¿Qué papel puede desempeñar hoy la tradición cristiana en la vida pública? ¿Asistimos a una crisis de las democracias? Desde una perspectiva académica, histórica y contemporánea, los Cursos de Verano CEU-María Cristina estudian del 13 al 15 de julio el tema “Cristianismo y Política. Crisis y continuidad de una herencia espiritual”.
El curso está dirigido por Julio Borges y Juan Carlos Valderrama, y la conferencia inaugural será dictada por Higinio Marín, rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera. Entre los actos se encuentra un diálogo entre el director de El Debate, Bieito Rubido, y el catedrático de periodismo José Francisco Serrano Oceja.
Julio Borges (Caracas, 1969), abogado y filósofo venezolano, reside en España, y fue presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela y Comisionado presidencial para las Relaciones Exteriores de Venezuela de Juan Guaidó. Éstas son sus respuestas a Omnes.
¿Por qué han decidido impartir un curso sobre cristianismo y política?
– Porque vivimos un momento histórico en el que muchas personas perciben que nuestras democracias atraviesan una crisis profunda, pero no siempre entienden sus causas. Creemos que detrás de muchos problemas políticos hay también preguntas antropológicas, culturales y espirituales.
Este curso busca precisamente reflexionar sobre la contribución que el cristianismo ha hecho a conceptos tan fundamentales como la dignidad humana, la libertad, la justicia o el bien común. No se trata de mirar al pasado con nostalgia, sino de preguntarnos qué elementos de esa herencia siguen siendo indispensables para construir sociedades más humanas y libres.
Parece existir una crisis de los ideales que legó la cristiandad medieval.
– Esto se produce en gran medida porque disfrutamos de muchos de sus frutos sin recordar sus raíces. Ideas que hoy consideramos evidentes —como la igualdad de todas las personas, los derechos humanos o el valor de cada vida humana— nacieron en un contexto cultural profundamente marcado por el cristianismo. Cuando una civilización pierde memoria de los fundamentos que la sostienen, corre el riesgo de debilitarse. Este curso quiere precisamente abrir una conversación serena sobre esas raíces y sobre si es posible preservar los frutos cuando se olvidan las fuentes que los alimentaron.
Los Papas, también León XIV, animan a los cristianos, a los católicos, a participar en política. No sé si les hacemos mucho caso.
– La política no es solamente gestión de recursos o lucha por el poder. En el fondo, la política responde a una pregunta muy humana: cómo convivimos y qué tipo de sociedad queremos construir. La tradición cristiana aporta una visión de la persona, de la libertad y de la solidaridad que puede enriquecer enormemente la vida pública. Participar en política desde la fe no significa imponer creencias, sino poner al servicio de todos una determinada comprensión de la dignidad humana y del bien común.
Muy breve. A su juicio, ¿qué principios debe defender el político católico?
– Pienso que existen algunos pilares fundamentales: la dignidad inviolable de toda persona humana, la defensa de la vida, la libertad religiosa y de conciencia, la protección de la familia, la búsqueda de la justicia social y la preocupación especial por los más vulnerables. Pero, además de estos principios, hay una actitud esencial: entender la política como servicio y no como instrumento de poder personal. Sin esa disposición moral, incluso las mejores ideas terminan deteriorándose.
Usted dice que es importante ahondar en la relación entre la verdad y los límites del poder. ¿Por qué?
– Porque cuando el poder deja de reconocer que existe una verdad que lo trasciende, corre el riesgo de convertirse en arbitrario. Las grandes tragedias políticas del siglo XX nos enseñaron precisamente eso. Una democracia sana necesita instituciones, leyes y ciudadanos capaces de recordar que no todo lo que es legal es necesariamente justo. La pregunta por la verdad no es un lujo filosófico: es una condición para la libertad y para la convivencia democrática.
¿Es difícil defender la verdad ahora?
– Hoy existe una fuerte presión cultural para reducir muchas cuestiones humanas a consignas, etiquetas o relatos simplificados. Defender la verdad exige a menudo ir contracorriente, aceptar el debate y resistir la tentación de acomodarse a lo políticamente aceptable. Sin embargo, la historia demuestra que las sociedades avanzan gracias a personas capaces de sostener convicciones profundas con respeto, serenidad y valentía. Precisamente por eso creemos que este curso puede ser una oportunidad valiosa para reflexionar sobre estos desafíos desde una perspectiva intelectual rigurosa y abierta al diálogo.
Antes se ha referido a la autoridad como servicio. Dígame algo más.
– La autoridad, bien entendida, no es el derecho a mandar por mandar, sino la responsabilidad de guiar para el bien de otros. Una autoridad legítima no se justifica por la fuerza ni por el miedo que inspira, sino por su capacidad de ordenar una comunidad hacia la justicia, la paz y el bien común. Por eso, la mejor autoridad no humilla ni aplasta: orienta, protege, corrige y sirve. En ese sentido, mandar es una carga antes que un privilegio.
Cuando se dice que la autoridad es servicio, se quiere afirmar que quien ocupa un cargo público no está por encima de la sociedad, sino puesto al frente de ella para cuidarla. La autoridad se degrada cuando se convierte en dominación, propaganda o beneficio propio. Y se ennoblece cuando entiende que su poder tiene límites, que debe rendir cuentas y que su misión es ayudar a que los demás vivan con más libertad, justicia y dignidad.
Vamos terminando. Una palabra sobre los contrapoderes en las democracias, legislativo, ejecutivo y judicial.
– Los contrapoderes existen porque todo poder tiende a crecer y, si no encuentra límites, termina abusando. Por eso, las democracias modernas distribuyen el poder en tres grandes órganos: el legislativo hace las leyes, el ejecutivo gobierna y administra, y el judicial interpreta y aplica el derecho, controlando además que nadie esté por encima de la ley. La idea de fondo es muy sencilla: que nadie pueda mandar solo.
Esto no significa que los poderes deban vivir bloqueándose siempre, sino equilibrándose. Cuando funcionan bien, cada uno cumple su tarea y al mismo tiempo vigila a los otros. Así se protege la libertad de los ciudadanos.
En las Constituciones de los Estados, en Europa, en América, en todas partes, ¿tiene la impresión de que el poder ejecutivo, en líneas generales, es moderado o elevado?
– En líneas generales, el poder ejecutivo suele tener mucho peso en las Constituciones modernas, porque gobernar exige capacidad de decisión, coordinación y rapidez. El ejecutivo maneja la administración, la seguridad, la política exterior, buena parte de la iniciativa legislativa y, muchas veces, el presupuesto. Por eso da la impresión —correcta en buena medida— de ser el poder más visible y más fuerte del sistema. Pero precisamente porque su fuerza es grande, necesita límites más claros.





