Esquilino, una de las siete colinas de Roma, la nieve estaba allí de verdad.

El recuerdo de la nieve de agosto pervive aún hoy en una celebración: cada 5 de agosto, en la basílica se conmemora a la “Virgen de las Nieves”, con una lluvia de pétalos blancos que cae desde lo alto de la cúpula durante la misa, similar a la de pétalos rojos en el Panteón en Pentecostés”.

Fátima: el sol que “bailó” en 1917

Quizá ningún otro fenómeno relacionado con una aparición mariana haya alcanzado tanta notoriedad como el llamado ‘milagro del sol’ de Fátima. El 13 de octubre de 1917, durante la última de las apariciones de Nuestra Señora a los tres pastorcillos —Lucía dos Santos y sus primos Francisco y Jacinta Marto, ahora canonizados—, se congregó en la Cova da Iria una multitud que el Santuario de Fátima estima entre 50.000 y 70.000 personas.

Lucía había anunciado que aquel día se produciría un signo. Tras la aparición, se produjo el fenómeno que posteriormente sería conocido como la ‘danza’ o el ‘baile del sol’. El relato del periódico portugués O Século, publicado el 15 de octubre de 1917, describe cómo el sol pareció temblar y realizar movimientos bruscos que los observadores consideraron extraordinarios. El propio Santuario de Fátima reproduce el testimonio de la época y cifra en unas 70.000 las personas presentes.

Manuel Fernando Sousa e Silva menciona, entre otras cuestiones, el nombre del firmante: el periodista Avelino de Almeida, no creyente, en su libro de Homo Legens titulado ‘Los pastorcitos de Fátima’. Y  recoge testimonios de científicos que acudieron al lugar. Ricardo Cardoso ha explicado en Omnes aspectos relevantes sobre estas apariciones, basadas en las narraciones de Sor Lucia (‘Memorias de la Hermana Lucía).  

El fenómeno solar, unido al mensaje de la Nuestra Señora

Podría afirmarse que, en Fátima, el signo, el fenómeno solar, estaba unido al mensaje de la Virgen: oración, conversión y penitencia, y de manera muy especial el rezo cotidiano del Rosario. 

Es significativo que el fenómeno fuera observado por una multitud. Precisamente esa circunstancia explica buena parte de la repercusión histórica de Fátima. Y sobre todo, el hecho de que Nuestra Señora había prometida repetidas veces que en octubre haría un milagro para que todos creyeran en la autenticidad de las apariciones, escribe Sousa.

La Virgen de Guadalupe se aparece al indígena san Juan Diego (Wikimedia commons).

Guadalupe: las flores de diciembre y la imagen en la tilma

Según la tradición guadalupana, en diciembre de 1531 la Virgen María se apareció varias veces al indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin, hoy canonizado, en el cerro del Tepeyac (México). En esas apariciones, la Virgen le pidió que fuera a ver al obispo fray Juan de Zumárraga para solicitarle la construcción de un templo en ese lugar, y transmitir su mensaje de amor. El obispo pidió una señal como prueba de la autenticidad del mensaje.

En la siguiente aparición, nuestra Madre Santa María de Guadalupe indicó a Juan Diego que cortara rosas de Castilla que milagrosamente florecieron en el Tepeyac —algo imposible en ese tiempo, diciembre, y lugar— y que las llevara al obispo envueltas en su tilma. 

Al desplegarla ante fray Juan de Zumárraga, cayeron las flores y quedó impresa de manera prodigiosa la imagen de la Virgen María en la tilma de Juan Diego, revelando su rostro y figura. Ante este signo, el obispo creyó y mandó edificar el templo solicitado, dando origen a la profunda devoción uadalupana en México, en toda América, y en el mundo. 

Por otra parte, existen numerosos hechos, al menos nueve, que los expertos han concluido como inexplicables científicamente, al analizar el ayate o tilma del indígena Juan Diego, con la imagen impresa de la Señora. Estas conclusiones versan sobre la propia tilma y, sobre todo, acerca de los ojos de Nuestra Señora.

Lourdes: la fuente que brotó de la roca

En Lourdes, el 11 de febrero de 1858, la Virgen se apareció por primera vez a Bernadette Soubirous en la gruta de Massabielle. Las apariciones se prolongaron hasta el 16 de julio y fueron dieciocho en total. En 1862, el obispo de Tarbes, monseñor Bertrand-Sévère Laurence, reconoció oficialmente la autenticidad de las apariciones después de un proceso de investigación.

Uno de los momentos decisivos tuvo lugar el 25 de febrero. Según el testimonio de Bernadette, la Señora le indicó que bebiera y se lavara en un lugar de la gruta. La joven excavó con sus manos en el suelo y comenzó a brotar agua. Aquella fuente se convirtió después en uno de los signos característicos de Lourdes y en el origen del agua utilizada por los peregrinos.

Las curaciones

Lourdes presenta una característica excepcional: las curaciones. Desde las apariciones se han comunicado miles de casos de personas que aseguran haber recuperado la salud después de acudir al santuario. Para estudiarlos se creó en 1883 la Oficina de Constataciones Médicas, precisamente con el propósito de someter las supuestas curaciones a una investigación médica rigurosa y colegiada.

La prudencia es importante. No toda curación producida en Lourdes es considerada milagrosa por la Iglesia. El Santuario señala actualmente más de 7.000 casos de curación registrados y 70 reconocidos como milagrosos por la Iglesia. El procedimiento exige que los médicos determinen que la curación no puede explicarse por los conocimientos médicos disponibles y que reúna las características exigidas para considerarla extraordinaria, duradera y completa. Después corresponde a la autoridad eclesiástica competente pronunciarse sobre su carácter milagroso.

El autorFrancisco Otamendi

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