¿Deja de ser valiosa la obra de un artista que se demuestra que era un delincuente? ¿Puede ser una misma persona, a la vez, admirable y despreciable? ¿La crueldad y la excelencia son incompatibles? El misterio del hombre se enfrenta a la cultura de la cancelación, ese fenómeno social que pretende hacer justicia retroactiva tratando de reparar lo muchas veces irreparable a costa de echar por tierra el trabajo objetivamente encomiable de una persona y condenándola al ostracismo, al boicot económico y a la lapidación reputacional.
Artistas universalmente famosos como Picasso o Michael Jackson, o algunos más locales como el reciente caso de Juan Carlos Aragón, mito del Carnaval de Cádiz, han pasado de ser idolatrados a ser odiados; de aplaudidos a lapidados.
Me parece bien y es de justicia denunciar el mal, que se investigue la verdad, que se condene al criminal, que se repare a las víctimas, que salgan a la luz los casos ocultos tapados por el brillo de la estrella; pero no le encuentro ningún sentido a negar el valor de una obra por los pecados de su autor, por muy graves que estos sean. Es la versión 3.0 del clásico argumento ad hominem, considerado, lógicamente, una falacia de cabo a rabo.
Una obra bella no deja de serlo por tener un padre atroz como una obra atroz no deja de serlo porque su padre sea una bellísima persona.
Lo mismo que se aplica a los pecados individuales podría aplicarse a los colectivos.
¿Dejaría usted de beber Fanta si se enterara de que se inventó en la Alemania nazi? ¿Dejará de usar el móvil en el que lee este artículo porque funcione gracias a un satélite lanzado al espacio con un cohete basado en el V2 con el que Hitler bombardeó Europa? ¿Dejamos de usar la medicina nuclear que cura cánceres que inventaron los americanos gracias a la investigación para desarrollar las bombas de Hiroshima y Nagasaki?
Tras la cultura de la cancelación se esconde un escándalo propio de la sociedad posmoderna: el hombre que había razonado que Dios no existe y que se había puesto en su lugar, ha descubierto que tampoco él es Dios. ¡Está desnudo!
Los ídolos humanos tienen pies de barro y a nada que se rasque se descubre su fragilidad, la ineludible corrupción que nos invade. El panorama político actual también nos ofrece una perspectiva única para contemplar el misterio de la debilidad humana. «¡No nos lo podíamos creer, estoy en shock!», replican los amigos de quienes acaban de ser descubiertos in fraganti tras haber sido encumbrados al Olimpo laico durante años como defensores de los más altos valores humanos. Seguro que hasta algún implicado estará en shock no llegando a entender por qué hizo lo que hizo si se tenía a sí mismo por una persona irreprochable. ¿Por qué pecamos? ¿Por qué nos sorprendemos haciendo lo que no queremos? ¿Por qué se comportan como demonios quienes son capaces de llevarnos a tocar el cielo con su baile, su música, su pintura, su inteligencia, su ciencia, su inventiva, sus ideas políticas…?
La cultura de la cancelación trata en vano de castigar en esta vida a quien ya está muerto. Yo prefiero no idolatrar a ningún ser humano, por muy brillante que me lo parezca, y seguir creyendo en la justicia divina, donde toda la verdad quedará al descubierto y que dará a cada uno lo suyo, en su justa medida. Admiremos la belleza que está por encima del hombre y que el que esté libre de pecado tire la primera piedra.
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.




