La liturgia de hoy está dominada por el tema del alimento. En el Evangelio encontramos el conocido milagro de la multiplicación de los panes, mientras que en la primera lectura el profeta Isaías nos invita a un banquete ofrecido gratuitamente por Dios.
Alimentar a cinco mil personas sería sin duda una hazaña extraordinaria. Sin embargo, si estuviéramos organizando un picnic para una multitud semejante, no vamos a considerar suficientes unos cuantos panes y peces. Probablemente añadiríamos queso, jamón, bebidas, frutas y más. Pero, ¿de qué sirven todas estas cosas si no logran satisfacer el hambre más profunda del corazón humano? Esta es la pregunta que plantea el profeta Isaías: “¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?” Es una pregunta que exige una seria reflexión. ¿Qué es lo que realmente nos satisface? O mejor aún, ¿quién puede satisfacernos?
Existe un dicho popular que afirma que “no existe tal cosa como un almuerzo gratis”. El dicho nos recuerda que nada es gratis. Sin embargo, Isaías proclama algo sorprendente : que Dios invita a los hambrientos y sedientos a recibir sin pagar. Las realidades más importantes de la vida no pueden comprarse. Nuestra propia existencia es un don. El aire que respiramos, la luz del sol que nos calienta, el agua que nos sostiene: todo nos ha sido dado gratuitamente.
El Evangelio nos presenta a Jesús, que alimenta a la multitud gratuitamente. El milagro no revela simplemente la multiplicación del pan, sino la generosidad de Aquel que lo da. Solo Jesús puede saciar el hambre más profunda de la persona humana, y lo hace gratuitamente.
Estamos invitados a vivir según esta generosidad divina. Habiendo recibido gratuitamente de Dios, estamos llamados a dar gratuitamente a los demás. Cuando los discípulos sugieren despedir a la multitud, Jesús responde: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”.
No estamos llamados simplemente a dar de nosotros mismos, sino a dar por medio de Cristo. Estamos llamados a poner lo que tenemos en las manos de Cristo. Lo poco que ofrecemos puede parecer insignificante, pero una vez confiado a Él se vuelve suficiente.
El contexto del milagro revela algo todavía más profundo acerca de la generosidad de Jesús. El milagro tiene lugar poco después de la muerte de Juan el Bautista. Tras enterarse de la muerte de su primo, Jesús se retiró a un lugar solitario. Sin embargo, cuando vio a la multitud, se compadeció de ella. Él da no desde la abundancia, sino desde la pérdida personal. En medio de su propio dolor, percibe las necesidades de los demás. Como nos dice san Pablo: “siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza”.





