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“Si León XIII abordó la ‘cuestión obrera’, León XIV intenta abordar la ‘cuestión tecnológica’”

El historiador Onésimo Díaz estudia la evolución de la Iglesia, y su preocupación por la dignidad de la persona en los últimos 150 años.

Jose Maria Navalpotro·5 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
Onésimo Díaz

Han pasado 150 años desde el último Papa llamado León, el 13º de los que llevaban ese nombre. El año pasado, el cardenal Robert Prevost volvía a tomar ese nombre, para convertirse en León XIV. ¿En qué ha cambiado la Iglesia desde el anterior al actual? ¿Cuál ha sido la evolución de la Iglesia en este siglo y medio de cambios?

El historiador Onésimo Díaz (Madrid, 1966), profesor de la Universidad de Navarra y de su Master de Cristianismo y Cultura Contemporánea, es autor libros como Historia, cultura y cristianismo (1870-2020), Mujeres protagonistas del siglo XX, Expansión: El desarrollo del Opus Dei entre los años 1940 y 1945, o  Florentino Pérez Embid: Una biografía. Ahora  pasa revista a la evolución de la Iglesia en la historia reciente en un título que acaba de publicar en Sekotia: De León XIII a León XIV.

¿Se puede decir que en los últimos 150 años hemos pasado de una Iglesia un tanto anclada en el pasado a una más moderna? ¿A quién se debe el cambio? 

-Sí, puede afirmarse que la Iglesia católica ha experimentado una profunda transformación desde finales del siglo XIX hasta hoy. En el pontificado de León XIII comenzó ya una apertura hacia los problemas del mundo contemporáneo, especialmente con la encíclica Rerum novarum (1891), que abordó la cuestión obrera y sentó las bases de la Doctrina Social de la Iglesia.

Sin embargo, el gran punto de inflexión fue el Concilio Vaticano II, impulsado por Juan XXIII y continuado por Pablo VI. El Concilio supuso una actualización (“aggiornamento”) de la Iglesia: una nueva relación con el mundo moderno, mayor protagonismo de los laicos, apertura ecuménica y una renovación litúrgica y pastoral. 

No obstante, el cambio no depende solo del Vaticano II. También han influido pontífices posteriores como Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, cada uno respondiendo a desafíos distintos de su tiempo.

¿Qué hay en común entre la época de León XIII y la de León XIV?

-Ambas están marcadas por cambios tecnológicos, sociales y culturales muy profundos. León XIII vivió el impacto de la revolución industrial, el auge del capitalismo moderno y la cuestión obrera. León XIV afronta la revolución digital, la inteligencia artificial, la globalización y una creciente secularización.

En ambos casos, la Iglesia se encuentra ante el reto de dialogar con un mundo en transformación acelerada sin renunciar a su identidad. Conviene subrayar precisamente esa continuidad histórica: los papas de la Edad Contemporánea, especialmente desde León XIII a León XVI, intentan leer “los signos de los tiempos” y ofrecer una orientación moral y espiritual en medio de grandes cambios históricos.

Y en cuanto a los desafíos para la Iglesia, ¿son los mismos?

-Algunos desafíos son semejantes, aunque se presentan de manera distinta. La relación entre fe y modernidad, la cuestión social, las desigualdades económicas o la pérdida de influencia religiosa ya estaban presentes en tiempos de León XIII. Sin embargo, hoy aparecen nuevos problemas: la cultura digital, la inteligencia artificial, la crisis antropológica, el relativismo moral, la soledad social o la fragmentación cultural. Además, la secularización en Europa es mucho más intensa que hace un siglo.

Podría decirse que el fondo del desafío es el mismo —cómo evangelizar en un mundo cambiante—, pero los contextos históricos son muy distintos.

Al repasar la historia contemporánea de la Iglesia, ¿cuál cree que es su aportación más importante a la sociedad? 

-Probablemente la defensa de la dignidad de la persona humana sea una de las mayores aportaciones de la Iglesia contemporánea. Desde la Doctrina Social de la Iglesia iniciada con Rerum novarum hasta las encíclicas sociales de los siglo XX y XXI, la Iglesia ha defendido los derechos de los trabajadores, la justicia social, la paz, la libertad religiosa y la centralidad de la persona frente a ideologías totalitarias o modelos económicos deshumanizadores.

Conviene destacar también el papel de la Iglesia en la promoción educativa, sanitaria y asistencial, así como su contribución intelectual y moral en debates sobre derechos humanos, bioética y solidaridad internacional.

La Iglesia y la guerra

En estos años ha habido numerosos conflictos bélicos. ¿La Iglesia ha mantenido igual postura siempre frente a las guerras? La posición de León XIV en la guerra de Estados Unidos contra Irán, ¿es coherente con esa línea?

-La postura de la Iglesia ha evolucionado históricamente, aunque mantiene principios permanentes: defensa de la paz, protección de la vida humana y búsqueda de soluciones diplomáticas. 

Tradicionalmente existió la teoría de la “guerra justa”, desarrollada desde Santo Tomás de Aquino, pero tras las guerras mundiales del siglo XX los papas han mostrado una posición cada vez más crítica hacia los conflictos armados. En su primera encíclica, Magnifica humanitas, el Papa se cuestiona la existencia de la “guerra justa”, salvo en caso de defensa propia y en pocos casos más. Pontífices como Benedicto XV durante la Primera Guerra Mundial, Pío XII durante la Segunda, Juan XXIII con Pacem in terris, o Francisco insistieron en el diálogo y la mediación.

En ese sentido, la postura prudente y pacificadora de León XIV ante el conflicto entre Estados Unidos e Irán resulta coherente con la línea seguida por los papas contemporáneos: evitar la escalada bélica, defender la diplomacia y recordar las consecuencias humanas de la guerra.

En estos años, la Iglesia ha ido perdiendo peso político. ¿Esto ha significado mayor libertad para la propia Iglesia?

-En parte sí. La pérdida de poder político e institucional ha supuesto también una mayor independencia respecto a gobiernos e intereses estatales. La Iglesia contemporánea, especialmente tras el Concilio Vaticano II, ha tendido a distinguir más claramente entre misión religiosa y poder político.

Eso le permite actuar con mayor libertad moral y centrarse más en su dimensión espiritual y social. Sin embargo, también ha supuesto menor capacidad de influencia directa en la legislación y en la vida pública, especialmente en sociedades secularizadas. En definitiva, la Iglesia ha aprendido a desenvolverse en contextos democráticos y plurales donde ya no ocupa una posición hegemónica, pero puede seguir influyendo mediante la persuasión moral y el testimonio.

¿Podría compararse León XIII con la proclamación de la Doctrina Social de la Iglesia, y León XIV con su magisterio sobre la IA y el mundo digital?

-Sí, es una comparación plausible. León XIII afrontó la gran transformación de la revolución industrial y respondió ofreciendo criterios éticos sobre el trabajo, el capital y la cuestión social. Su doctrina social buscó orientar moralmente un mundo nuevo.

De modo semejante, León XIV parece querer afrontar los desafíos de la revolución digital y de la inteligencia artificial. Así como León XIII abordó la “cuestión obrera”, León XIV intenta abordar la “cuestión tecnológica”: cómo preservar la dignidad humana, la libertad y la responsabilidad moral en un contexto dominado por algoritmos, automatización y poder tecnológico. En ambos casos, la Iglesia trata de ofrecer principios éticos para orientar cambios históricos de enorme alcance.

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