Avanzando en los textos del Evangelio de san Juan, nos encontramos muchas veces con el “yo soy” en muchas partes del Evangelio, pero me quería fijar en “La vid y los sarmientos” (15, 1-11) un texto que parece corto pero que tiene mucho significado de la identidad de Jesús.
Me parece interesante abordar este texto porque trae consigo una imagen muy sencilla, pero con un profundo significado sobre la unión con la persona de Jesús. Además de esto, ofrece una visión de la Iglesia como unión y cuerpo místico de Cristo, donde el cuerpo está perfectamente unido con su cabeza.
Una imagen sencilla de lo común trae consigo un significado de naturaleza muy práctica. Lo vemos en una vid, donde la rama que no se aferra a ella, muere. Esto se aprecia especialmente en la cultura mediterránea, donde se pueden observar los sarmientos perfectamente unidos entre sí.
La cita mencionada es, además, un mensaje y un discurso previo a la pasión de Jesús y a su oración sacerdotal. Su objetivo es exhortar a mantener la unión con Cristo aun en las dificultades venideras para no secarse; porque, aunque la vid parezca morir, los sarmientos siguen unidos a ella.
Este tipo de discursos son frecuentes en el Evangelio de Juan. Aquí se sitúa en el contexto de la Última Cena, formando parte de las palabras que Jesús dirige abiertamente a sus discípulos. No narra historias ni parábolas, sino que utiliza un lenguaje de afirmaciones sobre su propia persona. Enseña con autoridad, habla en primera persona y se dirige a los demás con la clara intención de que aprendan algo nuevo, girando siempre en torno a su figura y a la permanencia de los discípulos en Él. En definitiva, este fragmento forma parte de los discursos de despedida de Jesús.
Vs 1-2
“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto”
Cristo comienza con una alegoría presentándose como la “vid verdadera” (αληθινή) donde verdadero puede significar auténtico, real. Que se contrapone a algo degenerado, falso o vulgar. Por lo tanto está enseñando con una intención clara, un lenguaje sencillo y hablando por entero de su persona y de la relación con el Padre. El lugar que le aporta al Padre es el del “labrador” (γεωργός) y se entiende que Cristo interviene en los sarmientos, pero el Padre es el que tiene el gobierno sobre la viña, mostrando además que hay una relación entre el Padre y el Hijo.
Vs 3-5
“Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada”
La “limpieza” que ofrece Cristo por su palabra purifica lo que hace impuro al hombre. Su predicación logra limpiar y purificar, tal como le dice a san Pedro: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios” (Jn 13,10). La pureza que da el conocer a Cristo permite unirse a su persona con un corazón limpio, y el permanecer en la vid garantiza un fruto abundante: “La verdadera Vid es Cristo, que comunica la savia y la fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que por medio de la Iglesia estamos vinculados a Él, sin el cual nada podemos hacer” (“Lumen Gentium”, 6).
Vs 6-7
“Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos”.
El verbo “permanecer” (μένω), aparece muchas veces en este Evangelio y se muestra como algo fundamental: permanecer en Cristo evita secarse y caer en las llamas. Después de todo, el sarmiento por sí mismo no puede subsistir, sino que necesita obligatoriamente de la vid. Es Cristo quien garantiza esta vida eterna. En cuanto al fuego, lo encontramos también en Lucas (3, 9) y en 1 Cor 3, 13: “la obra de cada cual quedará patente, la mostrará el día, porque se revelará con fuego. Y el fuego comprobará la calidad de la obra de cada cual”.
Ahora bien, entendemos el fuego como dos vías: una es la purificación para entrar a ver a Dios, y la otra es la condenación eterna. Dios trata al hombre con libertad; por lo tanto, cuando el hombre rechaza completamente ese amor divino, en ese mismo instante muere por no haber creído en Él. El ser humano puede cerrarse a ese amor infinito, lo cual trae consigo el desligarse de la vid, secarse y terminar en el fuego. El otro fuego se refiere a aquel que, aun permaneciendo en la vid, todavía tiende al pecado y lo posee; aquí aparece “la purificación”, necesaria para entrar a ver al Señor tal cual es.
Mientras que el sarmiento ya seco no subsiste porque no recibe vida, el fuego purificador tiene el poder de mostrar todo lo que el sarmiento tiene en su interior, manifestando el fruto tal cual es. De este modo, todo lo que traiga impureza se quemará y lo que no sirva para la vida eterna, morirá. Así, entendemos el fuego tanto como juicio cuanto como purificación: un fuego netamente divino.
Vs 8-11
“Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté con vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.
El dar fruto se interpreta como la consecuencia natural de la unión con Cristo, pero también como la evangelización de aquello que se ha recibido gratuitamente. El texto vuelve a mencionar al Padre y su unión con el Hijo; una relación en la que el Padre ejerce el gobierno y consuma la separación de los sarmientos malos de la vid. De igual forma, Él se encarga de podar y purificar aquellos que sí dan fruto, para que puedan dar el mayor rendimiento posible. Aquí Jesús se presenta como el camino al Padre, donde nosotros daremos gloria al Padre mostrando nuestra fidelidad al Hijo a través de las obras, permaneciendo en el amor y guardando los mandamientos para, así, poder llegar a la plenitud con Él.
Este Evangelio ocupa el lugar de los discursos de despedida, que vienen antes de la pasión, antes de la ley del amor y después de la promesa del Espíritu Santo. Viene después de la Última Cena, por lo tanto es de las últimas enseñanzas de Jesús. Aporta la relación íntima con Jesús, un preámbulo a la dispersión por el prendimiento de Jesús.
El dar fruto lo encontramos también en el Evangelio de Mateo: ‘El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego’ (7, 19). Una conexión importante se halla en los versículos que vienen luego de este pasaje, donde se menciona el mandamiento del amor como el principal de la ley. Permanecer en Cristo es amarlo a Él a través del amor a los hermanos. Ahora bien, en la cuestión del juicio, encontramos que se examinarán las acciones que brotan de la unión con Cristo y del amor al prójimo. Esto lo vemos claramente en Mateo 25, 31-46, cuando habla de las ovejas y las cabras, y de la separación de lo bueno y lo malo. En definitiva, la acción del amor al Padre y la unión con el Hijo traen consigo, necesariamente, la caridad.
“Yo soy”
El «Yo soy» es una de las expresiones más importantes utilizadas por Jesús y aparece en distintos lugares de los Evangelios, destacando la relevancia que Él le da al comparar su persona con elementos de la vida cotidiana. Este «Yo soy» se puede interpretar de dos maneras: aquel que va acompañado de un predicado y otro que se presenta de forma autónoma, como una frase sin necesidad de complemento.
En ocho ocasiones se expresa de modo absoluto el «Yo soy», como por ejemplo: «Soy yo, no temáis» (6, 19-20); «si no creéis que yo soy» (8, 24); «conoceréis que yo soy» (8, 28); «antes de que Abrahán naciese, yo soy» (8, 58); «creáis que yo soy» (13, 19); u «Os he dicho que yo soy» (18, 8). Esta fórmula del «Yo soy» (Εγώ είμι ) la encontramos en Éxodo 3, 14, cuando Dios se revela a Moisés en la zarza ardiente. Así, la revelación del ser de Jesús como «el que es» establece en sí misma una alusión a su condición divina; aunque no lo especifique literalmente como un «Yo soy Dios», ya que el reconocimiento de esto último nace de un acto de fe.
Por otro lado, en trece ocasiones Jesús le agrega un predicado al «Yo soy»: «El pan de vida» (6, 35); «La luz del mundo» (8, 12); «La puerta» (10, 7); «El buen pastor» (10, 11); «La resurrección y la vida» (11, 25); «El camino, la verdad y la vida» (14, 6); y «La vid» (15, 1.5). Respecto a esta última, tradicionalmente se ha hablado de Israel como la viña, tal como aparece en Isaías 5, 7: «La viña del Señor del universo es la casa de Israel». Sin embargo, ahora la vid verdadera es Cristo, quien acoge a los que escuchan su palabra y los introduce en un vínculo de amor con el Padre y el Espíritu Santo.
Amor
Permanecer en el amor de Dios y, de este modo, dar gloria al Padre: la unión con Cristo garantiza la comunión y el culto al Padre, dador de toda justicia. Dado que la misión de Cristo es dar gloria al Padre, la permanencia en el amor divino conduce necesariamente a los frutos que de Él nacen. Así, unidos a Él y amados por Él, los discípulos no necesitan más que permanecer para dar ‘mucho fruto’. En consonancia con esto, en el Evangelio de Mateo encontramos que entra en el Reino de los Cielos aquel que hace la voluntad del Padre (7, 21).
El amor (la caridad) es la esencia misma con la que san Juan define a Dios (cfr. 1 Jn 4, 8), el cual es revelado por Jesús y comunicado por el Espíritu Santo. El amor en el cual Cristo menciona que se debe permanecer es el amor del Padre como providencia. Esto trae consigo la alegría de saberse amado por Dios y de permanecer en Él. Cristo ama a sus discípulos y ansía que el amor del Padre llegue a todos ellos; ama de manera sobrenatural y, de esta forma, el Enviado se cumple y se alegra al ver que su misión de dar gloria al Padre se va realizando.
Permanecer
Aunque “permanecer” parece un verbo ordinario, Juan lo usa 40 veces y le otorga una clara connotación de comunidad cristiana. Es importante anotar que en el capítulo anterior Jesús da un discurso que se interrumpe con la orden de partir hacia Getsemaní, y la acción no se reanuda sino hasta el capítulo 17. Por tanto, los capítulos 15 y 16 parecen estar en una relación extraña con el resto del texto, ya que la secuencia no concuerda al no especificarse dónde se encuentra Jesús en ese momento. Existen varias explicaciones teológicas al respecto: una de ellas sugiere que Jesús habría continuado los discursos sobre la marcha, hipótesis que no tiene mucha fuerza dado que 86 versículos resultan demasiado extensos para un trayecto a pie.
Más bien, podría tratarse de una adición posterior por parte del autor o de sus discípulos, quienes pudieron haber insertado estas palabras sobre la permanencia en Cristo en una situación concreta de la comunidad. Esto cobra sentido especialmente al considerar el contexto de la primera Iglesia, ya que la permanencia en Cristo se interpreta también a la luz de una eclesiología que explicaré posteriormente.
Permanecer en Cristo no implica solamente una unión de palabra, sino que trae consigo las obras. El “Yo soy”, que por la fe se reconoce como un “Yo soy Dios”, fundamenta así una fe que conduce necesariamente a las obras (cfr. Sant 2,17). En conclusión, la permanencia lleva a la acción, pero no se limita a una dimensión individual, sino que se vive en comunidad; y es aquí donde entramos en una nueva cuestión.
La eclesiología en la vid
Es verdad que el término ekklesía (iglesia) no aparece en ninguna parte del Evangelio de san Juan; tampoco se encuentra en Marcos ni en Lucas, mientras que en el de Mateo sí. En el cuarto Evangelio, el discipulado se plantea bajo la categoría de la “permanencia” más que bajo la del “seguimiento”. Si bien es cierto que la permanencia de cada fiel en la vid es totalmente personal —en tanto que cada uno se une íntimamente a Cristo—, esta realidad se vive dentro de una comunidad que acepta el mandato de “que os améis unos a otros” (15, 12). Esto evidencia la existencia de una comunidad unida en lo común, donde cada miembro, desde su propia realidad, se adhiere a la misma vid.
Cristo muestra al Padre, la Iglesia como cuerpo místico de Cristo prolonga esa permanencia con Cristo para dar gloria al Padre y salvar las almas. El Concilio Vaticano II, en “Lumen Gentium” establece: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios” (1)
Aunque la comunidad que Juan presenta en su Evangelio no se asimila a lo que hoy en día definimos institucionalmente como el círculo católico, posee una profunda identidad. Mientras que Mateo (21, 42) habla en su Evangelio de la piedra angular presentando a Cristo como fundamento, Juan utiliza la figura de la vid para mostrar que Jesús no es simplemente el iniciador de un movimiento, sino Aquel por el cual se genera la vida misma de la comunidad. Jesús y el Padre son uno; por lo tanto, el mandato de Dios se hace realidad en la persona de Jesús como principio de unidad. Bajo esta perspectiva, el acceso al Reino de Dios no consiste en entrar a un espacio geográfico, sino en la adhesión vital a Jesús.
Juan no establece una comunidad con diferentes carismas, aunque podríamos interpretar en la vid y los sarmientos, con el tallo, las ramas, las hojas, algo parecido a lo que dice san Pablo con la comparación del cuerpo (Cfr. 1Cor 18). Esto podría significar que hubo diferentes carismas en la Iglesia, lo que se ve en Juan, quien por ejemplo no menciona el término “apóstol”. Solo menciona el “discípulo”, el término que se puede aplicar a todo seguidor de Jesús sin necesidad de tener un encargo concreto.
Por lo tanto Juan da importancia al hecho de la unión con Cristo por el bautismo, no por su tarea concreta. Es más bien por el hecho de la salvación más que un cargo o una jerarquía. Aunque esta unión se puede interpretar en primer lugar como una relación individual con Cristo, necesariamente conduce a una dimensión comunitaria; por lo tanto, lo único esencial debe ser el amor al Señor vivido en comunión. En la Iglesia, concebida como cuerpo de Cristo, la relación personal con Dios —aun desarrollándose en el seno de la comunidad— se tiene que manifestar visiblemente a través de las obras.
La vid
Aunque ya hemos hablado de la vid, esta posee también un profundo trasfondo eucarístico. Así como Cristo establece un anticipo de la Última Cena al hablar del pan del cielo donde entregará su cuerpo (cfr. Jn 6, 35), de la vid también se puede hablar como el fruto del cual nace el vino que Él nos regala. Jesús trae consigo su amor llevado al extremo mediante la entrega: Él bebe el cáliz de la pasión, que es el vino reservado para la cena nupcial de Dios con los hombres. Por lo tanto, el fruto que deben dar los sarmientos unidos a la vid es la entrega máxima, a ejemplo del mismo Cristo, a través de acciones que reflejen lo expresado por san Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).
Estos frutos son difíciles de dar y conllevan sufrimiento. En la realidad de la naturaleza, los sarmientos no permanecen en un estado estático de crecimiento, sino que padecen las inclemencias del tiempo, las plagas y la lluvia; de igual manera, los sufrimientos humanos cobran un sentido pleno en una visión cristiana a la luz de Aquel que dio la vida por nosotros.
La vid se purifica constantemente, se poda para que dé fruto, la purificación y el fruto van intrínsecamente unidos, solo a través de la purificación podemos dar el fruto que el Señor quiere que todo esto tenga desde el centro de la vida cristiana que es la Eucaristía. Perseverar en la vid es difícil, no es un simple hecho de un instante o una emoción. Perp el permanecer trae consigo la alegría: el Espíritu Santo.
La unión en una base sólida es importante en todos los aspectos, no solo en la eclesiología, sino también en los ámbitos civiles. La unión es un factor importante, el tener un motivo contrapone así toda desunión que trae el riesgo de secarse.
La persona de hoy se cree autosuficiente, busca en sí un abastecimiento que no logra por sus propios medios, pero lo que sí necesita es el reconocimiento de los otros, más bien secarse por dentro y mostrar salud por fuera. La comunicación es importante entre un sistema, las raíces dan alimento a los sarmientos, pero no es buscar un estar en el centro, sino hacer que el centro se vea por sus frutos. En el sentido eclesial creo que tiene mucha relevancia, no es mostrar otra cosa que a Jesús, pero creo a veces se trastorna eso, mostrando ideas diferentes de la unión con Cristo.
No somos entes aislados, en la relación se conoce al otro. Esa unión en un mismo tronco nos hace iguales ante los ojos del labrador, pues eso tiene mucha importancia en un mundo donde la separación entre los sarmientos parece evidente, y eso es fruto del mal. Es esencial también tener una coherencia entre lo que uno cree y lo que quiere vivir, lo cual es una invitación a analizar nuestra alma y ver en qué raíz estoy inmerso.
En la Iglesia, nuestro tronco es Cristo, quien actúa como cabeza del cuerpo que somos nosotros. Por ello, es fundamental que el amor fraterno no se viva de un modo distinto al cumplimiento del mandato del Señor. Esto resalta la importancia de la comunidad, donde cada miembro, con su propio carisma, ideas y aportaciones, manifiesta de forma visible lo que puede obrar el Espíritu Santo. No se trata de luchar por ideales particulares o de permitir que la fe se convierta en una ideología, sino más bien de recordar que, como cuerpo de Cristo, debemos mantenernos unidos a Él. Esta unión no es algo externo, sino que exige que cada uno abra el corazón conforme el Espíritu le inspire.
La vid y los sarmientos, que traen luego el mandamiento del amor, son un recordatorio de que todos somos hijos de Dios, de un Padre que nos hace hermanos y que nos santifica por el Espíritu, sin importar de dónde vengamos. Por el Bautismo todos somos los sarmientos que queremos estar unidos a la vid, para dar gloria al Padre que está en los cielos.





