Evangelización

Cuatro voces para reflexionar sobre la conversión

Las conversiones han dejado de ser casos aislados: crecen los bautizos de adultos en países de nuestro entorno, abundan los conversos jóvenes y el tema ha saltado a los libros, la prensa y el cine. A esa realidad ha dedicado su velada central el Observatorio de lo Invisible: tras la proyección del documental "Converso", su director, David Arratibel, agnóstico, ha dialogado con cuatro creyentes que abrazaron la fe, o volvieron a ella, en distintas etapas de su vida.

Inmaculada Sancho·30 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
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Lluís Homar, Maider Montalbán Fabrice Hadjadj y Ernesto Castro hablan en El Escorial con David Arratibel, director agnóstico de "Converso". Foto: Lupe de la Vallina

David Arratibel dirigió en 2017 “Converso”, un documental en el que intenta entender, a través de conversaciones con su madre, sus hermanas y su cuñado, por qué toda su familia ha abrazado una fe que él no comparte. Nueve años después, la película se ha proyectado en el Real Colegio Alfonso XII de El Escorial, dentro de la VI edición del Observatorio de lo Invisible, la escuela de verano de arte y espiritualidad que la Fundación Vía del Arte, dirigida por el escultor Javier Viver, ha celebrado en el Real Monasterio con el aire como tema de fondo.

La cita reunió a unos 150 asistentes, repartidos en talleres de música, relieve, danza o escritura, entre otros. Cada tarde confluyeron en actividades comunes, como la proyección y el coloquio de esta velada.

La película dio paso a un coloquio posterior. Se sentaron junto al director las cuatro personas que han recorrido un camino distinto al de su escepticismo, tres de ellos profesores de los talleres del Observatorio: El actor Lluís Homar dirigió el de teatro; el filósofo Fabrice Hadjadj, el de escritura; y la comisaria de arte Maider Montalbán Errasti, el de comisariado, mientras que Ernesto Castro, también filósofo, acudió como invitado.

Una palabra

La moderadora abrió el fuego pidiendo a cada invitado que resumiera en una palabra qué significa para él la conversión. Homar, que recibió una educación católica plena y se apartó de la fe en la adolescencia, no ha necesitado más de tres: “La vuelta a casa”. Castro, bautizado y confirmado como adulto en la última Vigilia Pascual, respondió con Lope de Vega y su soneto del “mañana le abriremos”: “No decir mañana”. Montalbán eligió “armonizar”: la primera conversión consiste en coger el tono, como en el canto gregoriano, y lo que sigue es un ejercicio constante de armonización a través de los sacramentos.

Hadjadj, nacido en una familia judía y atea, descartó la fórmula de la vuelta a casa: sus padres, ha contado, vivieron su paso al cristianismo como una traición. Para él, seguir a Cristo es “una intensificación del drama de la vida”: “Más alegría y más angustia, más manos abiertas y más clavos en las manos”. Su existencia anterior, aseguró, se parecía a las cuentas de un rosario que ha estallado; la conversión fue el descubrimiento del hilo que convierte los fragmentos en una historia. Arratibel, por su parte, se ha quedado con la etimología que da título a su película: “‘Converso’ de conversar: intentar entendernos para tratar de entender”.

Lo que separa

El director puso sobre la mesa la experiencia que atraviesa su documental y que, según confesó le ha hecho pensar y sufrir: la distancia que la conversión de los suyos introdujo en la familia. Una distancia que él describía como “una profilaxis muy fina”, casi imperceptible, compatible con el cariño: “Nos queremos, nos amamos, pero sigue habiendo algo que te separa”. No hablaba de hostilidad ni de reproche, sino de la sensación de que la propia “tribu” ha cambiado de código, casi de idioma. Y ha puesto un ejemplo doméstico: la Biblia que le regaló su hermana con una tarjeta —“quiero que seas feliz”— le pareció un gesto de amor con un punto de condescendencia, hecho desde un lugar al que se espera que él llegue algún día.

Homar respondió desde su propia biografía: octavo de una familia de la que cinco hermanos dejaron de practicar, es el único que ha cruzado de vuelta, y hace un año celebró su boda por la Iglesia con todos los hermanos presentes. En su caso, ha dicho, el vínculo fraterno creado por sus padres pesa más que la divisoria entre creyentes y no creyentes, y él mismo procura ejercer de punto de encuentro entre las dos partes.

La réplica de fondo llegó de Hadjadj, que ha invertido el signo de la separación: Dios crea el mundo separando, y la distancia que preocupa a Arratibel es también la condición para que el otro aparezca como otro. Al director le dedicó una de las frases de la noche: “Yo quiero tu consistencia, más que tu conversión”. Y remató con una sentencia: “La comunión se encuentra en la verdad, no en el cariño”. El drama del cristianismo, ha añadido, no viene de la persecución sino del amor, porque cuanto más se ama, más expuesto se está a la herida.

Montalbán propuso releer una de las escenas centrales de la película, la conversación del director con su madre, como lo que es en términos católicos: un examen de conciencia, con petición de perdón incluida por el pecado de la soberbia. Su propia conversión, contó Maider, empezó sentándose en el último banco de una iglesia de Bilbao con actitud de observadora —“a ver qué les pasa a estos”— y reconoció que esa posición de superioridad moral sobre los creyentes también existe, aunque los conversos hablen poco de ella. 

Castro, por su parte, recordó el primer comentario de su madre atea tras su reciente bautismo: “De nada”. Creía que el no haberlo bautizado de niño le había permitido decir que sí de forma consciente y adulta.

“Rezaré por ti”

El coloquio encontró su segundo centro de gravedad en otra película, “Los domingos”, de Alauda Ruiz de Azúa, sobre una adolescente que se plantea la vocación religiosa en una familia secularizada. Arratibel contó que salió devastado del pase: en ella volvió a encontrarse con el “rezaré por ti” que escuchó decenas de veces en los coloquios de “Converso” y en el que percibe una relación no horizontal entre quien reza y aquel por quien se reza.

La frase dividió la mesa. Homar, creyente, la considera innecesaria en boca del personaje: “Yo lo hubiera resuelto con una mirada”. Montalbán, en cambio, la defendió frente a lo que llama la conversión de la bondad en buenismo, y devolvió la pregunta: cabe examinar también cuánto paternalismo ejerce el no creyente sobre el creyente, y qué dogmas de fe seculares —la religión de las experiencias, la teología del progreso— operan en quienes lamentan lo que la joven “se va a perder”. 

Castro llevó la discusión al terreno del lenguaje: si algo hermana la religión con el arte es la lucha contra el cliché, y el problema del “rezaré por ti” no es la oración sino la frase hecha: “La verdadera caridad hubiera sido que hubieran rezado por ti sin habértelo dicho”. 

Hadjadj cerró el círculo por elevación: para él, hasta un “buenos días” puede ser una bendición, porque lo esencial de la palabra no está en lo que enuncia sino en el tono y la intención. El debate se prolongó después con las intervenciones de los alumnos.

El filósofo francés acabó resaltando que la Iglesia no es un club, integra la alteridad sin absorberla, y por eso cabe desconfiar de la fusión, “que no es la confusión”. Una idea que conecta con la imagen que abre y cierra “Converso”: el órgano musical que repara el cuñado del director, metáfora de una Iglesia en la que el aire de los tubos es lo que anima a cada miembro para formar una armonía. Cantar sin el instrumento, dijo Arratibel en su día, es buscar esa armonía desde el cuerpo. En una edición del Observatorio dedicada precisamente al aire, la metáfora ha encontrado su sitio.

El autorInmaculada Sancho

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