Ecología integral

Yo le vi morir

La solución ante el panorama actual de nuestra sociedad no puede ser la vía rápida de la eutanasia; debe ser la inversión prioritaria en cuidados paliativos que dignifiquen la vida de tantas personas en situación de gran fragilidad y vulnerabilidad.

Eloy Asenjo Carpintero·3 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
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Pepe era un hombre vital, un brillante profesional de la Administración Pública, amante de la música, el acordeón y la caza con su perra Perla. A pesar de un historial clínico adverso —que incluía temblor esencial, cirugías cardíacas y las secuelas de varios cánceres que le obligaban a estar sondado—, siempre mantuvo la sonrisa y una vida normal, guiada por su firme terquedad maña. Sin embargo, en septiembre de 2024, el cáncer regresó. Ante un pronóstico hospitalario que solo le ofrecía seis meses más de vida a cambio de agresivos tratamientos de quimio y radioterapia, Pepe se vio sumido en el nerviosismo, la tristeza y el desamparo.

Fue entonces cuando tomó una decisión firme: rechazó el tratamiento, solicitó el alta voluntaria y como familia tomamos la mejor decisión que pudimos: ingresarle en el Centro de Cuidados Paliativos Laguna. Esto transformó por completo su última etapa. Desde el primer día, el equipo médico asumió el compromiso no solo de mitigar su dolor, sino de cuidarle con el máximo afecto.

Gracias a este entorno, Pepe recuperó su carácter guasón y vital. No estuvo solo porque nos turnábamos para estar con él; pudo despedirse de amigos y compañeros de trabajo. Incluso lideró un emotivo momento musical en Navidad cantando a pleno pulmón un villancico adaptado (con la música de “On my way”) ante el belén de la planta, uniendo a familiares de otros enfermos en una celebración de la vida. El 17 de enero de 2025, Pepe falleció en paz y sin sufrimiento. Sus últimos tres meses no fueron una agonía, sino un periodo de reencuentro, perdón, agradecimiento y despedida. Quienes presenciamos su partida no lloramos de dolor, sino de una profunda emoción y un agradecimiento que, sin esos cuidados paliativos, nos habrían sido robados. 

El debate político y la «cultura del descarte» 

Este testimonio adquiere una relevancia especial ante el discurso del Papa León XIV a las Cortes Españolas. Ante un hemiciclo que aprobó la ley de la eutanasia, el Pontífice recordó a los parlamentarios que: “Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural”. 

Insistió, además, en que la defensa de la vida no es una cuestión confesional ni partidista. Aunque sus palabras recibieron un prolongado aplauso de más de siete minutos, cabe cuestionarse si los legisladores han reflexionado detenidamente sobre el verdadero impacto de estas palabras. 

La existencia de personas que sufren y sienten que su vida carece de sentido no debe empujar a la sociedad hacia lo que el Papa Francisco denominaba la “cultura del descarte”. El verdadero problema radica en la falta de acompañamiento, en la ausencia de miradas que devuelvan la dignidad y de cuidados que alivien el dolor. Al pensar en quienes sufren en la soledad y el desamparo, se me desgarra el alma; son personas que muchas veces no tienen a nadie que las mire a los ojos revitalizando en ellos su dignidad humana, ni les ofrezca el soporte necesario para mitigar su sufrimiento. 

Humanizar la sanidad: recursos antes que eutanasia 

Resulta desconcertante que la respuesta institucional ante la fragilidad humana sea la eutanasia, en lugar de una dotación presupuestaria y de recursos suficiente para los servicios de paliativos. Es de justicia reconocer que en nuestra sanidad (al menos en la Comunidad de Madrid) estos servicios van en aumento. Un claro ejemplo de su beneficio fue la atención domiciliaria prestada a un amigo mío —Rodrigo— en los últimos meses de su vida, un apoyo que su entorno agradeció profundamente. 

Es imperativo ensalzar la labor de los profesionales —médicos y personal de enfermería— que atienden estos servicios. Su día a día es de una enorme dureza psicológica y emocional, pues trabajan sabiendo que no van a poder curar la enfermedad de sus pacientes. Sin embargo, su dedicación se ve recompensada con la infinita gratitud de los enfermos y de sus seres queridos. 

Un llamamiento a la responsabilidad 

La legislación de un país debe medirse por su capacidad para proteger a los más débiles. Como bien señaló el Pontífice de cara a los poderes públicos: “Las leyes no alcanzan su grandeza por el mero hecho de ser aprobadas formalmente, sino cuando respetan la dignidad intrínseca de la persona. Los poderes públicos deben recordar que cada una de sus decisiones afecta a ciudadanos de carne y hueso, especialmente a aquellos que no tienen voz para hacerse oír”. 

Es hora de que los representantes políticos muestren la valentía necesaria para rectificar el rumbo. La solución no puede ser la vía rápida de la eutanasia; debe ser la inversión prioritaria en cuidados paliativos que dignifiquen la vida de tantas personas en esta situación de gran fragilidad y vulnerabilidad.

El autorEloy Asenjo Carpintero

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