Vaticano

Finanzas vaticanas, los balances del IOR y del Óbolo de San Pedro

Existe una intrínseca relación entre los presupuestos del Óbolo de San Pedro y el del Instituto para las obras de Religión.

Andrea Gagliarducci·12 de julio de 2024·Tiempo de lectura: 4 minutos

Existe una estrecha relación entre la declaración anual del Óbolo de San Pedro y el balance del Istituto delle Opere di Religione, el llamado «banco vaticano». Porque el Óbolo se destina a la caridad del Papa, pero esta caridad se expresa también en el sostenimiento de la estructura de la Curia romana, un inmenso «presupuesto misionero» que tiene gastos, pero no tantos ingresos, y que debe seguir pagando salarios. Y porque el IOR, desde hace tiempo, destina una contribución voluntaria de sus beneficios precisamente al Papa, y estos beneficios sirven para aligerar el presupuesto de la Santa Sede. 

Desde hace años el IOR no tiene los mismos beneficios que en el pasado, por lo que la parte asignada al Papa ha disminuido con los años. Igual situación tienen el Óbolo, cuya recaudación ha disminuido con los años, también ha tenido que hacer frente a esta disminución del apoyo del IOR. Tanto es así que en 2022 tuvo que duplicar sus ingresos con una desinversión general de bienes.

Por eso los dos presupuestos, publicados el mes pasado, están de alguna manera conectados. Al fin y al cabo, las finanzas vaticanas siempre han estado conectadas, y todo contribuye a ayudar a la misión del Papa. 

Pero veamos los dos presupuestos con más detalle.

El Óbolo de San Pedro

El pasado 29 de junio, el Óbolo de San Pedro presentó su balance anual. Los ingresos fueron de 52 millones, pero los gastos ascienden a 103,4 millones, de los cuales 90 millones son para la misión apostólica del Santo Padre. Incluidos en la misión están los gastos de la Curia, que ascienden a 370,4 millones. El Óbolo contribuye así en un 24% al presupuesto de la Curia. 

Sólo 13 millones se destinaron a obras de caridad, a los que, sin embargo, hay que añadir las donaciones del Papa Francisco a través de otros dicasterios de la Santa Sede por un total de 32 millones, 8 de los cuales fueron financiados directamente por el Óbolo.

En resumen, entre el Fondo Obolus y los fondos de los dicasterios financiados en parte por el Óbolo, la caridad del Papa financió 236 proyectos, por un total de 45 millones. Sin embargo, el balance merece algunas observaciones.

¿Es éste el verdadero uso del Óbolo de San Pedro, que a menudo se asocia a la caridad del Papa? Sí, porque la finalidad misma del Óbolo es apoyar la misión de la Iglesia, y se definió en términos modernos en 1870, después de que la Santa Sede perdiera los Estados Pontificios y no tuviera más ingresos para hacer funcionar la máquina.

Dicho esto, es interesante que el presupuesto del Óbolo pueda deducirse también del presupuesto de la Curia. De los 370,4 millones de fondos presupuestados, el 38,9% se destina a las Iglesias locales en dificultad y en contextos específicos de evangelización, lo que supone 144,2 millones.

Los fondos destinados al culto y a la evangelización ascienden a 48,4 millones, es decir, el 13,1%.

La difusión del mensaje, es decir, todo el sector de la comunicación del Vaticano, representa el 12,1% del presupuesto, con un total de 44,8 millones.

Al sostenimiento de las nunciaturas apostólicas se destinaron 37 millones (10,9% del presupuesto), mientras que 31,9 millones (8,6% del total) van al servicio de la caridad -precisamente el dinero donado por el Papa Francisco a través de los dicasterios-, 20,3 millones a la organización de la vida eclesial, 17,4 millones al patrimonio histórico, 10,2 millones a instituciones académicas, 6,8 millones al desarrollo humano, 4,2 millones a Educación, Ciencia y Cultura y 5,2 millones a Vida y Familia.

Los ingresos, como se ha dicho, ascienden a 52 millones de euros, 48,4 de los cuales son donaciones. El año pasado hubo menos donaciones (43,5 millones de euros), pero los ingresos, gracias a la venta de inmuebles, ascendieron a 107 millones de euros. Curiosamente, hay 3,6 millones de euros de ingresos por rendimientos financieros.

En cuanto a las donaciones, 31,2 millones proceden de la recaudación directa de las diócesis, 21 millones de donantes privados, 13,9 millones de fundaciones y 1,2 millones de órdenes religiosas.

Los países que más donan son Estados Unidos (13,6 millones), Italia (3,1 millones), Brasil (1,9 millones), Alemania y Corea del Sur (1,3 millones), Francia (1,6 millones), México e Irlanda (0,9 millones), República Checa y España (0,8 millones).

El balance del IOR

El IOR aportó un donativo a la Santa Sede de algo más de 13 millones de euros, frente a unos beneficios netos de 30,6 millones.

Los beneficios representan una mejora significativa respecto a los 29,6 millones de euros de 2022. Sin embargo, es necesario comparar las cifras: van desde los 86,6 millones de beneficio declarados en 2012 -que cuadruplicaron las ganancias del año anterior- a los 66,9 millones del informe de 2013, los 69,3 millones del informe de 2014, los 16,1 millones del informe de 2015, los 33 millones del informe de 2016 y los 31,9 millones del informe de 2017, hasta los 17,5 millones de 2018.

El informe de 2019, por su parte, cuantifica los beneficios en 38 millones, también atribuidos al mercado favorable.

En 2020, el año de la crisis del COVID, el beneficio fue ligeramente inferior, de 36,4 millones.

Pero en el primer año pospandémico, un 2021 aún no afectado por la guerra de Ucrania, se volvió a una tendencia negativa, con un beneficio de solo 18,1 millones de euros, y solo en 2022 se volvió a la barrera de los 30 millones.

El informe IOR 2023 habla de 107 empleados y 12.361 clientes, pero también de un aumento de los depósitos de clientes: +4% hasta 5.400 millones de euros. El número de clientes sigue bajando (eran 12.759 en 2022, incluso 14.519 en 2021), pero esta vez también disminuye el número de empleados: eran 117 en 2022, son 107 en 2023.

Así pues, continúa la tendencia negativa de los clientes, lo que debería hacernos reflexionar, teniendo en cuenta que el cribado de las cuentas consideradas no compatibles con la misión del IOR finalizó hace tiempo.

Ahora, el IOR también está llamado a participar en la reforma de las finanzas vaticanas deseada por el Papa Francisco. 

Jean-Baptiste de Franssu, presidente del Consejo de Superintendencia, destaca en su carta de gestión los numerosos elogios que ha recibido el IOR por su labor en favor de la transparencia durante la última década, y anuncia: «El Instituto, bajo la supervisión de la Autoridad de Supervisión e Información Financiera (ASIF), está por tanto dispuesto a desempeñar su papel en el proceso de centralización de todos los bienes vaticanos, de acuerdo con las instrucciones del Santo Padre y teniendo en cuenta las últimas novedades normativas.

El equipo del IOR está deseoso de colaborar con todos los dicasterios vaticanos, con la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA) y de trabajar con el Comité de Inversiones para seguir desarrollando los principios éticos de la FCI (Faith Consistent Investment) de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia. Es crucial que el Vaticano sea visto como un punto de referencia».

El autorAndrea Gagliarducci

Actualidad

Las claves de la “primera gran visita” del Papa:  España evangelizadora, migraciones y nueva generación católica

El Papa León XIV visita, largamente, un país europeo, de mayoría católica y con una especial relevancia en la historia de la Iglesia universal.

Maria José Atienza·31 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

Madrid, Barcelona y Canarias son las sedes del séptimo viaje apostólico del Papa León XIV. Un periplo a través del que el Pontífice se reunirá con las Cortes españolas, jóvenes, familias y fieles, visitará la Sagrada Familia, el templo que podría convertirse en el primero en ser proyectado por un santo y mantendrá un especial encuentro con migrantes llegados a las islas Canarias

España ha sido una de las naciones más visitadas por los últimos pontífices.

Desde 1981, la nación española ha recibido a todos los Papas, a excepción de Francisco. Aunque se especuló mucho sobre un posible viaje del Papa argentino a Canarias, centrado en la cuestión migratoria, la realidad es que ese desplazamiento nunca se llevó a cabo.

León XIV recoge, de hecho, en este viaje, el testigo de aquella intención de su inmediato predecesor con la visita a Canarias. La primera visita de un Pontífice a esta zona de España. 

El primer gran viaje de León XIV a una nación católica

La visita de León XIV a España es considerada como la “primera de las grandes visitas papales” del Papa Prevost. Los anteriores viajes del Papa o bien han sido más cortos, como en el caso de naciones católicas europeas como Mónaco o, por el contrario, se han desarrollado en entornos interreligiosos, como en el caso de su reciente viaje a Argelia y Túnez o el importante viaje a Turquía y Líbano. 

En estos países en los que la Iglesia tenía un papel minoritario, los encuentros y actos presididos por el Papa han estado marcados por la propia idiosincrasia y limitaciones de las naciones de acogida. 

En el caso de España, León XIV conoce el país y su idiosincrasia, quizás de una manera mucho más profunda que sus antecesores. Por raíces familiares, su madre, Mildred Martínez, tiene ascendencia española y en su juventud, en el verano de 1982, antes de ser enviado como misionero, recorrió el norte y el noroeste de España en furgoneta junto a un grupo de estudiantes agustinos.

Más tarde, como Prior General de los Agustinos visitó las diferentes comunidades de España en varias ocasiones, la última siendo ya Cardenal, en 2024

España, tierra de misioneros

Prevost conoce también la profunda huella misionera de muchos españoles en Latinoamérica. Durante su labor misionera en Chulucanas y, más tarde como obispo de Chiclayo (Perú), Robert Prevost mantuvo una estrecha y directa relación con numerosos religiosos españoles.

Poco antes de su elección, ya como presidente de la Pontificia Comisión para América Latina además de Prefecto del Dicasterio para los Obispos se dirigía a estos “misioneros españoles que entregan la vida por el evangelio en América Latina”.

España, que históricamente  ha sido un bastión del catolicismo histórico, vive hoy un proceso profundo de secularización pero sigue siendo líder mundial en el envío de misioneros, con cerca de 9.650 activos en más de 140 países. 

El el tema migratorio: reto del siglo XXI

La última parada del viaje papal, Canarias, es el punto más simbólico y político del viaje. No en vano, los actos previstos en las islas son totalmente inéditos en cualquiera de los anteriores viajes papales.

De los seis grandes actos del Papa en las islas, la mitad están dirigidos o centrados en la cuestión migratoria

En este sentido, el Papa quiere reforzar el mensaje de la Iglesia en esta cuestión y la necesidad de seguir trabajando en la acogida y promoción de quienes deben abandonar su tierra y, fundamentalmente, en la eliminación de las causas que llevan a las personas a huir de sus lugares de origen.

En este sentido, el Papa defiende que los Estados tienen derecho a controlar sus fronteras y establecer reglas migratorias, pero exige que los migrantes sean tratados con dignidad humana y respeto en todo momento, evitando el “estigma de la discriminación” y cualquier trato que atente a la dignidad de estas personas. 

La nueva generación católica

Otro de los puntos clave de esta visita papal serán los jóvenes y familias como ejes clave de la vida de la Iglesia. 

Los encuentros multitudinarios previstos en las tres sedes: Madrid, Barcelona y Canarias servirán para abordar de frente algunos de los problemas de la juventud occidental actual que el Papa, además, ha mencionado reiteradamente en sus intervenciones, la última, en la encíclica Magnifica Humanitas

En este sentido, se espera que el Pontífice no eluda cuestiones como la polarización, la exclusión social, el impacto de la IA o la pérdida de fe.

España recibe al Papa en un contexto social que algunos han llamado “de giro católico”, con una normalización de la presencia activa de los católicos, especialmente los jóvenes, en la vida social. 

Política en tiempos de polarización

Uno de los actos más esperados del viaje del Papa León a España es el discurso que el pontífice pronunciará en las Cortes el lunes 8 de junio. Será la primera vez que un Pontífice hable a los políticos españoles. 

Aunque el tema no ha trascendido, León XIV ha dejado claro en su primer año de pontificado que él no es político, sino que habla de Jesucristo.

 Aún así, el jefe de estado vaticano, en su primera encíclica ha denunciado cómo “la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos” y ha hecho reiteradas llamadas de responsabilidad a quienes ocupan puestos de responsabilidad en el gobierno de las naciones.

Vaticano

María del Mar Chapa: “Cuando las personas levantan la mirada, pueden generar algo mucho más grande que ellas mismas”

Omnes entrevista a María del Mar Chapa Hammeken, artista y empresaria que ha realizado el logo del viaje del Papa León XIV a España.

Paloma López Campos·31 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

María del Mar Chapa estudió Comunicación e hizo un máster profesional en Dirección de Empresas de Comunicación. Es socia fundadora de Malinche Studio y afirma rotundamente que “el diseño va mucho más allá de lo estético”.

Esta artista y emprendedora ve el diseño como “una herramienta para hacer que las ideas conecten mejor con las personas, que los mensajes sean más claros, más humanos y más cercanos”. Tal vez por esta visión ella ha sido la encargada de diseñar el logo del viaje del Papa León XIV a España, proyecto del cual habla en esta entrevista con Omnes.

¿Cuál fue la inspiración principal para diseñar el logo del viaje del Papa León XIV a España? ¿Qué mensaje buscan transmitir con él?

– La inspiración principal fue el propio lema: “Alzad la mirada”. Desde el inicio lo entendí más como un gesto que como una frase. Pensé mucho en esa idea de levantar la mirada juntos, de una comunidad que no se queda quieta, sino que avanza unida hacia algo más grande.

Por eso el logotipo tiene este movimiento ascendente y estas figuras humanas enlazadas entre sí. Más que representar solamente lugares o símbolos religiosos, me interesaba transmitir una sensación de comunidad, de acompañamiento y de esperanza compartida.

En el fondo, creo que el mensaje del logo es bastante sencillo: cuando las personas caminan juntas y levantan la mirada, pueden generar algo mucho más grande que ellas mismas.

¿Cómo fue el proceso creativo desde la idea inicial hasta la versión final del logo?

– El proceso empezó mucho antes de diseñar formas o colores. Primero necesitaba entender qué representaba realmente esta visita y qué emoción debía transmitir. Tenía muy claro que no quería hacer un collage de símbolos reconocibles, sino construir una imagen que se sintiera viva, coherente y humana.

A partir del lema empecé a trabajar la idea del círculo abierto, porque visualmente habla de comunidad y unión, pero al mismo tiempo, al estar abierto, también transmite acogida, movimiento y continuidad. Después surgieron las figuras humanas, que se sostienen unas a otras y generan esta sensación de impulso colectivo hacia arriba.

Más adelante fui integrando los distintos elementos territoriales y la figura mariana, siempre tratando de que todo formara parte del mismo lenguaje visual. El gran reto fue encontrar equilibrio: que el logo tuviera profundidad simbólica, pero que al mismo tiempo fuera claro, sencillo y fácil de reconocer.

¿Qué significado tienen los colores y símbolos escogidos?

– Cada elemento tiene un significado muy pensado dentro del conjunto. Las figuras humanas representan comunidad, vínculos y apoyo mutuo. No son personas aisladas, sino una red de personas que avanzan juntas.

La figura mariana en el centro funciona como el corazón del logotipo. No busca representar una advocación específica de forma literal, sino transmitir una idea más universal de protección, cuidado y acompañamiento.

El mar, especialmente relacionado con Canarias, también tiene una carga simbólica importante. Más allá de lo geográfico, habla de camino, de tránsito, de esperanza y también de muchas realidades humanas que forman parte de nuestro presente.

Y en cuanto al color, la idea era reflejar diversidad sin perder unidad. Cada color aporta identidad y energía, pero todos conviven dentro de una misma estructura. Quería que el sistema visual se sintiera luminoso, cercano y contemporáneo.

¿Qué desafíos presenta crear un logo que tiene que representar un evento de relevancia internacional y religiosa?

– Creo que el principal desafío es encontrar un equilibrio entre lo simbólico y lo humano. Un evento así reúne muchísimas sensibilidades distintas, tanto culturales como espirituales, y el reto es crear una imagen que pueda conectar con personas muy diferentes sin perder profundidad.

También era importante evitar que el logo se sintiera demasiado rígido o institucional. Yo quería que tuviera una lectura espiritual clara, pero que al mismo tiempo hablara de algo universal: comunidad, esperanza, encuentro y acompañamiento.

Y, por supuesto, estaba el reto de integrar muchos elementos sin que pareciera una suma de piezas separadas. Todo tenía que sentirse parte de un mismo movimiento.

¿Cómo decidió el estilo visual del logo: más tradicional, moderno o una combinación, y por qué?

– Diría que es una mezcla de ambos. Hay elementos muy tradicionales en el significado (como la figura mariana o la idea de peregrinación y comunidad), pero trabajados desde un lenguaje visual mucho más contemporáneo y accesible.

Desde el inicio quería alejarme un poco de ciertos códigos demasiado solemnes o rígidos que suelen acompañar este tipo de eventos. Me interesaba construir algo más cercano, más luminoso y más humano, especialmente pensando en cómo se comunica hoy visualmente.

Por eso el diseño tiene formas orgánicas, mucho movimiento y una composición bastante dinámica, pero sin perder el peso simbólico y espiritual que representa.

¿Cómo logra que un diseño gráfico comunique ideas tan profundas como la fe y la espiritualidad sin perder simplicidad y claridad?

– Creo que la clave está en ir a lo esencial. Cuando un diseño intenta explicar demasiado, normalmente pierde fuerza. En cambio, cuando encuentra una idea clara y honesta, puede conectar de una forma mucho más profunda.

En este caso, más que representar conceptos religiosos de manera literal, me interesaba transmitir emociones y gestos humanos que todos reconocemos: el apoyo mutuo, la esperanza, el caminar juntos, el mirar hacia arriba.

Para mí la simplicidad no significa que haya menos significado, sino todo lo contrario: significa que el mensaje logra llegar de una forma más directa y más humana.

Para que el Papa duerma bien

Es esencial que, ante la visita del Papa León XIV a España, entre todos los preparativos nos acordemos también de rezar por el Santo Padre.

31 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: < 1 minuto

Ante la próxima visita del Papa León XIV es bueno que mostremos el agradecimiento por su estancia con nosotros. Tenemos la oportunidad, quince años después de la última visita de Benedicto XVI, de acompañar a León XIV durante su visita a España. Creo que no es exagerado decir que nos visita la persona más importante del mundo.

El modo más eficaz de apoyar el viaje es rezar por él y sus intenciones. Se cuenta que un obispo africano, durante una visita a Roma, le preguntó a Pío XII si dormía bien por las noches. El Papa le contestó que sí, y quiso saber por qué se lo había preguntado. El obispo le relató que, desde pequeño, le habían enseñado en casa a rezar, todas las noches, un Avemaría por el Papa. Con esta oración pedían a la Virgen María que siempre durmiera tranquilo, a pesar de sus muchas preocupaciones. Muchos años después seguía manteniendo esta buena costumbre, pero sentía la curiosidad de saber si la petición estaba dando resultado.

También hay una oración en la que se pide para el Santo Padre: “que el Señor lo conserve, y lo vivifique, y no lo deje caer en manos de sus enemigos”.

Primero rezar mucho por el Papa. Luego, ofrecer por sus intenciones las tareas de cada día. Es lo mínimo que podemos hacer.

Firmas invitadasRafael Sanz Carrera

¿Es “Magnifica Humanitas” también un texto programático de León XIV?

“Magnifica Humanitas” es, sin ambigüedad, un texto programático. Define una visión (humanismo cristiano teocéntrico), un método (corresponsabilidad sinodal con primado de Dios) y un estilo (lenguaje evangélico claro).

30 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

León XIV no se ha limitado a publicar un documento monográfico sobre IA: convierte el desafío tecnológico en ocasión para entregar lo que él mismo llama “un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente con el cual vivir este cambio de época a la luz del Evangelio” (n. 229). Este itinerario presenta cuatro coordenadas teologales que vertebrarán el pontificado:

  • Contemplación del designio de amor del Padre (dimensión de la fe).
  • Unidad eclesial nutrida por la Palabra y la Eucaristía (dimensión de la caridad).
  • Edificación del bien en el mundo (dimensión de la esperanza).
  • Oración mariana como clave existencial del discípulo.

La fórmula sintética del Papa es la del “arquitecto sabio” (n. 236): el “fundamentum” es la relación con Dios; la norma, la aceptación del límite humano; y el estilo, la corresponsabilidad y el lenguaje evangélico. Esto constituye, en sentido estricto, un programa: un “modus pontificandi”. 

Los pilares maestros (nn. 11-14)

León XIV estructura los cuatro pilares siguiendo la metáfora bíblica de la “reaedificatio” de Jerusalén (Nehemías), trasladada al mundo digital:

  • Pilar I — Edificar sobre la roca (n. 11): primado absoluto de la relación con Dios. El humanismo no se sostiene si no se reconoce que “el corazón humano solo descansa en Él”. Frente al inmanentismo algorítmico, teocentrismo cristológico.
  • Pilar II — Aceptación del límite y la fragilidad (n. 12): explícita refutación del transhumanismo. El límite no es defecto a corregir tecnológicamente sino lugar teológico de libertad, vínculo y solidaridad.
  • Pilar III — Corresponsabilidad y subsidiariedad valiente (n. 13): “ninguna mano basta por sí sola”: cooperación entre generaciones, pueblos, disciplinas y culturas; científicos, empresarios, trabajadores, educadores y familias son nombrados como sujetos activos.
  • Pilar IV — Lenguaje evangélico (n. 14): “evitemos las palabras que humillan o enfrentan; optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos”. Es una clave estilística del pontificado: pedagogía del diálogo frente a la polarización.

El método de gobierno (n. 8)

El número 8 —apoyado en la imagen de Nehemías reconstruyendo Jerusalén— es la clave hermenéutica del modo de gobernar de León XIV:

  • Responsabilidad compartida: la obra no depende de un líder solitario; participan “sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes”. Es un método sinodal-participativo, en continuidad con Francisco pero con acento institucional más eclesial-clásico.
  • Centralidad de Dios sobre la centralidad organizativa: la fuerza “viene del Señor”.
  • Primacía de los vínculos sobre las estructuras: “reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras”. Es una crítica implícita al reformismo meramente administrativo.
  • Comunión, no uniformidad: “un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión”. Diversidad legítima, unidad sustancial.

¿Sigue la tradición de las encíclicas programáticas?

Sí, y de modo deliberadamente intertextual:

  • Fecha simbólica (15 de mayo) y nombre pontificio: evocación directa de “Rerum Novarum” (León XIII, 1891) — “aggiornamento” de la Doctrina Social al “cambio de época” digital.
  • Estructura programática análoga a “Redemptor Hominis” (Juan Pablo II, 1979): centralidad antropológica como llave del pontificado.
  • Tonalidad pastoral y diagnóstico cultural en línea con “Deus Caritas Est” (Benedicto XVI) y “Lumen Fidei” / “Laudato Si’” (Francisco).
  • Innovación: la encíclica vincula doctrina social y antropología teológica alrededor de la IA, configurándose como el “manifiesto antropológico” del pontificado, equivalente funcional de “Redemptor Hominis” para el siglo XXI.

En conclusión, “Magnifica Humanitas” es, sin ambigüedad, un texto programático. Define una visión (humanismo cristiano teocéntrico), un método (corresponsabilidad sinodal con primado de Dios) y un estilo (lenguaje evangélico claro).

El autorRafael Sanz Carrera

Doctor en Derecho Canónico

Recursos

Por qué la secularización explica la caída global de la natalidad

El reto demográfico de nuestra era, “la gran cuestión de nuestro tiempo”, no se resuelve con más subsidios o menos pantallas. Requiere recuperar un horizonte de sentido convincente, que haga que tener hijos valga la pena.

José Gefaell·30 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

El largo artículo de Financial Times  «Why birth rates are falling everywhere all at once» ha causado un gran revuelo en las redes, con millones de visualizaciones de los post referenciándolo solo en X. La tesis central del artículo es que los smartphones y las redes sociales podrían ser uno de los factores o el factor clave de la caída global de la fertilidad.

El artículo plantea que la caída global de la natalidad no puede explicarse solo por factores económicos (vivienda, salarios, coste de vida o educación), porque el descenso se está produciendo simultáneamente en países ricos, emergentes y pobres, sino que ha sido provocada por el profundo cambio de hábitos sociales que han traído los smartphones.

Es una hipótesis interesante, pero en mi opinión equivocada en lo esencial. La caída de la tasa de fertilidad total (tasa de fecundidad, en español) comenzó mucho antes, como se puede comprobar en los gráficos adjuntos.

Las mayores tasas de fertilidad están correlacionadas con una elevada mortalidad infantil. Mientras que la tasa de fertilidad total tiene en cuenta todos los nacimientos, la tasa de fertilidad “efectiva” considera cuántos hijos por mujer se espera que sobrevivan hasta la edad fértil. Dicha tasa de fertilidad efectiva ha sido estimada principalmente por los economistas Anup Malani y Ari Jacob, de la Universidad de Chicago. De acuerdo con esta nueva tasa de fertilidad efectiva, la caída de la natalidad a nivel mundial no ha sido tan dramática como lo que muestra la curva de la tasa de fertilidad total desde los años 60. Pero en 2023 se encontraba en torno de los 2,1 hijos por mujer a nivel global, por lo que es probable que en breve la tasa de fertilidad efectiva del mundo quede ya por debajo de la tasa de reposición.

Tiene que haber algún factor muy anterior a los smartphones y más poderoso que haya provocado esta caída de las tasas de fertilidad en muchos países desde hace unos sesenta años. Habitualmente se argumenta que ese factor ha sido la revolución sexual de los 60/70 y, específicamente, la liberación de la mujer y la adopción masiva de la píldora anticonceptiva. Pero el uso de la píldora no puede ser una causa, sino una consecuencia.

La principal razón

Mi tesis es que la principal razón por la que un gran porcentaje de la población ha dejado de “querer” tener hijos y ha comenzado a usar de forma generalizada los anticonceptivos es la secularización y la pérdida de fe en un Dios creador y protector y en el sentido trascendente de la vida. Esto está en línea con las grandes encuestas y estudios sociológicos a nivel mundial, como veremos a continuación.

Independientemente de que la paternidad responsable debe orientar a los matrimonios, una sociedad que trata a los hijos cada vez más como un lastre económico o una carga para el medio ambiente ha perdido la confianza en su propio futuro. Esta es la característica más preocupante de nuestra era, también desde el punto de vista económico.

Históricamente, la fe en Dios y en la trascendencia daba a la procreación un significado que superaba el coste individual — el hijo como don, como misión, como participación en la creación, como continuidad de algo que trasciende a uno mismo. Sin ese marco de sentido profundo, el cálculo coste-beneficio racional siempre va a perder frente a la comodidad, la libertad o el proyecto personal.

La píldora, los smartphones, el coste de la vivienda o el cambio de hábitos sociales pueden agravar el problema en los márgenes, pero no pueden ser su causa profunda. Son irrelevantes si el problema de fondo es que cada vez menos gente tiene un horizonte de sentido y propósito que justifique el sacrificio de tener hijos.

Es importante resaltar que el artículo de Financial Times no afirma categóricamente que los smartphones sean la única causa ni que esté demostrado de forma definitiva, sino que lo plantea como una hipótesis cada vez más estudiada y respaldada por correlaciones internacionales y cambios en la forma en que los jóvenes se relacionan.

  • Menos interacción presencial.
  • Menos formación de parejas.
  • Más aislamiento social.
  • Expectativas más irreales sobre relaciones.
  • Creciente división ideológica entre hombres y mujeres.

Disminución práctica religiosa

Cita entre otros al economista español Jesús Fernández-Villaverde, profesor de Economía en la Universidad de Pensilvania e investigador destacado en el ámbito de las consecuencias del cambio demográfico, que lleva tiempo alertando de que “la caída de la fertilidad es la gran cuestión de nuestro tiempo”, no solo sociológica, sino económicamente.

También cita distintos estudios como el de Nathan Hudson y Hernan Moscoso-Boedo, según el cual las regiones que recibieron antes el internet móvil rápido (≥G4) experimentaron antes y más intensamente la caída de nacimientos.

El artículo sitúa el inicio de la correlación entre los smartphones y el punto de inflexión de la tasa de fertilidad aproximadamente a partir de 2007-2010, con la adopción masiva de smartphones (medida mediante búsquedas relacionadas con apps móviles).

Sin embargo, como digo, este diagnóstico no concuerda con las series largas estadísticas. Tras la segunda guerra mundial la fertilidad (entendida como número de hijos por mujer) era relativamente estable a nivel global, subiendo hasta los años 60. A partir de los años 60/70/80 en muchos países comienza su fuerte caída.

Hay numerosas evidencias sociológicas de que precisamente desde los años 70/80 —especialmente en los países ricos, Europa, América del Norte, Asia oriental y parte de América Latina—, en paralelo con esa caída abrupta de la tasa de fertilidad, comenzó a disminuir la práctica religiosa, la afiliación religiosa, la idea de que la religión es central para el sentido de la vida, y la fe en Dios y la creencia en la transcendencia profunda de la vida. Todo ello mucho antes del uso generalizado de internet y por supuesto mucho antes de los smartphones.

Esta caída del sentido trascendente no es uniforme a nivel global (en África subsahariana siguen siendo muy religiosos), pero la tendencia general desde hace ~60/50 años en sociedades desarrolladas y urbanizadas es claramente hacia una fuerte secularización de la sociedad (entendida no como separación entre Iglesia y Estado, sino como el proceso por el cual la religión pierde influencia en general en las distintas esferas de la vida personal y social).

Encuestas y estudios

Las encuestas y estudios sociológicos más importantes que avalan esto son:

Por ejemplo, según Gallup y Pew, en EEUU en 1999 el 70 % de estadounidenses pertenecían a una iglesia/sinagoga/mezquita. Hoy es menos del 50 %. Los que se declaran “sin afiliación religiosa” pasaron del 5 % en los años 70/80 a más del 30 % actualmente. También ha caído la proporción que dice que “la religión es muy importante en mi vida”, o que “cree con certeza en Dios y en la trascendencia”.

Pew documenta que en muchos países, incluidos los otrora fuertemente católicos como España, Italia, Polonia o muchos países de América Latina, las generaciones jóvenes son radicalmente menos religiosas que las mayores.

A nivel global aún hay mayoría creyente, pero no entre las generaciones jóvenes. El mundo no se ha vuelto “ateo” de la noche a la mañana, pero sí mucho más secular y agnóstico en muchos lugares y segmentos de la sociedad. Especialmente los jóvenes de países ricos o de grandes urbes son sistemáticamente menos creyentes.

Asia oriental (Japón, Corea del Sur, China urbana) es desde hace años especialmente secular. África subsahariana y algunos países del sur de Asia siguen siendo religiosos.

Espiritualidad difusa

La gran transición sociológica es que se ha pasado de “religión organizada” a una “espiritualidad difusa”. Muchos estudios detectan algo importante: No siempre desaparece el sentido de “trascendencia”, sino que lo que se ha diluido es la religión tradicional e institucional. Es decir: menos fe, menos iglesias, menos dogma, menos práctica regular, y en general menos compromiso.

Pero esos estudios muestran que muchas personas todavía mantienen creencias en “algo más allá de lo material”, en la astrología, en la energía o en la espiritualidad individual. La creencia en la transcendencia sigue existiendo, pero es mucho más ambigua y sin una base clara.

Pew 2025 indica precisamente eso: muchas personas no religiosas siguen creyendo en “algo espiritual más allá de lo que podemos ver y tocar”, pero de una forma muy débil que no los lleva a tener una esperanza fundada. Y por supuesto no los lleva a tener más hijos.

Los smartphones llegaron a una sociedad que ya había perdido el sentido trascendente y aceleraron los síntomas (aislamiento, pornografía, comparación constante). Pero diagnosticar la causa en la tecnología es confundir el acelerador con el motor.

El gran reto demográfico de nuestra era, “la gran cuestión de nuestro tiempo”, no se resuelve con más subsidios o menos pantallas. Requiere recuperar un horizonte de sentido convincente, que haga que tener hijos valga la pena. La historia demuestra que las sociedades que olvidan el porqué de ese sacrificio acaban desapareciendo, cultural y literalmente.

El uso generalizado de los anticonceptivos, los smartphones, las redes sociales, la caída de relaciones presenciales, la creencia en el cambio climático antropogénico apocalíptico y que el mundo está superpoblado son solo consecuencias del proceso de secularización y pérdida de esperanza y fe en un Dios creador y protector (para los cristianos, la pérdida de fe en un Dios padre que nos quiere con locura).

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El feminismo a análisis

El libro de María Caballero "¿Qué es el feminismo?" ordena el confuso panorama actual sobre este tema y nos ayuda a entender qué es ser mujer hoy.

Luis Fernández Navarro·30 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: < 1 minuto

“¿Qué es el feminismo?” es un compendio muy bien realizado de todo lo que es preciso conocer en la actualidad sobre el feminismo. Recoge toda la historia de este movimiento en favor de la igualdad entre los sexos, informa sobre las distintas «olas» que lo han constituido, elabora una crítica de las derivas últimas, ofrece una muy sensata respuesta a la pregunta «¿qué es ser mujer en el siglo XXI?», nos regala un conmovedor testimonio sobre la mujer mayor, propone varios caminos para mejorar nuestra sociedad con acento femenino y, finalmente, proporciona una bien escogida bibliografía comentada, para seguir avanzando en el estudio de estas cuestiones.

Tres cosas fundamentales nos dice su autora: que el feminismo es esencialmente positivo y necesario; que ha enriquecido el mundo, al hacerlo más justo y equilibrado; y que en su origen no fue una ideología, sino el reclamo de un derecho.

Si bien tiene sentido distinguir entre los aspectos biológicos y culturales de la sexualidad, no cabe duda de que ciertas derivaciones han convertido esto en una ideología radical. El feminismo “queer”, ahora hegemónico, al que otros feminismos hacen responsable del «borrado de la mujer», sostiene que tanto el género como el sexo son construcciones determinadas por el poder. Un poder social abstracto, impersonal, siguiendo la estela de Foucault, algo misterioso, tal vez algo fantasioso. Así, desde esta óptica, se defiende no a la mujer, sino a un “continuum” inestable de muchos géneros, uno casi para cada deseo o estado de ánimo. 

El libro de María Caballero ordena este confuso panorama y nos ayuda a entender qué es ser mujer hoy.

¿Qué es el feminismo?

Autora: María Caballero Wangüemert
Editorial: Senderos
Lugar de edición: Sevilla
Número de páginas: 181
Idioma: Castellano
ISBN: 978-8412687194

El autorLuis Fernández Navarro

Vaticano

La santidad de la vida muestra la belleza de la fe, afirma el Papa

Ante la indiferencia religiosa generalizada en países occidentales, pero con una creciente demanda de espiritualidad, especialmente entre los jóvenes, el Papa León XIV ha manifestado hoy que “la santidad de la vida sigue siendo siempre la forma más convincente de la belleza de la fe cristiana”.

Francisco Otamendi·29 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

En una audiencia concedida al Dicasterio para la Evangelización, el Papa León XIX les ha dado las gracias por el gran esfuerzo organizativo del Jubileo del año pasado, que atrajo a más de 33 millones de personas. Además, el Pontífice ha querido compartir alguna reflexión sobre la vida de la Iglesia cara a los años venideros.

El mundo tiene más sed que nunca de esperanza, la evangelización debe seguir siendo la motivación fundamental de toda acción de la Iglesia universal y de las comunidades locales. Solo así se podrá redescubrir la fe en toda su belleza y expresar mejor su credibilidad», ha dicho el Papa en la Audiencia.

Sin embargo, “especialmente en los países occidentales, la crisis de fe, junto con otros factores socioculturales, ha dado lugar a una indiferencia religiosa generalizada. Para muchos, la fe ya no parece relevante en sus vidas”.

“Creciente demanda de espiritualidad, especialmente entre los jóvenes”

Junto a este hecho, “la creciente demanda de espiritualidad, especialmente entre los jóvenes, merece una atención especial, como quedó claramente expresada durante el Jubileo de la Juventud. La nueva generación no está excluida del Evangelio; al contrario, muchos, al redescubrirlo, desean conocerlo mejor, pues perciben que en él reside la clave de la verdadera felicidad”.

En este sentido, “la evangelización actual, en particular, debe abordar las condiciones y dinámicas cambiantes de la transmisión de la fe de generación en generación. En algunas regiones del mundo, esta transmisión prácticamente se ha interrumpido, lo que exige la capacidad de afrontar nuevos retos”.

Afortunadamente, ha añadido, “en todo el mundo existen numerosas y variadas experiencias a través de las cuales las comunidades, asociaciones, movimientos y grupos eclesiales cristianos se encuentran con los jóvenes, los escuchan y se relacionan con ellos”, ha mencionado el Santo Padre.

La transmisión de la fe, en este contexto, “se produce necesariamente a través del encuentro con personas y comunidades que expresan la alegría de la fe cristiana y la coherencia de un estilo de vida evangélico”.

¿Cómo afrontar esta transmisión de la fe? 

El Papa se ha apoyado en Benedicto XVI y ha manifestado que “no es diluyendo su contenido ni suavizando sus exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo. Sino dando testimonio con humildad y valentía del “camino, la verdad y la vida” que ha convertido y santificado a tantos. 

“Como afirmó Benedicto XVI: ‘Lo que necesitamos en este momento de la historia son hombres que, mediante una fe iluminada y vivida, hagan creíble a Dios en este mundo. […] Necesitamos hombres que mantengan la mirada fija en Dios, aprendiendo de él la verdadera humanidad. 

Necesitamos hombres cuyos intelectos estén iluminados por la luz de Dios y cuyos corazones Dios les abra, para que sus intelectos puedan hablar a los intelectos de los demás y sus corazones puedan abrir los corazones de los demás. Solo a través de hombres tocados por Dios puede Dios volver a los hombres’ (Benedicto, Europa en la crisis de las culturas, Siena 2005, 63-64).

Y ha sintetizado: “Por lo tanto, la santidad de la vida sigue siendo siempre la forma más convincente de la belleza de la fe cristiana, que trasciende el tiempo y se ofrece a todas las culturas”.

Evangelii gaudium, catecúmenos, Confirmación

En sus palabras finales, el Papa se ha referido a tres cuestiones:

– ha citado la Exhortación programática del Papa Francisco, “que sigue siendo un punto de referencia decisivo”. Y ha invitado “a que incorporéis ‘Evangelii Gaudium’ a vuestro trabajo en todos los niveles, para promover una misión “cristocéntrica y kerigmática, nacida de un encuentro con Cristo capaz de transformar vidas”.

 – Prestar especial atención a los catecúmenos, puesto que cada vez son más los que solicitan el Bautismo.

– Debe brindarse una atención similar a los niños y niñas que reciben el sacramento de la Confirmación.

León XIV ha encomendado su trabajo “a la Virgen María, discípula perfecta y misionera del Evangelio”.

El autorFrancisco Otamendi

Recursos

Juan Luis Lorda: “El reto de la teología es conseguir que sea apasionante”

Entrevista con Juan Luis Lorda, sacerdote, doctor en Teología y autor de diversos libros que han ayudado a los cristianos a entender mejor su fe.

Paloma López Campos·29 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 9 minutos

Juan Luis Lorda es sacerdote y doctor en Teología. Ha pasado gran parte de su vida enseñando Teología Dogmática y es autor de muchos libros de espiritualidad que han ayudado a muchas personas a conocer mejor la fe católica.

En esta entrevista con Omnes habla sobre la Teología, hace un análisis del Concilio Vaticano II y cita algunos de los autores que más han influido en su obra.

¿Qué es la Teología?

– La teología es la reflexión sobre la fe. Teología es: creemos en algo, pero creer no significa aceptar sin más; significa aceptar sabiendo lo que uno acepta, entendiéndolo hasta donde se puede, resolviendo las cuestiones que pueda haber.

¿Cuál es el papel de la teología hoy en la Iglesia?

– La teología es y siempre ha sido muy grande. Se desarrolla con cuatro aspectos que no son nada más que la aplicación de lo que he dicho:

Primero, uno tiene que entender lo que cree. Eso es un tema famoso que, por ejemplo, trata san Anselmo de Canterbury y que también pertenece a la tradición de la teología. “Fides quaerens intellectum” (viene de san Agustín también): la fe que busca entender.

El segundo punto es cuando yo tengo que explicar esa fe; la tengo que poner en orden. Todo el mundo sabe que cuando tiene que enseñar aprende mucho más que cuando simplemente aprende por su cuenta. Si tiene que enseñar, tiene que hacer un esfuerzo con el cual profundiza. Por eso se hace teología también, porque se enseña.

Hay un punto tercero que lleva a pensar, que son las dificultades externas e internas. Cuando alguien dice: “pues esto me parece que es imposible”, “esto no lo creo” o “esto es de otra manera”, eso me obliga a mí a resolver esa cuestión. Es uno de los puntos incluso históricos de crecimiento de la teología. Se crece porque hay que pensar, se crece porque hay que enseñar y se crece porque hay que resolver.

Y luego también se crece porque es necesario interpretar la Escritura. Siempre es necesario interpretar la Sagrada Escritura.

Históricamente esas cuatro actividades han hecho crecer la teología. Es interesante tenerlo presente: las afirmaciones cristianas son reales, son históricas, no son simbólicas; o mejor dicho, no son sólo simbólicas. Yo cuando digo “Cristo se hizo hombre”, no es que de alguna manera se hizo hombre o una manera de hablar. Si yo lo reduzco a un símbolo, a una poética, pues entonces ya todo flota y se puede decir de cualquier manera.

Pero el cristianismo hace afirmaciones rigurosas, quiero decir, rigurosamente históricas y, entonces, compromete mucho la verdad de las cosas. Dice: “Dios ha creado el mundo”. Dios ha creado el mundo, no es una manera de hablar. “Jesucristo es Dios y hombre verdadero”. “La Eucaristía es una presencia real de Jesucristo”. Todo eso exige que las cosas se expliquen.

Hoy que hablamos tanto del lenguaje, y parece que es casi un arma política, ¿cómo se relacionan el lenguaje y la teología? ¿Qué nivel de precisión hay que exigir a los tratados teológicos y a los estudiantes?

– Todo humanamente es deficiente porque en realidad, como pasa en toda la vida de la Iglesia y en todos los aspectos, hay una distancia enorme entre la categoría de lo que se habla y lo que puedes decir. 

Nosotros somos pobres hombres y hablamos de Dios, que es mucho más que nosotros. Entonces siempre hay una especie de desproporción brutal.

Sin embargo, precisamente porque las afirmaciones cristianas son reales —hay una encarnación de verdad, Cristo se ha encarnado—, las palabras humanas son capaces de transmitir el mensaje de Dios porque lo ha hecho así.

Seguramente ninguna cosa se ha estudiado tanto como esto o ha recogido tantos esfuerzos. Aunque hay mucha investigación en muchas ramas de las ciencias y muchos investigadores, históricamente ha ocupado un lugar que no tiene parecido en ninguna religión; no hay nada parecido. Los rabinos no se dedican a estudiar la fe en ese sentido, sino simplemente a decir cómo se vive. Y los expertos musulmanes también se dedican a cómo hay que vivirla, pero no a la teoría, porque piensan que eso está en el misterio y que no hay que tocar.

¿Qué autores y qué obras han influido especialmente en sus trabajos?

Primero, san Josemaría Escrivá. Él ha influido mucho en mi vida y mentalidad espiritual, y también en la manera de comprender el cristianismo. Mucho de la manera de pensar en lo que es la vida espiritual y el cristianismo vivido se lo debo a él. Después hice la tesis sobre santo Tomás de Aquino, entonces también estoy formado con él.

Yo viví el pontificado de Juan Pablo II y, como enseñaba antropología en la Facultad de Teología, aprendí mucho de él. Juan Pablo II me llevó a autores que él usa y de los que depende: todo el ámbito de la fenomenología y el personalismo. Durante unos años me dediqué a autores personalistas como Martin Buber (filosofía del diálogo), Ferdinand Ebner, y autores de la fenomenología como Max Scheler, Edith Stein o Dietrich von Hildebrand. También autores del personalismo francés como Jacques Maritain y quizá Gabriel Marcel. Todo esto para mí ha sido un mundo interesante.

Después, un poco literariamente por así decir, me influyó mucho C.S. Lewis. Me llamó mucho la atención la capacidad que tenía de decir cosas importantes de una manera breve y suelta; como estilo y como objetivo de exposición.

Durante muchos años he dado un repaso por la teología de los siglos XIX y XX. Ahí estoy cada vez más interesado en John Henry Newman. En cuanto al siglo XX, he trabajado los teólogos importantes y hago una actividad en relación con esto todavía importante.

En esta línea, quizá la figura que va a quedar como más representativa del siglo XX va a ser Joseph Ratzinger, que va ganando terreno porque ha ocupado lugares importantes en la vida de la Iglesia. Como Papa, fue una persona lúcida, barre mucho campo, es muy buen representante, estaba muy bien situado y tiene aportaciones personales.

Pero bueno, hay otros importantes como los jesuitas franceses Henri de Lubac y Jean Daniélou. Aprecio muchísimo también a Romano Guardini. Y luego, por ejemplo, es muy importante Yves Congar (dominico francés) y ocupa un lugar relevante Hans Urs von Balthasar. Hay muchos más, pero Louis Bouyer, por ejemplo, que es un oratoriano francés, es muy interesante y ha crecido en mi consideración por el volumen e interés de su obra.

Por supuesto, también san Agustín y los Padres de la Iglesia. En la historia de la teología, Agustín ocupa un lugar muy grande.

Por dos motivos (las asignaturas que daba sobre la gracia y la teología del siglo XX), he tenido contacto con lo que es la teología ortodoxa. Sobre todo con un grupo de teólogos ortodoxos rusos relacionados con el Instituto San Sergio de París, como Vladimir Lossky o Paul Evdokimov, que tiene un libro precioso sobre la teología del icono. También me han gustado mucho otros autores protestantes, por ejemplo Oscar Cullmann, o del ámbito de la exégesis, gente muy buena y creyente como Martin Hengel y Joachim Jeremias.

En realidad, tengo una percepción de una riqueza de pensamiento enorme en el siglo XX. Es un poco paradójico, porque el siglo XX ha sido un siglo de mucha y muy buena teología, pero también un siglo de crisis. Hubo crisis teológica; un caso paradigmático es Hans Küng, por ejemplo, o el caso anterior de la problemática del Catecismo Holandés. Eso han sido puntos muy determinantes de la evolución de la crisis de la Iglesia en el siglo XX. Pero en realidad ha habido una renovación teológica muy rica. Estoy muy motivado con eso porque me parece que es necesario sintetizarla, transmitirla y darle salida para la enseñanza.

Ha mencionado precisamente la enseñanza en la universidad. ¿Qué cree usted que hay que pedir a las universidades para recuperar el nivel teológico que había en el siglo XX, y que da la sensación que ahora en el XXI estamos perdiendo?

– Cada época tiene su sitio y ahora mismo el siglo XX es inimitable. El siglo XX coincidió con una gran expansión de las órdenes religiosas y de la religiosidad: muchas vocaciones jóvenes, mucha gente formándose, muchos teólogos jóvenes con muchas ganas de evangelizar y de renovar. Ahora no estamos en esa situación.

Ahora estamos pasando en toda Europa, de una manera bastante acelerada, de una situación de mayoría cristiana a una minoría de conversos. Esto puede durar un par de siglos (lleva en realidad ya dos siglos). Está desapareciendo el esquema antiguo de naciones cristianas. Políticamente ya desapareció; pero culturalmente, las naciones tradicionales de Europa están dejando de ser cristianas por motivo de pérdida de fe y también por un motivo demográfico. Europa está en un proceso casi de una cierta extinción demográfica. Es un proceso lento que se plantea en tres o cuatro generaciones.

En España ahora mismo la tasa de natalidad es bajísima desde hace muchos años y no tiene posibilidad ninguna de recuperación. La población va a cambiar muy fuertemente; ahora mismo hay un 2 0% de población extranjera, lo que cambia la cultura, las costumbres y el pensamiento. Las instituciones eclesiásticas tienen mucha inercia, pero mira: cuando empezó la facultad de teología en la que he estado yo 42 años, en los años 70 se ordenaban 770 sacerdotes al año; el año pasado se ordenaron 62. Pasas de 770 ordenados a 62; habiendo 11 o 12 facultades de teología, esto es insostenible.

La situación es muy distinta porque pasamos de un cristianismo de mayorías que a veces se vivía un poco por inercia. No lo denigro, porque yo lo he visto y sé que la gente no sabía mucho, pero procuraba ser cristiana y no era falsa. Sin embargo, las generaciones anteriores no han sabido transmitir la fe a los hijos. ¿Por qué? Porque entre otras cosas no sabían cómo era la fe, no la podían explicar. Sabían que había que ir a Misa y que convenía estar cerca de la Iglesia, pero no eran capaces de explicárselo a sus hijos. Y al no explicarlo, claramente se perdió la transmisión.

¿Cuál considera usted que es el mayor desafío espiritual o teológico en la actualidad?

– Creo que precisamente es el pasar a una Iglesia de conversos. En España son todavía números pequeños, pero crecerá dentro de unos límites. Tampoco me parece que las mayorías que dejan de ser cristianas vayan a ser sustituidas por mayorías de conversos; no da esa impresión.

Pero sí que da lugar a que haya unos centros cristianos vivos, renovados. A los que somos cristianos por tradición y no venimos de conversiones personales (aunque siempre hay que estar convirtiéndose), nos puede ayudar ver que tenemos que tener un planteamiento mucho más testimonial. Esto está pasando al ritmo de una generación, se verá en unos 30 años.

Uno de los grandes problemas que ha habido con el Concilio Vaticano II es su aplicación. ¿Puede hablarnos sobre esto?

– Cuando vino el Concilio, habiendo como había tantísima gente joven en toda Europa, despertó muchísima expectación y muchísimas ganas de renovarlo todo. En principio eso es bueno. Pero también generó tensiones.

Suelo poner el ejemplo de la habitación en la que estoy: ¿qué se podría mejorar? Si lo pienso de una manera sensata, hay unas cuantas cosas; mañana van a llegar unas estanterías y unos armarios que van a mejorar la habitación. Eso es muy bueno. Pero si a mí me entrara un nerviosismo, una especie de crítica constante y mirara la habitación con poco amor, me parecería horrible e insoportable. Al final, lo que podía ser una mejora acabaría en una pira destructiva; podría acabar quemando la habitación.

Eso pasó, porque la Iglesia es muy defectuosa, no en Jesucristo, sino en nosotros. Siempre lo ha sido. No significa que no haya que procurar mejorar, porque tenemos que mejorar cada uno, pero hace falta un poco de paciencia. Si no se tiene paciencia y falta criterio de qué es lo importante y cómo hacerlo, se falla.

La misma expectación se convirtió a veces en un fenómeno destructivo porque fue cambiar por cambiar, escogiendo a veces cualquier cosa sin criterio. Y luego provocó un tema delicado: la falta de confianza en la Iglesia, en el magisterio y en los obispos. Lo que era ilusión por mejorar a veces se convirtió en crítica y en cambios poco pensados. Siendo la Iglesia una institución tan grande, hubo mucho desorden y mucho daño.

Esto no siempre se ha reconocido porque hay una especie de buenismo cristiano comprensible (somos optimistas y gente de fe), y también una lógica defensa intelectual del gobierno eclesiástico.

A pesar de todo, la vida cristiana vive con esperanza, mira al futuro y confía en el Señor. Aunque hayan pasado crisis, ha habido muchas cosas buenas y, por supuesto, el Concilio ha sido una cosa muy buena.

En el plano teológico, ¿qué avances positivos ha habido gracias al Concilio Vaticano II?

– Muchísimos, porque se ha enriquecido un montón. La misma riqueza supone una dificultad porque requiere ser asimilada y ordenada para poderla transmitir, pero hemos recuperado mucho conocimiento directo de los Padres de la Iglesia. Hemos mejorado temas inmensos de liturgia y de eclesiología (qué es la Iglesia); se ha enriquecido una barbaridad.

Sí es verdad que eso también lleva a veces a la confusión o a la dificultad de discernir qué es lo que hay que escoger, y se crean fenómenos de moda. Además, la Iglesia está sometida a tensiones externas. Por un lado, en el siglo XX y ahora, sigue sometida a una presión mundanizante o modernizante que critica la fe en el fondo. Eso ejerce sobre las personas y sobre la teología un efecto de disolución. Parece que eres más moderno o aceptable si no crees en nada más que en la materia. Esa presión es muy grande y genera una teología mundanizada, dispuesta por ósmosis a decir lo que la gente quiere oír.

Por otro lado, aunque hoy sea un tanto marginal en nuestro entorno cultural, el siglo XX estuvo marcado por una presencia y presión comunista enorme (propagandística y estratégica) que afectó mucho a la vida de la Iglesia. Creó un clima utópico donde parecía que con dos patadas y una revolución llegábamos al mundo feliz. Generó una crítica basada en una economía y visión política simplificadas. Todo ese ambiente golpeaba a gente cristiana idealista pero con falta de discernimiento. El comunismo y su máquina propagandística influyeron mucho.

¿Hay alguna cuestión que esté abierta hoy que le parezca un reto teológico especialmente interesante?

– Se puede pensar que lo más importante son las novedades, pero aquí lo más importante no son las novedades, sino los centros. Evangelio significa “buena nueva”, lo que implica una perenne novedad. Y siempre es buena porque significa que existe Dios, que hay una manera de vivir de cara a Dios, que este mundo tiene sentido y que hay una salvación de la muerte y de nuestras propias limitaciones y miserias. Esa es la buena nueva cristiana, que siempre es apasionante.

El gran reto de la teología es conseguir que sea apasionante, porque a veces se consigue convertirlo todo en un rollo. El verdadero reto es que sea lo que tiene que ser: algo muy apasionante.

Recursos

“Magnifica humanitas”: optimismo y «fidelidad creativa»

El Santo Padre ha aprovechado su primera Encíclica para hacer un análisis de la situación cultural, antropológica y sociológica del mundo donde faltan ilusiones grandes y a la vez tenemos por delante debates importantes y problemas que resolver o encauzar.

José Carlos Martín de la Hoz·29 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

El pasado 25 de mayo, se presentó en Roma la primera encíclica de León XIV, que había sido firmada el 15 de mayo, por tanto, a muy pocos días de su próxima visita a España donde se espera que levante los corazones y los ánimos de los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad a mirar hacia delante y afrontar el futuro con entusiasmo e ilusión.

Como ha afirmado varias veces Mons. Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, el Santo Padre su ya próximo viaje a nuestro país elevará nuestra mirada más allá de las ideologías y de los sistemas caducos del pensamiento.

El deseo de todos es que haga como Juan Pablo II en su visita a Santiago de Compostela cuando reavivó las raíces cristianas de nuestro país y nos lanzó a ser fecundos en el amor y meter decididos el hombre en la construcción de un país democrático, abierto y lleno de confianza en el hombre: “Yo desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus raíces. Aviva tus raíces” (Santiago, 9-XI-1982).

Orientación para todos

Descendiendo a la encíclica “Magnificat humanitas” de León XIV, comencemos por recordar que una encíclica es un documento de valor universal dirigido a cristianos del mundo entero y a hombres y mujeres de buena voluntad que desean una orientación para sus vidas y luces para entender el mundo dónde están viviendo.

Se llama técnicamente Magisterio ordinario de la Iglesia pues atañe a cuestiones de fe y de moral de ordinaria administración. Por eso pueden servir para los no cristianos, pues no apela a la fe ni dilucidan cuestiones graves que están en discusión.

Indudablemente, ha pasado suficiente tiempo desde su elección como para tranquilizar a todos los que temían bandazos o actitudes extremas. El Papa continuará con la tradición de siglos de la Iglesia para vivir lo que se denomina fidelidad creativa. Por tanto, “gobernará” la Iglesia inspirado por el Espíritu Santo que es quien realmente gobierna la Iglesia.

Con esta Encíclica nos ayudará a caer en la cuenta de que el misterio de la Encarnación del hijo de Dios es el dogma clave de la vida de la Iglesia y desde él se ilumina el horizonte magisterial.

Análisis de la actualidad

Asimismo, señalemos que el Santo Padre ha aprovechado su primera Encíclica para hacer un análisis de la situación cultural, antropológica y sociológica del mundo donde faltan ilusiones grandes y a la vez tenemos por delante debates importantes y problemas que resolver o encauzar.

En primer lugar, nos ha mostrado el camino para afrontar los retos de nuestro tiempo: acudir a la Sagrada Escritura, a los Padres de la Iglesia y al Magisterio, es decir al Evangelio de siempre para encontrar a Jesucristo, al Verbo Encarnado, y en Él las respuestas a los problemas y a las incertidumbres.

La solución siempre pasa por el mandamiento de la caridad: “Un nuevo mandamiento os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34-35). Basta con mirar el escudo papal para encontrar el corazón en llamas de san Agustín y volver a poner el amor de Dios y el amor a los demás en el medio del tablero.

Enseguida, llama la atención la gran confianza del Santo Padre en el hombre y en la capacidad creativa del hombre para salir de los problemas más complicados. Siempre es cuestión de amar, de buscar el bien común, lo que lleve al desarrollo de la dignidad de la persona humana, de toda persona humana. Por eso el Santo Padre León XIV desea reunirse en Canarias en su próximo viaje, con esos miles y miles de emigrantes que llegan a nuestras costas jugándose la vida porque en sus tierras el horizonte ya estaba cerrado. Asimismo, se nota la precisión teológica y jurídica con la que están expresados los asuntos, propios de un hombre de derecho y también buen teólogo que sabe que solo la verdad configura la libertad como ya hemos comentado.

Las necesidades del hombre

Es interesante, que la Doctrina Social de la Iglesia que renovó y estructuró León XIII en su famosa Encíclica “Rerum Novaroum” (1891), vuelva al primer plano en su primera Encíclica, y vuelva a renovarla, recuperando el concepto de Dios encarnado, misterio central de nuestra fe, pues ahí radica la dignidad de la persona humana; somos imagen y semejanza de Dios e hijos en el Hijo.

Precisamente, en ese marco sitúa la cuestión de la Inteligencia Artificial, un instrumento de la tecnología que, como cualquier otro, debe estar al servicio del hombre, del progreso integral de la dignidad de la persona humana. Por tanto, aprenderemos a aplicarlo, pues la libertad y sus obras han de estar configuradas por la verdad.

En ese sentido, parece como si el Romano Pontífice hubiera recordado la importancia del diálogo fe y ciencia, como el Papa Benedicto XVI puso el acento en el diálogo entre la fe y la razón. Al fin y al cabo, ambos tienen su origen en el misterio de la creación. Además, el Papa es de ciencias y Benedicto era de letras.

Lógicamente, en los temas y estilo propio del mensaje del Santo Padre en una Encíclica se contienen suficientes pruebas para constatar la continuidad con el pontificado anterior, por tanto, manifiesta un corazón misericordioso y atentos a las necesidades espirituales y materiales de todos los hombres, sobre todo los desfavorecidos, y principalmente por la paz en el mundo. Es lógico el dolor del Papa por el aumento de las guerras y, sobre todo, por la intensidad de los daños materiales y espirituales.

Asimismo, a lo largo de las páginas de la nueva Encíclica se remarcan las líneas de su pontificado que están ya señaladas en su primer discurso pronunciado en el balcón de la plaza de san Pedro el 8 de mayo de 2025, cuando nos habló de seguir trabajando por la paz en el mundo y en las conciencias; de cultivar la unidad de la Iglesia y el afán pastoral por todos los hombres y especialmente por los más necesitados y, enseñarnos a amar con el corazón vibrante de san Agustín y de la Virgen Santísima.

Evangelización

Varón y mujer: una diferencia para el amor

En el artículo anterior vimos que la soledad no es un dolor estéril, sino un recordatorio: estamos hechos para la comunión. Pero entonces surge la pregunta: ¿cómo se realiza? El Génesis nos lleva al origen y propone una respuesta clara: el encuentro de comunión y amor se da entre el hombre y la mujer.

Hugo Elvira·29 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Las relaciones entre hombres y mujeres hoy día parecen tensas, desconfiadas. Hay una sensación de que la diferencia es un problema, la fidelidad en las relaciones es imposible… Parece que amar es sólo perder. Por eso, volvemos al Génesis, donde la historia humana comienza diciendo exactamente lo contrario.

Leemos en el primer libro de la Biblia: “El Señor Dios se dijo: ‘No es bueno que el hombre esté solo…’” (Génesis 2, 18). Y no está describiendo solo una necesidad afectiva. Está revelando algo más profundo: la identidad misma del ser humano. Porque el hombre ha sido creado por Dios “a Su imagen, a imagen de Dios lo creó…” (Génesis 1, 27). Y eso no solo significa que es más “valioso” o “superior” al resto de la creación, significa que, si el hombre quiere entender quién es, debe mirar a Dios. ¿Y quién es Dios? Dios es Trinidad. Dios no es soledad. Padre, Hijo y Espíritu Santo: una comunión de Personas en el amor.

Como enseñaba san Juan Pablo II, siguiendo la Gaudium et Spes n.22, el hombre solo se comprende plenamente a la luz de ese “principio”, es decir, mirando el designio original de Dios sobre él. Por eso, después de la soledad originaria, aparece la unidad originaria, no como algo añadido, sino como expresión de lo que el hombre es desde el principio: un ser humano hecho para la comunión porque Dios mismo es comunión.

Nacidos para hacer familia

La comunión no es una opción bonita. Es una vocación. Podríamos decirlo así: el hombre está hecho para hacer familia.

Esa vocación se expresa de muchas formas: en la amistad, en la fraternidad, en la vida de la Iglesia. Pero si queremos comprender su origen, el Génesis nos lleva a una experiencia primera y decisiva: “varón y mujer los creó” (Génesis 1, 27). Y, aunque no es la única forma de comunión, sí es una forma originaria que —como subraya san Juan Pablo II— revela algo esencial sobre la persona humana y su vocación al amor. Y, por tanto, todas las demás formas de comunión —cada una según su modo— participan de esta lógica: unidad, complementariedad y don. ¿Cómo es esta lógica?

Si contemplamos el Misterio de la Trinidad, descubrimos algo sorprendente: Dios es Uno…, pero no es uniforme. El Padre es Padre. El Hijo es Hijo. El Espíritu Santo es Espíritu Santo. No hay confusión ni intercambio de “roles”. Y por esto, aunque son Uno en la Divinidad, también son distintos en su modo de ser-relación —ser en comunión—, para ser Uno por el Amor.

Y esto nos revela una verdad clave para entender la comunión humana: la unidad verdadera no elimina la diferencia, la necesita. Sin diferencia, no hay comunión. Solo hay uniformidad. Por eso, en el Génesis, la respuesta a la soledad no es “otro igual”. Sino alguien distinto, pero semejante: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón” (Génesis 2, 23). Como puede notarse: igual en dignidad, distinto en su modo de ser. Esto es lo que san Juan Pablo II llamó la unidad originaria: la primera experiencia de comunión verdadera entre personas.

La complementariedad que hace posible el amor

La diferencia entre hombre y mujer no es un accidente. Es una necesidad para la complementariedad verdadera. Una estructura inscrita en el cuerpo mismo que dice: “no estás hecho para cerrarte en ti, estás hecho para aceptar el amor y dar amor”.

Por tanto, la complementariedad no es solo biológica. Es personal. Es la posibilidad real de donarse. Por eso el Génesis añade: “serán los dos una sola carne” (Génesis 2, 24). No es confusión. No es pérdida de identidad. Es unidad en la diferencia. Como se contempla en la Trinidad: unidad sin confusión. 

Esta lógica no es solo teoría. Se ve de forma concreta en la historia de la salvación: Dios quiso que su Hijo viniera al mundo…,  en una familia: Jesús nace de una madre y crece con un padre. No porque Dios no pudiera darle todo ese amor directamente, sino porque el amor humano tiene esa forma propia de manifestarse. 

El amor materno se recibe de una mujer. El amor paterno se recibe de un hombre. Y ambos son necesarios para el corazón humano. Por eso, en esa complementariedad —María como madre, José como padre putativo—, Jesús experimenta un verdadero hogar: una comunión real de personas, una familia.

Cuando se rompe la armonía de la complementariedad

Es verdad que, a pesar de la belleza de todo lo dicho hasta ahora, todos sabemos que esta visión no es la que más triunfa. ¿Por qué? Porque el corazón del hombre está herido por el pecado. Y, desde ahí, también se hiere su capacidad de vivir en comunión.

Es verdad que la comunión se rompe, sin duda, cuando el otro deja de ser un don y se convierte en un objeto. Cuando el cuerpo se usa en lugar de ser manifestación visible del amor. Pero hay otra forma más silenciosa —y quizá más peligrosa— en la que esa armonía también se debilita: cuando la diferencia deja de ser acogida, cuando el hombre y la mujer dejan de reconocerse en su modo propio de ser, cuando se pierde la riqueza de lo distinto. Aquí se evidencia cómo la masculinidad y la feminidad son modos concretos de ser persona. Y, en ambos, está inscrita una llamada a amar de forma fecunda: a vivir una paternidad y una maternidad. Todos podemos vivirla: en algunos, esa vocación se expresa también biológicamente, en la familia. En otros, se vive de manera espiritual y sobrenatural, como es el caso de la vida célibe o, como la llama san Juan Pablo II, virginidad por el Reino de los Cielos. 

Esa capacidad de acoger, de dar, de generar vida —de muchas maneras— forma parte de la verdad del amor humano. Y cuando esta riqueza se rechaza, se confunde o se desdibuja, la relación pierde algo de su claridad original. No porque la persona pierda su dignidad —que nunca se pierde—, sino porque se aleja, a veces sin darse cuenta, de esa imagen de Dios que lleva inscrita. Entonces, incluso con las mejores intenciones y elucubraciones, aparece una cierta desorientación en el corazón. Con esta, la dificultad para amar, para entregarse, para ser fiel, para construir esa comunión. Porque el amor necesita verdad. La verdad del amor humano incluye la diferencia, la reciprocidad, la complementariedad posible y auténtica. Cuando eso se cuida, la comunión crece. Cuando se pierde, la relación se vuelve frágil.

Una aventura posible

Aun así, la verdad permanece. El hombre y la mujer no están llamados a competir,
ni a desconfiar, ni a usarse. Están llamados a encontrarse, a ser fieles por la gracia del sacramento del matrimonio, a descubrir en el otro no un límite, sino un don. La diferencia no es una guerra. Es una aventura. Una llamada a amar mejor, a salir de ellos mismos, a construir algo que, sólo es posible, si lo hacen juntos, en comunión.

Vaticano

El Papa León XIV convoca un Rosario por la paz el 30 de mayo

El Rosario, promovido por el Dicasterio para la Evangelización, reunirá espiritualmente a los principales santuarios marianos del mundo en una oración conjunta con el Papa desde los Jardines Vaticanos.

Redacción Omnes·28 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: < 1 minuto

La insistencia del Papa León XIV por la paz en el mundo continúa manifestándose también a través de su constante exhortación a la oración. Así, el próximo sábado 30 de mayo, a las 19.00 horas, el Santo Padre presidirá el rezo del Santo Rosario en la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes, situada en los Jardines Vaticanos.

En esta ocasión, todos los santuarios del mundo estarán invitados a unirse en oración junto al Santo Padre con sus respectivos peregrinos y fieles.

Entre los principales santuarios que ya han confirmado su adhesión a la iniciativa se encuentran el Santuario de la Madre de Dios de Zarvanytsia (Ucrania), el Santuario Internacional de Nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje de Antipolo (Filipinas), el Santuario de la Beata Virgen del Rosario de Fátima (Portugal), el Santuario de Nuestra Señora Reina de la Paz de Medjugorje (Bosnia y Herzegovina), el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes (Francia), el Santuario de San Charbel Annaya de Byblos (Líbano) y el Santuario Pontificio de la Santa Casa de Loreto (Italia).

La iniciativa está promovida por el Dicasterio para la Evangelización —Sección para las cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo—. Será posible participar presencialmente hasta completar el aforo, previa recogida de entradas en Via della Conciliazione 7 durante los días 28, 29 y 30 de mayo, en horario de 9.30 a 17.30 horas.

Asimismo, los fieles podrán unirse al rezo desde la Plaza de San Pedro a través de las pantallas gigantes instaladas en la plaza.

Mundo

Somalia, al borde de una catástrofe humanitaria

Somalia se acerca una vez más a la catástrofe, advierten las agencias, mientras el país afronta una de las crisis humanitarias más graves del mundo.

OSV / Omnes·28 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

– Fredick Nzwili, OSV News

Las agencias de ayuda internacional, incluidas las vinculadas a la Iglesia Católica, advierten que millones de personas carecen en Somalia de acceso a servicios básicos que salvan vidas y necesitan urgentemente un apoyo global sostenido. 

“Casi 6,5 millones de personas en Somalia sufren altos niveles de inseguridad alimentaria aguda, mientras que más de 1,8 millones de niños padecen desnutrición aguda”, declaró un grupo de organizaciones humanitarias, entre ellas Save the Children International y Aldeas Infantiles SOS Internacional, en un comunicado conjunto del 20 de mayo. 

“Entre ellos, cientos de miles se enfrentan a una desnutrición aguda grave que requiere tratamiento urgente”.

No solo cifras, sino personas en crisis

Según las organizaciones, no se trata simplemente de cifras, sino que representan a niños que se acuestan con hambre, a familias obligadas a abandonar sus hogares por la sequía y los conflictos recurrentes, y a madres que luchan por tomar decisiones imposibles para mantener a sus hijos con vida.

Estas cifras coinciden con los datos más recientes de abril a junio de la iniciativa de Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria por Fases, un marco global estandarizado que se utiliza para clasificar, medir y comunicar la magnitud de la inseguridad alimentaria y la malnutrición.

Somalia y países del Cuerno de África (@Wikimedia commons).

La solidaridad y el apoyo internacional, esenciales

El obispo Jamal Boulos Sleiman Daibes de Yibuti, quien también es el administrador apostólico de Mogadiscio, hace un llamamiento para que se mantenga la atención y la solidaridad internacionales, señalando la frágil y compleja realidad humanitaria del país.

“La situación humanitaria es realmente muy grave”, declaró el obispo Daibes a OSV News, señalando que la magnitud de la crisis es enorme, provocada por sequías recurrentes, desplazamientos forzosos, inseguridad alimentaria y crisis climáticas, mientras que los recursos disponibles siguen siendo insuficientes. “Por ello, la solidaridad y el apoyo internacionales continuos siguen siendo esenciales”.

Una familia somalí desplazada internamente prepara el desayuno frente a su refugio improvisado en Mogadiscio, el 7 de mayo de 2026. (Foto de OSV News/Feisal Omar, Reuters).

Millones de personas carecen de servicios básicos

Millones de personas carecen de servicios esenciales como atención médica y agua potable, a pesar de que la Iglesia, a través de Caritas Somalia y en colaboración con organizaciones humanitarias y socios internacionales, continúa brindando asistencia.

“También se puede observar la resiliencia y la dignidad del pueblo somalí, así como los esfuerzos continuos de las autoridades locales y los socios internacionales para fortalecer la estabilidad y promover la recuperación”, dijo el obispo. 2Sin embargo, las necesidades humanitarias siguen siendo inmensas y requieren atención y solidaridad internacionales constantes”, declaró el obispo Daibes a OSV News. 

En un comunicado emitido a finales de marzo, Caritas Somalia afirmó que “las mujeres, los niños y los ancianos, ya afectados, están sufriendo las peores consecuencias de esta crisis cada vez más grave”, y advirtió que solo se había recibido el 11 % de los fondos necesarios de los donantes. 

“Hacemos un llamamiento a los donantes para que movilicen los fondos que se necesitan con urgencia para proporcionar servicios vitales a las personas más vulnerables, especialmente a las mujeres y los niños”, declaró Caritas.

Los responsables de las organizaciones humanitarias afirman que la crisis se está agravando a medida que las presiones económicas aumentan las necesidades humanitarias. 

Una mujer somalí desplazada internamente sostiene a su hijo desnutrido en el hospital de Baidoa, Somalia, el 29 de abril de 2026. (Foto de OSV News/Feisal Omar, Reuters).

Cierre de Ormuz: los precios del combustible suben hasta un 150%

Mohammed Abdi, director para Somalia del Consejo Noruego para los Refugiados, afirmó que el país está sufriendo un importante impacto económico, además de una hambruna generalizada, con precios del combustible que han aumentado hasta un 150 % y alimentos básicos que han subido un 50 % desde el cierre del estrecho de Ormuz.

“Solo el 15% de la respuesta humanitaria recibe financiación. Estamos viendo cómo la situación se deteriora en tiempo real, mientras que no existen los recursos para detenerla”, dijo Abdi. 

La situación en Somalia ya era precaria cuando la administración Trump clausuró la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en 2025, y la guerra con Irán agravó los problemas de las organizaciones de ayuda humanitaria.

Transporte marítimo casi paralizado

“Somalia depende en gran medida de las importaciones de alimentos, fertilizantes y combustible. Con el transporte marítimo prácticamente paralizado en el estrecho de Ormuz, los precios de estos productos esenciales se han duplicado. En decenas de países pobres e inestables, el hambre aumenta a medida que sube el precio de los alimentos”, informó The New York Times

Y añadió: “Estamos presenciando la primera prueba real de cómo se desarrollará una crisis global como la guerra en lo que un funcionario de ayuda humanitaria describió como ‘la era posterior a la ayuda’”.

Además, insurgencia de Al-Shabab, afiliado a Al-Qaeda

“En más de tres décadas de periodismo, he presenciado numerosas tragedias, desde el tsunami del Océano Índico hasta las guerras en Irak y Camboya. Pero lo que vi y escuché recientemente en Somalia me impactó profundamente”, informó Peter Goodman para el New York Times.

La prolongada inestabilidad de Somalia complica aún más las labores de ayuda humanitaria. El país sigue enfrentándose a una insurgencia de Al-Shabab, un grupo afiliado a Al-Qaeda en África Oriental, que ha perpetrado atentados e impone una interpretación estricta de la ley islámica en las zonas bajo su control.

Mayoritariamente mulsumán, y discreta presencia católica

A pesar de estos desafíos, la Iglesia católica mantiene una presencia discreta pero significativa. Somalia es mayoritariamente musulmana (99,9%), y las comunidades cristianas son pequeñas y se concentran principalmente en zonas urbanas, a menudo formadas por conversos. 

Gran parte de la infraestructura física de la Iglesia ha sido destruida; la catedral principal de Mogadiscio, construida entre 1925 y 1928 por misioneros de la Consolata, está en ruinas desde 2008 y sus terrenos se han utilizado como asentamiento para personas desplazadas por décadas de conflicto.

El obispo Daibes afirmó que su ministerio se lleva a cabo con prudencia y discreción, pero que se mantiene estrechamente vinculado a la gente a través de la ayuda humanitaria y la colaboración.

Labor social y humanitaria de la Iglesia

“Aunque no siempre es posible tener presencia directa en el país, mantengo un contacto regular con la realidad de Somalia, especialmente a través de Caritas Somalia, que representa el servicio social y humanitario de la Iglesia”, afirmó.

Añadió que la presencia de la Iglesia es necesariamente limitada y respetuosa de las condiciones locales, y que se mantiene un contacto permanente con el clero en Somalilandia —una región autoproclamada independiente en el norte— y con los capellanes en Mogadiscio.

“La misión de la Iglesia se lleva a cabo principalmente a través del testimonio, el servicio humanitario, el acompañamiento y la promoción del diálogo y la fraternidad humana”, dijo el obispo Daibes.

Esperanza cautelosa

A pesar de la magnitud del sufrimiento, el obispo expresó una esperanza cautelosa por el futuro de Somalia, señalando la importancia de la reconciliación, la construcción de instituciones y la inversión en los jóvenes.

“Construir una paz duradera requiere no solo medidas de seguridad, sino también inversión en oportunidades para los jóvenes, desarrollo social y el fortalecimiento de la confianza y la cooperación dentro de la sociedad”, afirmó.

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– Fredrick Nzwili escribe para OSV News desde Nairobi, Kenia.

El autorOSV / Omnes

Libros

“Tengo la corazonada de que León XIV va a ser un Papa gigante”

Uno de los principales vaticanistas, Juan Vicente Boo, publica un estudio biográfico sobre el Santo Padre cumplido un año de Pontificado.

Jose Maria Navalpotro·28 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Lo llama “El Papa de la nueva era”. Juan Vicente Boo, uno de los vaticanistas con mayor prestigio y experiencia, acaba de presentar un ensayo biográfico -publicado por Espasa- sobre León XIV, quien el 18 de mayo cumplió su primer año de pontificado. La nueva era que menciona Boo es la marcada por la Inteligencia Artificial (IA).

El autor explica que al tomar como nombre el de León XIV ya decía mucho. Así, si León XIII afrontó “la cuestión social” durante la Revolución Industrial; su sucesor se sitúa en una nueva era marcada por la Inteligencia Artificial, en lo que califica como una “Rerum Novarum 2.0”, en referencia a la Encíclica que inició la doctrina social de la Iglesia.

Juan Vicente Boo (A Pobra do Caramiñal, La Coruña, 1954) ha sido corresponsal del diario ABC en el Vaticano desde hace veinte años. En la presentación del libro en Madrid, aseguró: “Tengo la corazonada de que León XIV va a ser un Papa gigante”. Una afirmación para tener en cuenta. Su libro, “El Papa de la nueva era”, de Espasa, es fruto de un profundo estudio sobre Robert Prevost, partiendo de un detenido examen de su pasado, como superior agustino, como misionero, como Prefecto del Dicasterio para los Obispos, los méritos que le llevaron a ser una de las personas de máxima confianza del Papa Francisco. “Hay que descubrir la persona del Papa”, afirma el autor. Él lo transmite al lector.

Boo subraya la continuidad entre el Papa Francisco y León XIV y, en este sentido, señala como otro de los ejes del pontificado actual al Concilio Vaticano II.

El ensayo aporta consideraciones incisivas y asequibles sobre geopolítica, en un contexto internacional donde León XIV se preocupa por la paz en Ucrania, en Palestina, en Irán, entre otros puntos hoy en conflicto, en “un mundo que arde”.

Especial peso tiene en el libro el análisis de la IA: “va a ser una piedra miliar de su magisterio”, afirmó Boo. Comentó que “el Papa es tan metódico y reflexivo que llega la encíclica casi en un año de su inicio”. Explicó que el Papa matemático, teólogo y canonista empezó a trabajar el tema desde hace años y en su año de Pontificado ha dedicado al tema una intervención pública cada mes.

León XIV: el Papa de la nueva era

Autor: Juan Vicente Boo
Editorial: Espasa
Lugar de edición: Madrid
Longitud de impresión: 304
Idioma: Castellano
ISBN: 978-8467081992

Familia

Fernando Mairata, experto en ciberseguridad: “Un control parental no es para controlar a nuestros hijos, es para ayudarles a estar seguros”

Fernando Mairata habla con Omnes sobre la importancia de la ciberseguridad en la familia, aportando herramientas para que la seguridad en el ámbito tecnológico se convierta en una realidad.

Paloma López Campos·28 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

Fernando Mairata es el CEO de DLTCode, una empresa española de ciberseguridad. Es además el presidente del Grupo Armora, grupo empresarial al que pertenece dicha empresa, y de PETEC, la Asociación de Peritos de Nuevas Tecnologías. También es el presidente de la Comisión de Ciberseguridad de CINTAC, la Asociación por las Tecnologías Accesibles.

Como parte de su trabajo también colabora con las Fuerzas y Seguridades del Estado en temas de ciberseguridad e imparte charlas de concienciación en instituciones educativas y empresas.

¿Por qué decidió escribir este libro?

– Un buen día, un amigo Guardia Civil me propuso escribir este libro para hablar de la ciberseguridad desde la familia y me gustó el reto. Nos reunimos con la editorial Palabra, y solo hubo una condición: donar todos los derechos del libro a la Asociación Pro-Huérfanos de la Guardia Civil.

A partir de ahí me puse a escribir ya se ha hecho realidad este libro. La verdad es que estamos muy contentos con el avance de las ventas y la gran acogida que está teniendo.

El libro no es tremendista, pero sí que se nota que hay cierta urgencia en tratar esta cuestión. ¿A qué se debe esa urgencia?

– La urgencia se debe a que todavía no hemos visto las consecuencias de las primeras generaciones a las que hemos dejado solas con las nuevas tecnologías y con las redes sociales. Pensamos que los chavales están acostumbrados, que conocen todo sobre la tecnología y las redes sociales, pero no han tenido ese acompañamiento necesario por parte de los padres y de los profesionales, para saber cómo utilizarlas de forma responsable.

Todavía no estamos viviendo las consecuencias de haberles dado un arma tan potente y no haberles explicado cómo utilizarla bien. Por eso por eso hay urgencia, porque al final tenemos muchas generaciones que se están formando con las pantallas, que están utilizando las nuevas tecnologías, las redes sociales, y que en ningún momento se les ha explicado los problemas que puede haber, igual que las ventajas del buen uso.

La tecnología avanza muy rápido, porque de hecho el primer smartphone es de 2007, como quien dice, de antes de ayer. Ya viene la IA y después viene la computación cuántica, entonces cuanto antes empecemos a tratar estos temas en familia y que no sean un tabú, mucho mejor.

Todavía estamos a tiempo de evitar los grandes problemas que hay mucha gente que pronostica.

Además de esta falta de comunicación en la familia, ¿qué otros errores comunes existen a la hora de enfrentarse a esta seguridad digital?

– Lo primero es la brecha que hay entre los abuelos y los nietos. ¿A nuestros hijos quién los está cuidando actualmente? Normalmente los abuelos. Cuando uno de nuestros hijos pequeños se queda con los abuelos y se pone con el ordenador o con la pantalla que está conectada a internet, se pone a hacer cosas que los abuelos no tienen control y para ellos también es una inseguridad y un malestar el decir “pueden estar haciendo cosas que yo no me entero y con las que tampoco puedo ayudarles”.

Pero luego estamos los padres, que tampoco estamos dando ejemplo de un buen uso de las nuevas tecnologías. Estamos mucho tiempo delante de las pantallas, publicamos demasiadas cosas en redes sociales, y al final estamos dejando un poco de lado la familia y lo que es el trato humano entre nosotros.

Tú vas a un restaurante y antes veías a la gente que se miraba a los ojos; ahora todo el mundo está mirando para abajo y contestando a los WhatsApp, o jugando. Estamos perdiendo la humanidad y perdiendo ese contacto personal que es tan importante.

¿Qué medidas podemos adoptar entonces?

– Ante todo, los padres tenemos que ser ejemplo para nuestros hijos. Porque si yo le digo a mi hijo que tiene que cruzar en verde y me ve cruzar en rojo todos los días, está claro cómo van a cruzar: en rojo. Por lo tanto, luego no me puedo enfadar con ellos porque hayan cruzado en rojo.

Lo segundo, fomentar mucho el diálogo en familia y ver que todos somos parte de la solución, que nuestros hijos pueden ayudar a sus abuelos a tener más confianza en esas nuevas tecnologías y a conocer un buen uso de estas. Nosotros, como hijos y como padres, podemos ayudar a nuestros hijos y podemos ayudar a nuestros padres, pero también tenemos mucho que aprender de nuestros hijos.

Y sobre todo es fomentar la confianza en familia, el que se pueda hablar de cualquier tema sin que sea tabú para que —y Dios no lo quiera— el día que tengamos un problema, sepamos reaccionar y sepamos cómo pedir ayuda para que nos puedan ayudar o nuestros padres, o nuestros abuelos, o nuestro entorno, y que podamos afrontar el problema sin mayores consecuencias.

Hay una delgada línea entre la supervisión y la invasión de la privacidad de lo que están haciendo nuestros hijos en internet. ¿Cómo podemos alcanzar un equilibrio?

– El equilibrio es muy fácil, es a base de diálogo. Si tú das confianza a tus hijos, si tú explicas a tus hijos lo que haces, ellos te van a explicar lo que hacen y te lo van a enseñar. Si yo navego junto a mi hijo cuando estoy navegando yo, no va a tener ningún problema en que esté a su lado cuando él navega.

Tenemos que navegar juntos y tenemos que trabajar juntos y hablar de ciberseguridad. Porque no es una cosa que de repente ha aparecido en este mundo, es que tenemos que implementarlo en nuestro ADN, implementarlo en nuestras vidas.

Si pensamos primero en las cosas y luego en aplicarles ciberseguridad, ya vamos mal; si pensamos en las cosas de una manera ya segura, pues estaremos triunfando. Y ojo, que eso no significa no caer, que todos vamos a acabar cayendo. Pero lo importante es saber tener esa reacción para cuando caigamos o para cuando el de al lado caiga, poder ayudarle.

Yéndonos un poco al lado negativo, ¿qué tipo de amenazas se encuentran actualmente niños, pero sobre todo adolescentes, en el entorno digital?

– El uso de las imágenes que suben a las redes sociales, que tú cuando sacas una imagen la estás sacando de contexto, con lo cual esa imagen se puede volver contra ti y puede producir acoso.

Nos encontramos también con las inteligencias artificiales, que se están utilizando para el lado del mal, porque se utiliza para desnudar a compañeras del centro educativo y empezar a distribuir las imágenes, ya hemos visto muchísimas noticias de estas cosas. Hay que tener mucho cuidado y sobre todo hay que saber reaccionar.

Y lo importante, todos tenemos a nuestra disposición el teléfono 017 de INCIBE, que es el Instituto Nacional de Ciberseguridad, para ayudarnos con estos casos.Es importante saber que podemos denunciar, algo esencial. Lo que no se denuncia no existe, por lo tanto, si no denunciamos estamos ayudando a los criminales, no estamos ayudando a los profesionales de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Tenemos que saber que podemos contar siempre con Policía Nacional y con Guardia Civil; constantemente están actualizando sus conocimientos, están muy implicados en los temas de las nuevas tecnologías y están muy al día de los delitos y los ciberdelitos, y no tenemos que tener ninguna duda de que acudiendo a ellos nos van a ayudar.

Ha mencionado los centros educativos. ¿Qué papel cree que debería jugar la educación para la ciberseguridad?

– Es un papel primordial, pero tenemos que partir de la base de que la educación viene de casa y en los centros educativos nos forman. Y dentro de esa formación, sí es verdad que desde pequeñitos ya están metiendo las pantallas, pero no se habla de ciberseguridad o de seguridad hasta los 9 o 10 años, con lo cual ya vamos tarde.

Si un alumno entra al colegio con 3 años, ya tenemos 6 años que ha estado utilizando las nuevas tecnologías, seguramente antes porque los padres, para que los niños no molesten, les dejamos los dispositivos para que vean dibujos, se entretengan y demás.

Pero son muchos años con pantallas y además son años en los que es muy importante su formación, porque es cuando son esponjas, y ahí estamos perdiendo el tiempo al no hablarles de seguridad y al no explicarles el buen uso de las nuevas tecnologías.

Con respecto a los padres, ¿a qué señales de alerta deberían prestar atención los padres para darse cuenta de que hay algo sucediendo en el entorno digital en el que se mueven sus hijos?

– Exactamente lo mismo que hacían nuestros padres cuando no existía el entorno digital, con la diferencia de que cuando nosotros éramos pequeños no existía este entorno. El acoso, por ejemplo, en los colegios, cuando salías a las 5 de la tarde se terminaba hasta el día siguiente. Hoy en día no, hoy el acoso es 24/7, 365 días del año.

Cuando vemos que nuestros hijos no se despegan de las pantallas, de repente les notamos extraños, nerviosos, esas son pautas para decir “aquí pasa algo”. Y si vemos que están muy reservados, que no quieren hablar con nosotros, también hay un problema.

Insisto en que es clave educar a nuestros hijos en casa para que tengan esa confianza y que cuando vean que tienen un problema sean capaces de avisarnos y no pensar que les vamos a echar la bronca. Lógicamente, si han hecho algo mal, les regañarás, pero a lo mejor no es el momento cuando te lo cuentan, sino un poco después.

Tenemos que ser pacientes, tenemos que ayudarles a salir de los problemas y después ya veremos responsabilidades, castigos o lo que queramos, pero lo primero es actuar. Porque además en el mundo digital todas las evidencias desaparecen a una velocidad asombrosa, por lo tanto hay que ser muy rápidos para poder salvaguardarlas y poder presentar esa denuncia.

Con respecto a las redes sociales, ¿cómo podemos gestionar tanto su uso como  lo que se comparte?

– Trabajando con ellos. ¿Hay controles parentales? Sí. ¿Nos pueden ayudar? Sí. Pero también tenemos que enseñar a nuestros jóvenes qué es lo que hace un control parental y qué es toda la porquería que les está quitando. Porque un control parental no es para controlar lo que hacen mis hijos, es para ayudarles a estar seguros, para que vean que cuando tú tienes el control parental activado toda la porquería de anuncios y demás no te va a aparecer porque está bloqueada, toda la porquería que hay de contenidos no adecuados para tu edad tampoco te van a aparecer porque está bloqueado. Eso no es espiar, eso es acompañar.

Y si les demostramos a nuestros hijos el funcionamiento y todo lo que les estamos evitando, va a ayudar a que entiendan que estamos ahí para ayudarles, no para espiarles. Porque los mensajes no hay que leerlos, hay que tener esa confianza para que ellos nos digan cuándo tienen un problema.

¿Hay herramientas o recursos que pueda recomendar a los padres para que les ayuden a mejorar esta seguridad digital?

– Hay muchísimas herramientas. Yo lo que les recomiendo es hablar mucho. Hay cosas que propongo en el libro como ver una película de Disney con palomitas, disfrutar de la película y luego aprovechar para hablar qué enseñanzas de ciberseguridad nos da la película de Disney, que son muchas. El que tenga el libro puede tener algunos ejemplos, pero si trabajamos con los chavales veremos que hay infinidad.

Por otro lado, está el minuto digital, que también lo menciono en el libro. Consiste en que todos los días nos vamos a sentar y durante un minuto vamos a hablar de lo que hemos hecho a través de las redes, de las nuevas tecnologías.

Otro ejercicio es buscar en internet meteduras de pata de famosos, porque han subido fotos o han subido vídeos a sus redes sociales con prisas por aquello de “tiene que ser todo inmediato”, no han comprobado lo que había alrededor y han metido la pata.

En resumen: hay que buscar cosas sencillas para jugar con ellos y para aprender juntos.

Y luego, en el 017 y en la página web de INCIBE, la que abrió especialmente para jóvenes, que es is4k.es —Internet Segura for Kids—, ahí tenemos un montón de herramientas, tenemos juegos y mucho material para poder trabajar en familia y no solo con nuestros menores, sino con los mayores.

Evangelio

No es bueno que Dios esté solo. Santísima Trinidad (A)

Vitus Ntube nos comenta la lecturas de la Santísima Trinidad (A) correspondiente al día 31 de mayo de 2026.

Vitus Ntube·28 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

El primer domingo después de Pentecostés está dedicado a la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Con la conclusión del tiempo pascual, la liturgia vuelve al Tiempo Ordinario, y lo hace invitándonos a contemplar a Dios en su realidad más profunda.

La solemnidad de hoy, en cierto sentido, resume toda la revelación de Dios tal como se ha desplegado a través del misterio pascual: la muerte y resurrección de Cristo, su ascensión a la derecha del Padre y el descenso del Espíritu Santo. Es como si la Iglesia nos condujera, paso a paso, hasta el mismo corazón de Dios. Al llegar al misterio de la Trinidad, profundizamos en lo que significa decir: «tanto amó Dios al mundo».

Las lecturas de hoy trazan un camino de esta revelación. En la primera lectura, Moisés se encuentra con el Señor en el monte Sinaí, donde Dios se revela: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Aquí Dios aún no se revela como Trinidad, pero ya vislumbramos algo de su vida interior: una riqueza, una plenitud, un amor que desborda.

Este amor divino alcanza su expresión plena en el Evangelio: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. El Padre envía al Hijo; el Hijo entrega su vida; el Espíritu es derramado en nuestros corazones. Dios no es soledad, sino comunión.

Esta es la profunda sencillez de nuestra fe: hay un solo Dios, y sin embargo este único Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas distintas, unidas en un amor perfecto. El amor, por su propia naturaleza, no puede permanecer cerrado en sí mismo. De manera sugestiva y casi lúdica, G. K. Chesterton comentó una vez que “no es bueno que Dios esté solo”, evocando las palabras del Génesis sobre el hombre: “no es bueno que el hombre esté solo”. Aunque, por supuesto, Dios es perfecto en sí mismo, el misterio de la Trinidad revela que en Dios hay una comunión eterna, un intercambio vivo de amor.

Somos introducidos en esta vida divina por el Bautismo. Somos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. La vida de la Trinidad no solo nos ha sido revelada, nos ha sido dada. Cada vez que hacemos la señal de la cruz, invocamos ese nombre, el nombre de Dios que es amor. Ese gesto sencillo marca toda nuestra existencia: desde el inicio de nuestra vida en Cristo hasta su plenitud, nos acompaña recordándonos quiénes somos y a quién pertenecemos.

San Pablo expresa esto bellamente al final de su segunda carta a los Corintios: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”. No es solo un saludo; es un resumen de la vida cristiana.

Si es cierto, en cierto sentido, que “no es bueno que Dios esté solo”, entonces ciertamente no es bueno que el hombre esté solo sin Dios. Hemos sido creados para la comunión con Dios y entre nosotros. La Trinidad revela tanto nuestro origen como nuestro destino: venimos del amor y estamos llamados a entrar plenamente en ese amor.

Cine

‘San Jorge’: Una notable ración de épica histórica para la cartelera

La cinta, que se estrena este 29 de mayo, cumple con creces su objetivo: ofrecer entretenimiento y la leyenda clásica del santo sin complejos.

Redacción Omnes·27 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: < 1 minuto

En una cartelera a veces saturada de propuestas idénticas, siempre se agradece cuando una película sabe exactamente qué quiere ofrecer y lo entrega sin rodeos. Este es el caso de ‘San Jorge’, la producción que llega a los cines de España este viernes 29 de mayo. La película se presenta como lo que realmente es: un drama de acción histórica entretenida y honesto con su público.

La trama nos traslada a la última gran persecución del emperador Diocleciano, un marco histórico potente para situar el conflicto de Jorge, un capitán romano atrapado entre el deber militar y sus profundas convicciones. Es cierto que el guion no busca revolucionar el género ni meterse en laberintos psicológicos; apuesta por una narrativa clásica de toda la vida, con un héroe de valores claros y un conflicto moral directo. Funciona, la historia avanza con buen ritmo y se apoya en una dirección que sabe cuándo ponerse seria y cuándo dar paso a la acción.

En definitiva, ‘San Jorge’ no necesita ser una obra maestra para ser una buena película. Es una propuesta muy disfrutable que cumple con nota en el apartado visual, entretiene de principio a fin y dignifica la leyenda del santo con respeto y espectacularidad. Una opción más que recomendable para volver a las salas de cine este fin de semana.

Vaticano

León XIV insta a respetar los textos y las normas de la liturgia

En la catequesis de la Audiencia de este miércoles, el Papa León XIV ha animado “a todos los sacerdotes a respetar los textos y las normas de la liturgia”, que ha sido “durante siglos, un motor de evangelización”.

Redacción Omnes·27 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Tras una amplia cita de Benedicto XVI, en su reflexión sobre la Constitución “Sacrosanctum Concilium” del Concilio Vaticano II,  el Papa León XIV ha manifestado en la Audiencia de esta mañana que “contemplamos la liturgia desde la perspectiva de la tradición y la evolución”.

El papa Pío XII definió a la Iglesia como un “organismo vivo” que necesita crecer, madurar y adaptarse a las circunstancias. Y de hecho, “deseando que la vida cristiana prosperara y creciera, el Concilio Vaticano II reconoció que era el momento de ajustar algunos elementos adaptables de la liturgia por el bien de la salud y la vitalidad de la Iglesia, para fortalecer y rejuvenecer a los cristianos, y para fomentar la unidad y evangelizar a hombres y mujeres”.

Sin embargo, como ha precisado el Papa al dirigirse a los peregrinos de lengua inglesa, y a todos los fieles, “el Concilio afirmó que el progreso legítimo en la liturgia debe preservar también la sana tradición, y que ‘ciertos elementos de la liturgia nunca pueden cambiar porque son de institución divina’.

“De manera particular, animo a todos los sacerdotes a respetar los textos y las normas de la liturgia con apertura, humildad, confianza en la grandeza de Dios y con sincera fidelidad a la comunión eclesial”, ha dicho el Pontífice.

“Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso”

En su catequesis, el Papa ha profundizado en aquella intención de los padres conciliares: Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la dirección a seguir: ‘Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso’ (SC, 23). 

Benedicto XVI acogió en esta declaración de intenciones el ‘programa de reforma’ de los Padres conciliares, ha proseguido el Papa León, que ha citado textualmente unas frases del Papa alemán.

Benedicto XVI: tradición y progreso se integran

“No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura” (Discurso a los participantes en el Congreso por el 50° aniversario de la fundación del Instituto litúrgico pontificio de San Anselmo, 6 de mayo de 2011). (Hasta aquí la cita de Benedicto XVI).

El Papa León XIV preside la Santa Misa de la Solemnidad de Pentecostés en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el 24 de mayo de 2026. (Foto de OSV News/Matteo Minnella, Reuters.

Una parte inmutable, y otras sujetas a cambio

El Concilio afirma la legitimidad de ese proceso, ha proseguido León XIV, “arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia ‘una parte que es inmutable por ser la institución divina’ de ‘otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados’ (SC, 21). 

Luego, en palabras a los peregrinos de lengua española, ha añadido que “esta necesidad (de una adaptación a las exigencias actuales, renovando por ende las formas rituales de la Sagrada Liturgia”, la podemos constatar a lo largo del caminar de la Iglesia, pues bien, el culto se ha “encarnado” en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas.

“La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización”, ha reiterado en la Audiencia.

No compromete la comunión eclesial

“El Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia (cf. SC, 22)”, ha señalado el Sucesor de Pedro, aclarando que “el progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla”.

El papa León XIV saluda a un niño desde el papamóvil mientras recorre la Plaza de San Pedro en el Vaticano antes de su audiencia general semanal el 20 de mayo de 2026. (Foto de CNS/Lola Gómez).

Que María, Madre de la Iglesia, cuide a los fieles de Líbano

En sus saludos a romanos y peregrinos de diversos países, el Papa se ha referido de modo especial a invocar la protección de María, Madre de la Iglesia -la ha denominado así, “Madre”, en varias ocasiones-, en particular a los de lengua portuguesa y árabe.

“Saludo a los fieles de lengua árabe, en particular a los procedentes del Líbano. María, Nuestra Madre, está siempre presente entre nosotros, reza por nosotros y nos cuida con amor maternal. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!”.

Y proteja la vida de cada persona, desde la concepción hasta la muerte natural

Luego, al dirigirse a los polacos, ha recordado el Día de la Madre, y les ha pedido que “protejan en su patria la vida de cada persona, desde la concepción hasta la muerte natural”.

Éstas han sido sus palabras: “Saludo cordialmente a los polacos. Ayer celebraron el Día de la Madre. Doy las gracias a todas las madres que, con generosidad, han transmitido el don de la vida y cuidan de sus hijos, enseñándoles el amor a Dios y al prójimo”. 

Que la Santa Madre de Dios interceda por ellas para que obtengan la gracia de un vínculo duradero con Jesús, ha concluido el Santo Padre, “y con su ayuda, protejan en su patria la vida de cada persona, desde la concepción hasta la muerte natural”.

En su resumen en inglés, que pronuncia el mismo Papa, hoy ha saludado de modo expreso “a los grupos de Inglaterra, Irlanda, Camerún, Kenia, Nigeria, India, Pakistán, Filipinas, Corea del Sur, Canadá y los Estados Unidos de América”.

El autorRedacción Omnes

Vaticano

Babel, algoritmo, desarme…: Diccionario de términos en la encíclica papal

¿Qué tienen en común la Torre de Babel, la figura bíblica de Nehemías, los algoritmos y la realpolitik? Todos estos temas se abordan -junto con el desarrollo humano integral, el desarme o la doctrina social católica-, en la primera encíclica del Papa León XIV, 'Magnifica Humanitas'.  

OSV / Omnes·27 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 10 minutos

— Gina Christian, OSV News

El texto de la encíclica ‘Magnifica Humanitas’, firmada por el Papa el 15 de mayo y publicada el 25 de mayo, invoca la sabiduría de la doctrina social de la Iglesia como marco para dar forma a la IA, en medio de rápidos avances tecnológicos, un panorama global fragmentado y las crecientes amenazas a la vida y la dignidad humanas.

Aquí tienes una guía de algunos de los términos que se tratan en la encíclica.

– 1) Inteligencia artificial: término general para la tecnología que emula la inteligencia humana. La capacidad de aprender de los datos, reconocer patrones, resolver problemas, tomar decisiones y generar contenido original a partir de indicaciones humanas son características de la IA.

En “Magnifica Humanitas”, el Papa León XIV escribe que “no es posible ofrecer una definición única y completa de IA”.

“Lo que sí se puede afirmar es que debemos evitar la idea errónea de equiparar este tipo de ‘inteligencia’ con la de los seres humanos”, continuó. “Estos sistemas simplemente imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo superan la inteligencia humana en velocidad y capacidad computacional, ofreciendo beneficios tangibles en muchos campos. Sin embargo, este poder sigue estando totalmente ligado al procesamiento de datos”. 

La IA se programa en varios lenguajes de programación, entre ellos Python, C++, Java y R. Ejemplos cotidianos de IA en acción incluyen diversos tipos de chatbots como ChatGPT de OpenAI y Claude de Anthropic, recomendaciones de productos en línea y asistentes personales virtuales como Alexa de Amazon y Siri de Apple. La IA tiene una amplia gama de aplicaciones empresariales en casi todos los sectores del mercado, incluidos la sanidad, la educación, la energía y la seguridad.

– 2) Algoritmo: En esencia, un proceso rutinario y secuencial para realizar una tarea. Los algoritmos de IA, más complejos, están diseñados para contemplar múltiples escenarios hipotéticos en una situación dada y para aprender de los datos con los que se entrenan. El Papa León XIV advierte en su encíclica que los algoritmos de IA pueden utilizarse para ejercer dominio sobre los vulnerables y sobre la humanidad misma, erosionando la responsabilidad y la empatía.

“De esto se desprende una consecuencia simple pero contundente: no podemos considerar que la IA sea moralmente neutral”, escribe. “En realidad, toda herramienta técnica incorpora decisiones y prioridades a través de lo que mide, ignora y optimiza, y de cómo clasifica a las personas y las situaciones”.

¿Dominio sobre la humanidad?

– 3) Alineación: En el desarrollo de la IA, el proceso de asegurar que la tecnología se ajuste a los valores humanos, de modo que los modelos de IA sirvan de forma segura a los intereses humanos. La “desalineación emergente”, donde la IA se desvía de dichas normas y se comporta de manera perjudicial, es una preocupación creciente entre los expertos en ética y teología de la IA. 

El Papa León XIV insiste en que la alineación conlleva una condición adicional: “la posibilidad de debatir abiertamente los marcos éticos implicados y someterlos a estándares compartidos de justicia social. De lo contrario, quienes controlan la IA impondrán su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de estos sistemas”.

– 4) Babel, la Torre de Babel: Descrita en Génesis 11:1-9 , la ciudad y la torre construidas por las naciones de la tierra en el valle de Sinar, después de que Noé y su familia sobrevivieran al diluvio. Debido a que las naciones, que hablaban el mismo idioma, emprendieron el proyecto con orgullo humano, el Señor confundió su lenguaje, lo que provocó división y dispersión por toda la tierra. En la sección 7 de su encíclica, el Papa León XIV utiliza este ejemplo para mostrar “los límites de cualquier esfuerzo que, por grandioso que sea, surja de la autoafirmación, sacrifique la dignidad humana por la eficiencia y aspire a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios”.

– 5) Doctrina social católica (doctrina social): La enseñanza de la Iglesia -que se basa en documentos papales, conciliares y eclesiásticos- sobre los medios para construir una sociedad justa y vivir la santidad en la vida moderna. Como explica el Papa León XIV en su encíclica, el término fue acuñado por el Papa Pío XII en 1950, pero debe su desarrollo a “una larga tradición de reflexión eclesial sobre la vida en sociedad, arraigada en la Sagrada Escritura, los Padres de la Iglesia y los desarrollos teológicos y legales de la Edad Media y la era moderna”. El Papa León XIV señala también que su “amado predecesor”, León XIII, impulsó esa tradición hacia aplicaciones modernas en su encíclica “Rerum Novarum” de 1891.

Principios de la Doctrina social católica

Los principios clave de la doctrina social católica son: el bien común; el destino universal de los bienes, que sostiene que los bienes de la creación están destinados a todos (incluso cuando la propiedad privada se adquiere justamente). Subsidiariedad, que enfatiza que las instituciones más grandes de la sociedad, incluido el Estado, no deben abrumar ni interferir con las más pequeñas (incluidas las familias y las comunidades eclesiales). La solidaridad sostiene que la humanidad, aun con sus diferencias, es una familia. Y la justicia, que según el Catecismo de la Iglesia Católica “consiste en la voluntad constante y firme de dar lo que corresponde a Dios y al prójimo”.

En su encíclica, el Papa León XIV subraya que la IA y su poder inherente deben evaluarse conforme a los principios de la doctrina social católica.

– 6) Ciudad de Dios, ciudad del hombre: símbolos, respectivamente, de la fe en Dios y la incredulidad. San Agustín contrasta ambas en su obra más conocida como ‘La Ciudad de Dios’. 

En su encíclica, el Papa León XIV (miembro de la Orden de San Agustín, quien invoca con frecuencia el pensamiento del santo) cita esta imagen y la observación de San Agustín: “Dos amores han construido dos ciudades: la ciudad terrenal, el amor propio hasta el desprecio de Dios; la ciudad celestial, el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo”. 

El Papa León XIV reflexiona entonces: “Como a lo largo de la historia, estos dos amores siguen compitiendo por el dominio en nuestros corazones hoy. La era de la IA no es una excepción: la construcción de Babel o la reconstrucción de Jerusalén comienza dentro de cada uno de nosotros».

– 7) Ecología de la comunicación: Un modelo para comprender la dinámica entre la comunicación y el orden social. Este concepto, a veces denominado ‘ecología de los medios’, tiene sus raíces en los estudios de comunicación de la década de 1960. 

En su encíclica, el Papa León XIV utiliza este término para abogar, entre otras cosas, por la transparencia en las comunicaciones de la Iglesia, la protección de datos personales y la selección de contenidos; la alfabetización digital y mediática; el periodismo serio; la verificación de la información; y el fomento del pensamiento crítico. 

El Papa señala que estas acciones reflejan “el principio fundamental” de que “la verdad es un bien común y no propiedad de quienes detentan el poder y la influencia”.

Foto: ©Caritas Polonia. Niños en una tienda de refugiados en Kroscienko.

Mirada en las generaciones presentes y futuras

– 8) Desarrollo humano integral: término que aparece en la encíclica de San Pablo VI de 1967, ‘Populorum Progressio’. En este texto se concibe el florecimiento de las personas y los pueblos de forma holística, teniendo en cuenta las preocupaciones espirituales, culturales, morales y relacionales, con la mirada puesta no solo en las generaciones presentes, sino también en las futuras. 

El concepto es fundamental para la doctrina social católica (véase más arriba), y el Papa Francisco estableció en 2016 el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral del Vaticano. 

En su encíclica, León XIV describe el desarrollo humano integral como “el marco a través del cual podemos interpretar los cambios de nuestro tiempo, incluidos los provocados por la revolución digital”.

– 9) Modelo de lenguaje a gran escala: Un tipo de modelo de IA capaz de ser entrenado para comprender y generar lenguaje de forma similar a la humana, con contexto y matices.

– 10) Multilateralismo: En las relaciones internacionales, el concepto de cooperación entre naciones diversas. Originalmente un término geométrico que significa “multilateral”. El multilateralismo es fundamental para entidades como las Naciones Unidas y para los acuerdos internacionales sobre un orden basado en normas que salvaguarde la vida y la dignidad humanas. 

En su encíclica, el Papa León XIV señala una crisis en el sistema multilateral actual, no solo debido a “limitaciones estructurales”, sino también a “una frecuente falta de voluntad compartida para apoyarlo y reformarlo, o para reconocer su autoridad moral”.
Observa que la globalización económica posterior al colapso de los regímenes comunistas europeos en 1989 dista mucho de ser un “multilateralismo genuino”. En cambio, escribe que la “fe casi ciega en los mercados” de la globalización ha “provocado reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas”, y ha degenerado en “un multipolarismo desordenado y conflictivo con una sensación generalizada de desconfianza”. 

Se sustituye el derecho internacional por ‘la fuerza hace el derecho’

Los esfuerzos conjuntos por el bien común se ven aún más amenazados por los intentos resurgentes de “forjar una identidad colectiva en oposición a un enemigo”, donde cada bando se declara “víctima con derecho a represalias” y sustituye el derecho internacional por la idea de que “la fuerza hace el derecho”. 

Como resultado, advierte el Papa León, la política de poder está relegando a un segundo plano las iniciativas de consolidación de la paz y comprometiendo “los logros del derecho humanitario”, y la protección de los civiles, y “especialmente de los niños”, en medio de los conflictos se considera “una ingenua reliquia del pasado”.

– 11) Nehemías: Nombre tanto del gobernador de Judá como del libro bíblico. Hacia el año 444 a. C., el rey persa Artajerjes I concedió permiso a Nehemías para regresar a Jerusalén —donde algunos judíos, tras el exilio babilónico del siglo VI a. C., habían comenzado a reasentarse— con el fin de reunir y guiar al pueblo en la restauración conjunta de su antigua ciudad. 

A diferencia de Babel, según afirma el papa León XIV en su encíclica, este esfuerzo liderado por Nehemías (y posteriormente por Esdras) puso a Dios en el centro y priorizó la comunión y la reconstrucción de las relaciones por encima de la uniformidad.

– 12) Realismo político, realpolitik: El realismo político es una teoría política que pone por delante el poder sobre la moral y la ética, sosteniendo, en efecto, que “la fuerza hace el derecho”. 

En las relaciones internacionales, la realpolitik (término popularizado en el siglo XIX) también privilegia el poder, así como el interés nacional, sobre otros principios y consideraciones, enmarcándola como una política pragmática. 

En su encíclica, el Papa advierte que ambas filosofías —la segunda la condena como “verdaderamente irresponsable”— contribuyen a presentar la guerra como inevitable, impidiendo así una paz genuina basada en la justicia y la caridad.

– 13) Paradigma tecnocrático: término también utilizado por el Papa Francisco en su encíclica de 2015, ‘Laudato Si’’, para describir una cosmovisión en la que la humanidad emplea la tecnología con el objetivo principal de “posesión, dominio y transformación”, en lugar de la administración humilde y agradecida de los abundantes dones de Dios.

El Papa León XIV escribe que este “paradigma tecnocrático generalizado… amplificado por la revolución digital y la IA, amenaza con normalizar una visión antihumana. En esa visión, la plenitud de la vida se equipara con tener más, reducir la debilidad, eliminar la incertidumbre y ejercer un control total. Cuando la eficiencia se convierte en la medida última del valor, los seres humanos se ven tentados a verse a sí mismos como un proyecto a optimizar en lugar de como personas llamadas a la relación y la comunión”.

Ameca, robot humanoide de Engineered Arts, interactúa con los asistentes en la entrada del Pabellón del Reino Unido durante el CES 2022 en Las Vegas el 6 de enero de 2022. (Foto de OSV News/Steve Marcus, Reuters).

– 14) Transhumanismo y posthumanismo: El transhumanismo sostiene que los seres humanos pueden trascender sus limitaciones, especialmente mediante avances científicos como la informática, la criogenización, la biomedicina y otras intervenciones tecnológicas. El posthumanismo, por su parte, contradice esta visión de la centralidad humana, y algunos posthumanistas abogan por una hibridación entre humanos, máquinas y el medio ambiente.

“Aunque estas ideas sigan siendo en gran medida especulativas, adquieren relevancia al alterar el imaginario colectivo y, por ende, influyen en las decisiones sociales, económicas y políticas”, escribe el Papa León XIV en su encíclica.

Contrastan estas perspectivas con la concepción cristiana de la humanidad como creación de Dios, señalando que las limitaciones humanas constituyen oportunidades vitales para “reconocer la dignidad inviolable de cada persona”, vivir con compasión y “encontrar la presencia del Señor”.

– 15) «Desarmar» la IA

El Papa León XIV ha hecho un llamado a la vigilancia en la conferencia de prensa del Vaticano. Sus conversaciones con líderes de la industria, incluyendo “voces muy preocupantes” que le advirtieron sobre sistemas de armas autónomas más allá de la gobernanza humana efectiva, le habían llevado a la “convicción inquietante”, expresada en Magnífica Humanitas”, de que la Inteligencia artificial (IA) debe ser desarmada”. dijo el Papa León. 

Al presentar “Magnifica Humanitas”, el Papa reveló que el documento “nació de escuchar” a científicos, educadores, padres y líderes tecnológicos, incluyendo aquellos que expresaron preocupaciones sobre algoritmos que niegan atención médica, empleos y seguridad utilizando “datos contaminados por prejuicios e injusticias”.

Comparando la IA con la energía nuclear, el Papa León dijo que la tecnología debe servir al bien común, no a la dominación o la exclusión. 

16) Y “construir” la ciudad 

León XIV ha señalado que desarmar la IA no es suficiente, sino que “debemos construir”. Destacó la primera frase de su encíclica, en la que escribió que la humanidad se enfrenta hoy a “una elección crucial: o construir una nueva Torre de Babel o construir la ciudad en la que Dios y la humanidad convivan”.

En la rueda de prensa, el Papa recurrió a su experiencia misionera en Perú, recordando las inundaciones de 2017 que devastaron comunidades en el norte del país y la ardua labor de reconstrucción que siguió.

“Reconstruir no significa simplemente reemplazar lo que ha sido destruido”, dijo. “Significa reparar los lazos, restaurar la confianza y reavivar la esperanza en el futuro”.

Christopher Olah, y respuesta del Papa

Chris Olah, cofundador de Anthropic, advirtió que la IA podría desplazar el trabajo humano “a gran escala”,  y señaló que era fundamental que personas sin los incentivos financieros de los ejecutivos tecnológicos prestaran mucha atención al desarrollo de la IA como “críticos serios y reflexivos”. 

Olah definió la encíclica como “profundamente oportuna” y señaló la necesidad de un control externo y moral sobre el desarrollo de la IA. Hacen falta “voces morales que los incentivos no puedan doblegar” y “críticos informados”.


El Papa León XIV aceptó la propuesta en nombre de la Iglesia, e invitó a todos a abordar con seriedad los desafíos que presenta la IA, afirmando que la Iglesia “aporta una sabiduría sobre lo humano que nuestra época necesita desesperadamente”. 

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Gina Christian es reportera multimedia de OSV News. Síguela en X @GinaJesseReina

El autorOSV / Omnes

Vocaciones

P. Antony Mwituria: “Si hay algo que se necesita, es un sacerdote bien formado”

Omnes entrevista al sacerdote Antony Mwituria, director del Fondo de Dotación para Seminarios (SEF, por sus siglas en inglés), una entidad dedicada a garantizar la sostenibilidad financiera de los seminarios nacionales de Kenia.

Francis Nyatundo·27 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

El padre Antony Mwituria es un sacerdote keniano. Es el director del Fondo de Dotación para Seminarios (SEF, por sus siglas en inglés), una entidad dedicada a garantizar la sostenibilidad financiera de los seminarios nacionales de Kenia. Omnes le entrevistó sobre la experiencia de su creación, sus perspectivas y sus retos.

A lo largo de los años, ha desempeñado diversas funciones. ¿De qué manera le ha preparado esa experiencia para el cargo que ocupa actualmente?

– Fui vicario parroquial durante muy poco tiempo. No diría que eso tuviera una gran influencia.Pero el hecho de haber sido administrador financiero (procurador) de la Archidiócesis de Nairobi durante casi dos décadas me ha marcado profundamente.

Uno de los grandes retos de aquella época era la sostenibilidad financiera de la Iglesia en África. Poco después de mi nombramiento como procurador en 1999, recuerdo que el arzobispo Ndingi Mwana ‘a Nzeki me entregó un folleto elaborado por la conferencia de la AMECEA (Asociación de Conferencias Episcopales de África Oriental) de 1999, titulado “Sobre la autosuficiencia”.

En aquel momento era evidente que la financiación de los donantes internacionales estaba disminuyendo, mientras que las necesidades financieras de la Iglesia iban en aumento. Mi misión en la oficina del procurador era lograr que la Arquidiócesis de Nairobi fuera autosuficiente. Creo que logramos un buen grado de sostenibilidad financiera.

Quizás lo que más ha influido en lo que hago ahora fue mi destino en el Seminario Mayor de San Agustín, en Bungoma, como profesor y formador. En Bungoma me encontré con unas instalaciones en muy mal estado. El edificio nunca se construyó para ser un seminario, por lo que hay mucho por hacer para adaptarlo a las necesidades de un seminario.

Era evidente que el seminario atravesaba dificultades económicas. Las necesidades más básicas —reparaciones y compras— suponían un reto. La pregunta era: ¿de dónde se sacaba el dinero para eso?

Así que la idea del fondo surgió cuando trabajabas en el seminario…

– Sí. Pronto nos dimos cuenta de que no solo el seminario de San Agustín estaba pasando por dificultades. Otros seminarios nacionales, como el de Santa María en Molo, el de Santo Tomás de Aquino en Nairobi y el de San Matías Mulumba en Tindinyo, se encontraban en una situación similar.

Así es como se nos ocurrió la idea del Fondo de Dotación para los Seminarios (SEF). Básicamente, todos los fondos recaudados se invierten de forma adecuada. Solo se utilizan los intereses que genera el dinero para el funcionamiento y la mejora de los seminarios. La Conferencia Episcopal de Kenia (KCCB) apoyó plenamente la idea y puso en marcha el fondo en noviembre de 2018.

¿Cómo se financiaban históricamente los seminarios de Kenia?

– Durante mucho tiempo, Kenia se consideró un territorio de misión. Eso significaba tener acceso a financiación procedente del extranjero. Cada año, los seminarios recibían una subvención. Si se quería construir algo, bastaba con redactar una propuesta, conseguir el dinero y construir.

Nos hemos vuelto dependientes de los donantes. Kenia ya no es un territorio misionero. Ahora se espera lo contrario: deberíamos ser nosotros quienes ayudemos a otros territorios misioneros. La respuesta a este reto ha sido muy positiva. El lema que nos une ahora es la autosuficiencia.

¿Cuáles son las perspectivas más prometedoras del fondo de dotación?

– Nuestro mayor activo son los 15 millones de católicos de Kenia (las estimaciones varían). El mensaje clave es que, a diferencia de antes, cuando eran otros quienes financiaban la formación de nuestros sacerdotes, ahora esa responsabilidad recae sobre nosotros. Animamos a los fieles a que hagan aportaciones al fondo.

Con la ayuda de un consejo de administración competente, intentamos ser lo más prudentes posible a la hora de invertir los fondos. En estos momentos, invertimos en instrumentos financieros. Además, organizamos actividades y eventos —torneos deportivos y una cena anual— para complementar las contribuciones de los fieles y difundir el mensaje.

Por ahora, el fondo es bastante reducido, ya que asciende a unos 50 millones de chelines kenianos (387 000 dólares). Esperamos duplicar esa cantidad antes de que termine el año.

¿Cuál es el tamaño objetivo del fondo?

– Mil millones de chelines kenianos (7,73 millones de dólares). Cuando empezamos, éramos muy ingenuos. Pensábamos que podríamos recaudar mil millones en un año. El razonamiento era muy sencillo: si 200 000 de los 15 millones de católicos donaran 5000 chelines cada uno, se obtendrían mil millones. Descubrimos que no era tan sencillo.

Mucha gente no conoce la SEF. Hemos visitado 22 de las 28 diócesis de Kenia. Hemos hablado con los sacerdotes sobre la SEF. El año pasado abrimos cuentas en TikTok, YouTube y Facebook. El esfuerzo está empezando a dar sus frutos. El año pasado, por primera vez, las contribuciones individuales superaron las recaudaciones de los torneos y la cena.

Has mencionado algunos de los retos a los que te has enfrentado. ¿Qué otros retos hay?

– En primer lugar, enviar mensajes a todas las personas que contribuyen al fondo (más de 4.000 personas) resulta muy costoso. Nos esforzamos por dar las gracias y animar a nuestros colaboradores. Seguimos trabajando con Excel, y es una pesadilla. Pero, de alguna manera, el equipo ha logrado mantener el ritmo. El software adecuado para ello es bastante caro; aún no lo hemos comprado.

En segundo lugar, el país es sencillamente enorme. Hay mucha gente a la que llegar, pero nuestro equipo es bastante reducido.

En tercer lugar, las parroquias y las diócesis ya organizan numerosas campañas de recaudación de fondos para construir iglesias, escuelas, hospitales y otras obras de caridad. Es comprensible que la gente no esté muy dispuesta a oír hablar de otra contribución más. Nos espera una ardua tarea para convencer a la gente de que, si hay algo que necesitan, es un sacerdote bien formado. Sería una verdadera lástima construir una iglesia y no tener un sacerdote que celebre la Misa. Por el momento, no contamos con suficientes sacerdotes.

¿Hay falta de vocaciones en Kenia?

– No, de hecho, estamos viviendo un auge de vocaciones. En este momento contamos con 1.100 seminaristas, pero, lamentablemente, cada año tenemos que rechazar a muchos aspirantes al seminario porque no tenemos capacidad para acogerlos. Este año vamos a rechazar a 200 aspirantes. El año pasado rechazamos a 64. Se podría decir que es un “buen problema”.

Además de mejorar el estado de los seminarios, debemos ampliar su capacidad. También debemos velar por la formación de los seminaristas.

Nuestros seminarios suelen sufrir escasez de personal. Por ejemplo, el seminario de San Agustín en Mabanga cuenta con 269 seminaristas y una plantilla de tan solo ocho sacerdotes, que desempeñan a la vez funciones de profesores y formadores. Además, este personal, ya de por sí sobrecargado, tiene que hacer frente a la falta de equipamiento.

Tenemos que fijarnos metas ambiciosas. Hoy en día, se exige a los sacerdotes que se especialicen: por ejemplo, como capellanes de hospital, capellanes escolares, formadores, etc. La sociedad contemporánea nos plantea cada día nuevos retos —como la inteligencia artificial y las redes sociales—, que influyen en la forma en que se vive el sacerdocio hoy en día. Los seminaristas deben estar debidamente preparados para todo esto. Esto requiere una inversión.

La necesidad de aumentar la capacidad de nuestros seminarios no podría ser más urgente, ya que las iglesias del mundo desarrollado nos están pidiendo sacerdotes. Ya hemos enviado a algunos sacerdotes a América, Australia y algunas zonas de Europa.

¿Ha habido alguna historia conmovedora en estos seis años al frente del fondo?

– Muchas. El año pasado fuimos a Narok para animar a la gente a contribuir al fondo. Les dijimos: lo único que tienen que hacer es aportar un chelín al día. Si todos los católicos de Kenia dieran un chelín al día, eso supondría 15 millones de chelines al día; superaríamos nuestro objetivo en seis meses. Ese mensaje tuvo muy buena acogida. La gente sigue enviándonos un chelín cada día. Algunas personas piensan que un chelín es muy poco, así que envían cinco o diez chelines en su lugar. Al terminar la presentación ese día, algunas personas enviaron 365 chelines (unos 3 dólares); un chelín por cada día del año por adelantado.

Ha sido muy emotivo. Es algo que nos gustaría repetir en otras parroquias que visitamos. A menudo, cuando se pide a la gente que colabore, piensan: “No puedo daros diez chelines, ni cien chelines, es muy poco”. Pero cuando oyen que nos alegramos mucho de recibir un solo chelín, eso cambia todo. Empiezan a colaborar.

Hay un tipo que empezó a colaborar en 2019. Cada semana enviaba cantidades variables. Una semana te mandaba 23 chelines, otra 45 chelines, y así sucesivamente. Pero ha sido muy constante. Además, ha ido aumentando la cantidad que envía. Ahora no envía menos de cien chelines a la semana.

Además, hay dos mujeres, una de Bungoma y otra de Nairobi. Ambas vivieron experiencias similares. Nos contaron: “No sé cómo explicarlo, pero desde que empecé a aportar, mi negocio va muy bien”.

También celebramos cada año una Misa en honor a san Carlos Borromeo, patrón de la SEF. Los fieles siguen la celebración de la Misa desde los seminarios a través de diversas retransmisiones en directo. Envían sus intenciones para la Misa. La primera vez que celebramos la Misa, tardamos casi 30 minutos en leer todas las intenciones. La segunda vez, recibimos miles de intenciones. No las leímos durante la Misa. Habría llevado demasiado tiempo; solo pudimos asegurar a los fieles que rezábamos por sus intenciones. La gente desea que se celebre una Misa por sus intenciones. Realmente quieren apoyar la formación de los seminaristas, pero al mismo tiempo les gustaría que alguien rezara por ellos.

Los seminaristas también se han organizado en lo que se conoce como el Fondo de Dotación de los Amigos de los Seminarios. Rezan a diario por quienes contribuyen al fondo.

¿Cómo pueden los lectores contribuir al fondo?

– Los lectores de Kenia pueden hacerlo de forma muy cómoda a través de M-PESA. También es posible dar de alta una orden permanente en su banco para realizar aportaciones periódicas. Además, contamos con una solución para las aportaciones internacionales. Encontrará toda la información al respecto en nuestra página web. También puede ponerse en contacto directamente con la oficina a través de info@sef.or.ke.

¿Alguna última reflexión?

– Lo he dicho una o dos veces y la gente me ha mirado un poco sorprendida: el Fondo de Dotación para los Seminarios (SEF) es, en estos momentos, la iniciativa más importante de la Iglesia en Kenia.

El autorFrancis Nyatundo

TribunaCardenal José Cobo

Visita del Papa León XIV: Una oportunidad para responder a Jesucristo que le amamos

La Iglesia que peregrina en Madrid se prepara para acoger al Santo Padre. La llegada del Papa León XIV, que estará en nuestra diócesis del 6 al 9 de junio, dentro de una visita a España que se prolongará hasta el día 12 de ese mes, es una invitación a alzar la mirada.

27 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

El viaje del Papa a España exige superar la tentación de hacer un gran espectáculo, aun sabiendo que algunos de los actos que se llevarán a cabo pueden ser vistos de ese modo. La llamada a alzar la mirada puede ser entendida como el contrapunto a no quedarnos en lo espectacular.No podemos continuar mirando a ras de suelo, enredados en lo que ocurre cada día o absortos en nuestras propias soledades. Somos desafiados a reunirnos, escuchar, acoger y alzar juntos la mirada, como nos propone el lema de la visita. Podremos mirar este acontecimiento como un evento más dentro de un calendario apretado. Pero también podremos ayudarnos unos a otros a contemplarlo con más profundidad.

El Santo Padre nos ayudará a ir más allá de lo que simplemente “se ve” para dirigirnos hacia Dios. Y desde Dios podremos viajar al corazón de nuestra vida y la de tanta gente buena que está a nuestro alrededor. La presencia del Papa León XIV nos ayudará a vislumbrar el sentido de la vida, anunciará una esperanza trascendente a nuestros jóvenes y a nuestra sociedad cansada y nos situará ante el regalo de la vida eterna que celebramos en la Pascua. 

Un mirar más alto, con los pies en la tierra, que nos permitirá redescubrir el significado de la dignidad humana y de la ética del amor como piedra angular imprescindible para nuestro tiempo.

Abrazar al sucesor de Pedro

Estamos ante una oportunidad para responder a Jesucristo. Cada uno de nosotros somos invitados, con Pedro delante, presente en su sucesor, a responder a la pregunta que Pedro escuchó junto al lago: “¿Me amas?”. Una pregunta que desde entonces atraviesa la historia de la Iglesia, resuena en cada generación de creyentes y llega también hasta nosotros. Hoy somos nosotros quienes tenemos la oportunidad de ponernos delante de Jesús, con todos sus discípulos y con toda su Iglesia, participar de ese coloquio, y así responder a esa pregunta que Jesucristo nos hace. Una respuesta que debe dar cada uno, pero que también podemos y debemos hacer juntos, como comunidad cristiana.

Una respuesta que sea expresión de comunión, que muestre la armonía presente en nuestra Iglesia. Más allá de la tentación del individualismo, somos llamados a manifestar en nuestra respuesta que la Iglesia es una gran armonía. La visita del Santo Padre nos ofrece la oportunidad de volver a escuchar aquella pregunta y de responder, personal y comunitariamente, desde lo más profundo de nuestro corazón. Una expresión de comunión con aquel que viene a confirmar la fe y a hacernos ver la necesidad de profundizar más en el sentido de la Iglesia.

Una visita que se produce pocos días después de finalizar el tiempo pascual. Durante la Pascua tenemos la ocasión de renovar la fe de todos los bautizados, fortalecer la esperanza y reavivar la caridad de cada uno de nosotros y de todas nuestras comunidades. Junto con la Iglesia universal, por la que nos sentimos abrazados en la figura del sucesor de Pedro, somos desafiados a responder a ese abrazo, alargando los brazos de nuestra diócesis y uniendo nuestro corazón al suyo.

La ilusión, esperanza y espíritu de servicio se han convertido en una tónica en la vida de nuestra diócesis que prepara este acontecimiento. De hecho, la visita del Santo Padre, que hemos venido preparando en las últimas semanas con gran generosidad por parte de mucha gente, es una oportunidad para fortalecernos en la fe como Iglesia que camina unida y que mira a nuestro mundo como campo de misión.

Asumir la misión

Este viaje del Papa León XIV a nuestro país y nuestra diócesis viene a sacar de nosotros el compromiso cristiano para decir que tenemos una responsabilidad delante del mundo de cómo hacemos crecer el Reino de Dios en medio de esta realidad. Puede ser un momento para ponernos en el horizonte la misión de la Iglesia y ver cómo cada uno desde su realidad podemos responder.

Un testimonio que pueda ofrecer respuestas en medio de una situación social y mundial compleja. La humanidad sufre ante el drama de la violencia y de las muchas guerras abiertas en distintas regiones del mundo. Siguiendo el eco de las palabras pascuales del Señor Resucitado: “Paz a vosotros” (Jn 20, 19), el Santo Padre, que, desde el inicio de su pontificado asumió la prioridad de la paz, de “una paz desarmada y desarmante”, llega a nosotros para confiarnos la misión de ser artesanos de la paz.

Esta es una tarea que somos llamados a acometer con responsabilidad. Es una misión común. Todavía más ante una visita en la que el sucesor de Pedro vendrá a recordarnos que nuestro mundo tiene futuro y que los cristianos tenemos mucho que ofrecer desde la espiritualidad, el encuentro y la fraternidad. Que este viaje, cada día más cercano, sea oportunidad para dar un mensaje fundamental, que es que la fe está por encima de otras individualidades, que la fe nos une y nos pone al pie de la Cruz, nos pone en la Resurrección.

El autorCardenal José Cobo

Arzobispo de Madrid

Evangelización

San Felipe Neri y el secreto de la felicidad: una elección de amor

Monseñor Edoardo Cerrato, de la Congregación del Oratorio, reflexiona en esta entrevista sobre el carisma filipino, el desafío educativo y la verdadera alegría sacerdotal.

Lorenzo Iorfino·26 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

Hoy, 26 de mayo, con motivo de la fiesta de San Felipe Neri, la redacción de «Omnes» tiene el placer de ofrecer a sus lectores una entrevista exclusiva a Mons. Edoardo Aldo Cerrato, de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, obispo emérito de Ivrea (Italia).

En este diálogo, el obispo repasa, junto con el periodista Lorenzo Iorfino, la actualidad del carisma filipino, el gran desafío educativo hacia los jóvenes y el profundo secreto de la alegría cristiana y sacerdotal.

Excelencia, la obra iniciada por San Felipe Neri ha atravesado los siglos. ¿Cuál es el corazón de su mensaje espiritual y de la experiencia del Oratorio?

La obra de San Felipe, instituida y dirigida directamente por él, era el Oratorio, es decir, una escuela de espiritualidad en la que Cristo es el centro absoluto. Felipe decía siempre que quien quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que quiere. Quien se esfuerza tanto pero no busca a Cristo, no sabe lo que hace, porque Él no es una referencia vaga o el recuerdo de un grande del pasado, sino el verdadero centro de la vida. Como recuerda San Pablo, la vida es Cristo.

Habiendo vivido durante años la misión de la enseñanza, ¿cuál es, en su opinión, el mayor desafío al que se enfrenta un educador con los jóvenes de hoy?

La escuela y la sociedad han cambiado mucho, pero lo que nunca cambia es el corazón del hombre. Los jóvenes de hoy no están tan ideologizados como en el pasado, y esto los sitúa en una actitud de espera y de apertura hacia la búsqueda de lo que hay más allá. Ciertamente, hoy hay una gran fragilidad, pero el verdadero reto del profesor es responder de manera clara y amistosa a sus aspiraciones profundas: la aspiración a la libertad, al amor y al saber, hablando no solo a su inteligencia, sino directamente a su corazón.

Las distintas Congregaciones del Oratorio están unidas en una Confederación. ¿Cómo se expresa este paralelismo y cómo se concilia la unidad con la pluralidad y las características locales de vuestras comunidades?

Existe un paralelismo muy fuerte con la relación que existe entre la Iglesia universal y las diócesis, las cuales no son una simple parte de la Iglesia universal, sino la Iglesia misma que vive en un lugar determinado. Del mismo modo, la Congregación del Oratorio no es una filial de una casa madre o de una casa generalicia, sino que ha sido erigida directamente por la Santa Sede como domus sui iuris, es decir, como una casa autónoma dentro de una relación de fraternidad que es la Confederación. Así se entra a formar parte de una gran familia, pero permaneciendo uno mismo con sus propias características, determinadas por las situaciones y las necesidades locales. Desde los orígenes, nuestras Constituciones definen la comunidad como un Familiaris coetus, un grupo familiar basado en la ayuda mutua y en el afecto que permite superar las dificultades. La Confederación representa el gran abrazo que la Iglesia universal da a estas familias individuales para que vivan plenamente su vocación.

Al contemplar la misión universal de la Iglesia, ¿podemos decir que esta centralidad de Cristo sigue siendo la única respuesta verdadera para orientarnos en el mundo contemporáneo?

Sin duda, bastaría con partir de los Hechos de los Apóstoles: los primeros fieles fueron llamados cristianos por los paganos de Antioquía precisamente porque seguían a Cristo. El cristianismo abraza y acoge a todos aquellos que escuchan esta palabra de salvación. La historia de la Iglesia se caracteriza por la diversidad de épocas y personalidades de los pontífices, pero existe una unidad sustancial en su tarea suprema: anunciar y dar testimonio de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Esta es la realidad de siempre dentro de la Iglesia.

Muchos hoy huyen de la vocación por miedo a renunciar a su propia felicidad. ¿Cuál es el secreto para que un sacerdote, y más en general un cristiano, pueda decirse verdaderamente feliz?

Ser feliz no significa que todo vaya siempre bien o estar exultante en todo momento. La felicidad es esa paz, serenidad y confianza profunda que se siente incluso en los momentos más duros de la vida. San Felipe Neri, de hecho, es el profeta de la alegría cristiana profunda, más que de la alegría pasajera. El secreto es la conciencia de haber sido elegidos antes incluso de haber elegido: se nos llama el Señor del cosmos y de la historia no para desempeñar un papel de funcionario, sino para vivir una vida de servicio y de amor hacia las personas.

El autorLorenzo Iorfino

periodista y estudiante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

Vaticano

Magnifica Humanitas o la vulnerabilidad humana en tiempos de la IA

La encíclica Magnifica Humanitas reivindica la vulnerabilidad no como un defecto a superar, sino como el núcleo de una humanidad capaz de cuidar, amar y resistir frente a la lógica tecnocrática de la optimización absoluta.

Jorge Martín Montoya Camacho·26 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

La gran pregunta de nuestra época quizá ya no sea si las máquinas llegarán a pensar como nosotros. La verdadera cuestión es otra: si nosotros seguiremos comprendiendo qué significa ser humanos.

La reciente encíclica Magnifica Humanitas de León XIV ha sido presentada, con razón, como el gran documento del Magisterio sobre inteligencia artificial. Sin embargo, una lectura más atenta permite descubrir algo todavía más profundo: el verdadero centro del texto no es la tecnología, sino la pregunta antropológica que se esconde detrás de ella.

La cuestión decisiva de la encíclica no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué idea de humanidad estamos comenzando a asumir en una cultura dominada por la lógica tecnológica.

Y precisamente ahí emerge una de las intuiciones más originales y provocadoras del documento: la rehabilitación filosófica y espiritual de la vulnerabilidad humana.

Porque el problema de nuestra época quizá no sea solamente que la técnica pueda deshumanizarnos. El problema más profundo es que empezamos a considerar la humanidad misma ‒al menos en su dimensión vulnerable‒ como algo que debería ser superado.

El sueño de una humanidad sin límites

Buena parte de la cultura contemporánea interpreta el límite como un fallo. La enfermedad, el sufrimiento, la ancianidad, la dependencia o la fragilidad aparecen fácilmente como realidades negativas que deben ser corregidas cuanto antes.

No es casual que hoy vivamos rodeados de lenguajes obsesionados con la optimización permanente: mejorar el rendimiento, maximizar la eficiencia, eliminar la vulnerabilidad, controlar el propio cuerpo, evitar cualquier forma de dependencia. Incluso el cansancio cotidiano parece haberse convertido en algo casi moralmente sospechoso.

En ese contexto, la técnica se presenta como promesa de liberación: más control sobre la propia vida y destino, más eficiencia para nuestro trabajo, más autonomía para nuestros deseos, menos necesidad de los demás. El horizonte cultural dominante parece empujarnos hacia una humanidad cada vez menos vulnerable.

Por eso resulta tan significativa esta afirmación de Magnifica Humanitas:

“Todo lo que representa un ‘límite’ ‒incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad‒ tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (Magnifica Humanitas, n. 118).

Estas palabras contienen una auténtica crítica antropológica de la modernidad tardía.

Porque la encíclica no se limita a pedir cuidado para los vulnerables. Tampoco presenta la fragilidad únicamente como un problema moral que exige compasión. Va mucho más lejos: afirma que el límite puede ser un lugar de verdad sobre el ser humano. Y esto cambia completamente nuestra visión sobre la vulnerabilidad.

La vulnerabilidad no es un accidente

Durante siglos, gran parte del pensamiento moderno ha identificado la plenitud humana con la autosuficiencia. El ideal dominante ha sido el individuo autónomo, capaz de construirse a sí mismo sin depender radicalmente de otros.

La inteligencia artificial y el imaginario transhumanista parecen radicalizar esta lógica. El cuerpo aparece como algo optimizable, la dependencia se muestra como una deficiencia, y la fragilidad es vista como una limitación que la técnica acabará neutralizando.

Sin embargo, Magnifica Humanitas propone una antropología distinta. El ser humano no es plenamente humano cuando deja de necesitar a los demás, sino precisamente cuando reconoce que su vida está tejida de relaciones, cuidados y dependencias mutuas.

En uno de los pasajes más importantes del documento, León XIV advierte contra: “el riesgo de la deshumanización ‒construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio‒” (Magnifica Humanitas, n. 10).

La frase es especialmente lúcida porque identifica el verdadero peligro del paradigma tecnocrático: no sólo producir máquinas más poderosas, sino terminar interpretando al ser humano desde criterios puramente funcionales. Y esto viene ocurriendo cada día sin darnos cuenta de ello.

Cuando la eficiencia se convierte en el valor dominante, inevitablemente algunas vidas comienzan a parecer menos valiosas. Se pone en duda el lugar mismo de quienes son improductivos, dependientes, ancianos o frágiles, de quienes no responden a la lógica del rendimiento. Poco a poco, la vulnerabilidad deja de ser una experiencia humana compartida para convertirse en algo que debe ocultarse, minimizarse o incluso eliminarse.

El problema ya no es sólo tecnológico. Es cultural y profundamente espiritual. La técnica contemporánea no quiere únicamente ayudarnos a vivir mejor, comienza también a redefinir, poco a poco, qué significa vivir humanamente.

Babel o Jerusalén

Toda la encíclica está estructurada sobre una gran oposición simbólica: Babel y Jerusalén.

Babel representa la pretensión de autosuficiencia, el sueño de una humanidad que quiere alcanzar el cielo mediante su propio poder. Una civilización fascinada por la uniformidad, el dominio y el control: una clausura en el deseo de poder que termina volviendo todo manipulable.

Jerusalén, en cambio, simboliza algo muy distinto: una comunidad que se reconstruye desde la cooperación, la responsabilidad compartida y el reconocimiento del propio límite, una apertura a la trascendencia del amor que conduce hacia Dios.

Por eso resulta tan significativa la imagen de Nehemías reconstruyendo la ciudad. León XIV subraya que no impone soluciones desde arriba, sino que convoca a todos, escucha, coordina esfuerzos y hace posible una obra común.

La verdadera reconstrucción humana no nace del poder absoluto, sino de la interdependencia reconocida.

Y quizá aquí aparece una de las intuiciones más profundas de la encíclica: el gran desafío contemporáneo no consiste en elegir entre tecnología o antitecnología. La verdadera elección es otra: construir una nueva Babel tecnocrática o reconstruir Jerusalén, es decir, una convivencia humana capaz de reconocer el valor del límite, del cuidado mutuo y de la apertura a una verdad que trasciende al propio ser humano.

La vulnerabilidad como resistencia

Quizá aquí se encuentre la aportación más provocadora de Magnifica Humanitas.

En una cultura obsesionada con la optimización permanente, aceptar la vulnerabilidad se convierte casi en un acto de resistencia antropológica. Resistencia ante una lógica del rendimiento que mide el valor de las personas según su productividad, ante la creciente mercantilización de la vida humana, ante la ilusión de autosuficiencia absoluta que domina buena parte del imaginario contemporáneo y, finalmente, frente a una cultura que acaba interpretando toda dependencia como una forma de fracaso.

La encíclica no idealiza el sufrimiento ni glorifica la precariedad. Lo que afirma es algo mucho más profundo: que la fragilidad humana puede abrir espacios de humanidad que una lógica puramente técnica nunca puede producir.

Sólo quien reconoce que necesita de otros puede aprender verdaderamente la solidaridad. Sólo quien experimenta el límite descubre la importancia del cuidado. Sólo quien deja de pensarse como absolutamente autosuficiente puede abrirse a la gratuidad, la amistad y la misericordia.

Por eso León XIV insiste: “Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo” (Magnifica Humanitas, n. 13).

En el fondo, la encíclica recuerda algo que nuestra cultura había comenzado a olvidar: no florecemos eliminando toda dependencia, sino aprendiendo a habitar humanamente nuestra condición vulnerable.

Permanecer humanos

Quizá haya llegado también el momento de dejar de identificar lo peor de nosotros con aquello que llamamos “demasiado humano”, una expresión que arrastra todavía ciertos ecos reductivos de la modernidad. Con frecuencia la utilizamos para referirnos a la mezquindad, la debilidad moral o la banalidad. Y, sin embargo, la intuición más profunda de Magnifica Humanitas parece apuntar en la dirección contraria: lo más plenamente humano ‒la capacidad de cuidar, de amar, de reconocer el propio límite y abrirse al otro‒ no nos aleja de Dios, sino que puede conducir precisamente hacia Él.

Por eso, el reclamo más profundo de Magnifica Humanitas aparece probablemente condensado en una de las frases más importantes del actual Magisterio social: “Tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos” (Magnifica Humanitas, n. 15).

La frase impresiona porque señala exactamente el problema de fondo de nuestra época. El auténtico riesgo no es únicamente que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros. El riesgo es que nosotros mismos terminemos aceptando una idea de humanidad cada vez más parecida a una máquina: eficiente, calculable, optimizable, incapaz de asumir el límite.

Frente a ello, León XIV propone recuperar una verdad elemental y radical, afirmando que la vulnerabilidad no es una deficiencia que la técnica deba abolir, sino una dimensión constitutiva de la vida humana. Porque, aunque la realización del bien no esté necesariamente reñida con el poder en este mundo, nunca puede surgir únicamente de él, sino de una verdad más profunda sobre el ser humano: la de una vida que necesita ser cuidada, acogida y amada.

Y quizá precisamente ahí ‒en la capacidad de cuidar, de depender, de sufrir con otros y de amar desde la fragilidad‒ siga habitando aquello más profundamente humano que ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar jamás.

El autorJorge Martín Montoya Camacho

Universidad de Navarra. Línea de investigación Antropología y ética de la vulnerabilidad. Facultad Eclesiástica de Filosofía / Grupo Ciencia, Razón y Fe (CRYF).

Evangelización

Saiz Meneses alienta la comunión de obispo y movimientos, como Ratzinger

El arzobispo de Sevilla, Mons. Saiz Meneses, recordó en el Vaticano hace unos días, que los movimientos son “una respuesta suscitada por el Espíritu Santo a los desafíos del presente”, como dijo el cardenal Ratzinger, y que la relación del obispo con ellos “tiene un nombre teológico preciso: comunión”.

Francisco Otamendi·26 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

En el mismo encuentro en el que el Papa León XIV se dirigió a los responsables de las asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, el arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz Meneses, impartió la ponencia titulada ‘Relación entre moderadores y obispos. La conciliación como estilo de gobierno’.

Saiz Meneses partió de su experiencia personal, cuando a los diecisiete años se incorporó al Movimiento de Cursillos de Cristiandad -ahora es asesor espiritual de su organismo mundial-. Y compartió su convicción de que los movimientos, asociaciones y comunidades “son, para la Iglesia diocesana, una forma privilegiada mediante la cual el Espíritu Santo renueva, una y otra vez, la vida de la Iglesia”.

El Pastor de la Iglesia en Sevilla añadió que “el obispo debe contemplar a los movimientos no con la sospecha del administrador ante algo que no controla, sino con la gratitud del pastor ante lo que el Espíritu suscita”. 

Dicho de otra manera, “el obispo no es el propietario del Espíritu en su diócesis”; al contrario, “es su primer servidor y primer garante de discernimiento”. 

Cardenal Ratzinger: los movimientos, respuesta del Espíritu Santo

El arzobispo de Sevilla recordó la ponencia que el cardenal Ratzinger dirigió en 1998 a los miembros de las asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades.

En esa intervención, se refirió a la dimensión institucional y la dimensión carismática de la Iglesia, y “no las presentó como polos en tensión, sino como dos dimensiones co-esenciales de un único misterio”.

El entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, luego Benedicto XVI, dijo que los movimientos son “una respuesta suscitada por el Espíritu Santo a los desafíos del presente”. Por tanto, “su aparición en la historia de la Iglesia no es fruto de planificaciones humanas, sino el signo de que el Espíritu sigue siendo el protagonista de la misión”. 

Dicho esto, añadió también que todo carisma auténtico necesita purificarse, necesita la mediación del discernimiento eclesial. Esto último, su integración eclesial, “no siempre resulta fácil”. 

A continuación, Saiz Meneses destacó las tres tareas fundamentales del obispo en su relación con las asociaciones, movimientos y comunidades: discernimiento, integración y misión.

Conciliación: comunión y sinodalidad

A su juicio, la relación que el obispo está llamado a mantener con los responsables de asociaciones, movimientos y comunidades “tiene un nombre teológico preciso: comunión”.

En alusión al magisterio de san Juan Pablo II, Saiz Meneses afirmó que esta comunión y “conciliación (entre el obispo y los responsables de movimientos) no es un ejercicio de habilidad diplomática ni un equilibrio de fuerzas en tensión”. 

Es, más bien, el “reconocimiento mutuo, anclado en la fe, de que ambos son servidores de un mismo Espíritu que los precede a ambos y que actúa de un modo inagotable”

Recordando el magisterio del papa Francisco, el arzobispo de Sevilla afirmó que la comunión, en su forma histórica, tiene hoy un nombre: “sinodalidad”. De hecho, “el mismo encuentro del obispo con los responsables de movimientos es un acto sinodal”.

“Gramática de la escucha”

El arzobispo de Sevilla aludió asimismo al magisterio del Papa León XIV, quien desde su elección, ha insistido en que “la sinodalidad es una categoría espiritual y misionera”. 

En su intervención ante alrededor de doscientos responsables de asociaciones de fieles y movimientos, convocados por el Dicasterio de los Laicos, la Familia y la Vida, Monseñor Saiz Meneses destacó lo siguiente. “No basta con que coexistan en paz (el obispo y los movimientos), ni siquiera con que colaboren en proyectos comunes, es preciso que sean capaces de engendrarse mutuamente en la fe, de corregirse con caridad, de interpelarse con la verdad”. 

Además, el arzobispo aludió a lo que el Papa León denomina “gramática de la escucha” para explicar “la disposición a ser sorprendido, a descubrir que el Espíritu habla por las voces que no habíamos previsto”. Esta conciliación entre obispo y movimientos es, a juicio del ponente, “un proceso dinámico que necesita ser renovado con realismo continuamente”.

Experiencia pastoral en Sevilla. El obispo, “acoger y discernir”

Monseñor Saiz Meneses concluyó volviendo la mirada a su experiencia pastoral en Sevilla. “Allí conviven asociaciones, movimientos y comunidades de orígenes y espiritualidades muy diversos junto con las hermandades y cofradías, las cuales -señaló- constituyen un tejido de pertenencia religiosa que no puede ser ignorada y que reclama, también ella, un discernimiento pastoral permanente”.

Como arzobispo de Sevilla, recordó que su tarea consiste en acoger y discernir, reconociendo los dones e integrándolos en “un proyecto común de evangelización”, sin temer la diversidad. 

Por último, subrayó que el obispo que acoge a las asociaciones, movimientos y comunidades en su diócesis, “no está gestionando recursos pastorales”. Su labor consiste, según el sitio web del arzobispado sevillano, en reconocer que “el don del Espíritu es más grande que cualquier programa diocesano; que la Iglesia que él preside no es suya, sino de Cristo. Y que su tarea no es limitar la acción del Espíritu, sino servirle con todo el amor y toda la lucidez de que es capaz”.

El autorFrancisco Otamendi

FirmasRafael Sanz Carrera

“Magnifica humanitas”: la dignidad humana ante la inteligencia artificial

La encíclica "Magnifica humanitas" propone una idea de fondo: el desarrollo tecnológico solo es auténticamente humano cuando sirve a la persona y no la sustituye.

26 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

La nueva encíclica “Magnifica humanitas” sitúa el debate sobre la inteligencia artificial en un horizonte que va más allá de lo técnico. No se trata solo de una reflexión sobre innovaciones disruptivas, sino de una pregunta de fondo: qué significa ser humano en un mundo mediado por algoritmos.

El documento se inscribe claramente en la tradición de la doctrina social de la Iglesia, especialmente en la estela de “Rerum Novarum”. Si entonces la cuestión social se articulaba en torno a la revolución industrial, hoy el desafío se formula en torno a la revolución digital y la expansión de la inteligencia artificial.

Tecnología con rostro humano

El análisis de la encíclica subraya un punto clave: la tecnología no es neutral en sus efectos culturales. La IA no puede entenderse únicamente como una herramienta eficiente, sino como un fenómeno que reconfigura la manera de trabajar, relacionarse y decidir.

En este contexto, el texto magisterial insiste en un principio decisivo: la dignidad humana no se deduce del progreso tecnológico, sino que lo precede y lo juzga. Este criterio actúa como eje de discernimiento ético ante cualquier desarrollo digital.

Una cuestión antropológica

Más allá de los riesgos laborales o económicos, la encíclica plantea una cuestión más profunda: la transformación de la imagen del hombre. La automatización de decisiones, la mediación algorítmica de la vida cotidiana y la creciente delegación de tareas cognitivas plantean interrogantes sobre la libertad, la responsabilidad y el sentido del trabajo humano.

No se trata, por tanto, de una postura tecnófoba, sino de una llamada a reubicar la técnica dentro de una visión integral de la persona.

Continuidad y novedad

El documento se presenta, además, como un ejercicio de continuidad histórica. Del mismo modo que la Iglesia acompañó críticamente el nacimiento del mundo industrial, ahora asume el reto de iluminar el mundo digital. La clave no es la oposición al progreso, sino su orientación hacia el bien humano.

En este sentido, la encíclica propone una idea de fondo: el desarrollo tecnológico solo es auténticamente humano cuando sirve a la persona y no la sustituye.

Una pregunta abierta

El diagnóstico no es meramente teórico. La expansión de la inteligencia artificial plantea ya hoy decisiones concretas en educación, trabajo, economía y comunicación. La cuestión que deja abierta el texto es si la sociedad contemporánea será capaz de mantener un criterio humano estable en medio de una aceleración tecnológica sin precedentes.

La respuesta, sugiere la encíclica, no dependerá solo de la tecnología, sino de la capacidad de la cultura para seguir reconociendo la dignidad irreductible de cada persona.

El autorRafael Sanz Carrera

Doctor en Derecho Canónico

Evangelización

Rod Dreher: de la arrogancia intelectual a la fe encarnada

Rod Dreher, escritor americano, reflexiona sobre su recorrido vital, su amistad con J.D. Vance y la necesidad de recuperar una fe vivida, no solo intelectual

Inmaculada Sancho·26 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

Rod Dreher no habla de la fe desde la comodidad. Periodista y escritor americano afincado en Europa, autor de tres “bestsellers” en el New York Times, ha pagado un precio alto por sus convicciones: una crisis que sacudió sus cimientos, un matrimonio roto, el distanciamiento de su familia. Su último libro, “Vivir en el asombro”, del que hablaba en la entrevista publicada por Omnes, es el intento de quien ha perdido mucho de encontrar a Dios en lo que queda. Entre sus interlocutores más cercanos está J.D. Vance, el vicepresidente americano quien entró en la Iglesia Católica gracias, entre otros, al propio Dreher.

Rod Dreher aprendió a diferenciar el pensar en Dios de tener un verdadero encuentro con Él tras perder la capacidad de creer en la fe católica. Cuenta a Omnes que cuando empezó a interesarse por el catolicismo, en 1991, trabajaba como periodista en Louisiana. Una compañera de más edad le animó a trabajar como voluntario en el comedor de las Misioneras de la Caridad: la obra de la Madre Teresa. Aceptó y, aunque no era lo que él esperaba, se puso el delantal y comenzó a fregar ollas y pelar patatas: “Recuerdo que pensé: soy un intelectual; mi tiempo estaría mejor empleado leyendo libros de teología. Nunca volví al comedor”.

Muchos años después, con su fe católica en ruinas, se preguntó si no habría sido más sólida su fe de haber dedicado al comedor tanto tiempo como a los libros de teología: “Fue una lección importante sobre la trampa de vivir demasiado en la cabeza. No creo que haya nada malo en leer teología —es importante conocer la fe—, pero hay otras formas de conocer”, asegura. “Puedes conocerla intelectualmente, que es importante, pero creo que la religión no se trata fundamentalmente de un concepto sino de una percepción: lo que aprendemos a través de los sentidos. Por eso la liturgia es tan importante. Por eso las devociones son tan importantes. Trabajar en un comedor o encarnar la fe en el cuerpo es más importante que vivirla solo en la cabeza. Ambas cosas importan, pero una importa más que la otra. Porque cuando vives la fe en el cuerpo, la historia sagrada y la religión penetran hasta los huesos de una manera que no ocurre mientras te quedas en la abstracción intelectual”, sostiene.

A los jóvenes que dicen ser cristianos pero viven como si no lo fueran, no les da opción: “No se pueden tener las dos cosas a la vez. O Cristo es el Señor de tu vida, o no lo es. No hay término medio”. Él mismo quiso rebelarse contra este pensamiento en sus años universitarios, cuando quiso poner condiciones a Dios —entre ellas, que le permitiese vivir su libertad sexual—, hasta que comprendió la contradicción. Se convirtió formalmente al catolicismo en 1993 y abrazó una vida de castidad: “Es muy difícil tener poco más de veinte años en Washington y de repente ser casto. Pero supe que ese era el precio de seguir a Jesús”. Añade: “No os mintáis a vosotros mismos. O estáis con Cristo, o no lo estáis. Pero al mismo tiempo, no es solo un mensaje duro: hay una vida en Cristo que el mundo no puede ofreceros. Y cuanto más muráis a vosotros mismos —yendo a confesaros, a Misa, intentando vivir una vida cristiana en todos los ámbitos—, más cambiará la manera en que os veis a vosotros mismos y al mundo. Empezaréis a ver el gran don que es la fe. Y es infinitamente más poderoso que lo que el mundo ofrece”.

Crisis de fe

Dreher describe su paso del metodismo al catolicismo y luego a la ortodoxia oriental como un proceso de desaprender el hábito de intelectualizar a Dios. Durante años fue un católico convencido: conocía la doctrina a fondo y creía que, mientras tuviera los dogmas claros en la cabeza, su fe era inexpugnable. Pero no resultó así. Nueve años después de su conversión, empezó a investigar el escándalo de los abusos sexuales en la Iglesia americana. Un sacerdote que le ayudó en esa investigación le advirtió desde el principio: “Rod, veo que eres un católico serio. Quiero advertirte: si sigues por este camino de investigación, te llevará a lugares más oscuros de lo que imaginas”. Dreher respondió que sentía que debía hacerlo para que las víctimas obtuvieran justicia. El sacerdote le dijo: “Bien. Te ayudaré en todo lo que pueda, pero prepárate”.

No estaba preparado. El caso que más le marcó fue el del cardenal McCarrick, a quien Juan Pablo II puso al frente de la lucha de los obispos americanos contra los abusos. Dreher sabía desde 2002 que el propio McCarrick era un abusador de seminaristas, pero sin declaraciones públicas ni documentos no podía publicarlo: “Tenía que soportar ver a McCarrick aparecer en televisión diciendo: ‘Estamos tan conmocionados por lo que está pasando, nos entristece tanto’, sabiendo que él lo era. De hecho, su abogado llamó a mi editor para pedirle que detuviera mi investigación. Tuve que llevar en mi interior, como católico, el peso de saber que era un mentiroso mientras todos le creían. Vi esa actitud en tantísimos obispos de aquella época: les importaba más proteger la imagen de la institución que a las víctimas y sus familias. Vi familias arruinadas por los juicios. La Iglesia ponía abogados a trabajar para hundir a esas víctimas”.

Con todo, Dreher reconoce que no toda la Iglesia miraba para otro lado. Está de acuerdo en que el Papa Benedicto XVI hizo mucho por enfrentarse a esos escándalos: “Sí, lo hizo. Amo a Benedicto. Y aunque años después, la Iglesia expulsó a McCarrick del estado clerical, lo que yo había visto y aprendido fue simplemente devastador. Es como si coges una sartén de hierro con las manos desnudas sobre el fuego: al final tienes que soltarla. Y eso fue lo que me pasó”.

En su caso intentó salir de la crisis intelectualmente, leyendo libros sobre el catolicismo y la autoridad papal, luego libros ortodoxos, sin poder decidirse. Entonces, un día, en oración, llegó a una certeza que lo cambiaría todo: “Si alguno de nosotros se salva, es porque tiene una relación transformadora con Jesucristo. La verdad no son proposiciones; la verdad es ese hombre encarnado, Dios hecho carne”. Y le dijo al Señor: “No sé si estoy tomando la decisión correcta al hacerme ortodoxo, pero si me equivoco, ten misericordia de mí, porque no puedo encontrarte en la Iglesia católica. No porque Cristo no esté en la Iglesia católica —creo que está, incluso hoy—, sino por mi propia fragilidad y por la de la Iglesia en aquel momento. Había un muro”, explica.

En la ortodoxia admite que encontró un camino más místico, más cercano al cuerpo y a la oración. Y una lección de humildad que no esperaba: “Como católico había sido intelectualmente arrogante. Eso es culpa mía, no de la Iglesia. Fue una gran gracia que Dios me quebrara en esa arrogancia. Ahora amo la ortodoxia, pero veo mi trabajo como un intento de ayudar a todos los cristianos —católicos, protestantes y ortodoxos— a conocer y amar más a Jesús. Tenemos mucho más en común de cara al mundo poscristiano que lo que nos separa”. Lo aprendió estudiando a los cristianos encarcelados por los comunistas: cuando llegaban a prisión, comprendían que no estaban allí por ser católicos u ortodoxos, sino por confesar a Jesucristo.

Fe y política

Hay una historia que Dreher cuenta con una mezcla de afecto y preocupación. Fue él quien buscó al sacerdote que instruyó al vicepresidente J.D. Vance en la fe católica. Le conoce bien. Y precisamente por eso reza por él: “Le conozco lo suficiente como para saber que se toma la fe en serio, y debe estar atormentado por dentro por lo que está ocurriendo. Ningún vicepresidente puede ir nunca contra el presidente. Pero creo que, en última instancia, las personas tienen que elegir, y deben elegir la fe por encima del poder mundano”.

El pasado noviembre, Dreher estuvo en casa de Vance. En aquel momento, el antisemitismo y el racismo crecían entre algunos “influencers” de la derecha americana —un sector que odia a Vance precisamente porque se casó con una mujer de origen indio—. Dreher le suplicó directamente: “Como amigo mío, como hermano en Cristo, eres católico: tienes que pronunciarte contra esto”. Todavía no lo ha hecho. “No creo que haya nada racista ni antisemita en J.D. Vance, pero creo que le preocupa su futuro político. Recuerdo cuando tuvo un desacuerdo con el Papa Francisco sobre la migración: discrepó con el Santo Padre, pero lo hizo con inteligencia, usando argumentos de san Agustín, de manera respetuosa. Trump no tiene respeto por el Papa ni por nadie. Y por eso creo que debe ser muy doloroso para J.D. vivir con esa tensión”. Solo puede esperar y rezar, concluye, para que comprenda que su lealtad primera es hacia Jesucristo: “Al final, como dice la Biblia, no se puede servir a dos señores”.

El autorInmaculada Sancho

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Vaticano

Que el Espíritu de paz, misión y unidad abra las puertas, invoca el Papa

El Papa León XIV ha rezado este domingo, en la solemnidad de Pentecostés, para que “el Espíritu del Resucitado”, que es el Espíritu de la paz y de la misión, abra las puertas de Dios, de la Iglesia y de nuestros corazones. En el Regina caeli ha orado por la Iglesia en China y la gracia de la unidad.

Francisco Otamendi·25 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

El Papa León XIV ha definido esta mañana en Roma, en la Santa Misa de la solemnidad de Pentecostés, celebrada en la Basílica de San Pedro, la identidad del “Espíritu del Resucitado”. Es “el Espíritu de la paz”, al que pedimos que “nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor”.

En su Pascua, “Cristo reconcilia a Dios y a la humanidad, y el Espíritu Santo infunde la paz en los corazones y la difunde en el mundo”, ha dicho.

Además, “la santa ley de Dios se inscribe en nuestros corazones, grabada por el Espíritu con caracteres de amor en la carne de Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia”. Y “esta ley es el código de la paz; es el doble mandamiento del amor, que el Espíritu nos recuerda en cada latido del corazón”.

El papa León XIV en la procesión de la Santa Misa de la Solemnidad de Pentecostés en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el 24 de mayo de 2026. (Foto de OSV News/Matteo Minnella, Reuters).

Espíritu de misión, de verdad

En segundo lugar, ha manifestado el Pontífice en la homilía, “el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la misión: ‘Como el Padre me envió a mí’, dice el Señor, ‘yo también los envío a ustedes’. Somos así partícipes en la misión de Jesús; la de Aquel que sale de Dios y vuelve a Dios con el poder del Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, con ellos es adorado y glorificado, único Dios. 

El Espíritu Santo es la caridad viviente de Cristo, y mientras da a los apóstoles el poder de expresarse en la variedad de las lenguas, enseña a la humanidad la palabra de la salvación, ha señalado el Papa León.

Unidad para su Iglesia, que promueve el Espíritu

Esta misión, ha añadido el Sucesor de Pedro, “comienza afirmando la verdad de Dios y del hombre, porque el Espíritu del Resucitado es el ‘Espíritu de la verdad’ (Jn 14,17). 

“El Señor mismo nos lo ha prometido, pidiendo unidad para su Iglesia, una unidad fundada en el amor de Dios, fuente de nuestro amor”, ha subrayado León XIV. “El Espíritu, que habló por medio de los profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida”.

Al concluir, el Papa ha rezado para que el Espíritu “libere a la humanidad de la miseria, para “que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús. Esta es la gracia que infunde valentía a los apóstoles; que lo infunda también a nosotros, hoy y siempre, por intercesión de María, Madre de la Iglesia”.

Regina caeli: oración por la Iglesia en China, por Líbano, Oriente Medio

En el Regina caeli, tras la alocución relativa a la solemnidad de Pentecostés, el Papa ha recordado que hoy, fiesta de María, Auxilio de los cristianos, es la jornada de oración por la Iglesia en China.

“En la memoria litúrgica de la Virgen María Auxiliadora, venerada por grandísima devoción en el santuario de Sheshan, en Shanghai, unimos nuestras oraciones a las de los católicos en China, como signo de nuestro afecto por ellos, y de su comunión por la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro”.

Que la intercesión de la Reina del Cielo obtenga para la comunidad creyente en China “la gracia de la unidad y conceda a todos la fuerza para dar testimonio del Evangelio en las dificultades cotidianas, para ser semilla de esperanza y de paz. En particular, invoco la paz eterna para las víctimas del accidente ocurrido en días pasados en una mina en el norte de China”, ha rogado el Papa León XIV.

“A María Santísima, Auxilio de los cristianos, confiamos también», ha concluido, «las comunidades cristianas de Tierra Santa, del Líbano y de todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra”.

Invocar la ayuda del Espíritu Santo para que abra las tres puertas

Antes de rezar la oración mariana con los romanos y peregrinos en la Plaza de San Pedro, el Papa se ha referido a “las puertas que abre el Espíritu Santo”.

La primera puerta es la del mismo Dios, en el sentido en que nos abre el acceso al misterio de Dios, así como se ha revelado en Jesucristo. Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, y el Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal; a encontrarlo en Jesús y no sólo en la observancia de una ley; a reconocerlo en nosotros y a descubrir los signos de su presencia en la vida ordinaria”.

La segunda puerta “es la del cenáculo, es decir de la Iglesia. Sin el fuego del Espíritu, la Iglesia permanece prisionera del miedo, temerosa ante los desafíos del mundo, cerrada en sí misma y por tanto también incapaz de entrar en diálogo con los tiempos que cambian. El Espíritu abre las puertas de la Iglesia para que pueda acoger y recibir a todos, incluso a aquellos que le han cerrado las puertas a Dios, a los demás, a la esperanza, a la alegría de vivir”, tal como recordaba el Papa Francisco.

Por último, “el Espíritu Santo abre las puertas de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros”.

El Papa ha pedido que “en este día de Pentecostés, debemos invocar al Espíritu Santo para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos”.

El autorFrancisco Otamendi

Vaticano

¿Qué nos dice Magnifica Humanitas a los católicos hoy? 

La primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, realiza una lectura contemporánea de la Doctrina social de la Iglesia y los retos de la sociedad en un tiempo marcado por la absolutización de la Inteligencia Artificial y las nuevas pobrezas.

Maria José Atienza·25 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 16 minutos

El magisterio de los Papas recientes, en especial, san Pablo VI, san Juan Pablo II y Francisco, santos padres de la Iglesia como san Agustín o el Aquinate se hace presente en una encíclica que también cita a Guardini, documentos magisteriales y hasta “El señor de los anillos”. 

Magnifica Humanitas se presenta como una encíclica que aborda los retos de la sociedad en tiempos de la IA, no como una encíclica sobre la Inteligencia Artificial, una época calificada por algunos como la cuarta revolución industrial. En efecto, la referencia a la Rerum Novarum, la encíclica de León XIII, de quién el Papa Prevost toma su nombre, es una constante en este documento.

Si con Rerum Novarum se inicia lo que conocemos como la sistematización de la Doctrina Social de la Iglesia, el cambio socio laboral, relacional y cultural que la humanidad está experimentando, especialmente con la irrupción y universalización del uso de la Inteligencia Artificial, es la clave de lectura para la primera encíclica del León XIV que comienza afirmando que: “el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo”

El Papa comienza su primera encíclica con un resumen rápido de todos los aspectos que irá desarrollando en este documento: la historia del desarrollo de la Doctrina social de la Iglesia, la labor magisterial en el camino de acompañamiento y guía de los hombres en las diferentes situaciones de su existencia, la denuncia profética de los peligros que entraña un “avance sin Dios” y la llamada a “edificar una ciudad centrada en el bien común” que “exige, ante todo, edificar sobre la roca de la relación con Dios (…),  aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir (…) y edificar un mundo en el que todos puedan ‘florecer’”. 

El papel de la Doctrina Social de la Iglesia

“La IA debe entenderse no como un apéndice temático, o como una emergencia que hay que gestionar, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio”, subraya el Papa en el primer capítulo de la encíclica, en el que recorre el camino de la Iglesia en el desarrollo de la Doctrina Social. 

Aquí, el Papa recuerda, con palabras del  Papa Francisco, que, “en muchas cuestiones específicas, la Iglesia no pretende ofrecer «una palabra definitiva», pero reconoce la importancia de prestar atención a la investigación científica y de fomentar un diálogo serio y leal entre los académicos, aceptando la diversidad de opiniones”.

Robert Prevost afirma, con claridad la naturaleza de la Doctrina social, “que no pretende sustituir las responsabilidades de la política y de las instituciones, sino que se ofrece como apoyo al discernimiento común, ayudando a reconocer y promover lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las comunidades y al bien de todos”.

León XIV realiza, en las primeras páginas de esta encíclica un recorrido amplio y profundo sobre los documentos clave del Magisterio eclesial sobre la Doctrina Social de la Iglesia, comenzando por Rerum Novarum, a la que siguen documentos como Quadragesimo anno de Pío XI, publicada en 1931, lo mensajes radiofónicos de Pío XII, Mater et Magistra y Pacen in Terris, de Juan XXIII; la importante constitución apostólica Gaudium et Spes, y posteriormente al Concilio Vaticano II, Populorum Progressio, de Pablo VI, autor también de Octogesima adveniens, escrita con motivo del 80° aniversario de la Rerum novarum, y más cercano al tiempo presente, la Encíclica Laborem exercens, escrita noventa años después de la publicación de Rerum novarum, por san Juan Pablo II, Sollicitudo Rei socialis y Centessimus annus. De Benedicto XVI, el Papa recuerda la aplicación política y social clave en su Caritas in veritate y, por último, Evangelii Gaudium, Laudato Si’, Fratelli tutti y Dilexit te del Papa Francisco.

Todo ello conforman, a  ojos del Papa, una clara y armónica pedagogía: “Cada uno, asumiendo los retos de su época e interpretando los cambios históricos a la luz del Evangelio, ha puesto de relieve diferentes aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad. El resultado es un desarrollo armonioso, aunque no siempre lineal, marcado por diferentes acentos, por profundizaciones progresivas y, a veces, por cambios de perspectiva que no rompen con lo anterior, sino que hacen madurar sus implicaciones”. 

La dignidad humana

En el segundo capítulo, el Papa se detiene en los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia, recordando que “la Doctrina social de la Iglesia nos conduce al corazón mismo de nuestra fe: el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas”. 

En este sentido, destaca que la dignidad de la persona “no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios”, denunciando las ideologías que consideran a las personas como meros medios para obtener resultados. 

El Papa advierte del peligro de que la tutela de los derechos humanos se quede en una mera declaración formal y que, además, se evite su fundamento de universalidad al no estar fundado en los principios sólidos. Aquí el Papa hace una especial denuncia a las condiciones de muchas mujeres en el mundo, recordando que “doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos” (…) “Mientras exista esta disparidad”, destaca el Papa Prevost, “no podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las mujeres tienen la misma dignidad que los hombres”. 

El Papa, recorre en este capitulo las implicaciones de la búsqueda del bien común en el ámbito político recordando que “cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales”. Aquí, invita el pontífice a “pensar en formas de cooperación y de instituciones internacionales más eficaces, capaces de cuidar el bien común global sin anular la legítima pluralidad de los pueblos y de los estados”. 

En esta línea, actualiza esta llamada hecha desde hace décadas por la Iglesia para destacar que “donde la riqueza de las naciones depende cada vez más de conocimientos y tecnologías, cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes pueden participar en la revolución digital y quienes permanecen al margen”.

El Papa se detiene, específicamente, en el principio de solidaridad, explicando que la fraternidad es “una forma social y política que se ha de encarnar en decisiones e itinerarios compartidos. La solidaridad, pues, es el reconocimiento concreto de que el destino de cada uno está ligado al destino de todos; realmente «nadie se salva solo»” y destacando que “la solidaridad es al mismo tiempo un principio y una virtud. En cuanto principio, expresa el orden objetivo de las relaciones entre personas, grupos y pueblos, y alude a la conciencia de una interdependencia, por lo que el bien de cada uno pasa a través del bien de los demás. En cuanto virtud, requiere en cambio una «determinación firme y perseverante»102 de trabajar por el bien común”. 

“La justicia social debe confrontarse con las tecnologías digitales”

Recuerda en este capítulo las enseñanzas de san Juan Pablo II y de su inmediato predecesor al explicar el concepto de justicia social: “el Magisterio reciente ha insistido en el hecho de que la justicia social exige una mirada cuyo punto de partida sean los últimos. San Juan Pablo II habló de una opción preferencial por los pobres que debe marcar las decisiones personales y sociales, mientras el Papa Francisco denunció una «cultura del “descarte” (…) La idea de “justicia social” ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente. San Juan Pablo II habló en este sentido de estructuras de pecado que se oponen a la voluntad de Dios y requieren un esfuerzo de conversión personal y social”. 

Para el Papa León XIV “en este tiempo, la justicia social debe confrontarse también con el ambiente creado por las tecnologías digitales. La difusión de redes globales, plataformas y sistemas de IA cambia el modo de informarse, de comunicar y de acceder a los servicios. (…) Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos”.

Acogida a migrantes

Una actualización del concepto de justicia social que, por supuesto, remite directamente a los migrantes hacia los que se debe “proteger el derecho a la esperanza de quien está obligado a partir, garantizándole vías seguras y legales, condiciones de acogida dignas y procesos reales de integración. Por otra, promover también el derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad, afrontando las causas profundas que obligan a migrar, incluidas las causas vinculadas a las injusticias económicas y a la crisis climática”.

El verdadero desarrollo social

León XIV aborda en este capítulo el concepto de Desarrollo Humano Integral. En este punto, explica que “ no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de algunos a expensas de costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados impidiéndoles expresar sus propias potencialidades”. Por el contrario, afirma el Papa, “La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas”. 

En esta línea, afirma con rotundidad “las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Por eso, han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?. 

Un poder orientado al servicio, también en la Iglesia 

En la que es su primera encíclica, el Papa no ha querido eludir la responsabilidad y , por tanto, la necesidad del examen y la petición de perdón de la Iglesia por sus errores a lo largo de la historia. 

En este punto, defiende el Papa además una autoridad al servicio de la comunidad: una diaconía: “Han de promoverse formas regulares de evaluación del ejercicio de las responsabilidades ministeriales, que no sean un juicio sobre las personas, sino instrumentos de formación y de corrección orientados a la misión”. 

Construir Jerusalén, no una nueva torre de Babel

El Papa utiliza dos poderosas imágenes para ilustrar las posibles maneras de progreso humano: el egoísmo e incomunicación que supone Babel “donde la obra común está. guiada por un proyecto de dominio que termina por deshumanizar (cf. Gn 11,1-9); por otro lado, las ruinas de Jerusalén, que con Nehemías se reconstruyen pieza por pieza, como una labor de responsabilidad compartida (cf. Ne 2-6)”.

“El peligro de que la humanidad sea víctima de sus propias conquistas había sido ya percibido con lucidez por san Pablo VI, cuando advertía que «los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre”, destaca el Papa en este tercer capítulo de la encíclica.

El Papa aboga por “un discernimiento sobre la visión antropológica” del progreso tecnológico. “Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece”. 

La Inteligencia Artificial 

Como ya se había anunciado, Magnifica Humanitas no es una encíclica sobre la Inteligencia Artificial, y así lo afirma el Papa en este tercer capítulo. “Me limito a recordar algunos elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona, con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites”, destaca León XIV. 

El Papa apunta, con claridad, en el punto 99 de esta encíclica que “no es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana”. En esta línea, recuerda el Papa: “la IA se base en el tratamiento de datos pero “no pasan por la alegría y el dolor, no maduran. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio”. 

Algunos peligros de la IA

No esconde el pontífice los ámbitos por los que podemos otorgar una especie de criterio absoluto a la Inteligencia Artificial. En este sentido, se detiene en tres aspectos, “en particular, deben ser tenidos en especial consideración: la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana”. La primera, “pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas”, la segunda “corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado” y la tercera “puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto pobre de relaciones y de afectos reales”. 

El Papa pide una gobernanza ética y una especial transparencia a los mecanismos de esta Inteligencia Artificial: “Para que la IA respete la dignidad humana y sirva realmente al bien común, es esencial que las responsabilidades estén claras en todas las etapas: desde quienes diseñan y programan los sistemas hasta quienes los utilizan y quienes resuelven confiarles las decisiones concretas (…) Pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana”.

Nuevas riquezas y nuevas pobrezas

En este nuevo contexto social de los datos, “hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio”. 

Desarmar la IA y custodiar la humanidad

El Papa habla de “desarmar” la IA, que “no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas”. 

En esta línea, el Papa realiza un “vehemente llamamiento a quienes desarrollan sistemas de IA. La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación”, por ello, para el Papa, estos desarrolladores tienen un “peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad”.

León XIV anima a no perder la humanidad. A tener claro que “la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función”. 

Transhumanismo y posthumanismo 

En esta encíclica, en la que el Papa recoge documentos magisteriales, el magisterio de los últimos pontífices y referencias externas, se hace además una interesante reflexión sobre dos “narrativas de fondo”, presentes en nuestra sociedad: el transhumanismo y el posthumanismo. “El transhumanismo”, explica León XIV, “imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva”. 

Ambos sistemas intelectuales atacan directamente a la dignidad humana llevando incluso a “aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie”. 

En este punto, el Papa considera “necesario distinguir con claridad: una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una “salvación” puramente técnica”.

Aquí, recuerda el pontífice, tenemos que recordar que el ser humano “no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite”. Puesto que es en los límites en los que ejercemos los actos claramente humanos: el cuidado, la compasión, el amor. En este punto, el Papa realiza una esperanzada mirada a la historia en la que encontramos cómo el compromiso de un hombre o mujer puede cambiar la sociedad, haciendo referencia a figuras como Luther King o Dorothy Day, pero también a san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero o Francois-Xavier Nguyễn Văn Thuận. 

Nuestro “más humano” es Cristo

Así, concluye el Papa “la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor. A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo.

Ecología de la comunicación: transparencia también en la Iglesia

El cuarto capítulo se centra en la naturaleza del trabajo y su papel en el desarrollo y libertad del hombre. 

Un capítulo en el que Robert Prevost pone su mirada en la polarización, muchas veces creada y alimentada a través de los algoritmos, que impregna nuestra sociedad. “La

desinformación”, afirma el Papa, “no surge con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador”. En este sentido, recuerda que “quienes controlan las plataformas digitales y los medios de comunicación tienen una notable capacidad para influir en el imaginario colectivo y presentar como deseable una determinada visión de la realidad”. Un escenario que hace deseable, para el pontífice,”una ecología de la comunicación”, que establezca reglas que hagan más transparentes los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos.

También la Iglesia, apunta el Papa, debe “comprometerse con una comunicación transparente y con la búsqueda honesta de los hechos. Lamentablemente, no siempre ha sido así. Hemos sido testigos, con vergüenza, del arduo descubrimiento de verdades dolorosas incluso sobre miembros de la Iglesia y sobre realidades eclesiales. En particular, algunos periodistas comprometidos con la verdad han desempeñado un papel fundamental a la hora de sacar a la luz injusticias y abusos”.

Educar en no usar la IA

Asimismo el Papa realiza una interesante llamada a “educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla”. 

En este sentido, anima a una tarea educativa que enseñe a “prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita”.

La educación es una de las claves de lectura de este documento papal en el que se aboga por un cuidado del acceso a la educación y el derecho de las familias a una educación acorde a sus creencias. 

Fomentar el trabajo, no el asistencialismo

En cuanto al tema laboral, el Papa recuerda que “el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida” y por ello, “las ayudas económicas a los pobres siguen siendo a veces necesarias en situaciones de emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta, ya que el objetivo es ofrecer a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio trabajo”. 

En este campo, el pontífice es además especialmente claro cuando recuerda la necesidad de impulsar un trabajo digno y accesible y evitar el “capitalismo exacerbado” que lleva a “justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo” en orden a unos mayores beneficios. Además hace una singular llamada a las organizaciones sindicales para “abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos”.

Los verdaderos parámetros de la riqueza

León XIV se hace eco en esta carta del crecimiento de la riqueza mundial, señalando, sin embargo, que “la riqueza mundial ha crecido en términos absolutos, pero su concentración en pocas manos ha aumentado y los desequilibrios se han acentuado, tanto entre países como dentro de un mismo país”. Una realidad que toma nuevas perspectivas en tiempos de IA y que hacen necesarios unas dinámicas “económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación”. 

La familia, centro de la sociedad

Aunque pudiera parecer una digresión dentro del texto, el Papa centra la mirada en la familia como “bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad”. 

Aqui se enmarca la llamada a los estados a promover y alentar modelos sociolaborales que ayuden a las familias, permitiendo la conciliación, su formación y el mantenimiento de estas familias. “Hay que apoyar los vínculos sociales: redes y comunidades educativas que acompañen las elecciones de vida e impidan que la incertidumbre genere soledad y dependencias”, termina el Papa. 

Nuevas esclavitudes y nuevos colonialismos

En época de la Inteligencia Artificial,  el Papa hace una reflexión especial sobre las nuevas esclavitudes, ya sea las esclavitudes generadas por unos algoritmos que atrapan y “deciden” la vida de muchas personas como el hecho de “en el mundo de la IA nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta que parece inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas. Una parte significativa del funcionamiento de la economía digital se sustenta en el trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles”, con poca remuneración y, sobre todo, mujeres. 

En este sentido, resalta el poder de las redes en las nuevas esclavitudes como la trata de personas o la aparición de “nuevos colonialismos”: “informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa”.

“Es aquí”, destaca el Papa, “donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién”.

El Papa León XIV cierra esta primera encíclica con una llamada a la construcción de la civilización del amor. En este sentido, vuelve a traer la imagen de la torre de Babel como “el paradigma tecnocrático globalizado, sino también el enfrentamiento a distancia entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla, con una multiplicidad de conflictos locales”. Frente a esto, emerge una gran parte de la humanidad que quiere seguir custodiando esa naturaleza humana fundada en la filiación divina. 

La IA no puede actuar como agente moral 

El Papa no elude la evidencia de que “asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional”, un pensamiento belicista que se alimenta de la polarización social y del crecimiento de la propia industria bélica. 

En este sentido, explica el Papa, la IA no puede tener el control de la decisión moral ya que “el juicio moral no se puede reducir a un cálculo, implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona”.

Cinco campos de responsabilidad personal

Aqui, y para cerrar este diagnóstico de la sociedad actual y sus implicaciones morales, el papa hace una fuerte llamada a la responsabilidad personal proponiendo “cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”. 

León XIV recuerda como “el poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya sea para bien o para mal” y anima a “dar espacio, en la información y en la educación, a la mirada y a la voz de las víctimas ayuda a tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierra la guerra y, en general, toda forma de violencia; a no aceptar como normal la lógica del conflicto; a no apartar la mirada cuando se comete una afrenta contra la dignidad humana; y a devolver a las personas afectadas la dignidad de ser reconocidas y escuchadas”.

Cómo ha ido haciendo desde el inicio de su pontificado, Robert Prevost, apela ala necesidad de un diálogo real: desde las circunstancias cotidianas hasta la alta diplomacia y en el que “el diálogo entre las religiones tiene un papel decisivo, porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz. Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma”.

Espiritualidad eucarística

Como conclusión, subraya el Papa que “no hay un momento ni una condición humana que no sea digno de Dios”. Una afirmación que desarrolla posteriormente en la invitación a “contemplar en el rostro del Hijo una magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA. En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación”.

El Papa subraya que “la espiritualidad que necesitamos es una espiritualidad eucarística, es decir, una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor. (…) Este don permanece presente y operante en la Eucaristía, en la cual el Señor se comunica y reúne a la Iglesia, para que su entrega se convierta en principio de unidad y fuente de vida nueva. De esta comunión nace también la solidaridad cristiana” puesto que “la Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación”. 

La encíclica termina con una profunda reflexión mariológica en la que la Madre de Dios se nos muestra como “poetisa y profetisa de la redención” que canta en el Magníficat a pesar de que nada había cambiado, aparentemente en su mundo. 

Vaticano

«Magnifica humanitas». Texto íntegro de la primera encíclica de León XIV

"Magnifica humanitas", la primera encíclica del Papa León XIV sobre la inteligencia artificial ha sido presentada hoy en el Vaticano.

Redacción Omnes·25 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 132 minutos

Apenas un año después de su elección como pontífice de la Iglesia católica, León XIV ha publicado Magnifica Humanitas, su primera encíclica, sobre la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.

La carta encíclica fue firmada por el Santo Padre el pasado 15 de mayo, coincidiendo con el 135.º aniversario de la promulgación de la carta encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII. Si esta última supuso la reflexión de la Iglesia en la era de la revolución industrial, el primer gran documento magisterial del Papa León XIV se centra en la nueva revolución social en la que está inmerso el mundo y en el que la digitalización y la Inteligencia Artificial, están cambiando los paradigmas básicos.

Texto íntegro de «Magnifica humanitas», primera encíclica de León XIV

Introducción

1. La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado». [1] En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud.

2. Cimentados en Cristo, la piedra viva, experimentamos la acción poderosa y misteriosa del Espíritu Santo, y creemos que todo esfuerzo humano auténtico por cooperar con Él en pro del bien será bendecido por el Padre celestial, en quien ponemos nuestra esperanza. Por este motivo, podemos contribuir con determinación a todas aquellas iniciativas que construyen un mundo más justo, y podemos invitar a otros a colaborar con nosotros en la promoción del desarrollo integral de cada ser humano. Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad. [2] Queremos identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos. Esta actitud de diálogo es parte integrante de la vocación de la Iglesia, ya que ella, constituida «en Cristo como un sacramento, […] de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano», [3] reconoce en la historia el lugar donde el Evangelio interpela y acompaña la experiencia humana.

3. Con este espíritu, en 1891 León XIII publicó la Encíclica Rerum novarum, cuyo 135° aniversario celebramos este año con profunda gratitud. Con ese documento, mi querido Predecesor impulsó aquella reflexión sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos “Doctrina social de la Iglesia”. Y cuando algunos objetaban que la Iglesia no debía desperdiciar energías en cuestiones mundanas, sino preocuparse por comunicar un mensaje de vida eterna, él respondía con realismo y sabiduría que el anuncio del Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos. [4] Han pasado muchas décadas desde entonces, y el Magisterio, los pastores, los teólogos y los fieles han seguido reflexionando sobre las cuestiones sociales a la luz del Evangelio. Hoy, la Doctrina social de la Iglesia es un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar. Se fundamenta en la Sagrada Escritura y en la Tradición y, en diálogo con las ciencias, nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente, identificando caminos adecuados para vivir un testimonio cristiano límpido, con alegría y al servicio del mundo. No es un conjunto estático de conceptos, sino un corpus vivo de verdades, que custodia e interpreta la vocación de la humanidad a una vida plena y justa. A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31).

Las “res novae” de nuestro tiempo

4. Si en su momento León XIII hablaba de “nuevos asuntos” ( rerum novarum), hoy no podemos limitarnos simplemente a repetir sus valiosas enseñanzas, sino que debemos pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica. En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo. La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es «un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre». [5] A lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien. Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma». [6]Las nuevas tecnologías abren un horizonte que se extiende en direcciones que, aunque intuibles, aún no podemos prever por completo. Esto hace que sea más complejo evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común.

5. Ahora nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta: «No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero». [7] En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.

6. Por esta razón es preciso iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo. Si nos limitamos a las circunstancias contingentes, corremos el riesgo de dejar que la sucesión de emergencias decida por nosotros la dirección del camino. Estamos viviendo una rápida fase de transición, un “cambio de época” en el que —mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre ellas— la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien. Precisamente por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?

Dos imágenes bíblicas

7. Para responder a estas preguntas y discernir cómo vivir con responsabilidad en la era de la IA, me gustaría evocar dos imágenes bíblicas: la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). En el libro del Génesis, el relato de Babel se sitúa en los orígenes de la humanidad, inmediatamente después de las genealogías de los hijos de Noé. Los seres humanos, habiéndose establecido en la llanura de Senaar, deciden construir una ciudad y una torre «cuya cúspide llegue hasta el cielo» (Gn 11,4). Quieren así asegurarse estabilidad y poder, y sobre todo “perpetuarse un nombre”, temiendo ser dispersados por la tierra. La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin embargo, el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión. Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios.

8. El libro de Nehemías, a su vez, comienza en un momento de gran vulnerabilidad en la historia del antiguo Israel. Tras el exilio babilónico, una parte del pueblo ha regresado a Jerusalén, pero la ciudad sigue en ruinas, las murallas se han derrumbado y las puertas han sido quemadas (cf. Ne 1-2). Nehemías, un judío al servicio del rey persa Artajerjes, recibe la noticia del desastroso estado de la ciudad de sus padres. Antes de actuar, ayuna, reza e intercede por el pueblo; luego pide permiso al rey para regresar a Jerusalén y, una vez allí, examina en silencio los lugares destruidos. No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor.

9. A la luz de estas dos imágenes, el Espíritu Santo hoy nos interpela acerca de nuestra relación con la tecnología y con la revolución digital en curso. Los descubrimientos científicos son un talento entregado a la humanidad para que lo haga fructificar (cf. Mt 25,14-30). La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, esta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza. Por eso, la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna.

10. Evitemos, por tanto, el “síndrome de Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos. Este es el riesgo de la deshumanización —construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio—, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico. Elijamos, en cambio, el “camino de Nehemías”, que pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron. Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último. En el Apocalipsis, Juan ve la nueva Jerusalén «que descendía del cielo y venía de Dios» (Ap 21,2) como un regalo para toda la humanidad. Y esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las “ciudades” de hoy.

Edificar en el bien

11. Edificar una ciudad centrada en el bien común exige, ante todo, edificar sobre la roca de la relación con Dios. Significa reconocer que la verdad de su amor nos llama a una vida «en abundancia» ( Jn 10,10) y a la comunión con Él. Junto con san Agustín, también nosotros podemos decir: «Porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». [8] En efecto, Dios ha inscrito en nuestro corazón un deseo de felicidad que abraza todas las dimensiones de la vida; y la Iglesia, en el diálogo con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, siente la urgencia de custodiar y orientar esa aspiración hacia su verdad más profunda.

12. En segundo lugar, edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir. Hoy en día, el deseo de plenitud del ser humano corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que “dejan atrás” a pueblos enteros. No es raro que pongamos nuestra esperanza en un potencial ilimitado, en formas de progreso que pueden agudizar las desigualdades, en soluciones inmediatas incapaces de sanar las heridas de los pueblos. Así, mientras algunos persiguen la quimera de una autoafirmación ilimitada, muchos carecen de lo necesario. La Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos.

13. En tercer lugar, edificar un mundo en el que todos puedan “florecer” exige una corresponsabilidad valiente. Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo; y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución: «Mi poder triunfa en la debilidad» (2 Co 12,9). A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. Esta es la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz. Las tensiones y las diferencias no deben intimidar; pueden convertirse en energías creativas cuando están orientadas por una responsabilidad compartida.  

14. Por último, edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz.

Permanecer siendo humanos

15. En el reciente Jubileo ordinario del 2025, hemos caminado como peregrinos de la esperanza y hemos sido colmados de gracias. Fortalecidos por estos dones, podemos avanzar con ánimo confiado ante las arduas tareas y los exigentes desafíos que se perfilan en nuestro futuro. En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa.

16. A todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad les dirijo un vehemente llamamiento: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas —los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— se convertirán en piedras angulares, y sobre la tierra surgirá un hogar común sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán (cf. Sal 85,11). Esta es la bendición que imploramos a Dios y la tarea que tenemos por delante: ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel; siervos del Reino que viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse. Y, con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar.

CAPÍTULO PRIMERO

UN PENSAMIENTO DINÁMICO FIEL AL EVANGELIO

17. En este primer capítulo mi intención es recorrer, de manera sintética, el camino a través del cual la Doctrina social de la Iglesia ha ido tomando forma en el Magisterio reciente de los Papas y del Concilio Vaticano II, para poner de relieve su carácter dinámico. En cada época, de hecho, las res novae instan a esta enseñanza a medirse con las preguntas de la historia a la luz de la Verdad revelada. Por eso, también la IA debe entenderse no como un apéndice temático, o como una emergencia que hay que gestionar, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio.

18. Sin embargo, este itinerario no sería realmente comprensible si, antes de detenernos en la contribución de cada uno de los Pontífices y en los documentos más relevantes, no aclaráramos algunas convicciones fundamentales sobre la forma en que la Iglesia habita la historia y se relaciona con el mundo. Sin esta aclaración, la Doctrina social correría el riesgo de parecer una injerencia indebida en cuestiones temporales o un código ético externo que se aplica arbitrariamente. En realidad, surge de una Iglesia que camina con la humanidad, reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política y, precisamente por eso, aspira a servir al bien común.

Una Iglesia en camino en la historia de la humanidad

19. La Iglesia, presente en el mundo como signo de unidad para toda la familia humana, reconoce en los interrogantes y los desafíos de la época actual el ámbito en el cual ejercer su vocación a la escucha, al diálogo y al servicio, dejándose interpelar por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy. Este entrelazamiento de vida con los pueblos le hace comprender cada vez más que su misión tiene un alcance histórico e implica una responsabilidad respecto a la forma en que se tejen las relaciones sociales. Por ello no puede considerarse ajena a las dinámicas que configuran el rostro de la sociedad. Más bien, participa con compromiso en los caminos a través de los cuales la sociedad misma crece y se organiza, y ofrece su contribución al logro de una convivencia más justa y fraterna. El Papa Francisco recordaba con fuerza esta dimensión histórica de la misión eclesial, señalando que «nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos». [9]

20. La llamada y el compromiso de caminar con la humanidad en lo concreto de la historia llevan a la Iglesia a reconocer que las realidades terrenas poseen una consistencia y un orden propio. El Concilio Vaticano II expresó con especial precisión este principio en la Constitución pastoral Gaudium et spes, cuyo 60° aniversario celebramos con grato recuerdo el pasado 7 de diciembre de 2025: «Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, […] es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía». [10]Este énfasis pone de manifiesto que la creación lleva impresa una bondad originaria que la mirada humana debe custodiar, cultivar y hacer madurar. En este horizonte, la Iglesia se ofrece como una presencia que ayuda a leer en profundidad la realidad, sosteniendo con humilde firmeza aquellas decisiones que promueven la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades y el bien de todos. Así, se sitúa a la par del mundo sin imponerse sobre él, para que en cada acontecimiento humano pueda germinar la promesa de justicia y paz que el Espíritu Santo sigue suscitando en el corazón de la humanidad.

21. Al reconocer que Dios acompaña la libertad de los seres humanos en el desarrollo de la historia, el Concilio Vaticano II afirmaba la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política, subrayando que cada una de ellas debe actuar con la más plena autonomía. La presencia de la Iglesia en el mundo se expresa así también en su relación con la sociedad civil y con las instituciones públicas. Al dialogar con ellas, la Iglesia reconoce el valor de las realidades sociales y políticas y respeta su propia responsabilidad, apoyando todo lo que protege la vida de las personas y fortalece los cimientos del tejido social. No pretende asumir las funciones que competen al Estado; por el contrario, valora su servicio al bien común y reconoce con convicción la responsabilidad que las instituciones civiles ejercen en la sociedad. Al mismo tiempo, la misión que se le ha confiado la lleva a no permanecer distante de los sufrimientos concretos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Su cercanía no nace de la intención de suplir a las instituciones, ni mucho menos de una crítica implícita a su labor, sino de la caridad evangélica que la impulsa a acercarse a las heridas de la humanidad en los momentos en que estas se manifiestan con mayor gravedad. Cuando interviene, lo hace imitando al buen samaritano, con discreción y cercanía, consciente de que lo que surge de una necesidad inmediata no puede convertirse en norma, ni sustituir las responsabilidades institucionales propias de la comunidad civil.

22. A partir de este doble reconocimiento —la autonomía de las realidades terrenas y la distinción de competencias entre la comunidad eclesial y la política— se comprende mejor la orientación que el Concilio Vaticano II ha dado a la Iglesia en su relación con el mundo. Gaudium et spes recuerda que «es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra de Dios, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada». [11] Escuchar los “diferentes lenguajes” no es una mera atención sociológica, sino que implica un discernimiento espiritual en el que, con la ayuda del Espíritu, el Pueblo de Dios reconoce en las transformaciones culturales y sociales tanto los signos de la presencia de Cristo, que viene y guía la historia hacia su plenitud, como aquellas desviaciones que oscurecen su rostro. Así, la Verdad revelada no se modifica en su núcleo esencial, sino que se explicita y se asume como criterio vivo para orientar elecciones concretas, inspirar caminos de conversión personal y comunitaria, promover reformas de las estructuras y apoyar nuevas formas de testimonio evangélico en la vida pública. La historia es, por tanto, uno de los lugares en los que la Iglesia se deja instruir por el Espíritu sobre el alcance humanizador del Evangelio y aprende a adaptar su enseñanza al servicio de la dignidad de cada persona y del bien de los pueblos.

La sabiduría de la Palabra y el diálogo con las ciencias humanas

23.La Iglesia considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente «la verdad, la bondad y la belleza», considerándolos «preciosos aliados» [12] en la defensa de la dignidad de cada persona y en la custodia de la creación. Asumiendo el estilo pastoral del Concilio Vaticano II, que invita a escuchar, discernir e interpretar los signos de los tiempos, la Iglesia, iluminada por la sabiduría de la Palabra, no teme el encuentro con el saber humano. La Palabra de Dios ofrece criterios fiables para orientar los caminos de la justicia y abrir vías de reconciliación y paz entre los seres humanos. Cuando se trata de aplicar estos criterios a las complejas situaciones de nuestro tiempo, resulta esencial la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales, que ayudan a comprender y analizar más a fondo las dinámicas culturales, económicas y políticas. San Juan Pablo II recordaba que la Iglesia acoge la aportación de las ciencias sociales «para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio». [13] El diálogo con esos conocimientos no resta fuerza al Evangelio; al contrario, permite identificar con mayor claridad lo que realmente promueve la vida de las personas y las comunidades. El Papa Francisco, en consonancia con esta perspectiva, subrayaba que, en muchas cuestiones específicas, la Iglesia no pretende ofrecer «una palabra definitiva», [14] pero reconoce la importancia de prestar atención a la investigación científica y de fomentar un diálogo serio y leal entre los académicos, aceptando la diversidad de opiniones.

24. Alimentada por este diálogo fecundo entre el Evangelio y los conocimientos humanos, la Iglesia ha profundizado progresivamente en su Doctrina social, madurando con el tiempo un patrimonio de sabiduría dotado de una coherencia teológica y antropológica arraigada en la visión cristiana de la persona. Precisamente porque nace de la fe y de su comprensión de la realidad, este patrimonio no se traduce en un repertorio de soluciones técnicas ni en un modelo económico o político que se oponga a otros: tiene una categoría propia, [15] la de los principios que orientan la lectura de los acontecimientos y sustentan una interpretación evangélica de los procesos históricos y de las decisiones que estos implican. De ahí surge la función propia de la Doctrina social, que no pretende sustituir las responsabilidades de la política y de las instituciones, sino que se ofrece como apoyo al discernimiento común, ayudando a reconocer y promover lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las comunidades y al bien de todos.

La Doctrina social como discernimiento comunitario

25. La comprensión de la verdad como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar, libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder. San Juan Pablo II invitaba a mirar con sinceridad hacia aquellos tiempos en los que se cedió a «métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad», [16] para reencontrar el camino evangélico del anuncio apacible y de la verdad que no se impone. En la misma línea, he reiterado que la Iglesia «no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad», [17] porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir. Esta misma perspectiva la resumió el Papa Francisco en sus famosas palabras, según las cuales «el tiempo es superior al espacio»: [18] lo importante no es, ante todo, ocupar puestos de poder o controlar bastiones culturales, sino iniciar procesos de bien y dejar que maduren; así, la verdad del Evangelio no se impone desde lo alto, sino que crece con el tiempo, en el entretejido concreto de las vidas, las comunidades y las culturas. Es una verdad que no teme a la diversidad, sino que la acoge y la ordena; que no elimina los conflictos, sino que los transfigura; que recompone lo que la historia tiende a dispersar. De ahí también la imagen del poliedro, una figura de muchas caras donde se refleja, desde diferentes ángulos, la misma verdad del Evangelio. [19]

26. Esta actitud de apertura a la verdad, única y a la vez multifacética, expresa en lo más profundo la catolicidad de la Iglesia, que abarca a toda la familia humana y, al mismo tiempo, vive inmersa en las condiciones concretas de los pueblos y las culturas. El Concilio Vaticano II recuerda que, precisamente en virtud de esta catolicidad, «cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia», [20] y que, de este modo, tanto en su conjunto como en cada comunidad individual, crece gracias a un intercambio recíproco y a un esfuerzo mutuo hacia una comunión cada vez más plena. De ello se desprende que el Pueblo de Dios no sólo está compuesto por muchos pueblos, sino que en su interior está tejido de funciones, vocaciones, culturas y tradiciones diversas, llamadas a apoyarse y enriquecerse mutuamente. En esta perspectiva, san Pablo VI reconocía que, dada la gran variedad de situaciones históricas, no es realista pensar que la Doctrina social pueda «pronunciar una palabra única», [21] una respuesta exclusiva y válida para todos los contextos; por eso invitaba a cada comunidad cristiana a leer con lucidez y responsabilidad la realidad de su propio país. La tensión fecunda entre la universalidad de la misión y el arraigo local forma parte íntima de la vida de la Iglesia: ella lleva en su aliento el horizonte del mundo entero, pero asume las preguntas de cada contexto como el lugar real en el que el Evangelio cobra vida.

27. A la luz de lo dicho hasta ahora, la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los signos de los tiempos; se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas. Por eso, cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, [22] la Iglesia —junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones— debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión a; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía.

El desarrollo del Magisterio social desde León XIII hasta hoy

28. Tras haber recordado la forma en que la Iglesia se sitúa en la historia y entabla diálogo con el mundo, deseo ahora detenerme en el desarrollo de la Doctrina social en el Magisterio, que, desde el siglo XIX hasta nuestros días, ha acompañado las grandes transformaciones sociales. Evidentemente, no podré dar cuenta de toda la riqueza de esta enseñanza, cuyos principios fundamentales se presentan en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia y se profundizan aún más en el Magisterio reciente. Tampoco podré retomar de manera sistemática lo que se ha elaborado en las Encíclicas de mis últimos venerados Predecesores, en particular en Laudato si’ y en Fratelli tutti. Sin embargo, quiero recordar algunas líneas esenciales, para mostrar que lo que escribo se coloca en continuidad con esta tradición y, al mismo tiempo, para destacar cómo en ella el núcleo estable de las verdades reveladas sobre la persona y la convivencia humana se entrelaza con una capacidad siempre renovada de escuchar las situaciones históricas y de dejarse interpelar por las preguntas que surgen del presente. Recorreré, por tanto, algunas etapas decisivas de este desarrollo, comenzando por la etapa inaugurada por la Encíclica Rerum novarum.

Los primeros pasos de la Doctrina social de la Iglesia

29. Lo que hoy llamamos “Doctrina social de la Iglesia” no surge de improviso en la era contemporánea, sino que recoge y organiza una larga tradición de reflexión eclesial sobre la vida social, que hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, en los Padres de la Iglesia y en las elaboraciones teológicas y jurídicas de la Edad Media y la Edad Moderna. La expresión “Doctrina social de la Iglesia” fue empleada por primera vez por Pío XII en 1950, [23] pero el contenido que encierra, entendido como un corpus orgánico de enseñanzas sociales, comenzó a perfilarse con la Encíclica Rerum novarum de León XIII. Ante los “nuevos asuntos” de su tiempo —el conflicto entre el capital y el trabajo, la cuestión obrera, las transformaciones económicas y sociales—, León XIII no se limitó a constatar el malestar, sino que asumió esas situaciones como ámbito de la misión pastoral de la Iglesia, las sometió a un discernimiento riguroso e iluminó sus causas y las posibles vías de salida a la luz del Evangelio y de una visión integral de la persona, creada a imagen de Dios. San Juan Pablo II vio en esta forma de proceder un «paradigma permanente» [24] de la Doctrina social: una praxis ejemplar mediante la cual la Iglesia, ante tóricas, ejerce su derecho y deber de examinar las realidades sociales, pronunciarse sobre ellas e indicar caminos hacia una solución justa. De este modo, los contenidos perennes de la fe y de la antigua sabiduría eclesial se articulan en una doctrina viva que, permaneciendo fiel al Evangelio, crece en el diálogo con los “nuevos asuntos” de cada época.

30. La Encíclica Rerum novarum de León XIII constituye un hito en la evolución del Magisterio social. El documento sitúa en el centro de su reflexión la dignidad del trabajo y del trabajador, afirma el derecho a un salario justo para uno mismo y para la propia familia, reconoce en las personas un valor esencial que prevalece sobre el capital y el beneficio, defiende la propiedad privada junto con su indispensable función social, aprecia las asociaciones de trabajadores y propone formas de colaboración entre los diversos componentes de la sociedad como alternativa a la lógica de la “lucha de clases”. No sorprende, por tanto, que Pío XI la haya definido como la « Magna Charta» [25] de la acción social de los cristianos: en Rerum novarum, la sabiduría ancestral de la Iglesia sobre la persona y la vida en sociedad adquiere una nueva forma, capaz de enfrentarse a la era industrial y de ofrecer el primer gran marco sistemático de esa Doctrina social que las décadas siguientes desarrollarían aún más. Aunque muchas de las condiciones históricas descritas por León XIII han cambiado, al menos dos de sus principios siguen siendo de gran actualidad: la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera, con la consiguiente atención a las personas y a las familias más expuestas a la explotación, y el vínculo indisoluble entre el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden social más justo. Así, Rerum novarum sigue recordándonos que no hay auténtica evangelización que no toque también las estructuras de la convivencia humana.

31. La Encíclica Quadragesimo anno de Pío XI, publicada en 1931 con motivo del 40° aniversario de Rerum novarum y en pleno apogeo de la gran crisis económica mundial, da un paso más en el desarrollo del Magisterio social. No se limita a retomar la “cuestión obrera”, sino que amplía su mirada a la configuración general del orden económico y político. Denuncia la concentración del poder económico en manos de unos pocos; critica tanto la competencia sin límites como aquellos proyectos colectivistas que anulan la libertad y la responsabilidad de las personas; recuerda con fuerza el derecho de asociación de los trabajadores y reitera la exigencia de que el salario sea proporcional no sólo al rendimiento, sino a las necesidades del trabajador y de su familia. En este marco, formula de manera sistemática el principio de subsidiariedad, destinado a convertirse en uno de los referentes fijos de la Doctrina social, según el cual lo que puede ser realizado por las personas, las familias, los organismos intermedios y las comunidades locales no debe ser absorbido por instancias superiores. Junto a estas contribuciones, Pío XI recuerda con claridad la función social de la propiedad y, con diversas intervenciones de su Magisterio —desde las Encíclicas Non abbiamo bisogno y Mit brennender Sorge hasta la Divini Redemptoris—, denuncia los totalitarismos que atropellan la dignidad de la persona, sofocan la vida social, exaltan al Estado por encima de su justo valor y adoptan la categoría discriminatoria de la raza. Para nuestra época siguen siendo particularmente actuales al menos tres intuiciones de su enseñanza social: la conciencia de que las injusticias no se refieren sólo a los comportamientos individuales, sino también a las estructuras económicas e institucionales; el valor del principio de subsidiariedad, que invita a fortalecer el tejido asociativo y comunitario, evitando nuevas concentraciones de poder; y el vínculo entre la dignidad del trabajo, la justa remuneración y la posibilidad real para las familias de llevar una vida humana digna.

32. En el contexto dramático de la Segunda Guerra Mundial y de los años de la reconstrucción, el Magisterio de Pío XII ofrece una contribución significativa al desarrollo de la Doctrina social, sobre todo a través de los Mensajes radiofónicos navideños, en los que esboza las líneas generales de un orden internacional basado en el reconocimiento de la dignidad humana, la justicia y la paz. En esas ocasiones, el Papa propone un diálogo con la sociedad a partir de una exigente referencia al derecho natural, entendido como un conjunto de principios objetivos que preceden a los intereses de los individuos y de los estados y que deben regular la vida interna de las naciones y sus relaciones recíprocas. Pío XII atribuye además un papel decisivo a las asociaciones profesionales, a las uniones de trabajadores y a los diversos cuerpos intermedios de la vida económica y social, reconociendo en estas formas organizadas de la sociedad un baluarte esencial para el equilibrio civil y para la tutela del bien común. Él sostiene la necesidad de un estado de derecho sólido para prevenir los abusos de poder y reconoce en la democracia un instrumento adecuado para favorecer el ejercicio correcto de la autoridad. Al mismo tiempo, advierte contra toda pretensión de fundar el derecho en el interés o en la fuerza, recordando que un orden internacional regulado por el beneficio de los más fuertes expone a los pueblos más débiles a la opresión y socava de raíz la confianza entre las naciones. Por último, identifica en los profundos desequilibrios económicos entre los países uno de los factores que alimentan los conflictos. [26] En nuestra época, marcada por nuevas formas de poder global y por desigualdades crecientes, siguen siendo especialmente significativos tres principios: la exigencia de que el derecho prevalezca sobre el interés, la conciencia de que las disparidades económicas son terreno fértil para las tensiones y la violencia, y el valor de un tejido asociativo capaz de mediar entre el individuo y el Estado. Estos siguen ofreciendo a la Doctrina social criterios importantes para interpretar las dinámicas de la globalización y para promover un orden internacional más justo y pacífico.

Los años del Concilio Vaticano II

33. Con san Juan XXIII se abre una nueva etapa del Magisterio social, marcada por una atención más explícita a la dimensión mundial de las cuestiones sociales y al lenguaje de los derechos. En Mater et magistra presenta la fe cristiana como una luz capaz de unir el cielo y la tierra, recordando que la Iglesia, aunque tiene como misión principal la santificación y el anuncio de los bienes eternos, no por ello descuida las necesidades concretas de la vida cotidiana de las personas, sino que se interesa por todo auténtico bien humano. [27]  Partiendo de esta visión unitaria del ser humano, subraya que la vida social exige un equilibrio entre la iniciativa de los ciudadanos y de los grupos, llamados a autoorganizarse y colaborar, y la acción del Estado, que debe coordinar y sostener sin sofocar la libertad y la responsabilidad de los sujetos; por ello, presta atención a la justa remuneración del trabajo, a la participación de los trabajadores y a las crecientes disparidades entre los países. Pocos años después, con Pacem in terris, dirigiéndose por primera vez no sólo a los fieles sino a todos los hombres de buena voluntad, san Juan XXIII vincula de manera orgánica la dignidad de la persona con el reconocimiento de los derechos y deberes fundamentales y propone un orden de convivencia —también en el plano internacional— fundado en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. [28] En nuestra época, marcada por conflictos generalizados y nuevas formas de interdependencia global, siguen siendo especialmente significativos el alcance universal de su llamamiento, la referencia a los derechos humanos como lengua común y la convicción de que una paz duradera requiere instituciones y relaciones entre los pueblos inspiradas en la dignidad de cada persona.

34. El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas. El texto aborda las grandes cuestiones del matrimonio y la familia, de la vida económica y social, de la comunidad política, de la guerra y la paz, insistiendo en que las estructuras económicas e institucionales son justas sólo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos. [29] La importancia de este documento conciliar para la Doctrina social de la Iglesia radica no sólo en haber abierto perspectivas de reflexión temática, sino también en haber proporcionado un método de discernimiento que invita a interpretar las transformaciones históricas con una mirada evangélica y competencia humana. Este estilo muestra que el diálogo con el mundo no es para la Iglesia una opción táctica, sino una forma concreta de su misión, porque el Evangelio, como levadura, puede transformar desde dentro las estructuras de la convivencia y abrir caminos hacia una mayor humanidad. En este horizonte se inscribe también la Declaración Dignitatis humanae, en la que el Concilio reconoce que la libertad religiosa es un derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona, que debe ser garantizado por el ordenamiento jurídico para que nadie sea obligado a actuar en contra de su conciencia ni impedido de buscar y profesar la verdad en privado y en público. [30] Este principio, de gran relevancia para nuestro tiempo, sigue ofreciendo a la Doctrina social criterios decisivos para la protección de la persona y para la construcción de sociedades pluralistas y pacíficas.

35. En el Pontificado de san Pablo VI surge una concepción de la paz que no se reduce a la ausencia de guerra, sino que se concreta en el camino hacia un desarrollo humano integral. En Populorum progressio, describe el desarrollo como el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas y lo entiende como un proceso que atañe a «todos los hombres y a todo el hombre», [31] es decir, a todas las dimensiones de la persona y a todos los pueblos, sin excepción. Sobre esta base, Pablo VI puede afirmar que un desarrollo así concebido es, en realidad, «el nuevo nombre de la paz», [32] porque tiene como objetivo eliminar las raíces de la injusticia y el conflicto y abrir espacios para una vida más digna para todos. También la creación de la Pontificia Comisión Iustitia et Pax debe interpretarse en este sentido, como un intento de dar una forma estable, a nivel eclesial e internacional, a esta intuición, manteniendo viva la conciencia sobre la brecha creciente entre países ricos y países pobres y sobre la necesidad de políticas que promuevan condiciones de vida realmente más humanas para todos.

36. Con la Octogesima adveniens, escrita con motivo del 80° aniversario de la Rerum novarumPablo VI traslada esta perspectiva a la sociedad postindustrial, marcada por transformaciones urbanas, nuevas formas de pobreza, cambios en el mundo laboral y rápidos cambios culturales que ponen en tela de juicio el futuro de las personas y las comunidades. Para Pablo VI, el Evangelio, a pesar de haber sido anunciado, escrito y vivido en un contexto histórico-cultural muy diferente al nuestro, no se trata de un mensaje “superado”, sino de una visión de la persona humana, de las relaciones, de la autoridad y del bien común capaz de orientar también hoy las decisiones económicas, políticas y culturales. [33] En otras palabras, el Evangelio sigue siendo actual porque proporciona los criterios para reconocer lo que humaniza o deshumaniza, lo que libera u oprime, en situaciones siempre nuevas. Para la Doctrina social de la Iglesia, el legado más exigente de Pablo VI es precisamente este: mientras en el mundo haya pueblos excluidos de un desarrollo digno del ser humano, la comunidad cristiana no podrá contentarse con proclamar la paz en abstracto, sino que deberá dejar que el Evangelio juzgue, a partir de quienes quedan al margen, aquellas estructuras económicas y políticas que, como recordaría Juan Pablo II, pueden convertirse en auténticas «estructuras de pecado», [34] para que ninguna persona ni ningún pueblo sea tratado como prescindible en los procesos de desarrollo.

El Magisterio reciente

37. El fecundo Magisterio social de san Juan Pablo II se sitúa en la encrucijada entre la crisis de los grandes sistemas ideológicos del siglo XX y el inicio de la globalización económica. En la Encíclica Laborem exercens, escrita noventa años después de la publicación de Rerum novarum, se abre una nueva vía de reflexión sobre el trabajo. El salario justo se presenta en ella como una prueba concreta de la equidad de todo el sistema socioeconómico, ya que muestra si al trabajador se le trata como persona o como un simple costo de producción. [35] El trabajo no es considerado sólo un problema que hay que gestionar o un medio para obtener ingresos, sino un bien fundamental para la persona, principio de la actividad económica y clave de toda la cuestión social. En él, el ser humano pone en juego su libertad, su creatividad y su capacidad de cooperar, contribuyendo a la elevación cultural y moral de la sociedad. [36] En vista de ello, las diversas formas de precariedad, la fragmentación de las trayectorias profesionales y la automatización no pueden evaluarse únicamente en términos de eficiencia, sino partiendo de la dignidad del trabajador, del derecho a una remuneración suficiente y de la posibilidad efectiva de participar en la vida social.

38. En el 20º aniversario de la Populorum progressio, con la Encíclica Sollicitudo rei socialis, Juan Pablo II vuelve a abordar la lacra del subdesarrollo y reconoce el fracaso de muchos intentos por reducir el retraso económico de los pueblos pobres y acompañar su industrialización, constatando la persistencia y, en ocasiones, la ampliación de la brecha entre el Norte y el Sur del mundo. [37] Denuncia, además, los mecanismos económicos, financieros y comerciales que, gestionados por los países más fuertes, favorecen estructuralmente sus intereses y asfixian a las economías más débiles, y pide que sean sometidos también a un juicio ético riguroso, y no sólo técnico. [38] En este contexto, la solidaridad se entiende como una corresponsabilidad concreta entre personas, pueblos y naciones, una forma de amistad social o caridad política orientada hacia la “civilización del amor” invocada por Pablo VI[39]

39. En el centenario de Rerum novarum, la Encíclica Centesimus annus ofrece, por último, una reflexión sobre el colapso del sistema soviético y el afianzamiento de la democracia y la economía de mercado. San Juan Pablo II retoma el mensaje de Pío XII según el cual la Iglesia puede valorar la democracia en la medida en que garantiza la participación efectiva de los ciudadanos, permite elegir y sustituir pacíficamente a los gobernantes e impide que el poder sea monopolizado por élites reducidas movidas por intereses particulares o ideológicos. [40] Del mismo modo, reconoce el potencial positivo del mercado y de la iniciativa privada sólo si se mantienen subordinados a la ley moral y guiados por el principio de solidaridad, sin sacrificar a los más débiles en aras de la lógica del lucro. [41] Para la Doctrina social de la Iglesia esto supone un legado de especial actualidad: la afirmación del vínculo entre la dignidad del trabajo, la solidaridad entre los pueblos y la evaluación crítica de la democracia y la economía de mercado sigue ofreciendo criterios para juzgar las nuevas formas de explotación, exclusión y crisis de la representación política.

40. El Papa Benedicto XVI, en su Encíclica social Caritas in veritate, quiso retomar y profundizar en el concepto de desarrollo presentado en Populorum progressio, reinterpretándolo en el contexto de la globalización. Recuerda que dicho desarrollo debería traducirse en «un crecimiento real, extensible a todos y concretamente sostenible», [42] es decir, en un progreso económico verdaderamente inclusivo y respetuoso con los límites de la creación. Constata, sin embargo, que en los países ricos surgen nuevas categorías de pobres y se multiplican formas inéditas de exclusión, mientras que en las regiones más pobres pequeños grupos viven en un bienestar consumista que convive con situaciones de miseria deshumanizante. [43] Observa, además, que el nuevo sistema económico-financiero mundial, caracterizado por una gran movilidad de los capitales y los medios de producción, ha reducido el poder político de los estados y su capacidad para orientar los procesos económicos. [44] Por eso reitera que la actividad económica no puede pretender resolver los problemas sociales simplemente ampliando la lógica del mercado, sino que debe estar orientada al bien común, respecto al cual la comunidad política tiene una responsabilidad propia e insustituible. [45]

41. En el centro de esta reinterpretación, Benedicto XVI sitúa la caridad, afirmando que esta «es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia», [46] siempre que vaya unida a la verdad; y observa con preocupación que, precisamente en los ámbitos social, jurídico, político y económico, se tiende a declarar su irrelevancia moral. La novedad de su aportación radica en mostrar que el desarrollo, la justicia, las instituciones y el mercado no son realidades neutras, sino espacios en los que la caridad en la verdad debe tomar forma histórica. En la actualidad ―marcada por crecientes desigualdades, la presión de los mercados financieros, la crisis medioambiental y la desconfianza en la política―, esta enseñanza sigue vigente porque exige juzgar cada modelo de desarrollo por su capacidad de ser inclusivo y sostenible, recomponer la relación entre economía y política en torno al bien común y reconocer a la caridad un papel crítico y generativo en la vida pública.

42. El Magisterio social del Papa Francisco se desarrolla en la línea de Gaudium et spes, que invita a contemplar la historia partiendo de las heridas y las esperanzas de las personas y a ponerlas en diálogo con el Evangelio. Esta orientación se pone de manifiesto con especial claridad en Evangelii gaudium, donde se afirma que el anuncio cristiano tiene una dimensión social intrínseca y hace referencia a una Iglesia capaz de escuchar el clamor de los pobres, de los migrantes y de las víctimas de las nuevas formas de esclavitud. En esta perspectiva se inscribe también la insistencia de Francisco en una Iglesia sinodal, una Iglesia en la que se “camina juntos”, que busca leer los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y se deja evangelizar por los pobres con quienes comparte la historia. [47]

43. En Laudato si’Francisco ofrece el primer gran análisis sistemático de la crisis medioambiental en una Encíclica social, demostrando que no se trata de una cuestión sectorial, sino del aspecto ecológico de la crisis socioeconómica contemporánea. Su propuesta de «ecología integral» aúna el cuidado de la Casa común y la opción preferencial por los pobres, y afirma con determinación que «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» [48] no pueden separarse. En este sentido, vuelven a cobrar protagonismo el destino universal de los bienes, la crítica a un paradigma tecnocrático que pretende reducirlo todo a un objeto de dominio, la defensa del trabajo humano amenazado por la lógica del descarte, la exigencia de una justicia intergeneracional y el llamamiento a un diálogo auténtico entre política y economía, para que ninguna de las dos se encierre en su propia autorreferencialidad.

44. Ante la desintegración del tejido social, la “guerra mundial a pedazos”, la globalización individualista y las consecuencias de la pandemia sobre los lazos comunitarios, Francisco relanza en Fratelli tutti el sueño de una humanidad capaz de optar por la amistad social y la fraternidad universal. Propone la cultura del encuentro, una “mejor política” capaz de buscar el bien común, caminos de reconciliación y un mundo que garantice «tierra, techo y trabajo para todos». [49] Con Dilexit nos, por último, muestra que estos grandes compromisos sociales no pueden separarse de la relación personal con Cristo: al volver a la Palabra de Dios, recuerda que la respuesta más auténtica al amor del Corazón de Jesús es el amor concreto hacia los hermanos y afirma que «no hay mayor gesto que podamos ofrecerle para devolver amor por amor». [50]

Una lectura de la historia a la luz de la fe

45. Al contemplar este recorrido en su conjunto, se comprende que la Doctrina social de la Iglesia no es fruto de un proyecto elaborado en un escritorio, sino el resultado de un proceso paciente, en el que cada Pontífice —junto con el Concilio Vaticano II— ha aportado una contribución original a la luz de los “nuevos asuntos” de su tiempo. Cada uno, asumiendo los retos de su época e interpretando los cambios históricos a la luz del Evangelio, ha puesto de relieve diferentes aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad. El resultado es un desarrollo armonioso, aunque no siempre lineal, marcado por diferentes acentos, por profundizaciones progresivas y, a veces, por cambios de perspectiva que no rompen con lo anterior, sino que hacen madurar sus implicaciones. Si hoy podemos hablar de un corpus de principios y criterios compartidos, es porque esta lectura de la historia a la luz de la fe nunca se ha interrumpido y ha sabido dejarse interpelar por las preguntas de cada generación. Es a este núcleo fundamental —los grandes principios de la Doctrina social que orientan el discernimiento de los creyentes en la vida personal y pública— al que deseo ahora dirigir la atención, para captar mejor su coherencia interna y su fuerza generadora para nuestro tiempo.

CAPÍTULO SEGUNDO

FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

46. La Doctrina social de la Iglesia es una realidad viva, en diálogo con la historia, las culturas y las ciencias y, al mismo tiempo, conserva un núcleo de verdad que no declina. Por eso puede ser considerada una forma de sabiduría capaz de orientar todavía hoy la vida personal y social de los creyentes. En este segundo capítulo quisiera detenerme en algunos fundamentos y principios de la Doctrina social que ayudan a leer los “nuevos asuntos” de nuestro tiempo a la luz de la dignidad fundamental de la persona humana. Pienso que actualmente, para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social. Estoy convencido de que la relación armoniosa entre estos principios requiere que sean analizados conjuntamente, para que se evidencie con claridad cómo se reclaman y se iluminan mutuamente.

47. Al proponer estas reflexiones deseo, sobre todo, ayudar a los fieles laicos y a todas las mujeres y los hombres de buena voluntad a redescubrir la propia tarea de hacer presente en lo cotidiano —en las relaciones familiares, en el trabajo y en la participación social— los principios que voy a señalar, dejándose animar por el propósito de encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia. Al mismo tiempo, quisiera alentar a las academias y a las universidades a revitalizar tales principios, reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital. De este modo, la investigación teológica y filosófica podrá profundizar y sostener el camino pastoral de la Iglesia, contribuyendo a la tarea del Magisterio de iluminar la conciencia de los creyentes y orientar su compromiso para hacer más justa y fraterna la vida de nuestras sociedades. 

Los fundamentos de la Doctrina social

El ser humano, imagen del Dios trinitario

48. La Doctrina social de la Iglesia nos conduce al corazón mismo de nuestra fe: el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas; Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo. [51] Como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo»; [52] su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido.

49. Si el misterio de Dios-Amor es la fuente de la Doctrina social, su rostro más concreto lo contemplamos en Jesucristo, Verbo encarnado. Haciéndose hombre, el Hijo de Dios entra en la historia y en nuestra carne, trayéndonos el amor que lo une al Padre y al Espíritu Santo. «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», [53] porque su humanidad es plenamente libre, abierta a los demás, capaz de construir relaciones solidarias y preciosas, y entregada al don total de sí. Quien cree en Él está involucrado en la gran obra de renovación inaugurada por el misterio de su pasión, muerte y resurrección, y coopera en la edificación del Reino de Dios, aprendiendo a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano, hijos de un mismo Padre. Así, tanto el anuncio como la experiencia cristiana, guiados por la acción del Espíritu Santo, tienden a generar en el mundo consecuencias sociales. [54]

50. En el centro de la visión cristiana del ser humano está la gran afirmación según la cual el hombre y la mujer son creados “a imagen y semejanza” (cf. Gn 1,26-27) del Dios trinitario. Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla. Por eso, la persona humana permanece siempre como «el camino primero y fundamental de la Iglesia» [55] y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral. [56]

La igual dignidad de todos los seres humanos

51. San Juan Pablo II afirmaba que «el sentido más profundo de la dignidad de la persona humana y de su unicidad, así como del respeto debido al camino de la conciencia, es ciertamente una adquisición positiva de la cultura moderna». [57] Esta afirmación sigue las huellas ya trazadas por el Concilio Vaticano II, que había constatado un crecimiento en la conciencia de la excelsa dignidad de toda persona, de su valor superior a las cosas y de sus derechos y deberes universales e inviolables. [58] Es importante vigilar para que este crecimiento en la conciencia de la dignidad humana no sea ofuscado bajo la presión de nuevas ideologías o de determinados intereses de gran poder en el mundo de hoy. Entre estas ideologías considero particularmente insidiosa la que sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos. En semejante perspectiva, la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma, jamás instrumentalizable. Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente. [59]

52. Cuando hablamos de dignidad no siempre usamos la palabra de la misma manera; en ocasiones nos referimos a la dignidad moral, es decir, al modo en el que la persona orienta sus propias decisiones y su propio obrar; otras veces pensamos en la dignidad social, es decir, en las condiciones de vida de la persona y en el respeto concreto que le es reconocido por la sociedad; en otros casos indicamos la dignidad existencial, que alude al modo en el que una persona percibe el valor de sí y de su propia vida. Estas dimensiones de la dignidad pueden crecer o disminuir. Pero más allá de estos significados hay un nivel más profundo, el más importante, que consiste en la dignidad ontológica. Es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios; [60] ningún pecado, ningún fracaso, ninguna humillación, ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana que Él ha querido y llamado al ser. [61]

53. Por lo tanto, la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada. La reciente Declaración Dignitas infinita ha ofrecido una síntesis de las convicciones de la Iglesia sobre este tema: «Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre», [62] es decir, siempre e ineludiblemente. Esta dignidad de todo ser humano puede definirse infinita, como dijo san Juan Pablo II[63] por dos razones: porque es infinito el amor de Dios que lo llama a la amistad con Él, y porque es absolutamente incondicionada, en el sentido de que, aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla.

El altísimo valor de los derechos humanos

54. La Iglesia reconoce con gratitud que «el movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana». [64]Y, como afirmó san Juan Pablo II, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, continúa siendo en nuestros días una de las más altas expresiones de la conciencia humana. [65]Esta es «unapiedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad». [66]Por eso, en la perspectiva cristiana, los derechos humanos no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca, que la comunidad internacional está llamada a tutelar y promover.

55. Los derechos humanos son inviolables, porque son «inherentes a la persona humana y a su dignidad». [67]En consecuencia, son universales e inalienables. [68] Precisamente porque están fundados en la común dignidad de todo hombre y de toda mujer, estos derechos comportan consecuencias prácticas y efectos jurídicos, porque «sería vano proclamar derechos, si al mismo tiempo no se pone en práctica todo lo necesario para asegurar el deber de respetarlos, por todos, en todas partes y para todos». [69]Entre estos, el primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, [70]sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho. Cuando este derecho fundamental es negado —como sucede con el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas. [71]

56. Al observar nuestro tiempo, no podemos ignorar que la tutela de los derechos humanos hoy está expuesta a dos riesgos particularmente graves. El primero es el de una declaración puramente formal, mientras que, junto con el progreso tecnológico, avanzan de manera disimulada o evidente violaciones de la dignidad humana. El segundo, que en realidad está en la base del primero, es el de no poder reconocer el fundamento de su universalidad, porque se ha renunciado a la «búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes». [72]El Papa Francisco invitaba a no subestimar este último problema. Recordaba que, cuando la razón se deja interrogar seriamente sobre la naturaleza humana, es capaz de descubrir valores aplicables a todos, porque derivan de ella. Si este trabajo de búsqueda fuera abandonado, podría suceder que derechos hoy considerados intocables, en el futuro terminaran siendo cuestionados o negados por quienes ostentan el poder, quizá después de haber obtenido un consenso sólo aparente por parte de poblaciones aterrorizadas o manipuladas. [73]

57. Junto a una mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido también el reconocimiento de los derechos de las minorías. Sin embargo, todavía hay mucho camino por recorrer para que los derechos de una gran parte, por ejemplo, los de las mujeres, estén realmente garantizados en todo el mundo. Es una realidad que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos». [74]Por lo tanto, no es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas, en el modo en el que la sociedad escucha y valora el aporte de las mujeres. Mientras exista esta disparidad, no podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las mujeres tienen la misma dignidad que los hombres.

58. Son las personas concretas las que cuentan, cada una de ellas y sus familias. Los movimientos sociales, las grandes proclamas políticas en favor del pueblo y las ideologías comunitarias no sirven para nada si no están orientadas a la promoción de las personas —hombres y mujeres— con sus derechos inalienables. Del mismo modo, no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales.

Los principios de la Doctrina social

El principio del bien común

59. Reconocer que toda mujer y todo hombre poseen una dignidad inalienable y derechos que ningún poder humano puede perjudicar o eliminar requiere configurar el modo en el que vivimos juntos, nuestras decisiones económicas y políticas, el rostro concreto de nuestras ciudades. De aquí nace el primer gran principio de la Doctrina social al que deseo referirme: el bien común. Podemos describirlo como la forma social de la dignidad que se reconoce a cada uno. Cuando Benedicto XVI hizo alusión a los valores no negociables que la Iglesia siempre debe defender, incluyó entre estos «la promoción del bien común». [75]Para un cristiano, en efecto, salir del pequeño mundo de sus propios intereses y comprometerse por el bien común —en los límites de sus propias posibilidades— es un valor no negociable, como lo es la promoción de la vida.

60. El Concilio Vaticano II ha afirmado que el bien común consiste en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección». [76] Esta definición nos ofrece una primera orientación valiosa, porque el bien común no se puede reducir a un simple listado de condiciones o de instituciones. No coincide con la suma de méritos de los individuos, ni con la unión de sus intereses particulares; es un bien mayor, que pertenece a todos, y que sólo juntos podemos construir, acrecentar y custodiar. Podemos decir que la acción social alcanza su plenitud cuando tiende a este bien compartido, así como la acción moral de la persona encuentra cumplimiento en la elección del verdadero bien. [77]

61. En este sentido, podemos afirmar que «el todo es más que las partes» [78] y que precisamente por eso «la mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad». [79] Es una ilusión pensar que sea suficiente con buscar el propio progreso para contribuir al bien de todos, sin tener que preocuparse realmente de los demás. Esta visión ignora el valor propio y específico del bien común; este es fruto de la «interdependencia» [80] que provoca una red de bien social que se difunde e incide en las personas. El bien común es un plus, resultado de la interacción y de la influencia recíproca que une diferentes acciones, iniciativas, esfuerzos y decisiones. Si se sumaran simplemente los bienes individuales, no se podría explicar la existencia de este plus que los supera y al mismo tiempo los enriquece.

62. La búsqueda del bien común es lo que da vida a un pueblo, entendido no como una mera suma de individuos, sino como una realidad viva donde las personas aprenden a reconocerse vinculadas las unas a las otras y corresponsables de la res publica. En este sentido, cada persona contribuye a construir su propio pueblo con «un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía». [81] Trabajar juntos en pos del bien de todos significa tener un proyecto compartido. Es evidente que entre las diversas personas hay muchas diferencias ideológicas y pragmáticas, hay variedad de intereses y frecuentes contrastes, pero eso no significa que sea imposible un proceso de diálogo para configurar una base de consenso que permita constituir un proyecto para todos y caminar juntos.

63. Corresponde al Estado garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil, para que el bien común realmente pueda ser procurado con la contribución de todos. Esto significa, en concreto, que el poder público tiene la delicada tarea de «armonizar con justicia» [82]los diversos intereses en juego, buscando el equilibrio entre bienes particulares y bienes de conjunto, sin dejar atrás a los más débiles. Cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales.

64. Esto vale también para la política internacional. Mientras las distancias entre los pueblos aumentan, se abren camino lógicas de confrontación y de agresividad, y el difícil recorrido hacia un mundo más unido y fraterno sufre nuevos y dolorosos contratiempos. En este marco, hablar de un camino compartido hacia un desarrollo más justo para toda la familia humana «suena a delirio». [83]Pero no podemos perder la esperanza. Invito a todos a pensar en formas de cooperación y de instituciones internacionales más eficaces, capaces de cuidar el bien común global sin anular la legítima pluralidad de los pueblos y de los estados. En efecto, la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones. [84]Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable.

El principio del destino universal de los bienes

65. «Entre las múltiples implicaciones del bien común, adquiere inmediato relieve el principio del destino universal de los bienes». [85] Este principio nos recuerda sobre todo que los bienes de la tierra —el suelo, el agua, el aire y los recursos naturales— han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones, y que toda persona tiene un derecho originario al uso de dichos bienes. San Juan Pablo II recordaba que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». [86] En consecuencia, «no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos». [87]Hoy estamos llamados a reconocer que este destino universal no se refiere sólo a los bienes materiales, sino también a los bienes inmateriales y culturales.

66. Existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes. Según san Juan Pablo II, dicha subordinación es la regla de oro del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social». [88] La tradición de la Iglesia ha visto en la propiedad un medio para custodiar y administrar los bienes de manera que puedan servir mejor al bien común. Dado que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada», [89] su función social no debe ser considerada como una mera opinión teológica, sino como una doctrina cierta de la Iglesia, ya presente en las Sagradas Escrituras y en los Padres. Por eso, el Papa Francisco recordó que la solidaridad, vivida en profundidad, significa también «devolverle al pobre lo que le corresponde». [90]

67. Hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos. En un contexto donde la riqueza de las naciones depende cada vez más de conocimientos y tecnologías, cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes pueden participar en la revolución digital y quienes permanecen al margen. Además, el cuidado de la Casa común y la responsabilidad hacia los pobres y hacia las generaciones futuras requieren que el uso de los bienes de la creación y de las nuevas posibilidades ofrecidas por la técnica esté regulado de tal modo que respete el ambiente y evite despilfarros y nuevas formas de estafa.

El principio de subsidiariedad

68. El principio de subsidiariedad nace de la misma visión sobre la persona que ha guiado nuestra reflexión sobre la dignidad y el bien común. Si toda mujer y todo hombre están llamados a ser protagonistas de su propia vida y a participar en la construcción de la sociedad, entonces también la organización social debe respetar y favorecer esta responsabilidad. La Doctrina social de la Iglesia llama “subsidiariedad” al principio según el cual aquello que pueden hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser absorbido por instancias superiores. Las instituciones de nivel superior deben reconocer, proteger y promover la libertad y la creatividad de los niveles inferiores, coordinando sus aportaciones para que cooperen eficazmente al bien común. [91]

69. Desde el inicio del Magisterio social moderno, a partir de León XIII, la Iglesia ha insistido en el hecho de que ni la persona ni la familia deben ser absorbidas por el Estado, sino que deben actuar libremente, en la medida de lo posible, sin causar daño al bien común. [92]  San Juan Pablo II retomó y profundizó esta perspectiva, recordando que la comunidad política está al servicio de la sociedad civil y que el Estado debe velar por el bien común, interviniendo cuando sea necesario, pero sin sustituir de manera permanente la responsabilidad de los cuerpos intermedios y de las entidades sociales. [93]La subsidiariedad no justifica el desinterés del Estado, sino que orienta su acción; la intervención pública se requiere precisamente para permitir que todos los sujetos sociales desarrollen su misión sin ser aplastados. Corresponde a la comunidad política crear las condiciones para que personas, familias, asociaciones y cuerpos intermedios puedan realizar su propia vocación social, sin ser sustituidos o reducidos a meros ejecutores. [94]

70. Este principio alienta a superar toda forma de gestión paternalista o asistencialista de la vida social, promoviendo un estilo de corresponsabilidad: un Estado que valora la iniciativa de los ciudadanos y una sociedad civil capaz de generar vínculos y activar energías al servicio del bien común. En una lógica de subsidiariedad, las decisiones se toman al nivel más cercano posible a las personas involucradas, valorando la vida asociativa, de modo que el pueblo no se encuentre frente a decisiones ya tomadas, sino que pueda entrar en su camino de construcción. Allí donde familias, asociaciones, comunidades locales, realidades del voluntariado y del denominado “tercer sector” son reconocidas y sostenidas, la vida social se vuelve más cercana a las personas, los servicios se brindan con mayor atención a las necesidades reales y las respuestas son más creativas y respetuosas de la dignidad de cada uno. [95]

71. El principio de subsidiariedad vale de manera particular en el contexto de la revolución digital. Aquí el nivel superior no es el Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común. El nivel que absorbe competencias, datos y capacidad decisional está constituido por empresas y plataformas, que definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas. La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral, sino que estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación). [96]

72. En este contexto, los estados y las instituciones supranacionales están llamados a garantizar reglas justas y mecanismos de protección eficaces para que las comunidades locales, los cuerpos intermedios, las escuelas y las universidades, así como las realidades eclesiales y asociativas puedan tener voz y contribuir al discernimiento de las decisiones que inciden en la vida de las personas: trabajo, acceso a los servicios, gestión de los datos y ambientes digitales. En las decisiones que se refieren a los flujos económicos, las plataformas digitales, la gestión de los datos y los algoritmos, no se puede dejar que pocos actores por sí solos orienten los procesos, sino que es necesario construir formas de cooperación que respeten los diversos niveles de la comunidad mundial y los hagan corresponsables del bien común. [97]

El principio de solidaridad

73. Después de haber considerado el bien común y la subsidiariedad, deseo detenerme en el principio de solidaridad. Este principio nace de la visión de persona concebida por la fe; todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación. San Pablo VI recordaba que las obligaciones de solidaridad, justicia y caridad están radicadas en la fraternidad humana y sobrenatural que une a los hombres y a los pueblos entre ellos. [98] La fraternidad no es solamente una aspiración interior del que cree, sino una forma social y política que se ha de encarnar en decisiones e itinerarios compartidos. La solidaridad, pues, es el reconocimiento concreto de que el destino de cada uno está ligado al destino de todos; realmente «nadie se salva solo». [99] Así se manifiesta de manera evidente el estrecho vínculo entre subsidiariedad y solidaridad. Cuando la subsidiariedad no está acompañada de la solidaridad, termina por transformarse en la simple protección de intereses particulares; cuando la solidaridad no está sostenida por la subsidiariedad, degenera en asistencialismo que no promueve la responsabilidad. [100] Este entramado remite también a la responsabilidad de una auténtica participación; la solidaridad se expresa cuando cada uno, personalmente y junto con los demás, toma parte en la vida de la comunidad —se informa, se asocia, hace sentir su propia voz, contribuye a las decisiones y a las opciones públicas— asumiendo responsabilidades reales para que el bien común se traduzca en toma de decisiones compartidas.

74. En muchos ámbitos experimentamos ya una especie de “solidaridad de hecho”; nuestras vidas están entrelazadas, las economías y las comunicaciones globales hacen que aquello que sucede en un lugar produzca efectos lejanos, y las redes digitales unen en tiempo real a personas y comunidades de todas partes del mundo. Sin embargo, esta trama de relaciones no es aún solidaridad en sentido pleno si no se convierte en una decisión consciente. La fe nos invita a leer esta realidad como una llamada; no somos simplemente vecinos unos de otros, sino que estamos confiados los unos a los otros, para que cada uno se haga cargo, en la medida de lo posible, de la vida y de las heridas del hermano y de la hermana. La solidaridad nace precisamente cuando decidimos no permanecer indiferentes frente a aquello que le sucede a nuestro prójimo y transformamos vínculos inevitables —económicos, culturales y tecnológicos— en itinerarios de intercambio, de cooperación y de cuidado mutuo, aprendiendo a «pensar y actuar en términos de comunidad». [101]

75. El Magisterio social ha insistido en el hecho de que la solidaridad es al mismo tiempo un principio y una virtud. En cuanto principio, expresa el orden objetivo de las relaciones entre personas, grupos y pueblos, y alude a la conciencia de una interdependencia, por lo que el bien de cada uno pasa a través del bien de los demás. En cuanto virtud, requiere en cambio una «determinación firme y perseverante» [102] de trabajar por el bien común, con una atención particular a los más débiles. El Papa Francisco ha recordado que la solidaridad es «un modo de hacer historia» [103] que construye pueblos y no simples masas de individuos. Por eso, implica estilos de vida sobrios y compartidos, capacidad de renunciar a beneficios inmediatos para abrir espacios de futuro a los demás, y disponibilidad para cuestionar hábitos y privilegios —incluidos aquellos que están vinculados al consumo digital y al uso de las tecnologías— cuando impiden que los demás vivan con dignidad.

76. En un mundo marcado por relaciones cada vez más estrechas entre personas, comunidades y naciones, la solidaridad asume también una dimensión global. Benedicto XVI señaló con fuerza el nexo entre desarrollo, justicia y responsabilidad hacia las generaciones futuras, recordando que el auténtico progreso requiere una solidaridad intergeneracional [104] y una atención a los lazos que nos unen con el ambiente natural. Hoy esta responsabilidad se extiende también a las infraestructuras digitales e informativas; como el ambiente natural, también el “ecosistema digital” puede ser cuidado o explotado, compartido o monopolizado. La solidaridad requiere que las decisiones en materia de datos, algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no sólo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto en todos los pueblos y en las generaciones futuras. 

El principio de la justicia social

77. Para la comunidad cristiana, la justicia social es una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio. En el Nuevo Testamento, Jesús anuncia una «Buena Noticia a los pobres» ( Lc 4,18) y se identifica con los pequeños, los enfermos, los presos y los extranjeros (cf. Mt 25,31-46). Así nos enseña que la justicia nace y se realiza en la fraternidad, porque el modo en el que nos acercamos a los últimos y nos relacionamos con ellos se convierte, en concreto, en la medida de nuestra relación con Dios y con los hermanos. La justicia, sin embargo, no se refiere solamente al comportamiento de los individuos, sino también al modo en el que son concebidas y organizadas las estructuras de la convivencia. A este respecto, el Concilio Vaticano II recuerda que toda institución está llamada a servir a la persona humana y a su dignidad. [105] La justicia social se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás.

78. El Magisterio reciente ha insistido en el hecho de que la justicia social exige una mirada cuyo punto de partida sean los últimos. San Juan Pablo II habló de una opción preferencial por los pobres [106] que debe marcar las decisiones personales y sociales, mientras el Papa Francisco denunció una «cultura del “descarte”» [107] que provoca cada vez más formas nuevas de exclusión. En esta perspectiva, la justicia social exige mirar a las personas y a los pueblos comenzando por los que son más vulnerables: los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales.

79. La idea de “justicia social” ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente. San Juan Pablo II habló en este sentido de estructuras de pecado [108] que se oponen a la voluntad de Dios y requieren un esfuerzo de conversión personal y social. En esta perspectiva, la justicia no concierne sólo a la distribución equitativa de los bienes o a la corrección de las injusticias presentes, sino que asume también una dimensión reparadora. Ella mira a recomponer los vínculos rotos y a reintegrar al que ha sido excluido, teniendo en cuenta las heridas provocadas por las injusticias: guerras, colonialismo, discriminaciones raciales o de género, violencia contra pueblos enteros y explotación. Esto puede significar restituir dignidad y voz a quienes han sido ignorados, favorecer procesos de sanación de la memoria colectiva, combatir leyes y prácticas discriminatorias, y sostener concretamente a quienes cargan aún con las consecuencias de agravios sufridos en el pasado.

80. En este tiempo, la justicia social debe confrontarse también con el ambiente creado por las tecnologías digitales. La difusión de redes globales, plataformas y sistemas de IA cambia el modo de informarse, de comunicar y de acceder a los servicios. La justicia exige que se impida el surgimiento de nuevas formas de exclusión y privación de la libertad: personas y pueblos a los que se les niega o dificulta el acceso a las tecnologías básicas, comunidades expuestas a vigilancia invasiva y grupos sociales perjudicados por algoritmos opacos que reproducen prejuicios y discriminaciones. Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos. 

81. Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales. El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad. El Papa Francisco invitaba a reconocer en los migrantes no simplemente un problema a resolver, sino «una imagen viva del Pueblo de Dios en camino»; [109] personas con dignidad, recursos y sueños, que tienen derecho a ser tratadas con respeto y piden la oportunidad de poder formar parte activa de las sociedades que las reciben. La justicia social, en este campo, implica al menos dos compromisos complementarios. Por una parte, proteger el derecho a la esperanza de quien está obligado a partir, garantizándole vías seguras y legales, condiciones de acogida dignas y procesos reales de integración. Por otra, promover también el derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad, afrontando las causas profundas que obligan a migrar, incluidas las causas vinculadas a las injusticias económicas y a la crisis climática. Cuando estos derechos son respetados, las migraciones pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos.

El desarrollo humano integral 

82. En la Encíclica Populorum progressio, san Pablo VI afirma que el desarrollo es auténtico sólo si es “integral”, es decir, dirigido a «promover a todos los hombres y a todo el hombre». [110] En los decenios sucesivos, la Doctrina social de la Iglesia ha retomado y profundizado esta expresión para indicar el modo concreto en el cual los grandes principios —dignidad, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia social— se aplican en la historia. Por “desarrollo humano integral” entendemos un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras.

83. El desarrollo, tanto para las personas como para las naciones, es una tarea y al mismo tiempo un derecho; requiere condiciones mínimas que hagan posible a cada persona y a cada pueblo madurar según la propia dignidad, sin ser mantenidos en dependencia o excluidos del acceso a los bienes necesarios. El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos. La justicia exige el reconocimiento de los derechos sociales y de los derechos de los pueblos, e incluye la responsabilidad hacia los que vendrán después de nosotros. Por eso no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de algunos a expensas de costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados impidiéndoles expresar sus propias potencialidades. [111] El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir. [112]

84. La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros. 

85. Así comprendido, el desarrollo humano integral es el horizonte en el cual se han de leer las transformaciones de nuestro tiempo, incluyendo las de la revolución digital. Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Por eso, han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras? Es aquí donde los principios de la Doctrina social se vuelven criterios concretos de discernimiento en los ámbitos que afrontaremos en los próximos capítulos.

Un examen para la Iglesia

86. En conclusión, deseo tocar un punto que me preocupa de manera particular. La Doctrina social no es sólo una palabra dirigida a la sociedad; es también un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos en este capítulo se vivan sobre todo en su interior. El bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del Reino. La Iglesia, en efecto, es «el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión». [113] Esto requiere atención al modo de tomar decisiones y de ejercer la responsabilidad. El Documento final del Sínodo identifica, entre las prácticas decisivas para la transformación misionera, la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación. [114]

87. En esta perspectiva, la subsidiariedad se convierte en un criterio de gobierno y de vida pastoral, que reconoce y sostiene la responsabilidad de los fieles y de los cuerpos intermedios eclesiales, valorando carismas y competencias, y evitando todo paternalismo que sofoca la libertad evangélica. Concretamente, la participación de los bautizados en los procesos de decisión y la corresponsabilidad en la misión pasan a través de organismos de participación reales, no nominales. [115]

88. La solidaridad, para la comunidad cristiana, tiene su fuente en el misterio de Cristo y se nutre de la Eucaristía. Esta nace de la comunión en la fe y en los sacramentos: el Bautismo y la Confirmación nos unen en Cristo, para que seamos un solo cuerpo y un solo espíritu, un solo corazón y una sola alma (cf. Ef 4,4; Hch 4,32). La Eucaristía, sacramento de la unidad, alimenta nuestra pertenencia al cuerpo de Cristo y nos enseña a compartir. Las diversas sensibilidades presentes en la Iglesia, las convicciones fuertes que animan a cada uno, son una riqueza si permanecen ancladas en la certeza de la unidad como don recibido y como tarea por asumir.

89. Vivir la justicia en la Iglesia significa sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas distorsiones que generan desigualdades, falta de claridad y atropellos. Al respecto, la escucha de las víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia es parte integrante de un camino de justicia, que comprende el reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención. Todo poder está al servicio de la comunión y la misión. Toda autoridad está al servicio del Pueblo de Dios. Esta diaconía se manifiesta no sólo en la fe celebrada y vivida en los sacramentos, y en la adopción de un estilo sinodal, sino también en el hecho de compartir concretamente los bienes. Siguiendo el ejemplo de la Iglesia primitiva, los recursos eclesiales están llamados a ser realmente comunes, para que entre nosotros no haya necesitados (cf. Hch 4,34) y para que su administración sostenga la misión de anunciar el Evangelio a los más pobres. Han de promoverse formas regulares de evaluación del ejercicio de las responsabilidades ministeriales, que no sean un juicio sobre las personas, sino instrumentos de formación y de corrección orientados a la misión. [116] Estos principios de la Doctrina social se encarnan en la vida eclesial en la medida en que estemos abiertos a la acción del Espíritu Santo. De ese modo, la Iglesia es capaz de ofrecer a la sociedad un signo creíble: porque buscar juntos el bien de todos, en la corresponsabilidad y en la fraternidad, no es una utopía, sino una posibilidad real. [117]

CAPÍTULO TERCERO

TÉCNICA Y DOMINIO.
LA GRANDEZA DE LA PERSONA HUMANA
ANTE LAS PROMESAS DE LA IA

90. Después de haber recordado los principios que iluminan la Doctrina social, deseo dirigir la mirada hacia algunos desafíos que afectan a nuestro modo de vivir este tiempo. La imagen bíblica que acompaña estas páginas es la de una construcción: por un lado, la torre de Babel, donde la obra común está guiada por un proyecto de dominio que termina por deshumanizar (cf. Gn 11,1-9); por otro lado, las ruinas de Jerusalén, que con Nehemías se reconstruyen pieza por pieza, como una labor de responsabilidad compartida (cf. Ne 2-6). Estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿qué estamos construyendo? Mientras el desarrollo tecnológico cambia rápidamente lenguajes, relaciones, instituciones y formas de poder, nosotros, los creyentes, debemos y podemos elegir en qué proyecto trabajar y con qué estilo, para custodiar y valorar la magnífica humanidad que nos ha sido brindada como don. No se trata de una decisión sobre nuestro futuro, sino sobre nuestro presente, porque la IA y las demás tecnologías emergentes ya son parte de nuestra vida cotidiana.

91. Me acompaña la convicción de que el modo concreto de vivir las relaciones sociales a la luz del Evangelio no está establecido de una vez para siempre, sino que sigue siendo una tarea confiada de generación en generación a la comunidad cristiana. Bajo la guía del Espíritu Santo, la Iglesia se deja iluminar por la Palabra, para leer los signos de los tiempos y buscar con creatividad nuevos caminos para que las relaciones entre las personas y los pueblos estén cada vez más de acuerdo con las exigencias del Reino de Dios. [118]Por eso animo a todos, de manera particular a los fieles laicos, a no tener miedo de dejarse interpelar por la realidad, de ponerse a la escucha recíproca y de asumir con firmeza la propia responsabilidad en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.

El paradigma tecnocrático y el poder digital

92. En la Encíclica Laudato si’ el Papa Francisco denunciaba el creciente afianzamiento de un paradigma tecnocrático [119] en el mundo globalizado: la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas. Así se manifiesta con mayor evidencia que la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz.

93. Este paradigma se ha extendido rápidamente en los últimos años, también como efecto de la difusión de la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología. En sí mismas, dichas innovaciones pueden ser una gran ayuda para el desarrollo humano integral y el cuidado de la Casa común. Pero, precisamente por su poder, pueden actuar como un acelerador del paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético y político. Más poderoso no significa necesariamente mejor. En este sentido, siguen siendo actuales las palabras de Romano Guardini: «El hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto». [120]

94. El peligro de que la humanidad sea víctima de sus propias conquistas había sido ya percibido con lucidez por san Pablo VI, cuando advertía que «los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre». [121] Por eso el progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue. Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece. [122]

95. Aquí es necesario reconocer un aspecto decisivo, que ya he mencionado antes: en muchos casos, en el contexto digital, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades.

96. Frente a esta concentración de poder en el mundo digital, los grandes principios de la Doctrina social se convierten en criterios para juzgar y discernir el nuevo escenario: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Estos principios exigen verificar si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos. Con estas premisas podemos entonces considerar más de cerca qué es la inteligencia artificial, qué posibilidades abre y qué riesgos comporta. 

La inteligencia artificial

97. No es mi intención ofrecer aquí un tratado sobre la inteligencia artificial, ni recorrer una bibliografía que ya es muy amplia; existen actualmente contribuciones importantes, también en el ámbito eclesial, a las que es posible hacer referencia. [123] Me limito a recordar algunos elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona, con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites.

98. Es oportuno anteponer dos consideraciones: la primera es que cualquier afirmación sobre la IA corre el riesgo de quedar obsoleta en poco tiempo, dada la impresionante velocidad de desarrollo de estos sistemas. En segundo lugar, todos nosotros, incluidos quienes los diseñan, sabemos muy poco sobre su funcionamiento efectivo. Las inteligencias artificiales modernas están más “cultivadas” que “construidas”: los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA “crece”. En consecuencia, los aspectos científicos fundamentales —como las representaciones internas y los procesos computacionales de estos sistemas— siguen siendo desconocidos. Se manifiesta, por tanto, la urgencia de un doble compromiso: por una parte, una profundización de la investigación científica; por otra, un ejercicio de discernimiento moral y espiritual.

99. No es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior.

Una ayuda valiosa que requiere atención

100. A la luz de cuanto se ha dicho, podemos comprender mejor por qué la IA puede ser una valiosa ayuda y, al mismo tiempo, exija un enfoque prudente y cauteloso. En los últimos años su uso privado ha crecido notablemente, y desde distintos ámbitos se reflexiona sobre las oportunidades y los riesgos vinculados a su rápida difusión. En el uso personal, tres aspectos, en particular, deben ser tenidos en especial consideración: la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana. La velocidad y la sencillez con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta simplifican nuestras vidas, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad. La impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de estos sistemas pueden suscitar, corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos. La imitación artificial de una comunicación humana positiva —palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor— puede resultar gratificante e incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia. La imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto pobre de relaciones y de afectos reales; entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro.

101. Ampliando la mirada al uso de la IA en nuestras sociedades, constatamos que ya está presente en procesos de decisión en todos los ámbitos y a diversos niveles: en la comunicación, la gestión y el control. Las ventajas en términos de eficiencia y las potencialidades de mejora de algunos servicios son evidentes; sin embargo, una adopción rápida y acrítica nos expone a diversos riesgos, como el de subestimar el impacto ambiental. Los actuales sistemas de IA requieren grandes cantidades de energía y agua, inciden de manera significativa en las emisiones de anhídrido carbónico y consumen recursos de manera intensiva. Con el aumento de la complejidad, sobre todo en los grandes modelos lingüísticos, crecen también las necesidades de potencia de cálculo y capacidad de almacenamiento, que se apoyan en un conjunto de máquinas, cables, centros de datos e infraestructuras consumidoras de energía. Por eso es esencial desarrollar soluciones tecnológicas más sostenibles para reducir el impacto sobre el medioambiente y cuidar nuestra Casa común. [124]

Responsabilidad, transparencia y gobernanza de la IA

102. El uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad. Las decisiones delicadas que repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a sistemas automatizados que no conocen «la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo», [125] pudiendo así producir nuevas formas de descarte. Puede haber usos evidentemente antihumanos, como la manipulación de la información o la violación de la privacidad, pero puede haber también un engaño menos evidente, cuando los sistemas de IA, presentándose como neutrales y objetivos, reflejan y refuerzan estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado.

103. Confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, significa encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas. Lo que disminuye, en este proceso, no es sólo la empatía hacia el excluido, que puede ser imitada artificialmente, sino la responsabilidad política, porque el descarte de los débiles queda revestido de una neutralidad y una objetividad ante las cuales es imposible protestar. Y, de ese modo, la injusticia se realiza silenciosamente y la compasión, la misericordia y el perdón, no como simple apariencia, sino como gestos políticos, desaparecen del horizonte.

104. De esto se deriva una consecuencia sencilla pero apremiante: no podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones. Si un sistema se concibe o emplea tratando algunas vidas como menos dignas, o las excluye sin posibilidad de apelación, no es un simple instrumento que “hay que usar correctamente”; introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían. [126]

105. Para que la IA respete la dignidad humana y sirva realmente al bien común, es esencial que las responsabilidades estén claras en todas las etapas: desde quienes diseñan y programan los sistemas hasta quienes los utilizan y quienes resuelven confiarles las decisiones concretas. En muchos casos, sin embargo, los procesos internos que conducen a un resultado pueden ser poco transparentes, y eso hace más difícil atribuir responsabilidades y corregir los errores. Es aquí donde se vuelve decisivo lo que llamamos “responsabilidad”( accountability): la posibilidad de identificar quién debe “rendir cuentas” de las decisiones, motivarlas, controlarlas y, cuando es necesario, cuestionarlas y remediar los daños que derivan de ellas. [127]

106. Pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana. Esta exigencia es aún más urgente porque existe a menudo un desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que maduran la conciencia, las normas, los controles y las instituciones capaces de gobernar sus efectos. No basta invocar genéricamente la ética; se necesitan marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios, una política que no renuncie a su tarea. De otro modo, el cambio será gobernado sólo por lógicas tecnocráticas y presentado como necesario e imprescindible, terminando por imponer reglas dictadas por quienes poseen datos, infraestructuras y capacidad de cálculo.

107. No podemos limitarnos a invocar la moralización de la máquina, la denominada “alineación” de la IA con los valores humanos, sin tener la valentía de poner una condición ulterior: la posibilidad de discutir el código ético que debe ser usado, sometiéndolo a criterios de justicia social compartida. De lo contrario, quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas. No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos. Se necesita una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios en los que las comunidades pueden seguir participando e interrogándose.

108. En efecto, como ocurre con todo gran avance tecnológico, la IA tiende a aumentar sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos económicos, competencias y acceso a los datos. A la luz del bien común y del destino universal de los bienes, este fenómeno suscita seria preocupación: pequeños grupos muy influyentes pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia social y la solidaridad entre los pueblos. Por eso es indispensable que el uso de la IA —sobre todo cuando involucra bienes públicos y derechos fundamentales— esté acompañado de criterios claros y controles efectivos, inspirados en la participación y la subsidiariedad; las comunidades y los cuerpos intermedios no pueden ser reducidos a destinatarios de decisiones tomadas en otros lugares, sino que deben poder contribuir al discernimiento y a la vigilancia. Además, la propiedad de los datos no puede confiarse sólo al sector privado, sino que debe reglamentarse. Estos son fruto del aporte de muchos y no pueden ser vendidos o confiados a unos pocos. Hace falta una creatividad capaz de gestionarlos como uno de los bienes comunes o colectivos, en la lógica del compartir, como ya sugería san Juan Pablo II a propósito de los bienes colectivos. [128]

109. Los principios de la Doctrina social nos ayudan a leer esta nueva realidad. En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA. Hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio. Hablar de solidaridad obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos. Hablar de justicia pide cuestionar las geografías del poder que definen quién puede programar los modelos y quién es sólo objeto de esa programación, y reconocer que la justicia social no es sólo un objetivo que hay que tutelar después de la adopción de las tecnologías, sino una condición que se debe poner en práctica desde su diseño.

110. Quisiera, por último, usar una palabra muy importante para mí: “desarmar”. Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida. La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora.

111. Hago un vehemente llamamiento a quienes desarrollan sistemas de IA. La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación. Los desarrolladores llevan, por tanto, un importante peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad. Así como el autor de una obra artística o literaria está obligado a considerar los valores que manifiesta, así también ellos están llamados a tratar con la debida seriedad los valores que infunden en sus proyectos: con transparencia, con responsabilidad hacia las comunidades involucradas y con atención a verificar que lo que se cultiva sea realmente un bien.

Lo que no podemos perder

112. Después de haber recordado las cuestiones de la responsabilidad y del gobierno de la IA, es necesario volver a nuestro tema central: qué significa custodiar lo humano. El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo. Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión.

113. En realidad, absolutizar una sola dimensión del ser humano es siempre erróneo. En efecto, no es sólo la carencia lo que genera desorden. También aquello que crece sin medida puede convertirse en una forma de pobreza. En un ecosistema, la armonía se rompe cuando una sola especie prolifera en detrimento de las demás; en lo humano, ocurre lo mismo cuando una facultad pretende ser la medida de todo. Así, la inteligencia, si se absolutiza, termina por velar otras dimensiones esenciales de la vida: el afecto, la voluntad, la entrega y la relación. El poder técnico, si no se equilibra, no nos hace más capaces; nos aísla, y nos expone aún más a lógicas de dominio y de exclusión. No se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana. 

114. La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función. La capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros es una dimensión importante de nuestro ser humano. Esta capacidad se aprende y se perfecciona con la experiencia. Leer cuentos a un niño, acompañar a una persona anciana o hacer acogedor un espacio, son gestos que se viven en un ambiente familiar, pero que nos ayudan a aprender y a interiorizar la importancia del cuidado a nivel social y nos entrenan para reconocer al otro como persona digna de atención. La tecnología puede sostener también el cuidado mutuo entre personas, por ejemplo si ofrece instrumentos que ayuden a prever y organizar, sin despojar al ser humano de su libertad y de su juicio, en cuanto sujeto de relaciones y responsable de decisiones.

Narrativas de fondo: transhumanismo y posthumanismo

115. Tratando de hacer emerger los presupuestos culturales que acompañan la revolución digital en curso, quisiera ahora dirigir la atención a algunas corrientes que interpretan el progreso como una superación del ser humano y que podemos clasificar con los nombres de transhumanismo y posthumanismo. Estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibridado” con la máquina.

116. El transhumanismo y el posthumanismo comprenden en su interior una pluralidad de corrientes y sensibilidades, y resulta difícil hacer una descripción unívoca de ellas. Pueden ser comparadas con un archipiélago de islas conceptuales diferentes, pero unidas por el mismo mar de presupuestos: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana. En general, el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva. Aun cuando estas hipótesis siguen siendo en gran parte especulativas, van adquiriendo relevancia, porque modifican el imaginario colectivo y, en consecuencia, orientan las decisiones sociales, económicas y políticas. [129]

117. El punto crítico, a la luz de la Doctrina social de la Iglesia, no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que allí subyace; si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie. La ya mencionadaadvertencia de san Pablo VI sigue siendo una gran intuición: realmente las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculadas del progreso moral y social, terminan por volverse contra el hombre. [130] Por ello es necesario distinguir con claridad: una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una “salvación” puramente técnica.

El límite, el corazón, la grandeza del ser humano

118. Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que «la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios». [131]

119. Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios. Lo vemos en tantos momentos en los que el límite se hace tangible en nuestra vida: cuando recibimos un rechazo, cuando sufrimos a causa de la enfermedad o la muerte de una persona amada, cuando experimentamos la incapacidad o el error. Misteriosamente, es en estos casos que podemos encontrar una nueva sabiduría, palpar el afecto de las personas y experimentar la presencia del Señor.

120. Aun cuando el límite se manifiesta como dolor interior, la sensatez humana enseña a no negarlo ni eliminarlo, sino a integrarlo. Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo. Quien ama y desea, en efecto, no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento, y por eso, a lo largo de los años conservamos en nosotros enseñanzas que quedan marcadas como cicatrices, memoria del camino realizado entre libertad y caídas, sueños y decepciones. Sólo gracias al entramado de estos elementos, se realizan en el corazón esas maravillas interiores que nos hacen saborear el gusto más dulce de nuestro ser humanos. [132] Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos.

121. La corrupción moral de nuestro límite creatural —el mal que evidentemente agita el corazón del hombre— arruina la sociedad y la vida, llegando incluso a extremos de deshumanidad. Y, sin embargo, también esta dolorosa forma de límite deja resquicios al bien. Aun cuando el ser humano se deshumaniza y provoca tragedias, una pequeña luz sigue brillando en la humanidad y sigue siendo capaz de reavivarse, con la gracia de Dios, recorriendo caminos de conversión y reconciliación. Viktor Frankl decía justamente que en los momentos de horror «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios». [133]

122. La finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro. Por lo demás, precisamente porque experimenta el límite —la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso— puede reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable. Y en la misma experiencia del límite, sigue siendo capaz de intuir una fraternidad más grande que él mismo y de reconocer la injusticia como escándalo. La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa, impidiendo la normalización del mal. De ese modo, algunas obras han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido.

123. La historia no se presenta sólo como el catálogo de nuestras acciones violentas, sino también como la prueba de que el ser humano sabe fundar instituciones capaces de proteger la vida común. En los últimos dos siglos lo vemos en algunos acontecimientos emblemáticos: el nacimiento del Comité Internacional de la Cruz Roja (1863), cuya neutralidad operativa garantiza un cuidado compasivo para todos; el largo proceso que ha llevado a la abolición de la esclavitud, que no ha sido un simple cambio jurídico, sino una transformación de la conciencia; la fundación de la Organización de las Naciones Unidas (1945) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que han fijado un lenguaje común para decir, al menos como ideal compartido, que la dignidad es universal; la Convención sobre los refugiados (1951), que reconoce un deber de protección hacia los que huyen de persecuciones y amenazas. En estos ejemplos, el deseo de bien se traduce concretamente en formas públicas —normas, instituciones, prácticas— capaces de limitar la fuerza y defender a los vulnerables. Pero nada de eso ha surgido sin ser enfrentado por resistencias, intereses mezquinos e inercias culturales. Las conquistas morales tienen casi siempre el rostro de un camino largo y fatigoso, marcado también por contratiempos; pensemos en los procesos de paz interrumpidos o en la lenta aplicación de los compromisos ambientales. Aun así, precisamente la fragilidad de estos resultados demuestra cuán preciosa es la responsabilidad de quienes los inician y los sostienen.  

124. Algunos acontecimientos ayudan a ver que la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos: el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos de América, vinculado al testimonio de Martin Luther King Jr., o el fin del apartheid en Sudáfrica después de la liberación de Nelson Mandela y su decisión de no poner el futuro en manos del odio. En diversos contextos se han distinguido además mujeres valientes y generosas como santa Laura Montoya, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Maria Skłodowska-Curie, Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y tantas otras de todos los continentes, que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia.

125. Junto a estos signos públicos, existe una trama más discreta pero decisiva: las comunidades religiosas que eligen lugares pobres y peligrosos; los mártires de la fraternidad y de la justicia como san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli, junto con testigos que han encarnado, en condiciones duras y a menudo inhumanas, la esperanza del Evangelio y la dignidad del hombre, como el venerable François-Xavier Nguyễn Văn Thuận. Y, sobre todo, los “mártires de lo cotidiano” que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos. Su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas.

126. Precisamente esta convergencia de instituciones justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas mantiene viva la esperanza e indica una dirección: hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón. Por eso la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor. A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo.

El verdadero “más que humano”: gracia y humanismo cristiano

127. La expresión “más que humano” no pertenece sólo al lenguaje de las promesas técnicas. Desde hace siglos, la tradición cristiana afirma que el ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo; no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor. La fe conoce un “más allá” que nace del don de Dios. Esta transformación es obra del Espíritu Santo. Como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso de elevación y transformación «sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana» [134], porque hay una distancia infinita [135] entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo. Y quien hace posible este camino sólo puede ser el Infinito que se da: es Dios mismo quien supera la desproporción “infinita”. [136] Así se realiza la re-creación de lo humano: «El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente» ( 2 Co 5,17).

128. Cuando aceptamos esta posibilidad de trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios no renegamos de nosotros mismos, no nos volvemos menos humanos. Por el contrario, como explicaba el Papa Francisco, «llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero». [137] Aquí se encuentra la diferencia radical respecto a los sueños prometeicos: lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que transforma. Frente a esto, una tecnología que clasifica y optimiza lo que ya existe puede ser, sin querer, un obstáculo al cambio y al crecimiento. Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad ―elevada por la inagotable gracia divina― y a las relaciones que cultiva.

Dos ciudades y dos amores

129. El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa “con los pies en la tierra” dentro de una vocación más alta. La inteligencia creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas de poder. Al final, la pregunta decisiva sigue siendo la indicada por san Juan Pablo II: la IA, ¿«hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, “más humana”?; ¿la hace más “digna del hombre”?». [138] Si la respuesta es “sí”, entonces podemos reconocer en ella una posibilidad buena para usar con responsabilidad, en un camino de reconstrucción compartida y paciente, según el modelo del renacimiento de Jerusalén narrado en el libro de Nehemías. Si, en cambio, el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se rompen, entonces estamos frente a una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana.

130. Interrogarnos sobre esta alternativa de progreso y sobre nuestro modo de interpretarlo y vivirlo significa siempre, a fin de cuentas, examinar también nuestro corazón. De hecho, el modo en el que pensamos y estructuramos las relaciones, el trabajo y las instituciones, manifiesta nuestros valores fundamentales y, en definitiva, nace de lo que tenemos en el corazón. Es un amor que nos guía: aquello que amamos realmente, como individuos y como sociedad, orienta nuestra vida y nuestras acciones. San Agustín describe la historia humana como un lugar de lucha entre dos amores, que han construido dos modos de habitar el mundo y de convivir, dos “ciudades”: por un lado, el amor a Dios y al prójimo; por otro, únicamente el amor a sí mismo. «Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial». [139] Como en toda la historia humana, también hoy estos dos amores luchan en nuestro corazón por el predominio. El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros.

CAPÍTULO CUARTO

CUSTODIAR LO HUMANO EN LA TRANSFORMACIÓN.
VERDAD, TRABAJO, LIBERTAD

131. Tras haber esbozado el panorama en el que se inscribe el reto de la transformación tecnológica, en particular el vinculado con la IA y las corrientes transhumanistas y posthumanistas, no podemos limitarnos a simples análisis generales. Cuando cambian los lenguajes y las herramientas, también cambian los gestos cotidianos y las relaciones sociales. Por ello, es necesario detenerse en algunos ámbitos en los que estas transformaciones tienen repercusiones muy concretas, a veces dramáticas. A la luz de los principios de la Doctrina social de la Iglesia, la transformación digital nos pide redescubrir la verdad como bien común, proteger la dignidad del trabajo y salvaguardar la libertad frente a toda dependencia y mercantilización.

La verdad como bien común

Verdad y democracia

132. El uso de las plataformas digitales y los sistemas de IA acelera los profundos cambios en la comunicación pública y política. Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso, mezclando datos y opiniones. La desinformación no surge con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador. La posibilidad de manipular contenidos, imágenes y vídeos expone a los ciudadanos a perspectivas parciales o engañosas. El problema afecta a la dimensión cultural y moral, ya que la calidad de la comunicación pública depende directamente de la confianza social y repercute en ella. Una información veraz, de hecho, no surge de un control centralizado o automatizado. En el discurso público, la verdad de los hechos tiene una dimensión racional, ya que requiere verificación, cotejo de fuentes y responsabilidad argumentativa; pero es aún más relacional: se construye a través de vínculos de confianza y prácticas compartidas, en un diálogo honesto con los demás y con el mundo. Sólo la búsqueda compartida de la verdad de los hechos, asumida como bien común, puede sentar las bases de una comunicación justa.

133. Quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos —y, con ellos, también de muchos recursos humanos para intervenir— tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y, en última instancia, para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, e incluso sobre Dios. Se trata de puro poder carente de verdad, que impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren como verdadero. Detrás de todo ello hay una raíz enferma difícil de reconocer: el hecho de que «el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo». [140] Por ello, cree que puede construir la realidad y que lo que mejor se adapte a sus pretensiones es válido. San Juan Pablo II reflexionó sobre las consecuencias de la “crisis en torno a la verdad”, llegando a afirmar que, «abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia». [141]De este modo, disminuye el reconocimiento de verdades universalmente válidas que nos preceden y que la conciencia debe aceptar. Esto llevó al Papa Francisco a preguntarse con realismo: «¿Qué es la ley sin la convicción alcanzada tras un largo camino de reflexión y de sabiduría, de que cada ser humano es sagrado e inviolable?», y a concluir: «Para que una sociedad tenga futuro es necesario que haya asumido un sentido respeto hacia la verdad de la dignidad humana, a la que nos sometemos. Entonces no se evitará matar a alguien sólo para evitar el escarnio social y el peso de la ley, sino por convicción. Es una verdad irrenunciable que reconocemos con la razón y aceptamos con la conciencia. Una sociedad es noble y respetable también por su cultivo de la búsqueda de la verdad y por su apego a las verdades más fundamentales». [142]

134. La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)». [143]

Comunicación e imaginario colectivo

135. En este horizonte es importante recordar que la comunicación «no es sólo transmisión de informaciones, sino creación de una cultura». [144] Los contenidos que circulan en los entornos digitales influyen en la forma en que las personas perciben el mundo e introducen en la conciencia colectiva imágenes y relatos que orientan los deseos e influyen en las decisiones cotidianas. «No es un mundo paralelo o puramente virtual», [145] porque lo que surge en internet pasa a formar parte de la vida de las personas, sobre todo de los más jóvenes.

136. Por eso, quienes controlan las plataformas digitales y los medios de comunicación tienen una notable capacidad para influir en el imaginario colectivo y presentar como deseable una determinada visión de la realidad. Es un poder que debe ser continuamente iluminado por la búsqueda de la verdad y el respeto de la dignidad humana, para que la cultura que se genera en la red no se convierta en instrumento de distracción excesiva, de homogeneización y de dominio, sino en un espacio en el que puedan madurar la libertad interior y el pensamiento crítico.

Por una ecología de la comunicación

137. La primera tarea que nos corresponde es no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad. Por lo tanto, es necesario promover una ecología de la comunicación: en el ámbito de las normas públicas, esto significa establecer reglas que hagan más transparentes los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos y que protejan los datos personales; en el ámbito social y cultural, en cambio, implica el fortalecimiento de los organismos intermedios, un periodismo serio y espacios de debate en los que primen la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata; en el ámbito de la escuela y la familia, la creciente necesidad de una nueva conciencia educativa y la formación en el uso correcto y crítico de las herramientas digitales, la IA y las plataformas de compra e inversión; en el ámbito de la universidad, el gran reto de la integración de los conocimientos, formando tanto en la capacidad de conectar y fusionar saberes para interpretar la complejidad, como en las técnicas de verificación de los hechos.

138. Las comunidades cristianas también deben comprometerse con una comunicación transparente y con la búsqueda honesta de los hechos. Lamentablemente, no siempre ha sido así. Hemos sido testigos, con vergüenza, del arduo descubrimiento de verdades dolorosas incluso sobre miembros de la Iglesia y sobre realidades eclesiales. En particular, algunos periodistas comprometidos con la verdad han desempeñado un papel fundamental a la hora de sacar a la luz injusticias y abusos. A ellos quisiera reiterar las palabras del Papa Francisco al dirigirse a los vaticanistas: «Les agradezco también por lo que dan a conocer de lo que no funciona en la Iglesia, por lo que nos ayudan a no ocultar bajo la alfombra y por la voz que han dado a las víctimas de abusos». [146] Sin embargo, la vigilancia y la transparencia son, ante todo, una grave responsabilidad de la propia Iglesia y no debemos esperar a que otros nos obliguen a afrontar verdades incómodas sobre nosotros mismos.

Una alianza educativa para la era digital

139. En una época en la que la verdad suele verse supeditada a intereses y estrategias comunicativas, el mundo de la educación adquiere una importancia decisiva. Sin embargo, las rápidas transformaciones tecnológicas ponen de manifiesto lo poco preparados que estamos en el ámbito educativo. La omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad.

140. Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente. La cuestión es fundamental, porque toda tecnología educa a quien la utiliza. Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla. La rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo. Como escribe Platón, las cosas más profundas e importantes sólo se aprenden tras mucho tiempo y mucho esfuerzo, comprometiéndose en la discusión con los demás para “frotar” los conceptos y las experiencias como si fueran pedernal, hasta que en nosotros salte la chispa de la comprensión. [147] Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita.

141. En los últimos años, la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas. A esto se suma la facilidad de acceso a escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados, a mensajes que banalizan el cuerpo y la afectividad, y a propuestas que normalizan comportamientos de riesgo. En la red no son raros los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos. Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin el control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes, exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso, así como a la presión para compartir imágenes íntimas o datos sensibles.

142. A los padres de familia les resulta difícil resistir por sí solos al condicionamiento de modelos de negocio que monetizan la atención y el tiempo. Por eso es indispensable una alianza entre la política, las instituciones educativas y las familias, capaz de sostener de manera concreta a los adultos en su tarea. Es necesario oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas —concentradas en pocas manos— cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores. En esta perspectiva, son oportunas intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios ―sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación― y prevean protecciones específicas contra toda forma de explotación y violencia sexual en internet, de modo que la infancia y la adolescencia se custodien verdaderamente como bienes preciosos confiados a nuestro cuidado. [148] Al mismo tiempo, es necesario educar a los niños, adolescentes y jóvenes para que aprendan a reconocer las manipulaciones, a defender su propia dignidad y a respetar la de los demás, también en los entornos digitales. [149]

Rol central de la escuela

143. La escuela es el lugar donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres de familia, que desean que sus hijos crezcan siendo capaces de relacionarse, de pensar con espíritu crítico y de tener valores sólidos, depositan en ella grandes esperanzas, como una valiosa aliada en la educación de sus hijos. En efecto, los padres tienen el derecho primario e inalienable de elegir el tipo de educación y de formación que se imparte a sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas. El mundo educativo se encuentra hoy frente a algunos retos impostergables.

144. El primer reto es de carácter sociopolítico. Tanto dentro de cada país como entre las distintas regiones del mundo, persisten fuertes desigualdades en el acceso a la educación básica y a los estudios superiores. En no pocos países, el Estado todavía no ha invertido los recursos necesarios para garantizar una educación de calidad para todos, ya sea apoyando adecuadamente el sistema escolar público o sosteniendo a las instituciones privadas que ofrecen este servicio fundamental. Cuando una parte importante de la educación, en varios niveles, se encomienda a instituciones privadas, puede ocurrir que, a falta de un apoyo público adecuado, el acceso a la escuela dependa demasiado de las posibilidades económicas de las familias. Frente a este riesgo, sin embargo, se debe reconocer y sostener la contribución de muchas obras educativas católicas que, aunque sean instituciones privadas, garantizan una acogida inclusiva a niños y jóvenes de todas las procedencias, incluso cuando las condiciones económicas de las familias no lo permitirían.

145. El segundo gran reto es de carácter pedagógico. Muchos sistemas educativos tienen dificultades para actualizarse al ritmo de los cambios y para apoyar un crecimiento integral de los alumnos. El desarrollo de las tecnologías de la información y de la IA hace que los planes de estudios concebidos para otra época queden rápidamente obsoletos, mientras que la organización de la escuela, los espacios, los métodos de evaluación y la propia figura del docente deben replantearse con vistas a una educación verdaderamente integral, abierta a todas las dimensiones de la persona. Es necesario favorecer la formación continua de los docentes a lo largo de toda su vida profesional, para que sepan dialogar de manera positiva con las nuevas tecnologías, ayudando a los alumnos a hacer un uso responsable, crítico y creativo de ellas, y a no sufrir pasivamente su influencia.

146. El tercer gran desafío es de carácter intelectual y sapiencial. Si no estamos atentos, puede surgir un sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento. Se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo. Muchos educadores perciben ya los signos de una posible deshumanización, en la que las personas “saben muchas cosas” pero tienen dificultades para dar un sentido a su vida ―también debido a la incapacidad de conectar la información y los conocimientos― y para no perder de vista el horizonte de sentido. Es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida.

147. La Doctrina social de la Iglesia invita a las familias, las escuelas, las comunidades cristianas y las instituciones públicas a una alianza educativa renovada. Esta se hace realidad cuando los principios fundamentales se traducen en objetivos educativos: educar en la sobriedad y en el sentido de los límites; educar en el reconocimiento del derecho del otro y de quienes vendrán después de nosotros a disfrutar de los bienes que nos han sido dados, o que el ingenio humano pone a nuestra disposición; educar en la libertad y en la responsabilidad; educar en el sentido de la trascendencia y del bien común. La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables.

La dignidad del trabajo en la transición digital

El valor del trabajo

148. Desde el nacimiento de la Doctrina social, con la Rerum novarum, la Iglesia ha llamado la atención sobre la protección de los trabajadores y la necesidad de combatir toda forma de explotación. Pero, sobre todo, el Magisterio ha reconocido en el trabajo «la clave esencial» [150] para comprender la cuestión social en su totalidad, ya que a través de él la persona desarrolla muchas dimensiones de su propia existencia. Desde esta perspectiva se comprende también la gran intuición de san Benito de Nursia, quien unió la oración y el trabajo, señalando la actividad cotidiana como parte de la respuesta de la persona a la llamada de Dios. Creados a imagen del Creador, mediante nuestras obras prolongamos de algún modo la suya: contribuimos al progreso de la sociedad y a la construcción del bien común, ponemos en práctica las capacidades recibidas, mejoramos y embellecemos el mundo, sostenemos a nuestras familias, entablamos relaciones de cooperación y aprendemos a construir juntos, en la escucha y el diálogo, algo que nadie podría realizar por sí solo.

149. Por estas razones, el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana, un camino habitual hacia la madurez, el desarrollo y la realización personal. En esta óptica, las ayudas económicas a los pobres siguen siendo a veces necesarias en situaciones de emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta, ya que el objetivo es ofrecer a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio trabajo. [151]

150. Hoy en día, la combinación de la automatización, la robótica y la IA está transformando rápidamente la estructura misma del trabajo. Se dice que esto traerá grandes mejoras para todos. En realidad, los “nuevos modos” de trabajar no son necesariamente mejores, porque «mientras la IA promete impulsar la productividad haciéndose cargo de tareas ordinarias, a menudo los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan. Así, contrariamente a los beneficios anunciados sobre la IA, los enfoques actuales de la tecnología pueden paradójicamente desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas. La necesidad de seguir el ritmo de la tecnología puede erosionar el sentido de la propia capacidad de obrar de los trabajadores y ahogar las capacidades innovadoras que están llamados a aportar en su trabajo». [152] Precisamente para evitar esta deriva, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no sólo en el rendimiento.

El problema del desempleo

151. San Juan Pablo II recordó que el desempleo es un mal grave y que, sobre todo cuando adquiere proporciones masivas, puede convertirse en una verdadera calamidad social, lo que pone especialmente de relieve la responsabilidad del Estado. [153] Hoy en día, en la “cuarta revolución industrial”, esta preocupación se agudiza, ya que la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios. [154]En algunos contextos, es realista temer una reducción significativa y rápida de los puestos de trabajo disponibles, con un efecto en cadena que afecta profundamente a las familias, a los jóvenes y a las economías locales. En muchos sectores, esto ya se traduce en nuevas formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población activa.

152. Sin duda, es deseable que la tecnología libere al hombre de trabajos especialmente pesados, repetitivos o peligrosos y que ofrezca un apoyo inteligente a la actividad humana, pero la norma general debe seguir siendo la protección de los puestos de trabajo y del papel insustituible de la persona. El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común.

153. Simultáneamente, debemos reconocer que toda transición real se produce a través de una discontinuidad: es desigual, fragmentaria y, a veces, conflictiva. Por lo tanto, no existe un modelo de cambio único, ni una solución global; hay territorios e historias que exigen respuestas diferentes. Dada la desigualdad que caracteriza a nuestro mundo, la difusión de la IA y de los sistemas computacionales produce efectos distintos en cada lugar. Las sociedades ricas se automatizan rápidamente y de forma caótica, reduciendo la necesidad de mano de obra y generando zonas de desempleo y fricciones institucionales. En cambio, vastas regiones del mundo permanecen atrapadas en economías híbridas, donde el trabajo humano mal remunerado y las tecnologías parciales conviven sin llegar a transformarse realmente. Estos territorios se convierten en reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones forzadas. Las soluciones, por tanto, deben encontrarse a nivel nacional y local, involucrando a las comunidades intermedias. Se necesitan herramientas capaces de adaptarse: modelos articulados, experimentos locales, redistribuciones progresivas, nuevos derechos de acceso a los bienes esenciales. Sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación.

154. El trabajo sigue siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana; no es sólo un medio de subsistencia, sino también un espacio de expresión, de relaciones y de contribución a la comunidad. Por eso, los problemas vinculados con el trabajo no se limitan únicamente a los ingresos necesarios para la supervivencia de las familias. Una sociedad que garantizara trabajo sólo a una pequeña parte de la población expondría a muchos a una situación de inactividad forzada, de ausencia de responsabilidades, de falta de compromiso y de estímulos cotidianos, con consecuencias de empobrecimiento humano y cultural en contraste con el elevado nivel de desarrollo técnico. Nos encontraríamos ante una paradoja de progreso material y regresión antropológica, en la que desaparecerían las condiciones para una paz social justa y estable. Por eso, la Doctrina social de la Iglesia insiste en que el acceso al trabajo para todos debe seguir siendo un objetivo prioritario de las políticas públicas y de los procesos económicos, criterio de juicio para evaluar la calidad humana de un modelo de desarrollo. [155]Por otra parte, en aquellas partes del mundo en las que el empleo tiende a reducirse o a transformarse radicalmente, como consecuencia de procesos tecnológicos y organizativos que escapan al control democrático, es necesario replantearse el propio concepto de trabajo y su relación con la ciudadanía, para que la falta de empleo no menoscabe la participación social.

155. A la luz de esta convicción, podemos también reinterpretar la historia de la Doctrina social de la Iglesia tras la Rerum novarum. Las iniciativas surgidas en ese contexto —asociaciones, sindicatos, cooperativas, obras de asistencia social— han contribuido de manera decisiva a mejorar la legislación laboral, a proteger a los más vulnerables y a promover condiciones más humanas. [156]Hoy en día, sin embargo, tales instrumentos ya no bastan por sí solos ante las transformaciones provocadas por la IA, la nueva organización de los mercados y la competitividad que rara vez se preocupa por la sostenibilidad social. Es necesario un nuevo esfuerzo conjunto por parte de los responsables políticos, las organizaciones de trabajadores, el mundo empresarial y la comunidad científica para elaborar con celeridad normas y medidas de protección adecuadas y consensuadas, también a nivel internacional. [157]Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades, con una multitud de excluidos rodeados de máquinas y sistemas automatizados que han ocupado su lugar.

156. En esta transición, no basta con reaccionar cuando desaparecen los puestos de trabajo, sino que es necesario gestionar la transformación de forma proactiva. Una forma viable consiste, en primer lugar, en establecer criterios sociales para la innovación: toda introducción de automatización y de IA debería ir acompañada de medidas verificables de protección del empleo, de recualificación y de participación de los trabajadores, para que la tecnología se oriente a liberar tiempo y capacidades humanas, no a generar exclusión. En segundo lugar, es necesario que políticas activas hagan accesibles a todos la formación continua y las transiciones profesionales, sin descargar sobre los individuos todo el coste de la adaptación a las transformaciones. Por último, se necesita una responsabilidad empresarial que incluya la calidad y la dignidad del trabajo entre los indicadores de éxito. Cuando se dan estas condiciones, la innovación puede convertirse en aliada de un trabajo más seguro, más creativo y más digno; cuando faltan, tiende a transformarse en una aceleración de la injusticia.

Una economía que valore la dignidad

157. El mercado laboral es uno de los ámbitos en los que los riesgos de las nuevas tecnologías se manifiestan con mayor claridad. Por eso es necesario recordar que la libertad económica no es absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y de la dignidad de cada persona. La iniciativa empresarial puede ser una verdadera vocación, capaz de generar riqueza y mejorar la vida de todos, siempre que reconozca la creación de empleo digno y de valor como parte esencial de su servicio a la sociedad, y no como una variable dependiente únicamente del beneficio. [158]

158. Con espíritu profético, el Papa Francisco advirtió acerca de una libertad económica proclamada sólo de palabra, mientras que las condiciones reales impiden que muchos se beneficien realmente de ella. [159]Los modelos económicos que resaltan la eficiencia y el éxito individual tienden a considerar inútil o poco rentable invertir en las personas que parten de situaciones de desventaja o que siguen trayectorias de crecimiento más lentas, como si su destino dependiera exclusivamente de su capacidad para seguir el ritmo de los ganadores. En realidad, una sociedad justa requiere un Estado presente e instituciones civiles capaces de superar la mera lógica de la eficiencia, orientando explícitamente los recursos, la creatividad y las normas a favor de los más vulnerables. [160]En lugar de esperar los beneficios de un crecimiento que “al final” llegará también a los pobres, se necesitan decisiones que hagan que el crecimiento sea inclusivo desde el principio. Las experiencias de las últimas décadas demuestran que, en las crisis económicas y financieras, son siempre los pobres quienes pagan el precio más alto, mientras que las teorías que prometen un bienestar general automático suelen resultar ilusorias.

159. Se observa la necesidad de superar los actuales parámetros de medición del grado de desarrollo —anclados desde hace más de ochenta años en el concepto de Producto Interno Bruto— que hacen que se pasen por alto, de forma casi sistemática, aspectos esenciales para el bienestar general de las personas y del medioambiente. Al mismo tiempo, dichos parámetros valoran actividades que tienen un impacto, a corto o largo plazo, en la vida de nuestro planeta. El desarrollo de parámetros y métricas complementarios al PIB es decisivo para mejorar los datos de base utilizados para realizar análisis, tomar decisiones políticas y de política económica, así como para seleccionar las prioridades regionales, nacionales e internacionales. La introducción de nuevos parámetros permitirá evaluar, con una visión amplia y adecuada a los tiempos, los efectos de las deliberaciones legislativas y normativas sobre la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción de las desigualdades y la protección del medioambiente. Repercutirá en el propio concepto de desarrollo, en los procesos formativos, en la mentalidad y en la opinión pública, y también en la paz, que sólo es verdadera si se basa en la justicia.

160. Las finanzas han adquirido una importancia creciente en los últimos años y han experimentado una innovación significativa, incluso después de la introducción de las criptomonedas. Las reflexiones y directrices contenidas en el Magisterio de mis Predecesores, particularmente en sus Encíclicas, han puesto de relieve el funcionamiento de la intermediación financiera «cuyo funcionamiento, habiéndose desvinculado de fundamentos antropológicos y morales apropiados, no sólo ha producido abusos e injusticias evidentes, sino que se ha demostrado también capaz de crear crisis sistémicas en todo el mundo». [161] Y es igualmente cierto que la renta del capital corre el riesgo de sustituir a los ingresos del trabajo, que a menudo quedan relegados a un segundo plano respecto a los principales intereses del sistema económico. Sin embargo, el ahorro que se transforma en crédito para la economía real, y por ende para crear empleo tanto por cuenta ajena como por cuenta propia, sigue siendo fundamental para el desarrollo y para las inversiones que deben acompañar a las transiciones en curso. La función social del crédito sigue siendo insustituible. La financiación por la financiación misma es algo muy distinto de la financiación para el desarrollo y para la creación y evolución del trabajo.

161. Esta perspectiva debe considerarse dentro de una visión más amplia de las dinámicas globales. La riqueza mundial ha crecido en términos absolutos, pero su concentración en pocas manos ha aumentado y los desequilibrios se han acentuado, tanto entre países como dentro de un mismo país: «pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco, esta es la lógica de hoy». [162] Los avances científicos y tecnológicos, incluso en el ámbito médico, no son fácilmente accesibles para la gran mayoría de la población, como se vio de forma dramática durante la reciente pandemia. Mientras que en algunas regiones se invierte en intervenciones superfluas o en sueños de superación personal que pocas personas pueden permitirse, en otras partes del mundo aún faltan equipos esenciales para salvar millones de vidas humanas. Pensar que las nuevas tecnologías beneficiarán automáticamente a todos significa ignorar una evidencia: si no se gestionan las transformaciones fijando como objetivo prioritario, desde la fase de planificación, la prevención de nuevas y mayores desigualdades, el progreso tecnológico genera automáticamente desigualdades estructurales. Hoy la justicia pasa también por el acceso a los beneficios de la innovación: cuidados, conocimiento, herramientas y oportunidades.

162. No cabe duda de que se necesitan leyes justas e instrumentos de redistribución que corrijan los desequilibrios, incluso mediante sistemas fiscales que alivien la carga sobre los más débiles y exijan más a quienes disponen de mayores recursos. Pero no hay que considerar la búsqueda de la justicia social como un tema separado y posterior a la producción de riqueza, como si la economía debiera limitarse a crear valor y la política interviniera sólo después para distribuirlo. Por el contrario, la justicia afecta a todas las fases de la actividad económica, desde la obtención de recursos hasta la financiación, desde la producción hasta el consumo, y cada elección tiene consecuencias morales. [163]

163. Más aún, en la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la “mano invisible” del mercado: [164] la política tiene la tarea de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación. Dado que muchas decisiones económicas traspasan las fronteras de los estados, también es necesaria una cooperación internacional capaz de definir estrategias comunes, sobre todo en favor de los países y los grupos más vulnerables, para promover el desarrollo y superar el asistencialismo. La lógica que inspira estas decisiones es la de la inmensa dignidad de cada persona, del bien común y de un mundo verdaderamente pensado para todos. La interdependencia entre paz y desarrollo, como escribió proféticamente san Pablo VI en 1967, [165] podría actualizarse hoy así: la prosperidad puede contribuir a construir y fortalecer la paz sólo si es generalizada, inclusiva y sostenible.

164. En términos concretos, orientar la economía hacia la dignidad significa adoptar algunos criterios de actuación estables incluso en la era de la IA. En primer lugar, transparencia y responsabilidad: cuando los datos y los algoritmos influyen en la concesión de créditos, la selección de personal o el acceso a servicios u oportunidades, es necesario que las decisiones sean comprensibles, cuestionables y sometidas a control, para que la persona no quede reducida a un perfil. En segundo lugar, inclusión y acceso: los beneficios de la innovación deben ir acompañados de inversiones en competencias, infraestructuras y servicios esenciales, para que la tecnología no amplíe la brecha entre quienes tienen y quienes no tienen. Por último, medidas de equidad: la fiscalidad, las protecciones sociales y las políticas industriales deben corregir los desequilibrios creados por la concentración de riqueza y poder. Estos criterios no son un freno a la innovación; en realidad, la hacen viable y humana.

Familia y jóvenes: condiciones sociales de la esperanza

165. La familia es un bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad. [166]La familia, la primera sociedad natural, dotada de derechos originales, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria. [167]En consecuencia, cuando los proyectos políticos y las decisiones económicas importantes la relegan a un papel marginal o secundario, se compromete el crecimiento auténtico de todo el cuerpo social. [168]

166. La familia es, sin embargo, un bien social frágil, que se ve afectado de forma inmediata por las transformaciones económicas y tecnológicas que están cambiando el mundo laboral, y que requiere apoyo cultural, jurídico y económico. Es bien conocido el impacto devastador del desempleo y la precariedad en el tejido familiar. A corto plazo puede parecer ventajoso reducir el coste laboral o maximizar la eficiencia financiera, pero a largo plazo esto socava los cimientos mismos de la convivencia: mientras se celebran los avances tecnológicos, la estructura social se ve progresivamente erosionada como por un virus silencioso.

167. Para los jóvenes, la precariedad laboral es especialmente grave. Como recuerdan los obispos de Estados Unidos de América, el trabajo no es sólo fuente de ingresos, sino un ámbito decisivo en el que se forma la identidad, se tejen amistades y relaciones, se aprenden responsabilidades concretas y se discierne la propia vocación. [169] Cuando el acceso al empleo se ve obstaculizado por altas tasas de desocupación, sistemas de formación inadecuados o barreras estructurales, muchos jóvenes ven bloqueado su camino hacia la realización personal y profesional. La necesidad de cambiar de trabajo varias veces a lo largo de la vida exige itinerarios de actualización y recualificación permanentes, que hagan capaces a las nuevas generaciones de asumir, con competencia y autonomía, los riesgos de un contexto económico cambiante y a menudo impredecible. [170]

168. De ahí se deriva una específica responsabilidad pública. El Estado tiene el deber de apoyar la actividad de las empresas creando condiciones favorables para el empleo, fomentando el trabajo donde escasea y defendiéndolo en tiempos de crisis, ya que este es un bien primario para las familias y para la sociedad. [171] Especialmente en una época de profundos cambios tecnológicos, se necesita una creatividad política “a favor del empleo” que sitúe en el centro a la familia y a las nuevas generaciones, si no queremos que los avances económicos se traduzcan en nuevas formas de inseguridad y exclusión.

169. Sostener a las familias y a los jóvenes en esta transición requiere medidas que hagan posible la estabilidad. Como ya se mencionó anteriormente, se necesitan políticas laborales que favorezcan la continuidad y la calidad del empleo, combatiendo la precariedad como condición normal de vida y promoviendo itinerarios realistas de acceso y desarrollo profesional. En segundo lugar, se necesitan medidas que garanticen ritmos humanos: sin un equilibrio entre trabajo, servicios y descanso, la familia se debilita y a los jóvenes les cuesta madurar el sentido de responsabilidad. Además, es fundamental invertir en formación y capacitación profesional accesibles, para que la movilidad profesional que exige la economía digital no se convierta en una selección cruel entre quienes pueden actualizarse y quienes no. Por último, hay que apoyar los vínculos sociales: redes y comunidades educativas que acompañen las elecciones de vida e impidan que la incertidumbre genere soledad y dependencias. Así, la transformación tecnológica puede ser atravesada sin romper aquello que hace generativa una sociedad: la capacidad de construir el futuro.

Custodiar la libertad frente a la dependencia y la mercantilización

Dependencias y control social

170. Tras haber analizado la verdad y la educación, el trabajo y las familias, debemos hablar del efecto de la revolución digital sobre la libertad humana, reflexionando sobre cómo abordar tanto los riesgos relacionados con la psicología individual como los grandes dramas sociales. No deben subestimarse las formas más sutiles de dependencia vinculadas a la economía digital de la atención, donde las plataformas y los servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior. Cuando los modelos de negocio prosperan a costa de la debilidad humana, la persona es tratada como un medio y no como un fin, y quienes diseñan o financian estos sistemas asumen una responsabilidad moral de la que no pueden eximirse. Es urgente promover un uso de las tecnologías que refuerce la libertad interior: educación en la sobriedad digital, protección de los menores y lucha contra los modelos que prosperan a costa de la vulnerabilidad.

171. Un riesgo adicional, menos visible pero no menos grave, es el del control social que la recopilación masiva de datos y el uso de sistemas algorítmicos hacen posible. Cuando cada gesto deja huellas ―desplazamientos, compras, relaciones, preferencias― se crea un poder nuevo: el de perfilar, prever y orientar los comportamientos, a menudo sin que las personas tengan plena conciencia de ello. Si estos datos se utilizan para tomar decisiones que inciden en oportunidades concretas (acceso al crédito, selección de personal, servicios), existe el riesgo de socavar la libertad y discriminar a los más vulnerables. Además, el control no pasa sólo por prohibiciones explícitas, sino por la arquitectura de la visibilidad: lo que se amplifica o se vuelve invisible, lo que se recompensa o se penaliza, termina moldeando opiniones y elecciones, generando conformismo y autocensura. Por eso la libertad, en la era digital, no es sólo una cuestión interior; es también un asunto público, que exige normas claras, transparencia, vías de recurso y límites proporcionados al uso de tecnologías invasivas, para que la tecnología siga estando al servicio de la persona y no se convierta en una forma de dominio de las conciencias.

172. La raíz de estos problemas es una mentalidad tecnocrática y posthumanista, que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar, [172]eliminando todo lo que pone límites a la maximización del beneficio: lo que importa es la eficiencia, no el respeto a la libertad y a la dignidad humana. Algunas corrientes posthumanistas llegan incluso a plantear la existencia de seres humanos “de segunda clase”, al servicio de los intereses de élites que se perciben a sí mismas como superiores: una perspectiva inquietante, más grave aún si se combina con instrumentos tecnológicos que amplían de forma exponencial el poder de control y de selección. También ciertas lógicas de endeudamiento estructural, que mantienen a pueblos enteros en condiciones de dependencia, revelan la misma mentalidad que acepta, bajo nuevas formas, relaciones de subordinación cercanas a la esclavitud.

Romper las cadenas de las nuevas esclavitudes

173. Esta visión distorsionada del ser humano se traduce hoy en diversas formas de sometimiento vinculadas directamente a la economía digital. En el mundo de la IA nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta que parece inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas. Una parte significativa del funcionamiento de la economía digital se sustenta en el trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos —a menudo pésimos— y entrenamiento de modelos. En muchos casos se trata de jóvenes, en su mayoría mujeres, que trabajan duro a cambio de remuneraciones mínimas. A este arduo trabajo invisible se suma la tarea, aún más brutal, de la extracción de los recursos necesarios para la producción de los dispositivos y microprocesadores en los que se basa la IA. En algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de los materiales de los que se obtienen las tierras raras. Cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa. Además, las redes criminales utilizan plataformas en internet, sistemas de mensajería, pagos anónimos y técnicas de perfilado para reclutar, controlar y trasladar a víctimas de la trata, muchas veces menores de edad, convirtiendo a hombres y mujeres en “datos” que rastrear y “paquetes” para transferir dentro de los mismos circuitos digitales que sustentan gran parte de la economía global. Esta realidad interpela profundamente la conciencia moral de nuestro tiempo. No basta con invocar la eficiencia ni con alabar los beneficios de la innovación, si estos se basan en una cadena de explotación que se mantiene deliberadamente oculta. Si una tecnología promete emancipación, pero produce nuevas formas de subordinación global, contradice el principio fundamental de la dignidad de la persona.

174. La lucha contra las nuevas formas de esclavitud constituye una prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético de la IA y la transformación digital. Siguiendo la tradición iniciada por León XIII, la Iglesia renueva su firme condena de toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas, y recuerda la urgencia de un amplio movimiento de reflexión y acción que sitúe en el centro la dignidad inalienable de todo ser humano y el bien común, como fines de la sociedad y como criterios de toda decisión personal, social y política. Sin esta reflexión ética y humanizadora, el creciente poder de los sistemas digitales corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas atrocidades, no menos vergonzosas que las del pasado que hoy deploramos, mientras seguimos presentándonos como sociedades “avanzadas” y “civilizadas”.

175. La trata debe reconocerse como una forma contemporánea de esclavitud y como una grave violación de la dignidad humana; no reaccionar con firmeza o tolerar de cualquier modo estas prácticas significa, en cierta medida, hacerse cómplice hoy de las culpas cometidas ayer, cuando la esclavitud se justificaba o se silenciaba. [173]

176. La Iglesia, a medida que su doctrina fue madurando, fue tomando conciencia, progresivamente, de la gravedad de estas realidades. Es cierto que los acontecimientos del pasado no pueden juzgarse de forma ahistórica, como si todos los criterios que se han ido madurando con el tiempo hubieran estado siempre disponibles. Sin embargo, no podemos negar ni minimizar el retraso con el que la Iglesia y la sociedad condenaron el flagelo de la esclavitud. Si en la Antigüedad y en la Edad Media muchas personas e instituciones eclesiásticas tuvieron esclavos, ya en la Edad Moderna la Sede Apostólica romana, instada por las peticiones de los soberanos, intervino en varias ocasiones para regular y legitimar las modalidades de sometimiento y, en algunos casos, de reducción a la esclavitud de los “infieles”. [174] Hubo que esperar hasta el siglo XIX para encontrar una condena formal, absoluta y universal de la esclavitud, en particular con León XIII[175] Esto constituye un claro ejemplo de los progresos de la Iglesia en la comprensión de las verdades perennes de la Revelación que ella custodia. Aunque no encontramos homogeneidad en la cuestión en sí —habiendo tolerado durante mucho tiempo la esclavitud y llegando sólo posteriormente a condenarla de manera absoluta—, existe una continuidad a lo largo de toda la historia en cuanto a la convicción acerca de la dignidad de todo ser humano, creado a imagen de Dios, aunque sin haber logrado, en dieciocho siglos, explicitar de manera oficial la total incompatibilidad de la esclavitud con dicha dignidad. Se trata de una herida en la memoria cristiana a la que no podemos considerarnos ajenos. [176] Es inevitable sentir un profundo dolor al considerar el enorme sufrimiento y humillación que la esclavitud ha significado para tantas personas, en contraste con la dignidad sin límites de cada una de ellas, amadas infinitamente por el Señor. Por eso, en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón.

177. Precisamente por eso, el recuerdo de la complicidad y la ceguera del pasado ante la injusticia de la esclavitud se convierte para nosotros en un llamamiento a la vigilancia: lo que hemos aprendido debe traducirse en discernimiento y responsabilidad en el presente. Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles al tesoro de la dignidad humana que contiene nuestra fe, hoy nos corresponde ser directos y firmes a la hora de denunciar la trata en sus múltiples manifestaciones y de apoyar, paso a paso, junto con todos aquellos que se comprometen con esta causa, caminos reales de prevención, protección, liberación y rehabilitación.

178. El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. Territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural, se ven, en el presente, atravesados por una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa. Quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, hoy recopilados a menudo bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados. Y puede decidir, antes que los demás, a quién destinar medicamentos, inversiones y protecciones. Es aquí donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién. De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma.

179. Las nuevas esclavitudes se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales. Por lo tanto, es necesario actuar en varios frentes: en primer lugar, para exigir una mayor transparencia de las cadenas de suministro que sustentan la industria tecnológica y la economía digital, de modo que ninguna ventaja competitiva se construya sobre la explotación invisible. En segundo lugar, es necesario que las empresas y los inversionistas adopten criterios claros de verificación ética preventiva (due diligence), incluyendo entre las prioridades la protección de los trabajadores, la lucha contra el trabajo forzoso y el impacto social de los modelos de negocio basados en datos. Además, se debe exigir a las plataformas digitales que cooperen de manera responsable con las autoridades y con la sociedad civil para impedir que las herramientas de comunicación, pago y elaboración de perfiles se conviertan en canales de captación y control de las víctimas. Cuando estas decisiones convergen, el entorno digital puede transformarse de espacio de depredación en espacio de protección, prevención y promoción de la dignidad.

Una responsabilidad compartida

180. Los distintos ámbitos considerados —la búsqueda de la verdad en la vida pública, la educación en el entorno digital, las transformaciones del mundo laboral, la fragilidad de las familias y las nuevas formas de esclavitud— no son fenómenos aislados. Todos ellos ponen en juego lo mismo: si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad.

181. Desde esta perspectiva, la Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro: por instituciones capaces de regular sin asfixiar y de proteger sin suplantar; por empresas que reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito; por organismos intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los vínculos; por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad. Sólo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y sólo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer.

CAPÍTULO QUINTO

LA CULTURA DEL PODER Y LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR

182. Tras haber analizado cómo la IA está transformando algunos aspectos de la vida y de la sociedad, con graves repercusiones para la dignidad humana, es necesario dirigir la mirada hacia un ámbito aún más dramático: la guerra. Aquí la cuestión no se refiere únicamente a la eficiencia de los nuevos instrumentos, sino al riesgo de que la tecnología, separada de la ética y de la responsabilidad, haga más rápida e impersonal la decisión sobre la vida y la muerte, y presente el uso de la fuerza como una opción inmediata y viable. En un mundo cada vez más interdependiente, la paz no es un tema entre otros, sino una condición del bien común universal y una prueba para la madurez moral de los pueblos, y especialmente de quienes son llamados a puestos de responsabilidad en el gobierno.

183. La revolución digital está modificando la gramática de los conflictos. A la guerra visible se suman formas híbridas: ataques cibernéticos, manipulación de la información, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas. La IA entra en estos procesos como factor de aceleración, en un contexto en el que muchas tecnologías son intrínsecamente ambivalentes: lo que nace para proteger puede convertirse rápidamente en ataque, y la frontera entre protección y agresión tiende a difuminarse. La IA puede potenciar la defensa y la protección de los civiles, pero también puede bajar el umbral del uso de la fuerza, hacer opacas las responsabilidades y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un “daño colateral”. Ante estas transformaciones, debemos recurrir a los principios de la Doctrina social —dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia— como criterios para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o terminan por someterla, y considerarlas como orientaciones para nuestras decisiones.

184. En este capítulo pretendo, por tanto, comparar dos lógicas opuestas, que ya he evocado con imágenes bíblicas: por un lado, la tentación de construir la torre de Babel, confiando en el poder y en el orgullo; por otro, la paciencia de reconstruir Jerusalén, como en tiempos de Nehemías, “pieza por pieza”, cuidando lo humano y el bien común.

185. Si observamos las dinámicas mundiales, reconocemos cada vez con mayor claridad la expansión de una cultura del poder, hecha de polarizaciones y violencias. La Babel moderna no es sólo el paradigma tecnocrático globalizado, sino también el enfrentamiento a distancia entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla, con una multiplicidad de conflictos locales. Es, además, la carrera por desarrollar tecnologías cada vez más poderosas, o por asegurarse su control, según una dinámica deshumanizante que parece no conocer límites. Y, sin embargo, junto a esta deriva, vislumbramos a gran parte de la humanidad que trata de seguir siendo humana y de esforzarse por construir la ciudad de la convivencia y la paz. De ella, todos somos a menudo artífices inconscientes y arquitectos desunidos, capaces de gestos generosos pero carentes de una visión de conjunto: es una construcción más lenta, menos visible y menos llamativa, que espera ser mejor comprendida y más coordinada, para convertirse así en el compromiso consciente y articulado de cada comunidad, desde la familia hasta el gobierno de los estados y sus relaciones. Es a este horizonte de compromiso, a esta obra de esperanza, al que damos el nombre de “civilización del amor”.

La civilización del amor en la era digital

186. Cuando san Pablo VI introdujo la expresión “civilización del amor”, [177] el mundo se veía marcado por la Guerra Fría, la carrera armamentista y fuertes desequilibrios económicos. En ese contexto, la Iglesia indicaba un camino alternativo a la oposición ideológica entre sistemas, imaginando un orden social en el que la justicia y la caridad se entrelazan y el amor se convierte en principio de organización de la vida económica, política y cultural. Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común. Como nos ha recordado la Encíclica Fratelli tutti, sólo este amor social, capaz de convertirse en cultura y norma, puede generar un orden internacional estable, transformando la convivencia de simple coexistencia armada en comunidad de destino. [178]

187. Hoy, en el contexto de la revolución digital, esta intuición resulta aún más decisiva. Las redes digitales, la economía globalizada y el desarrollo de la IA crean vínculos cada vez más estrechos, conectando en tiempo real las decisiones tomadas en un lugar con los efectos que producen en otro. Por eso, siguen siendo actuales las palabras del Concilio Vaticano II sobre la creciente interdependencia entre los pueblos: el bien común adquiere cada vez más una dimensión universal, con derechos y deberes que conciernen a toda la familia humana. [179] El proyecto de la civilización del amor asume aquí la tarea decisiva de transformar esta interdependencia padecida en una solidaridad deseada y elegida. Es el criterio para orientar los procesos tecnológicos: no basta con que la IA nos haga más eficientes o conectados, debe servir para edificar esa familia humana universal, con derechos y deberes compartidos, donde la proximidad digital se convierta en una ocasión real de encuentro y de cuidado recíproco.

La cultura del poder

188. En los tiempos que vivimos se está consolidando una cultura del poder, en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una variable secundaria respecto a los intereses estratégicos. Esta cultura del poder penetra en la sociedad, modifica las relaciones y los comportamientos, se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo y alimentando un falso realismo, el cual repite que no existen alternativas.

La normalización de la guerra

189. En 1965 resonó con fuerza el grito de san Pablo VI ante la Asamblea de la ONU: «¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra!». [180] Debemos reconocer que, a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración. Sin embargo, en el discurso público prevalecía la convicción de que la guerra debía seguir siendo una extrema ratio, sujeta a rigurosos límites éticos y jurídicos y, en cualquier caso, a un horizonte político orientado a la paz. A raíz de los acontecimientos ocurridos en el período de entreguerras, tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un giro: la paz se situó en el centro del orden internacional, como lo atestigua en particular la Carta de las Naciones Unidas, que se propone «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra». [181] Muchas Constituciones nacionales, en la misma línea, habían relegado el uso de las armas a casos extremos y rigurosamente delimitados. Incluso durante la Guerra Fría, a pesar de la presencia de conflictos graves, persistía la conciencia de que había que evitar a toda costa un nuevo conflicto mundial.

190. Hoy, en cambio, asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso. Los conflictos regionales que se prolongan en el tiempo, la escalada de tensiones y las amenazas cruzadas se vuelven casi habituales, y resurgen formas de conflicto por la expansión territorial que se creían superadas. La opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición.

191. También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica. La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas. Sin una memoria viva de los horrores de la guerra, las decisiones políticas corren el riesgo de tomarse sobre la base de cálculos de fuerza, carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo.

192. A todo esto se suma un elemento nuevo y decisivo: la dimensión mediática y digital. Las redes de comunicación, los entornos informativos fragmentados y los algoritmos que premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común. Así, la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. Cuando se atenúa la memoria histórica y se debilitan los criterios éticos que protegen a los civiles y a los más frágiles, se vuelve más fácil presentar la violencia como necesaria, inevitable o incluso “limpia”. Es en este clima donde la humanidad está cayendo en la cultura violenta del poder, donde la paz ya no se presenta como una tarea por asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto. [182] La humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón. El recurso a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles.

La fuerza sin límites

193. Un elemento decisivo del panorama actual es el crecimiento de la industria bélica, que se ha convertido en un sector clave de la economía de algunos países. La estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas genera una “nación armada”, en la que la guerra parece casi una prolongación natural de la política y el mercado de las armas se convierte en un motor autónomo de las decisiones bélicas. No podemos ignorar los enormes intereses económicos que están detrás de la guerra. Las industrias armamentísticas y los países que suministran armas se benefician de un mercado que prospera precisamente gracias a los conflictos. En este sentido, existe también una lógica económica que contribuye a alimentar tensiones en diversas regiones del mundo.

194. Los arsenales militares están en el centro de la atención. En el pasado, el reconocimiento de la amenaza que representaban las armas capaces de destruir a toda la humanidad había favorecido vías de distensión y de negociación sobre el desarme. Lamentablemente, hemos salido de ese horizonte y la evolución de los arsenales nucleares —incluida la perspectiva de usos “tácticos”— hace que el recurso a tales artefactos parezca una posibilidad cada vez menos remota. En este contexto, la entrada en vigor en 2021 del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, respaldado por más de setenta países, representa una señal importante, pero corre el riesgo de quedar en gran parte simbólica, ya que las principales potencias atómicas no se han adherido a él. Así se ha extendido la creencia, errónea, de que la disuasión nuclear es una condición indispensable para la seguridad, lo que ha alimentado una nueva y difícilmente controlable carrera armamentística, acompañada del desmantelamiento progresivo de los acuerdos de reducción de las armas nucleares y del desarrollo de armas “miniaturizadas”, que hacen más fácil considerar su uso como una opción viable.

195. La misma lógica se observa en los conflictos convencionales: la fuerza militar, la debilidad de las iniciativas diplomáticas y la complejidad de los intereses en juego favorecen conflictos que tienden a hacerse crónicos, con un costo humano y ambiental altísimo. Es mucho más fácil iniciar una guerra que detenerla y, sin embargo, la reflexión sobre la prevención de conflictos sigue siendo dramáticamente marginal.

196. El panorama se vuelve aún más inestable por la presencia de nuevos actores armados —grupos yihadistas, milicias privadas, redes criminales— que marcan el fin del monopolio estatal de la fuerza. A menudo, estos sujetos entrelazan motivaciones ideológicas vagas con intereses económicos muy concretos, transformando la guerra en un verdadero modo de vivir para generaciones enteras de jóvenes y niños: el objetivo ya no es una victoria definitiva, sino la perpetuación del conflicto como fuente de poder y beneficios.

Armas e IA

197. A este panorama se suma el desarrollo incesante de los sistemas de armas y en particular de las armas relacionadas con la IA. La Santa Sede ha señalado recientemente que la creciente facilidad con la que se pueden emplear los sistemas de armas con autonomía operativa hace que la guerra sea más “viable” y menos sujeta al control humano, lo que contradice el principio de que recurrir a la fuerza armada debe ser un último recurso en caso de legítima defensa. [183] Por ello, el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana y de la sacralidad de la vida, evitando una carrera armamentista. [184]

198. A veces se habla de “agentes morales artificiales”, como si una máquina pudiera garantizar, con mayor coherencia que un ser humano, la distinción entre el bien y el mal. Pero el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles. No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable. La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse. Por tanto, es de máxima importancia infundir valores y un juicio prudente en la programación de los sistemas artificiales que construimos; estos pueden contribuir a un ecosistema moral en el que los seres humanos estén mejor preparados para escuchar su propia conciencia y en el que los modelos de IA establezcan límites adecuados.

199. No es suficiente invocar la ética de manera genérica: es necesario indicar criterios precisos de discernimiento. El primero se refiere a la responsabilidad personal. Cuando la decisión de atacar se automatiza o se vuelve opaca, aumenta el riesgo de que se pierda el sentido de la responsabilidad. Por eso, la cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones. El segundo criterio se refiere al tiempo del juicio moral. La IA tiende a acortar los tiempos de decisión; pero, en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia. El tercer criterio es la distinción y la protección de los civiles. Toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro baja el umbral moral del conflicto. La selección de objetivos y el uso de la fuerza no pueden confundir a combatientes y no combatientes, ni ignorar el impacto sobre las poblaciones indefensas.

200. De estos criterios se derivan algunas exigencias ineludibles. En primer lugar, para cada sistema empleado en el ámbito bélico deben garantizarse la trazabilidad y la posibilidad de reconstruir las decisiones, de modo que la responsabilidad y las posibles culpas no se disuelvan “en la máquina”. En segundo lugar, la decisión de emplear la fuerza letal no puede delegarse en procesos turbios o automatizados, sino que debe permanecer bajo un control humano efectivo, consciente y responsable. Por último, es necesario establecer reglas compartidas, incluso a nivel internacional, que frenen la carrera armamentística tecnológica y aseguren una protección especial a los civiles y a las infraestructuras esenciales para su supervivencia.

La crisis del multilateralismo

201. La cultura del poder surge también de la crisis del sistema multilateral. Las instituciones creadas para salvaguardar la idea de un destino común de los pueblos y de un bien común a nivel mundial parecen debilitadas, no sólo por limitaciones estructurales, sino porque a menudo falta una voluntad compartida de apoyarlas, reformarlas y reconocer su autoridad moral. En lugar de avanzar, estamos retrocediendo con respecto al giro histórico del siglo XX. Después de 1989, el colapso de los regímenes comunistas en Europa vino acompañado de una globalización predominantemente económica, carente de una arquitectura política adecuada capaz de sostener el diálogo y la paz. Se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad, mientras que, en realidad, la globalización no ha generado automáticamente unidad y paz, sino que ha suscitado reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas. El resultado está lejos de un auténtico multilateralismo: se presenta más bien como un multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro.

202. Reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —“yo primero”, “amigo-enemigo”, “nosotros-ustedes”— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones. La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto “derecho del más fuerte”, y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia. [185]

203. En este contexto, la construcción de la paz ha pasado a un segundo plano: la cooperación para el desarrollo, el desarme, la prevención de conflictos y el fomento de la confianza mutua quedan relegados, en nombre de lógicas de poder. Así se debilitan también los logros del derecho humanitario: el principio de proporcionalidad en la respuesta a las agresiones, la protección del acceso al agua, los alimentos y los bienes esenciales, y el respeto por la vida de los civiles y de los niños son tratados como ingenuas reminiscencias del pasado.

Un supuesto realismo político

204. Vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural. Un falso pragmatismo invita a cortar las raíces de la memoria, como si se pudiera inaugurar una especie de “nueva creación” desvinculada del pasado; incluso quienes invocan grandes principios morales pueden caer en este nihilismo histórico, creyendo ilusoriamente que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse. En realidad, las mismas dinámicas resurgen bajo nuevas formas. Parece volver a imponerse la lógica del equilibrio armado y de la disuasión. Pero, a diferencia del escenario bipolar de la Guerra Fría, hoy la multiplicación de los actores y de los frentes de conflicto hace que esta lógica sea cada vez más frágil. La conflictividad exacerbada empuja hacia guerras asimétricas e “híbridas”, libradas también en el terreno económico, financiero e informático, con el uso de la desinformación y campañas que alimentan el miedo para influir en la opinión pública. En muchos países, incluso en el Sur global, el aumento del gasto militar se presenta como la única respuesta a un futuro incierto o a amenazas percibidas, mientras que el costo real recae sobre los más pobres, que ven reducirse los recursos destinados a la salud, a la educación y a los servicios sociales.

205. Detrás de todo esto se esconde un falso “realismo”, basado no sólo en la lógica arraigada de la fuerza, sino también en una convicción cultural y antropológica, como si la guerra fuera inevitablemente parte de la naturaleza humana. Siempre ha sido así —se dice— salvo breves paréntesis, ¡y así será siempre! Por lo tanto, el problema ya no es la paz, perdida como referencia en el horizonte internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente, mientras se sostiene que sería irresponsable no prepararse para el enfrentamiento. En cambio, lo que es verdaderamente irresponsable es la Realpolitik, esta forma de “realismo” político, que siembra en las conciencias y en la cultura la resignación ante una guerra ineludible, y califica la paz y el diálogo como posiciones utópicas o irracionales, que ignoran los riesgos en juego. Por el contrario, la paz no es una esperanza ingenua ni sólo una ausencia de guerra: es fruto, siempre posible, de la justicia y la caridad.

206. En este clima, el nihilismo y el pragmatismo terminan entrelazándose y normalizando errores gravísimos: los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios se alían con un economicismo irracional, mientras que la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos. Así, la diversidad del otro se vive cada vez más como una amenaza, alimentando el deseo de posesión, la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder y el miedo a la diferencia, y preparando un terreno en el que pueden madurar nuevos conflictos sin apenas darnos cuenta. [186]

207. Este es un terreno fértil para nuevas guerras, tal vez aún más peligrosas que las anteriores, ya que tienden a perder todo límite ético. Lo que antes se consideraba inaceptable hoy puede llevarse a cabo casi sin vacilaciones, mientras que la reacción internacional se adapta a la conveniencia de cada gobierno más que a la gravedad objetiva de los hechos. Las decisiones ahora parecen ser guiadas casi exclusivamente por cálculos económicos, defendidas a través de ilusiones mediáticas, euforias artificiales y “sueños” que inevitablemente se desvanecen, generando frustración y nueva violencia. Cuando uno se persuade de que nada es verdaderamente real y de que los “principios” no son más que un envoltorio vacío, la mecha de nuevas explosiones de intolerancia y agresividad se enciende en el corazón mismo de las personas.

208. En este escenario, la pregunta sobre las garantías reales contra nuevas violencias sigue abierta. Cuando una cultura normaliza y justifica el conflicto, se abre una deriva peligrosa: lo que hoy parece impensable puede volverse mañana aceptable en base a cálculos de utilidad o de seguridad. En países marcados por graves tensiones sociales, no podemos excluir que alguien termine considerando el conflicto armado como una forma eficaz de desviar la atención de los problemas internos y como un instrumento de gestión cínica de las dificultades.

209. Una responsabilidad particular recae sobre quienes trabajan en el mundo de la investigación. Todos los protagonistas de este ámbito —científicos, empresarios, inversionistas, autoridades académicas, políticos, entre otros— están llamados a trabajar con una lógica de transparencia y responsabilidad, manteniendo viva la conciencia del amplio marco en el que se inscriben los avances tecnológicos a los que contribuyen, incluidos los relacionados con la IA. Cuando uno se limita a mirar sólo a su propio sector, se engaña a sí mismo creyendo que realiza una tarea moralmente neutra y evita las preguntas sobre los fines últimos que orientan determinados experimentos: así se corre el riesgo de cooperar, tal vez sin quererlo, en proyectos oscuros que alimentan nuevas formas de violencia, manipulación y dominio.

Construir la civilización del amor

210. La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre. Esta forma de describir la realidad que vivimos puede parecer sombría o pesimista, pero considero que es una denuncia necesaria. La perspectiva cristiana, sin embargo, no se agota en la denuncia del mal. Nosotros miramos la historia a la luz del Crucificado Resucitado, a quien el Padre ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva. Y creemos en la fuerza del Reino, que se desarrolla a partir de la pequeñez de un grano de mostaza, como una semilla que, una vez sembrada, brota y crece (cf. Mc 4,26-32). Mientras el ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la tierra. Con las palabras del profeta: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?» (Is 43,19).

211. Una lectura atenta de la historia lo confirma. Incluso en las noches más oscuras, el Señor suscita hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación. La memoria de los santos y de los justos, de los constructores de paz a menudo olvidados, muestra que la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien. Los cristianos ven las tinieblas y las llaman por su nombre, pero no se quedan paralizados contemplándolas: conocen la luz y saben que las tinieblas no la recibieron y no pueden vencerla (cf. Jn 1,5). Por eso, sirven al bien incluso donde el dolor parece tener la última palabra, sostenidos por una esperanza teologal que da a la realidad un horizonte y una dirección.

Todos podemos dar nuestro aporte

212. En este punto, sin embargo, se insinúa una tentación sutil: pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada. Es una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo. Claro, no todos tienen el mismo poder de influir sobre la realidad: hay quienes gobiernan, quienes deciden inversiones, quienes dirigen instituciones, quienes investigan, quienes educan, quienes informan, quienes producen; y hay quienes parecen tener sólo su propia vida cotidiana. Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado—.

213. Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza». [187] La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización. Por eso vale la pena detenerse y considerar algunos aspectos de cómo, cada uno en su ámbito, podemos colaborar en su construcción. Sin pretender agotar el tema, propongo cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo.

Desarmar las palabras

214. La primera contribución que podemos hacer a una civilización más humana es prestar atención a nuestras palabras. «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra». [188] El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. «La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra». [189] Todos debemos, por tanto, hacer un examen de conciencia sobre las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva. Tenemos una posibilidad real de contribuir al bien cada vez que decimos la verdad, que damos un consejo sabio, que apoyamos a quien necesita consuelo, que denunciamos una injusticia o damos voz a quien no la tiene.

Construir la paz en la justicia

215. Todos, a cualquier nivel, podemos contribuir al fundamento de la paz, que es la justicia. De hecho, no buscamos una paz cualquiera, una ausencia de conflicto a cualquier precio, sino esa paz verdadera que nace de la justicia. «Hay una estrecha relación entre la justicia de cada uno y la paz para todos». [190] Al comentar el versículo del salmo «la justicia y la paz se besarán» ( Sal 85,11b), san Agustín escribe: «Nadie hay que no desee estar en paz, pero no todos quieren practicar la justicia. […] Pero tú debes practicar la justicia, ya que la paz y la justicia se besan, no están en discordia. Y tú, ¿por qué no estás de acuerdo con la justicia? Por ejemplo, te dice la justicia: no robes, y tú no le haces caso; no cometas adulterio, y te haces el sordo; no hagas a otro lo que tú no quieres que te hagan; no comentes de otros lo que no quieres que comenten de ti. […] ¿Quieres encontrarte con la paz? Practica la justicia». [191] ¡No nos cansemos, entonces, de buscar la justicia!

Asumir la mirada de las víctimas

216. Hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido. Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en “no ser cómplices”. [192] Cuando nos enfrentamos a bombardeos contra civiles, a ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños, nos encontramos ante escándalos que hieren a la humanidad misma. Por eso no podemos quedarnos a nivel de análisis abstractos. Como recordó el Papa Francisco, debemos “tocar la carne” de quienes sufren: [193] mirar los rostros, escuchar las historias, reconocer las heridas. Los acontecimientos dolorosos necesitan tanto de historia como de memoria: la una para tratar de relatar los hechos, la otra para dar testimonio de lo vivido.

217. Dar espacio, en la información y en la educación, a la mirada y a la voz de las víctimas ayuda a tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierra la guerra y, en general, toda forma de violencia; a no aceptar como normal la lógica del conflicto; a no apartar la mirada cuando se comete una afrenta contra la dignidad humana; y a devolver a las personas afectadas la dignidad de ser reconocidas y escuchadas. [194] La atención a estas voces alimenta la convicción de que, más allá de las minorías violentas, la humanidad no desea la guerra. La Iglesia puede ser de modo especial un lugar de memoria viva de las víctimas. Como recordaba san Pablo VI, ella siente que debe hacer suyas tanto la voz de los muertos de las guerras pasadas como la de los vivos que aún llevan sus heridas, para que su grito se convierta en un llamamiento a la paz y a la concordia, y no en un preludio de nuevos conflictos. [195]

Cultivar un sano realismo

218. Necesitamos un sano realismo, que evite tanto el idealismo político como el cinismo. De hecho, existe un idealismo que, para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones. Por otro lado, existe también un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación: dado que la fuerza domina, concluye que debe dominar. El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. No reduce la política a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia: busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles.

Relanzar el diálogo

219. Para construir la civilización del amor debemos ejercitar el diálogo. Este es el principal instrumento de la convivencia entre las personas y entre los pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto. Ya lo recordaba Pío XII en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, cuando afirmaba que con la paz no se pierde nada, mientras que con la guerra todo se puede perder, y que los hombres deben volver a dialogar, porque un diálogo sincero y perseverante abre siempre la posibilidad de una solución honorable. [196]

220. El diálogo es una dimensión ordinaria de la vida humana, y no se refiere únicamente a las relaciones entre los estados. Se trata de adquirir una actitud para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos. Porque, si experimentamos el encuentro auténtico con el otro, el diferente, el extranjero, el migrante, se vuelve incluso mucho más difícil siquiera imaginar la guerra.

221. A nivel político, es urgente pasar de la “cultura del poder” a una auténtica “cultura de la negociación”, en la que el diálogo y las relaciones diplomáticas se conviertan en la vía habitual para afrontar los conflictos, tal como deseaba Giorgio La Pira: «Al método de la guerra habrá que sustituirlo por el método de la paz: el método de la negociación, del encuentro, de la convergencia; ¡es decir, el método auténticamente humano!». [197] La conciencia de un destino común de los pueblos exige que la cultura de la negociación se convierta cada vez más en un compromiso compartido, político y cultural, capaz de alejar gradualmente a la humanidad de la espiral de la violencia.

222. A quienes tienen el honor y la responsabilidad de gobernar, quisiera repetir unas palabras que dije al inicio de mi Pontificado: «Los pueblos quieren la paz y yo, con el corazón en la mano, digo a los responsables de los pueblos: ¡encontrémonos, dialoguemos, negociemos! La guerra nunca es inevitable, las armas pueden y deben callar, porque no resuelven los problemas, sino que los aumentan; porque pasarán a la historia quienes siembran la paz, no quienes cosechan víctimas; porque los demás no son ante todo enemigos, sino seres humanos: no son malos a quienes odiar, sino personas con quienes hablar. Rechacemos las visiones maniqueas típicas de los relatos violentos, que dividen el mundo entre buenos y malos». [198]

223. Al rechazar la lógica de la violencia, el diálogo entre las religiones tiene un papel decisivo, porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz. [199] Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma. [200] El “espíritu de Asís”, promovido por san Juan Pablo II y continuado en el compromiso del Papa Francisco —por ejemplo, en el diálogo con el Gran Imán de al-Azhar—, muestra que los creyentes pueden volver a beber de las fuentes más auténticas de sus tradiciones espirituales, donde no hay lugar para el odio sacralizado.

La necesidad de la diplomacia y el multilateralismo

224. En las relaciones internacionales, el diálogo es el instrumento insustituible de la diplomacia para prevenir los conflictos y restablecer los lazos de confianza. Frente a las comunicaciones impulsivas, las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo, «la vocación de la diplomacia es aquella de favorecer el diálogo con todos, incluidos los interlocutores que se consideran más “incómodos” o que no se estiman legítimos para negociar», [201] utilizando hasta el extremo la humildad y la paciencia para recuperar los más tenues signos de buena voluntad de las partes en conflicto, a fin de iniciar una pacificación.

225. También el ciberespacio se ha convertido en terreno de enfrentamiento: los ataques informáticos, la manipulación de datos y las campañas de influencia orquestadas con la ayuda de la IA pueden desestabilizar países enteros, incluso antes de que se llegue a un enfrentamiento armado abierto. En este ámbito, además, la atribución de responsabilidades es a menudo incierta: cuando no está claro quién ha atacado, crece el riesgo de reacciones desproporcionadas, errores de evaluación y espirales de escalada. Por eso hace falta una diplomacia capaz de operar también en este nuevo entorno, negociando reglas compartidas sobre el uso de las tecnologías digitales, protegiendo a los civiles y a los más vulnerables de formas de violencia invisibles, pero no por ello menos reales.

226. Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor, al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación. A través de estas instancias, la comunidad internacional puede tratar de reducir las desigualdades, defender los derechos de los refugiados y de las minorías, liberar recursos destinados al armamento para destinarlos a la promoción humana y proteger la Casa común. La Santa Sede apoya y acompaña este compromiso, aunque reconoce que la actual debilidad de la ONU y del sistema político internacional revela la necesidad de reformas profundas: no se trata sólo de ajustes técnicos, porque la crisis de convicciones y de valores afecta también a los fundamentos éticos de la vida de las naciones y dificulta orientar el multilateralismo hacia el verdadero bien común. [202]

227. En el contexto internacional, la diplomacia de la Santa Sede asume el principio evangélico de la misericordia como criterio concreto de la acción política. Es una de las formas en que la Santa Sede se pone al servicio de la humanidad, llamando a las conciencias a la caridad y a la verdad, defendiendo la dignidad de cada persona y haciéndose voz de los pobres, de los migrantes y de las víctimas de las guerras. De este modo, la diplomacia pontificia expresa la catolicidad de la Iglesia y contribuye a la construcción de una civilización del amor en la que también las nuevas tecnologías estén orientadas al bien común.

Orar y esperar

228. Estas vías de compromiso se nutren de la oración y la alimentan. Para nosotros, en efecto, la paz, ante todo, «proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente». [203] Es un don entregado por Jesús a sus discípulos el día de Pascua: «¡La paz esté con ustedes! Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante». [204] Con estas palabras saludé a la Iglesia y al mundo el día de mi elección a la Sede de Pedro, y deseo repetirlas para invitar a todos a pedir este don. No nos cansemos de orar por la paz y de comprometernos a hacerla realidad en nuestras relaciones y en la sociedad.

CONCLUSIÓN

229. «Que cada cual se fije bien de qué manera construye» (1 Co 3,10): son palabras de san Pablo, que exhorta a los cristianos de Corinto a custodiar la unidad. Amadísimos hermanos y hermanas, nos hemos interrogado sobre el mundo que estamos construyendo, preguntándonos qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA. Al final de este camino, deseo entregarles un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente con el cual vivir este cambio de época a la luz del Evangelio. Es un camino que nace de la contemplación del designio de Dios, vive la unidad eclesial nutriéndose de la Palabra y de la Eucaristía, construye el bien en el mundo y ora junto con la Virgen María.

El Verbo se hizo carne

230. En un mundo atravesado por tantas maniobras que apuntan a conquistar mercados y espacios de influencia, a menudo revestidas de retórica tranquilizadora y construcciones ideológicas seductoras, nuestro corazón siente la necesidad de descubrir un proyecto diferente, sabio y benévolo, semejante al que María contempla en el Magníficat, cuando proclama que la misericordia de Dios se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen. [205] Este designio de misericordia atraviesa la historia también hoy, dentro de los cambios más rápidos y frenéticos marcados por los algoritmos y las redes globales, y se convierte en la brújula para orientar una existencia evangélica en la era digital.

231. En el centro está el misterio de la Encarnación: el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio. [206] Y a través de esta cercanía, el don de la paz entra en el mundo de modo paradójico: como el poder de llegar a ser hijos de Dios, que se aviva cuando nos dejamos conmover por el llanto de los pequeños, por la fragilidad de los ancianos, por el silencio de las víctimas, por el esfuerzo de quienes luchan contra el mal que no querrían hacer. [207] En esta carne herida y amada, el Padre nos muestra la verdadera humanidad de una vida que se realiza en la apertura y en la comunión, hasta el punto de hacernos desear que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo. [208]

232. En las promesas del transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas, que persiguen una humanidad potenciada y casi desencarnada, reconocemos un deseo que nos interpela: la necesidad de una vida más plena, menos expuesta a la fragilidad y al sufrimiento. Pero la Encarnación abre un camino diferente. Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, [209] asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación. No hay un momento ni una condición humana que no sea digno de Dios: «De manera que tenemos, como nos enseña nuestra fe y dilucidamos en nuestros misterios, a Dios que nace en la cuna, un Dios que vive y viaja por Judea, un Dios que muere en la cruz y un Dios muerto y sepultado». [210] El futuro de la humanidad encuentra así su criterio en la capacidad de acoger este modo divino de hacerse cercano, de compartir el peso del mundo, de transformar las relaciones desde dentro. ¡Qué maravilla!, «este hombre es Dios, y Dios-Hombre pasa por estos escalones, ¡los santifica y deifica en sí mismo!». [211] Lo que salva al hombre es el amor divino que desciende hasta el punto más frágil de su historia y la regenera desde lo profundo.

233. Por eso, como creyente entre creyentes, invito a contemplar en el rostro del Hijo una magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA. En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad. [212] La dignidad que el Espíritu Santo esculpe en cada uno de nosotros se reconoce también en la capacidad de reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas. Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado. Este rostro humano es la plenitud hacia la que camina la historia. Es el misterio de la recapitulación, la certeza de que el Padre ha establecido recapitular en Cristo ―única Cabeza― todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (cf. Ef 1,10). En este designio, nada de lo que es verdaderamente humano se perderá, sino que todo será purificado y reunido en Aquel que recoge cada fragmento de vida, cada lágrima y cada auténtica conquista humana para sustraerlos de la nada y entregarlos, redimidos, al Padre.

Un solo cuerpo en Cristo

234. La espiritualidad que necesitamos es una espiritualidad eucarística, es decir, una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor. La Encarnación y la Pascua revelan a Dios que entra en nuestra condición humana y la transfigura en el don de sí mismo. Este don permanece presente y operante en la Eucaristía, en la cual el Señor se comunica y reúne a la Iglesia, para que su entrega se convierta en principio de unidad y fuente de vida nueva. De esta comunión nace también la solidaridad cristiana, porque la «unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega». [213] Como explica san Agustín a los nuevos cristianos de su Iglesia, el pan y el vino sobre el altar son el sacramento de la unidad de los fieles en Cristo: «Lo que vemos tiene aspecto corporal; lo que entendemos, fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros ( 1 Co 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está puesto el misterio que vosotros mismos sois: recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad». [214]

235. El “Amén” que decimos en la liturgia, el Cuerpo que comemos y la Sangre que bebemos, dan forma a toda nuestra vida. La Eucaristía «es elencuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual». [215] En ella se muestra visiblemente que nosotros «somos la Iglesia de Cristo, somos sus miembros, su cuerpo. Somos hermanos y hermanas en Él. Y en Cristo, aun siendo muchos y diferentes, somos uno: “ In Illo uno unum”». [216]La Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación. Y mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas.

La obra de nuestro tiempo

236. La espiritualidad que deseo entregar es la del “arquitecto sabio” que, animado por la esperanza en el Reino de Dios, se compromete a construir el bien en el mundo (cf. 1 Co 3,10). Como escribí al comienzo de esta reflexión, [217] hoy nuestra edificación debe tener como fundamento la relación con Dios, como norma la aceptación del límite humano en cuanto realidad natural y positiva, y como estilo la corresponsabilidad y el lenguaje evangélico. Al final del camino, el proyecto de una civilización del amor se perfila más claramente y la obra se muestra ya iniciada, sobre todo gracias a tantas piedras vivas sólidamente unidas en Cristo, la piedra angular (cf. 1 P 2,4-6). En esta obra estamos llamados a asumir un papel activo, sin refugiarnos en el espiritualismo ni en nuestros pequeños mundos: debemos ser fieles a la verdad, invertir en la educación, cuidar las relaciones, y amar la justicia y la paz.

237. ¡Permanezcamos fieles a la verdad! Viviendo inmersos en flujos incesantes de información, opiniones e imágenes, sabemos lo fácil que es influir en decisiones y preferencias a través de algoritmos cada vez más sofisticados. [218] En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato. La verdad que no debemos perder es la de Dios y la del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado. Es necesario abandonar una visión del hombre individualista y técnica, como si la realidad fuera solamente materia para modelar con base en intereses egoístas, tanto individuales como de grupo. [219] Cultivemos en cambio lo que el Papa Francisco ha definido como un «antropocentrismo situado», [220] que reconoce al ser humano como criatura inserta en una trama de relaciones con los demás seres vivos y con la totalidad de la creación. La fidelidad a la verdad exige integrar las posibilidades que ofrece la técnica en un camino de sabiduría, capaz de custodiar juntos la dignidad de cada persona y el futuro de nuestra Casa común.

238. ¡Invirtamos en la educación que empieza por nosotros mismos! Todos necesitamos formarnos para vivir en el mundo digital de manera humana, como parte integrante de la educación en la fe y en la vida virtuosa del Evangelio. Debemos educarnos para considerar el mundo digital como un nuevo continente por evangelizar, que requiere misioneros generosos y maduros en la fe. De modo particular, además, se necesitan adultos que redescubran su vocación de artesanos de la educación, dispuestos a un trabajo diario, paciente y sostenido por amplias y compartidas alianzas educativas. Acompañar a los niños y jóvenes para que utilicen las tecnologías como espacio de relación responsable, ayudándoles a reconocer los riesgos y a elegir lo que hace crecer la libertad interior, representa hoy una forma concreta de caridad y de salvaguardia de su dignidad. Educar a las nuevas generaciones para que logren creer que la evolución de las tecnologías no sigue un camino inevitable, sino que puede estar orientada por la responsabilidad personal y colectiva, constituye uno de los servicios más valiosos al bien común.

239. ¡Cuidemos las relaciones! En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad. Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad que sigue creyendo que cada cuerpo es templo del Espíritu y casa de Dios, y precisamente esta alianza entre gloria y fragilidad se convierte en criterio para evaluar los modelos antropológicos propuestos por la cultura actual.

240. ¡Amemos la justicia y la paz! Las mismas tecnologías que facilitan la comunicación y el acceso a los recursos pueden sustentar modelos que explotan a los más vulnerables, alimentan nuevas esclavitudes y transforman el conflicto en oportunidad de lucro. Cada decisión técnica o económica se convierte en un punto de discernimiento espiritual, una ocasión para verificar si los avances de la IA abren espacios de justicia y participación o concentran la riqueza y el poder en manos de unos pocos. Invito a mirar con lucidez las redes de producción digital, las condiciones de trabajo ocultas detrás de nuestros dispositivos, los mecanismos que se aprovechan de la manipulación y la guerra y, al mismo tiempo, a buscar vías concretas para hacer crecer la equidad, la participación y el cuidado de la creación. «La esperanza que anunciamos […] viene del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva»: precisamente por esto quien cree se compromete para que, en lugar de las desigualdades, haya más justicia y para que «en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz». [221]

241. Mirando al mañana, deseo evocar la imagen de Nehemías, que al comienzo de este itinerario elegimos como compañero y guía. Nehemías escucha el grito de una ciudad herida, lleva ese dolor a la oración, discierne ante Dios, pide ayuda, obtiene permiso para ponerse en marcha, organiza el trabajo, afronta resistencias internas y externas y, ladrillo tras ladrillo, reconstruye con el pueblo las murallas de Jerusalén. En él reconozco una parábola luminosa de nuestra vocación a ser, en el tiempo de la transformación digital, no espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia ―laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales― para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto. Como Nehemías, también nosotros estamos llamados a unir escucha y valentía, oración y responsabilidad, para que la ciudad de los hombres se vuelva más habitable, incluso cuando las lógicas tecnocráticas y los intereses partidistas parecen prevalecer.

242.La imagen de la reconstrucción de Jerusalén evoca la promesa del Nuevo Testamento, de la ciudad santa que nos es dada ante todo como un don. En el Apocalipsis, la nueva Jerusalén desciende hacia nosotros como don para todo el Pueblo de Dios, «embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo» (Ap 21,2).Los muros de Jerusalén ya no son fortificaciones para la defensa, sino adornos preciosos de la Esposa del Cordero.Sus puertas, que Nehemías protegía con tanta atención, se mantienen permanentemente abiertas a todas las naciones. La presencia de Dios ofrece a todos luz y vida. La ciudad es un nuevo Edén, con su agua viva donada a los sedientos y con su árbol de la vida, cuyas hojassirven «para curar a los pueblos» (Ap 22,2).En espera de su plenitud, esta visión está ante nosotros como una exhortación, un llamado a superar nuestras divisiones y a trabajar juntos: este es el camino de Jesucristo, ayer, hoy y siempre.

El canto de la esperanza: el “Magníficat”

243. El cuarto punto de este programa de vida cristiana —después de la fe que contempla el designio de amor del Padre, la caridad que nos une en un único cuerpo eclesial y la esperanza que sostiene nuestra acción en el mundo— es la oración. El cántico de María acompaña nuestro compromiso. Ante Isabel, que le anuncia que se ha convertido en la madre del Señor, María prorrumpe en un himno de alabanza y de alegría: su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para su plan de salvación. De repente, María ve toda la historia con los ojos de este descubrimiento. Nada ha cambiado a su alrededor: la situación sociopolítica de su época sigue siendo la misma, con los romanos que dominan su tierra y su pueblo dividido y humillado. Sin embargo, todo ha cambiado dentro de ella, y eso le permite ver lo invisible. Dios ya ha hecho proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías. Él ya ha auxiliado a Israel, su siervo. Dios «se pone de parte de los últimos. Su proyecto a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan “los soberbios, los poderosos y los ricos”. Con todo, está previsto que su fuerza secreta se revele al final». [222]

244. La Virgen María no sólo nos enseña a ver la obra invisible de Dios, sino que dirige también nuestra mirada «a los puntos de fractura de la humanidad, allí donde se produce la distorsión del mundo, en el contraste entre humildes y poderosos, entre pobres y ricos, entre sacios y hambrientos», enseñándonos «a adquirir un punto de vista diferente para mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo». [223] De esta manera, la Virgen se convierte en «poetisa y profetisa de la redención», porque de sus labios brota «el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat; es ella quien revela el diseño transformador de la economía cristiana, el resultado histórico y social, que aún hoy deriva del cristianismo su origen y su fuerza». [224]

245. Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma. En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas; el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta para cada época la posibilidad de convertirse en historia de salvación a la luz de la Encarnación. Encomiendo este deseo a la Madre de Cristo, a la mujer del Magníficat, para que acompañe nuestros pasos en el presente que cambia y custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo del año 2026, segundo de mi Pontificado.

LEÓN PP. XIV

Enseñanzas del Papa

¿Qué es exactamente una encíclica?

Una encíclica es una carta pastoral dirigida por el Papa a toda la Iglesia. Las encíclicas suelen tratar temas de fe o moral, o sociales, animan a realizar una conmemoración o devoción particular, o abordan cuestiones de disciplina de la Iglesia que deben observarse universalmente.

OSV / Omnes·25 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

– Padre Joseph L. Parisi

Los apóstoles utilizaron cartas para dirigirse a los fieles de las diversas iglesias que habían ayudado a fundar. En particular, San Pablo escribió varias cartas (epístolas), 21 de las cuales forman parte del canon del Nuevo Testamento. Evidentemente, durante muchos siglos no se llamaron encíclicas.

Los sucesores de los apóstoles, los obispos, siguieron esta práctica y solían enviarse cartas entre sí y a los miembros de las iglesias a su cargo pastoral para asegurar la coherencia en la fe y la práctica, especialmente en lo referente a la celebración de la liturgia. 

El propio obispo de Roma escribía cartas que se hacían circular entre todos los obispos. También recibía cartas de los obispos, las cuales, a su vez, hacía llegar a otros obispos.

Declive y resurgimiento

Durante la Edad Media, la práctica de enviar estas cartas cayó en desuso. En aquella época, los Papas solo enviaban cartas a obispos individuales sobre asuntos específicos de sus diócesis. Los obispos respondían por escrito únicamente al Papa.

El Papa Benedicto XIV (1740-1758), haciendo uso inteligente del poder de la recién inventada imprenta, revivió la antigua práctica del Papa de escribir cartas a todos los obispos del mundo. 

Fue el Papa Gregorio XVI quien aplicó el término “encíclica” a estas cartas, del latín ‘encyclicus’, o circular, porque estaban dirigidas a toda la Iglesia.

Desde 1740, los papas han publicado cerca de 300 encíclicas que abordan diversos temas relacionados con la vida y el ministerio de la Iglesia.

“Quien te escucha a ti, me escucha a Mí”

Las encíclicas no se consideran de inspiración divina ni contienen revelaciones nuevas. Sin embargo, se consideran instrumentos del magisterio ordinario que contienen la enseñanza autorizada del Vicario de Cristo.

En cuanto a la cuestión de la autoridad vinculante de la enseñanza contenida en una encíclica, el Papa Pío XII afirmó lo siguiente en su encíclica «Humani generis», del 12 de agosto de 1950:

“Tampoco debe pensarse que lo que se contiene en una encíclica no exige por sí mismo asentimiento, con el pretexto de que los Papas no ejercen en ellas la suprema potestad de su magisterio. Más bien, tales enseñanzas pertenecen al magisterio ordinario, del cual es cierto decir: “El que os oye a vosotros, me oye a Mí” (Lc 10,16)”.

“Además, en su mayor parte, lo que se expone e indica en las encíclicas ya pertenece a la doctrina católica por otras razones”.

Magisterio del Romano Pontífice, aunque no sea ‘ex cathedra’

El Concilio Vaticano II declaró en «Lumen gentium»: “La sumisión religiosa de la voluntad y del pensamiento debe manifestarse de manera especial a la auténtica enseñanza del Romano Pontífice, incluso cuando no habla ex cathedra”. 

“Es decir, debe manifestarse de tal forma que se reconozca con reverencia su Magisterio supremo y se acaten sinceramente sus juicios, según su manifiesta voluntad y pensamiento. Su voluntad y pensamiento en la materia pueden conocerse principalmente por el carácter de los documentos, por su frecuente repetición de la misma doctrina o por su manera de hablar”.

Fuentes de alegría y desafío

En ocasiones, la Iglesia ha recibido con alegría las encíclicas papales, pues abordaban temas de piedad o devoción popular. 

En otras, los Papas han escrito encíclicas sobre las grandes cuestiones morales de su tiempo. Estas cartas han sido a menudo objeto de intensos debates entre diversos eruditos y teólogos.

Las encíclicas no se consideran, en sí mismas, pronunciamientos infalibles del pontífice. Y si bien las enseñanzas que contienen pueden resultar a veces difíciles de aceptar y seguir para algunos, los católicos de buena voluntad de todo el mundo están obligados a reconocer su autoridad apostólica y a esforzarse por aceptar humildemente su enseñanza.

¡Qué bendecida ha sido la Iglesia al recibir la enseñanza del Señor y la guía del Espíritu Santo que se encuentran en las encíclicas de los Papas a lo largo de los siglos!

———————

– El padre Joseph L. Parisi recibió su maestría en teología pastoral de la Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma en 1974 y la licenciatura en derecho canónico de la Universidad de San Psblo en Ottawa, Canadá, en 1986. Es un sacerdote jubilado de la Arquidiócesis de San Luis.

El autorOSV / Omnes

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Manuel López narra su diaconado permanente como una vocación compartida con su esposa e hijos, destacando el apoyo familiar y la entrega conjunta como pilares esenciales de su ministerio.

Manuel López·25 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Para hablar del diaconado permanente es imprescindible comenzar por la familia. La llamada de Dios no se recibe en soledad, sino en el seno de un hogar concreto, con nombres, rostros y una historia compartida. En nuestro caso, podemos decir con sencillez que Dios ha llamado a la puerta de nuestra casa y que, hasta el día de hoy, hemos intentado responderle con fidelidad y generosidad. Le pedimos al Señor que nos mantenga firmes en la entrega a los hermanos y en la fidelidad a la Iglesia.

Nada de lo vivido habría sido posible sin la presencia de la magnífica mujer que Dios ha puesto en mi camino. Su confianza, su disponibilidad y su acompañamiento constante han sido un verdadero pilar en este proceso vocacional. Su testimonio de fe viva, de amor a la Iglesia y de entrega silenciosa ha sostenido nuestro caminar común. Junto a ella, el Señor nos ha bendecido con dos hijos, verdadero reflejo de su amor y signo de su gracia derramada en nuestra familia.

El origen de la vocación

La primera vez que se nos planteó la posibilidad del diaconado permanente fue en el año 1998. Nuestro párroco nos habló de la opción de solicitar la admisión como aspirante al diaconado. Tras un tiempo de reflexión compartida en familia, decidimos aceptar la propuesta. Sin embargo, el posterior cambio de párroco hizo que aquella decisión quedara aplazada y no llegara a concretarse en ese momento.

En el año 2006, un nuevo párroco volvió a plantear la cuestión. De nuevo, lo reflexionamos en familia, compartiendo dudas, inquietudes y esperanzas. Un paso particularmente significativo fue el consentimiento explícito de mi esposa, quien, con alegría y plena disposición, firmó el documento en el que aceptaba mi disponibilidad para ser admitido al diaconado. Su apoyo fue, una vez más, una confirmación clara de la llamada compartida.

El día de san Juan, el 24 de junio de 2006, nuestro párroco recibió la citación para una audiencia familiar con don Antonio Ceballos, entonces obispo de Cádiz y Ceuta. Aquella jornada quedó grabada para siempre en nuestra memoria. En esa audiencia, el obispo recibió, por una parte, la solicitud de admisión al Seminario Conciliar de Cádiz de nuestro hijo Antonio Jesús y, por otra, mi admisión como aspirante al diaconado permanente. Como solemos decir, el Señor no se deja ganar en generosidad y, cuando se entrega a Él, siempre devuelve el ciento por uno.

En febrero de 2008 fui ordenado diácono permanente, y en octubre de 2013 nuestro hijo mayor fue ordenado presbítero. Resulta profundamente conmovedor vivir la experiencia de pedir la bendición a tu propio hijo sacerdote para proclamar el Evangelio. Recuerdo que, en tono de broma, le decía que el día de su primera Eucaristía, antes de proclamar el Evangelio, le diría: “Hijo, dame la bendición”, en lugar del habitual “Bendígame, padre”. Finalmente, la escena quedó solo en la anécdota, pero expresa bien la hondura y la belleza de este misterio vocacional compartido.

El día a día

La vida de un diácono permanente en familia está llena de momentos de profunda alegría y satisfacción, especialmente cuando la fe se vive y se celebra en común. También en los momentos de dolor y dificultad, la experiencia de la fe compartida se convierte en una fuente de unidad, consuelo y fortaleza.

Hay un momento que suele llamar la atención cuando acudimos a la Eucaristía. Mi esposa suele sentarse sola en el banco, mientras yo, como diácono, asisto al celebrante en el altar. En ocasiones, algunas personas le preguntan: “¿Siempre estás sola en Misa?”. Ella suele responder con serenidad que, cuando su esposo, como diácono, eleva el cáliz en la doxología, ambos están unidos de manera especial, sellados por la alianza matrimonial, que también es un signo visible de la gracia de Dios.

Nuestro hijo menor, junto a su esposa y su hija, forma hoy una familia con profundas convicciones cristianas y una vida de fe coherente. Compartimos con gratitud la alegría de sentirnos bendecidos por Dios y elevamos una sincera acción de gracias por los dones que nos concede cada día para ser, en medio de la sociedad, presencia suya y anuncio de que Dios nos ama más allá de nuestros fallos y pecados. Los amigos ante el bautizo de nuestra nieta preguntan “¿Quién la bautizará?” y algunos se sorprenden de que el tío de la sobrina celebró la Eucaristía y el abuelo es el que bautizó. 

En el camino del diaconado permanente no faltan las anécdotas que ponen de manifiesto el desconocimiento que aún existe sobre este ministerio, a pesar de que en alguna plegaria eucarística se menciona expresamente a los diáconos junto al Papa, los obispos y los presbíteros. En las celebraciones de la Palabra en ausencia de presbítero, no es raro que alguien se acerque al finalizar y diga: “Padre, se le ha olvidado consagrar”. O que, al ver llegar al diácono acompañado de su esposa, alguien se escandalice comentando: “¿Y esa señora quién es?”.

Normalización de la realidad diaconal

Aun así, desde la propia experiencia puedo afirmar que el diaconado permanente va abriéndose camino de manera constante y esperanzadora. Poco a poco se van incorporando nuevos diáconos y se percibe cómo este ministerio comienza a ser valorado y acogido en la vida diocesana. También es motivo de alegría constatar que las diócesis donde hasta ahora no se había restaurado el diaconado permanente están dando pasos decididos para hacerlo realidad. Así ha sucedido recientemente en archidiócesis como Granada o Mérida‑Badajoz, signo elocuente de que el Espíritu sigue suscitando servidores y mostrando nuevos caminos de servicio a la Iglesia.

Y aunque no exista una pastoral vocacional específicamente orientada al diaconado permanente, siguen apareciendo hombres dispuestos a servir. Son pocos, pero de una calidad humana, familiar y eclesial admirable. Cada aspirante es motivo de auténtico asombro: hombres con una vida ya entregada a la familia, al trabajo y a la comunidad cristiana, que desean ofrecerse todavía más a la Iglesia. En ellos se percibe con claridad que la vocación no nace de la planificación, sino de la fidelidad de Dios y de una respuesta generosa al servicio. Cada uno de estos candidatos es un regalo y una confirmación de que el diaconado permanente es, ante todo, obra del Espíritu Santo en la Iglesia.

El autorManuel López

Diácono permanente de la diócesis de Cádiz y Ceuta

Cultura

El Panteón: un templo para todos

El Panteón: cuatro funciones, cuatro épocas, cuatro sistemas de valores que han convivido a lo largo de los siglos en armonía bajo una cúpula abierta al cielo.

Gerardo Ferrara·24 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

Pasé por el Panteón hace solo unos días. En realidad, es casi imposible no pasar por allí si se frecuenta el centro de Roma. Y, ante las increíbles colas de turistas, recordaba lo bonito que era, hace años (antes de la invasión turística), entrar por la mañana temprano, cuando la luz del óculo dibujaba un círculo casi perfecto en el suelo; o por la tarde, para la Misa, cuando las naves se llenaban de una penumbra dorada y el ir y venir de los visitantes daba paso al silencio de los fieles. Ahora…

Antes de continuar, una pequeña aclaración: ¡en Roma tenemos el Panteón, no el Partenón! ¡Y me da risa pensar que un cómico estadounidense ha hecho un vídeo precisamente sobre este malentendido en el que caen muchos turistas!

Un abrazo milenario

En los artículos que hemos dedicado a las basílicas de San Clemente y San Sebastián hemos definido ciertos edificios de Roma —si no toda la ciudad— como una “lasaña arqueológica”, debido a las diferentes capas artísticas e históricas que caracterizan las construcciones de la ciudad, desde lo arcaico, en las profundidades, hasta llegar al barroco y lo moderno en la superficie. Pues bien, el Panteón es una excepción, ya que hoy se presenta exactamente como era hace dos mil años: un monumento romano convertido en iglesia cristiana y mausoleo renacentista sin que la capa más antigua quedara sepultada bajo las más recientes.

El templo de todos los dioses

El Panteón deriva del griego “pan” (“todo”) y “theòs” (“dios”). Era, de hecho, el templo de todos los dioses, incluso de los menos conocidos de los rincones más recónditos del Imperio romano. Roma, de hecho, era como una esponja: conquistaba, sí, pero absorbía los usos, costumbres y tradiciones religiosas de los territorios sometidos: una auténtica globalización “ante litteram”.

El edificio actual no es el más antiguo. El primero fue construido por Marco Vipsanio Agripa entre los años 27 y 25 a. C., pero fue destruido por un incendio. Adriano lo reconstruyó entre los años 118 y 125 d. C., conservando en el frontón la inscripción original de Agripa: M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT.

Lo que llama la atención de inmediato del Panteón es su sencilla perfección, o su perfecta sencillez: un pórtico con dieciséis columnas de granito rosa y blanco, y a continuación la rotonda (la plaza que se encuentra frente a ella se llama Piazza della Rotonda), es decir, un cilindro coronado por una cúpula hemisférica de 43,3 metros de diámetro, lo que equivale exactamente a la altura interior del edificio: una esfera ideal. 

En el centro de la cúpula, el óculo: un orificio circular de 8,7 metros, única fuente de luz. El óculo carece de cristal. Cuando llueve, el agua entra pero se escurre a través de los orificios del suelo de mármol, sin inundar el interior. Cuando hace sol, en cambio, un círculo de luz se desplaza lentamente por las paredes a lo largo del día como un gigantesco reloj de sol. Se ha calculado que, el día del Natale di Roma, el 21 de abril, el círculo ilumina con precisión la entrada principal.

Cuando hay poca gente, el ambiente es increíble: la tenue luz que se filtra por el óculo crea una penumbra amortiguada, casi palpable, y la acústica refuerza esa sensación de protección, casi como un abrazo en el que el sonido y la luz se unen en perfecta armonía para acoger a quienes desean disfrutar de un momento de tranquilidad en medio del bullicio de la ciudad.

609: de templo pagano a iglesia cristiana

En el año 609 d. C., el emperador Foca donó el Panteón al Papa Bonifacio IV, quien lo consagró como iglesia cristiana: Santa María ad Martyres. Probablemente a esto se deba que el edificio haya llegado intacto hasta nuestros días, a diferencia de tantos otros monumentos de la antigua Roma.

De hecho, no se le tocó: simplemente, los nichos que antes habían albergado las estatuas y efigies de los dioses romanos se convirtieron en capillas de los santos cristianos. 

Foca también donó al papa un icono bizantino de la Virgen con el Niño, que probablemente ya se encontraba en el interior del Panteón, adorado al igual que otras figuras sagradas y que aún hoy se conserva allí

Al ser época de Pentecostés, podemos recordar lo que sigue siendo hoy una tradición secular en Roma: el Domingo de Pentecostés, los bomberos suben a la cúpula del Panteón y lanzan, a través del óculo, miles de pétalos de rosas rojas sobre los fieles reunidos en el templo, para simbolizar las llamas del Espíritu Santo que descendieron sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo. Esta tradición se remonta a la más antigua de las ceremonias florales romanas, las Rosalia, que se celebraban en primavera con motivo de las fiestas de los difuntos.

El panteón árabe convertido en templo del monoteísmo

Incluso la Kaaba de La Meca, es decir, el cubo de piedra en torno al cual se celebran los ritos de la oración islámica y del Hayy, la peregrinación, era, en la época preislámica, un santuario politeísta que albergaba estatuas y efigies de numerosas deidades tribales, entre ellas Alá, considerado en aquella época como una más de ellas. A La Meca, y a la Kaaba, acudían peregrinos y fieles de toda Arabia, especialmente con motivo de los certámenes poéticos, en los que famosos poetas locales, en representación de las diferentes tribus, se reunían en la ciudad para competir con versos y composiciones maravillosas: ¡unas auténticas olimpiadas poéticas árabes!

En el año 630, Mahoma conquistó La Meca y ordenó destruir las estatuas de las deidades paganas, pero no la estructura que las albergaba, es decir, la Kaaba, y ordenó también preservar la Piedra Negra y el rito de la circunvalación alrededor de la estructura cuadrangular. Las fuentes islámicas medievales, entre ellas Al-Azraqi, transmiten además una importante anécdota: en el interior de la Kaaba se habría encontrado, en el momento de la conquista islámica, también la efigie de una Virgen con el Niño, que Mahoma no destruyó, sino que mandó cubrir con un paño. La veracidad histórica de este episodio es objeto de debate, pero resulta del todo verosímil si tenemos en cuenta que el cristianismo ya se había arraigado en diversas zonas de la península arábiga, al igual que el judaísmo, que la Kaaba era precisamente un panteón para todas las deidades conocidas y veneradas en aquellos lugares y que, sobre todo, la veneración a María se habría mantenido en la época islámica, hasta el punto de que la madre de Jesús fuera la única figura femenina mencionada explícitamente en el Corán.

Ese Panteón árabe estaba destinado a la misma continuidad que su homólogo romano, y precisamente en el mismo siglo, ya que Bonifacio IV, unos años antes de Mahoma, había dejado en el nuevo templo cristiano únicamente la imagen de la Virgen, tras haber retirado los ídolos paganos.

Para quienes vivimos en nuestra época, marcada lamentablemente, como ya se mencionó en un artículo anterior, por fundamentalismos de toda tradición, las sociedades politeístas, Roma en primer lugar, pueden parecer más inclinadas a la tolerancia religiosa. La base teológica del politeísmo, de hecho, es la de la coexistencia de muchas divinidades. Es más, en la llamada “interpretatio romana”, ¡siempre era mejor tener una más! La divinidad extranjera, por tanto, se integraba y se asimilaba (desde las griegas hasta Mitra y otros cultos orientales, entre ellos el propio cristianismo).

El monoteísmo, en cambio, parte del supuesto contrario: existe un solo Dios, todos los demás son falsos. Tal sería, según diversos estudiosos, la causa de la deriva monoteísta de la intolerancia religiosa: no una patología cultural, sino la consecuencia de una revelación exclusiva. De ello estaban convencidos David Hume y otros pensadores como el filólogo Maurizio Bettini, quien, en su Elogio del politeísmo, define el politeísmo no como “más primitivo” que el monoteísmo ni menos complejo, sino simplemente diferente.

Obviamente, no se trata de hacer una apología del politeísmo, entre otras cosas porque cada forma de politeísmo y cada forma de monoteísmo deberían analizarse por separado y en profundidad.

La cúpula y el mundo

La cúpula del Panteón mantuvo, durante más de mil trescientos años, un récord imbatido: la mayor cúpula de hormigón sin armar (aligerada hacia la cima con toba y piedra pómez) jamás construida y que se conservara intacta.

En ella se inspiraron los constructores de Santa Sofía en Constantinopla, Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles, entre los años 532 y 537, con la diferencia de que la cúpula del Panteón cubre un círculo, mientras que la de Santa Sofía cubre un cuadrado, lo que provocó el derrumbe de la primera cúpula de Constantinopla en el año 558, posteriormente reconstruida.

El Panteón solo fue superado, como ya escribimos, por Filippo Brunelleschi en 1436, con la cúpula de Santa Maria del Fiore en Florencia, pero el modelo siguió siendo imitado en todo el mundo: Villa Capra en Vicenza (Palladio), la Rotonda de la Universidad de Virginia (Jefferson), el Capitolio de Washington, el Panteón de París y la basílica de San Francisco de Paula en la plaza Plebiscito, en Nápoles, y su forma se convirtió en un símbolo arquitectónico no solo religioso, sino también político y cultural.

Rafael, los reyes y el memorial de una nación

El propio Panteón romano, además de ser un antiguo templo pagano y una basílica cristiana, es un monumento conmemorativo de la cultura y la historia de Italia. En 1520 fue enterrado allí Rafael Sanzio, cuyo epitafio, atribuido a Pietro Bembo, reza: “Aquí yace Rafael: de él, cuando vivió, la naturaleza temió ser vencida; ahora que ha muerto, teme morir con él”. 

En 1878 fue enterrado allí Vittorio Emanuele II, primer rey de Italia, y después de él Umberto I, en 1900. Esto permitió que el Panteón se convirtiera también en santuario civil de la joven nación italiana.

El Panteón: cuatro funciones, cuatro épocas, cuatro sistemas de valores que han convivido a lo largo de los siglos en armonía bajo una cúpula abierta al cielo.

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Familia

Arzobispo de Minnesota anima a mirar los rostros de nuestros familiares

“¿Cómo serían nuestras familias y nuestra sociedad si dedicáramos tan solo una fracción de lo que gastamos en pantallas a mirar los rostros de nuestros familiares?”, ha escrito el arzobispo de Minnesota, Bernard A. Hebda tras diez años al frente de la arquidiócesis de St. Paul y Minneapolis.

OSV / Omnes·24 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

– Rebeca Omastiak (St. Paul, Minnesota), OSV News 

“Lo primero es la vida familiar, las familias», declaró el arzobispo de Minnesota a ‘The Catholic Spirit’, el periódico arquidiocesano, en una entrevista el 26 de mayo de 2016, con motivo de su toma de posesión el 13 de mayo, hace diez años.

“En la medida en que podamos ayudar a nuestras familias o a nuestras parejas casadas a ver la vida que están viviendo como una vida vocacional, en la medida en que podamos lograr que oren para que sus hijos puedan responder de la manera en que Dios los llame a servir”, dijo, “creo que eso tendrá un impacto positivo en las vocaciones”.

Ésta era entonces la reflexión del arzobispo Bernard A. Hebda en la arquidiócesis de St. Paul y Minneapolis. Ahora, diez años después de su investidura en la fiesta de Nuestra Señora de Fátima, el arzobispo ha publicado su más reciente carta pastoral, titulada “Solo una cosa es necesaria”, dirigida a las familias.

Matrimonios y familias alegres

El hecho de que el arzobispo haya hablado del apoyo a las familias desde el momento de su toma de posesión hasta la publicación de su última carta pastoral demuestra “que ésa es la prioridad del arzobispo”, afirmó Corey Manning, director ejecutivo de la Oficina de Discipulado y Evangelización de la archidiócesis.

“Él realmente desea que los matrimonios y las familias se llenen de alegría, de esa vida divina y de ese amor”, declaró Manning, miembro de la parroquia de San Miguel en Stillwater, a ‘The Catholic Spirit’. El deseo del arzobispo “no ha cambiado en 10 años: acompañar y caminar junto a” las familias fieles.

El título de la carta se inspira en el Evangelio de Lucas, en el que Jesús le dice a Marta que, en medio de su angustia, “solo hay una cosa necesaria” (Lc 10:42). “Jesús mismo es esa única verdad”, escribió el arzobispo.

En un vídeo del 4 de mayo titulado “Juntos en el camino”, el arzobispo Hebda dijo que “Nuestro Señor es el camino a través del cual las familias católicas pueden unirse en esta vida y en la venidera”.

Ejemplo de los santos Zélie y Luis Martín

A lo largo de la carta, el arzobispo se remite al ejemplo de los santos Zélie y Louis Martin –padres de Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia- para guiar a las familias.

“He sido constante en mis oraciones para que intercedieran por las familias de esta arquidiócesis”, escribió el arzobispo Hebda en el prefacio de la carta.

Basándose en su propia experiencia familiar, el arzobispo escribió: “Mis hermanos y yo hablamos a menudo de lo mucho que les debemos a nuestros padres su testimonio de fe y su disposición a sacrificarse por la familia. Siempre estaremos agradecidos por cómo nos introdujeron al amor de Dios y se aseguraron de que encontráramos un hogar en nuestra Iglesia”

El arzobispo Hebda escribió que ha visto a muchos padres expresar este mismo fervor durante las sesiones de oración y escucha que dieron lugar al Sínodo Arquidiocesano de 2022. “Escuché una y otra vez el amor y la preocupación que residen en los corazones de tantos padres de esta Iglesia local, que no desean nada más que guiar a sus familias hacia Jesús”, escribió.

Fieles oran durante una misa en la Basílica de Santa María en Minneapolis el 1 de febrero de 2026, para celebrar el centenario de la ordenación de la iglesia como basílica menor por el Papa Pío XI (Foto de OSV News/Dave Hrbacek, The Catholic Spirit).

‘Los padres, primeros maestros de sus hijos en los caminos de la fe’

Un elevado número de votos durante el Sínodo Arquidiocesano de 2022 indicó interés en la propuesta de que “los padres sean los primeros maestros de sus hijos en los caminos de la fe”.

Los siguientes pasos incluyeron la formación de una Comisión de Alto Nivel, integrada por clérigos, religiosos, educadores, padres y abuelos, para asesorar al arzobispo sobre cómo apoyar a los padres.

En respuesta al Sínodo Arquidiocesano y a la carta pastoral del arzobispo de 2022, “Seréis mis testigos”, una de las recomendaciones de la comisión fue la que finalmente se convirtió en la carta pastoral “Solo una cosa es necesaria”. El arzobispo escribió que la nueva carta es “una expresión de aliento a los padres y a todos aquellos que los apoyan pastoralmente”.

Una batalla cuesta arriba

El arzobispo Hebda reconoció lo que las familias le han expresado como “lo que puede parecer una batalla cuesta arriba”, vivir en medio de “un declive social generalizado en la práctica religiosa y la afiliación a la iglesia”.

Según el Estudio sobre el Panorama Religioso 2023-24, publicado en 2025 por el Centro de Investigación Pew, los cristianos -que representan la mayor parte de los adultos con afiliación religiosa en Estados Unidos-, “han ido disminuyendo como porcentaje de la población adulta estadounidense, mientras que la proporción de personas sin afiliación religiosa ha ido en aumento».

La proporción de católicos en la población adulta de EE. UU. disminuye

Mientras tanto, la proporción de católicos en la población adulta de EE. UU. también había disminuido en los últimos años, según investigadores de Pew. Del 24 % en 2007 al 20 % en 2014 y al 19 % en el estudio de 2023-24. Sin embargo, según informaron los investigadores de Pew, estos descensos parecían haberse estabilizado con los datos más recientes del estudio RLS de 2023-24.

Junto con los cambios en la afiliación y la práctica religiosa, el arzobispo señaló los desafíos que enfrentan las parejas modernas, incluyendo que “(e) hay una disminución significativa en el número de parejas que buscan el Sacramento del Matrimonio o incluso que eligen casarse por lo civil”.

El arzobispo Bernard A. Hebda de St. Paul y Minneapolis, el 27 de febrero de 2026 en la Universidad de St. Thomas en St. Paul, Minnesota. Junto a él, de izquierda a derecha, el padre jesuita Christopher Collins, vicepresidente saliente de misión de la Universidad de St. Thomas en St. Paul; el cardenal Robert W. McElroy de Washington; el cardenal Christophe Pierre, nuncio apostólico en Estados Unidos; y el cardenal Joseph W. Tobin de Newark, Nueva Jersey (Foto de OSV News/Dave Hrbacek, The Catholic Spirit).

Tendencias

Según los datos de la Oficina del Censo de EE. UU. publicados en 2025, el 47 % de los hogares estadounidenses en 2025 estaban formados por parejas casadas, lo que la oficina calificó como «un cambio significativo» con respecto a hace 50 años, cuando el 66 % lo estaban en 1975.

En su carta, el arzobispo incluyó las palabras del difunto Papa Francisco, según las cuales «el ritmo frenético de hoy, los temores sobre el futuro, la falta de seguridad laboral y de políticas sociales adecuadas, y los modelos sociales cuya agenda está dictada por la búsqueda de beneficios en lugar de la preocupación por las relaciones» podrían considerarse factores que contribuyen al descenso de las tasas de natalidad.

Disminución del número de hogares formados por parejas casadas en Estados Unidos

Los datos del censo indicaron que la proporción de hogares estadounidenses formados por parejas casadas con hijos menores de 18 años había disminuido del 54% en 1975 al 37% en 2025.

El arzobispo también reconoció que muchas familias se enfrentan a problemas propios de la época actual.

En 2023, el Cirujano General de los Estados Unidos, Vivek Murthy, relacionó una “epidemia de soledad y aislamiento” con la disminución de la conexión social durante la pandemia de COVID-19, así como con una disminución general de la participación social. 

También la disminución durante décadas del tamaño de las familias y las tasas de matrimonio; las tendencias decrecientes en la participación comunitaria, “incluidos los grupos religiosos, los clubes y los sindicatos”; y las tecnologías en auge, incluidas “las redes sociales, los teléfonos inteligentes, la realidad virtual, el trabajo remoto, la inteligencia artificial y las tecnologías de asistencia”, que «han cambiado rápida y drásticamente la forma en que vivimos, trabajamos, nos comunicamos y socializamos».

En su carta, el arzobispo Hebda reconoció tanto los “desafíos perennes” como los “desafíos particulares de nuestro tiempo” que experimentan los católicos modernos. Y abogó por dedicar tiempo a participar en dinámicas presenciales.

Mirar los rostros de los miembros de la familia

“¿Cómo serían nuestras familias y nuestra sociedad si dedicáramos tan solo una fracción de lo que gastamos en pantallas a mirar los rostros de nuestros familiares?”, escribió.

El arzobispo Hebda animó a las familias a “tener ánimo”, citando, entre otras cosas, las palabras de San Juan Pablo II en su carta: “El futuro de la humanidad pasa por la familia2.

El arzobispo sugirió que las familias deben abrazar el “camino angosto” que Jesús menciona en Mateo 7:13-14. “Sin duda, perseverar en el camino angosto requiere la gracia que brota de nuestra profunda amistad con Jesucristo. Solo dentro del contexto de esa relación esencial pueden nuestras demás relaciones orientarse hacia nuestra más alta vocación: la vida eterna con Dios”.

Llamados a acompañar a las familias

“Ustedes, queridas familias, están hechos para la vida eterna”, escribió. En el vídeo sobre “Solo una cosa es necesaria”, el arzobispo Hebda dijo que “cada uno de nosotros, independientemente de nuestro estado de vida, está llamado a acompañar a las familias”.

“¿Cómo sabemos que las familias son tan importantes? Nuestro Señor eligió la familia como el medio por el cual entró en nuestra experiencia humana”, dijo, animando a los fieles a leer la carta y a orar con ella.

Cultura de la vida familiar

Junto con la publicación de la carta pastoral, se ofrecen herramientas para que todos los fieles participen en el esfuerzo por “fortalecer la cultura de la vida familiar en la Iglesia y en las comunidades locales”.

Las oficinas arquidiocesanas de Discipulado y Evangelización y de la Misión de la Educación Católica elaboraron una serie de pasos para la implementación de la carta pastoral.

Recomendaciones a padres y familias, sacerdotes, consagrados

Los pasos ofrecen recomendaciones a padres y familias; clérigos; personal parroquial; grupos pequeños parroquiales; personal de escuelas católicas; seminaristas; mujeres y hombres consagrados; y miembros de ministerios y apostolados católicos; entre otros en la arquidiócesis, al leer y reflexionar sobre la carta.

Alison Dahlman, directora asociada de calidad y excelencia educativa de la Oficina para la Misión de la Educación Católica, destacó los pequeños grupos parroquiales como una vía para leer y reflexionar sobre la pastoral.

“Si cada pequeño grupo utiliza esto como contenido para el año, ¡qué poder unificador tendría!”, dijo.

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Rebecca Omastiak es la editora de noticias de ‘The Catholic Spirit’, periódico de la arquidiócesis de St. Paul y Minneapolis. Este artículo fue publicado originalmente por ‘The Catholic Spirit’ y distribuido en colaboración con OSV News.

El autorOSV / Omnes

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Mundo

Sviatoslav Shevchuk: “Me convertí en la voz de la vida desde una ciudad asediada”

El líder de la Iglesia greco-católica ucraniana, ofrece a Omnes su testimonio sobre la resistencia espiritual y humanitaria en Kiev frente a la invasión rusa.

Maria José Atienza·24 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 10 minutos

Cuando las sirenas antiaéreas rompieron el silencio de Kiev la madrugada del 24 de febrero de 2022, Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk no salió de la ciudad. Se quedó en la cripta de la Catedral de la Resurrección, convertida de la noche a la mañana en un búnker para miles de civiles. Hoy, tras años de una invasión a gran escala que ha dejado cicatrices profundas en el alma de Ucrania, el Primado de la Iglesia greco-católica ucraniana comparte su testimonio de lo que define como un «milagro de resistencia» y un «nuevo Holodomor».

Nacido en Stryi (región de Leópolis) en 1970, Shevchuk fue formado en el seminario durante la clandestinidad de su Iglesia bajo el régimen soviético, su vocación es tanto espiritual como científica: es médico de formación y doctor en Teología Moral por la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino en Roma.

Tras una etapa como obispo en Argentina —donde forjó una estrecha amistad con el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio—, fue elegido en 2011, con apenas 40 años, como el jefe más joven de su Iglesia. Esta combinación de rigor clínico y compasión pastoral es la que hoy utiliza para diagnosticar el estado de una nación que, según sus palabras, ha aprendido a «vencer al miedo con la esperanza». En esta entrevista con Omnes, Shevchuk analiza el recrudecimiento de los ataques rusos contra civiles, el papel heroico de las madres ucranianas y el poder de la palabra en una ciudad asediada.

El próximo 25 de mayo, Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk  presentará su “Crónica de una guerra sacrílega”, con Omnes en el Salón de Grados de la Universidad CEU San Pablo en un encuentro único.

El 24 de febrero de 2022 Ucrania despertó invadida, ¿qué recuerda de esas primeras horas? 

–Efectivamente. Llevamos ya casi 5 años lo que llamamos guerra en plena escala. En realidad el conflicto empezó en 2014, con la anexión de Crimea y la ocupación del territorio de Dombás por parte de Rusia.

Pero fue el 24 de febrero de 2022 cuando realmente empezó una guerra a plena escala. Eso quiere decir que más de 200.000 soldados rusos invadieron el país. El objetivo era Kiev. Rusia quería un ataque rápido, destruir el país. Destruir el país como sujeto del derecho internacional. Ocupar la capital y, después, dominar todo el territorio. 

Nos despertamos ese día con una realidad completamente distinta, que seguimos viviendo. Cada día, en la parte ucraniana recibimos noticias de los caídos de las tropas rusas. Unos mil al día. Esto significa que las tropas rusas no han podido con Ucrania. Hemos sobrevivido y eso ha sido un milagro. Lo puedo testimoniar. Los rusos pensaron que iban a conquistar un territorio y se encontraron con una nación. Ucrania es, realmente, un gran país. 

En aquel momento, en Ucrania vivían unos 36 millones de habitantes. No se esperaba un ataque de este tipo. No hubo un diálogo diplomático. Nuestro gobierno tampoco creyó que Rusia iba a llevar a cabo una invasión de este tipo militar. 

Recuerdo la gran perplejidad que produjo el ataque porque, en unas horas, la ciudad de Kiev fue rodeada por los rusos. Sólo había un pequeño camino para salir de la ciudad. Yo me quedé, obviamente. Pero fue realmente un éxodo en masa.

Kiev contaba con unos 4 millones de habitantes. Y después de estos primeros días, se quedó en 800.000. La ciudad se convirtió en un desierto. 

… y la Iglesia se convirtió en un refugio improvisado.

–Desde el primer momento, las iglesias se convirtieron en el refugio principal de la gente. Nuestra catedral está situada a la izquierda del río Dniéper. Con los ataques, se cerraron los puentes. Los rusos avanzaban por la parte oriental y el río mismo fue una barrera natural.

Nosotros estábamos en el “paso”, como en una trampa, y vinieron a refugiarse casi 3000 personas a la catedral. Escuchábamos los helicópteros rusos sobrevolar la catedral; la tierra temblaba. 

Recuerdo cómo veía, desde las escaleras de la catedral, la ciudad en llamas al otro lado del río Dniéper (donde se encuentran, por ejemplo, la catedral ortodoxa de Santa Sofía de Kiev o la sede del gobierno) y tenía la sensación de estar viendo lo que contempló Jeremías cuando tuvo la visión de Jerusalén arrasada por los babilonios.

Yo me preguntaba,”Señor, ¿por qué? ¿Por qué me trajiste de Buenos Aires aquí?¿Por qué me eligieron jefe de la Iglesia en Ucrania? ¿Me pusiste aquí para ver esto?¿Qué significado tiene todo?” ¡Pero supimos resistir!

Hemos salvado tantas vidas…, y hemos perdido tantas otras. Todavía no sabemos con certeza cuántas personas han perdido la vida estos años. Se habla de millones. No sólo militares sino también civiles. 

La guerra de Ucrania ya no ocupa portadas extranjeras, ¿cómo es la situación hoy?

–En los últimos ocho meses la situación ha ido empeorando. Vivimos en una paradoja: cuanto más se habla de que Estados Unidos está negociando con Rusia, peor estamos. La línea del frente está más o menos estable, aunque la intensidad del enfrentamiento es muy alta. Lo peor lo está sufriendo la población civil, sistemáticamente golpeada por Rusia.

Según han constatado en su monitorización las Naciones Unidas, en el año 2025, justamente cuando se empezó a hablar mucho sobre la paz en Ucrania, el número de las víctimas civiles aumentó en un 35% con respecto al año anterior. No pasa un sólo día sin que las principales ciudades sufran bombardeos: no sólo Kiev, sino también Járkov y Odesa, o más al sur, Dnipro, Donetsk o Zaporiyia. Son ataques que no tienen objetivos militares sino que atacan bloques de apartamentos, civiles. 

Este invierno en Ucrania hemos vivido un invierno muy difícil, muy duro. El año que empezó la guerra, el río no se congeló. Fue un milagro. Pero este año no ha sido así. Al contrario, la capa de hielo del río medía más de 25 centímetros. Las temperaturas bajaron por debajo de los 20 grados bajo cero… 

Los rusos iniciaron entonces una destrucción sistemática de la estructura de la calefacción, convirtiendo la ciudad de Kiev en una trampa fría para congelar y matar a la gente. Yo lo puedo testimoniar porque vivo aquí. Cada barrio de la ciudad de Kiev tiene un sistema de calefacción que parte de una central que manda el agua caliente a las casas.

Estas centrales fueron construidas en tiempo soviético. Moscú tiene todas las cartas. Imaginen la situación. Con 25 grados bajo cero, destruyeron centrales de calefacción y, en cuestión de horas, todo el barrio se congelaba. Más aún, cuando en estos tubos el agua se congela, revientan. Eso quiere decir que, ahora, hay que reconstruir todo el sistema de calefacción en muchos lugares. 

Ha sido realmente un desastre humanitario. Nosotros lo llamamos un nuevo holodomor, como aquella hambruna artificial que Stalin provocó en Ucrania y que mató a 12 millones de personas. Ahora están matando a gente por el frío. En este contexto, la Iglesia volvió a ser el centro de salvación para mucha gente. A pesar de la situación, no hubo un gran éxodo. 

Enero de 2026. Varios vecinos se calientan las manos en una estufa ante la falta de calefacción en las casas por los ataques rusos. © OSV News photo/Thomas Peter, Reuters

¿Cómo ha podido sobrevivir la población a una situación cada vez más complicada?

–Le cuento dos historias para que vea cómo han sobrevivido. Vino a la catedral un niño de unos cinco años. Traía un abrigo muy pesado, muy gordo. Le pregunté ¿Hace mucho frío en tu casa? y me respondió: “Si: Hace mucho frío. Pero yo voy a vencer al frío, y Ucrania va a vencer”. No se me olvidará nunca esta imagen, de este niño que tenía frío, pero que se enorgullecía de tener el coraje de vencerlo. 

Otra de las imágenes las hemos vivido en los centros de resistencia: unos campamentos que se han instalado frente a estos edificios en los que han reventado las tuberías y están congelados. Allí, con generadores podíamos ofrecer lugares un poco más calientes y las personas venían a tomar un té, recargar los móviles…

Allí, hemos experimentado muchas muchas veces, que la gente comenzaba a cantar, a bailar.

Rusia quería acabar con el ánimo, con el espíritu de los ucranianos, y no lo ha conseguido. 

En este tiempo, como pastor, ¿qué le resulta más duro?

–Como pastor, obispo, tengo que decir que la cosa más difícil es enterrar nuevas víctimas. Todos los días lloramos con tantas madres que están perdiendo a sus hijos. Estamos descubriendo un nuevo tipo de pastoral de la Iglesia: la pastoral del luto, o de duelo. 

Yo soy médico y recuerdo que la pastoral de duelo era la propia de los capellanes de hospitales: los sacerdotes tenían que conocer la psicología, el estado de ánimo para ofrecer una cura pastoral adecuada a estas personas. A día de hoy, este tipo de pastoral nos toca a todos nosotros: ya sea en las parroquias, en los monasterios, en las ciudades, en los pueblos pequeños. Somos una nación sufrida y sufriente. Pero somos un pueblo creyente. La fe nos da esperanza, y la esperanza nos da la fuerza.

¿Cómo se vive, desde la fe, este tiempo de prueba?

–Según las estadísticas recientes, el 52 % de la población ucraniana se profesa ortodoxa. Entre los ortodoxos, en Ucrania, hay dos confesiones:la Iglesia autocéfala ucraniana y otro grupo que pertenece a la Iglesia ortodoxa del patriarcado de Moscú. Los católicos somos una minoría. Dentro de los católicos estamos los de rito bizantino, que somos la mayoría de los ucranianos, los grecocatólicos, un 12 % de la población, y por otra parte, los católicos de rito latino que son un 1 % aproximadamente.

También hay presencia de grupos protestantes: bautistas, pentecostales…, eso entre los cristianos. Además tenemos una población judía importante y grupos islámicos en el sur, sobre todo. Así que, cuando hablamos del papel de la Iglesia en Ucrania, siempre hablamos de una cooperación interconfesional e interreligiosa. Hoy, la Iglesia está jugando un papel clave en la resistencia de Ucrania y la atención a las víctimas de la guerra. donde no llegan las organizaciones internacionales, llega la Iglesia. 

Quiero subrayar que estos momentos de dolor, están siendo también momentos de conversión. Las iglesias, sobre todo las de la parte oriental, que vivió más duramente el comunismo, están llenas de gente. ¿Por qué? Porque el dolor hace emerger las grandes preguntas. Y están encontrando la respuesta en la Palabra de Dios que les transmiten sus sacerdotes. 

Soy sacerdote desde 1994. Y he de decir que, nunca hasta ahora, había experimentado, con tanta fuerza, el poder de la Palabra de Dios. No son simplemente conceptos, tampoco es una ideología humana, es la fuerza de Dios que te salva. 

En Crónica de una guerra sacrílega, usted recoge los mensajes que, casi diariamente, dirigía por vídeo, ¿Cómo nacen estos mensajes? 

–Cuando empezó la guerra, ante la visión de una ciudad en llamas, los gritos…, lo último que podrías plantearte era escribir algo. Sin embargo, tras uno de los primeros ataques a Kiev, el móvil no dejaba de sonar con la misma pregunta “¿Cómo están?”. No me daba tiempo a responder a todos. Le dije a mi secretario que teníamos que grabar un vídeo para decir a la gente como estábamos. Una especie de “prueba de vida”. 

No podíamos comprometer la seguridad nuestra ni de las personas que se refugiaban con nosotros, por lo que escogimos un fondo muy “neutral”, una cortina. Frente a ella fuimos grabando todos esos mensajes que conforman el libro. El “éxito” del vídeo fue impresionante: millones de personas en todo el mundo compartieron esas palabras. Al día siguiente pidieron otro; y otro,… Así fue como empezó este servicio de la Palabra, del testimonio, de un decir que estamos vivos. 

Me convertí en la voz de la vida que hablaba al mundo desde una ciudad asediada. 

A las dos semanas aproximadamente pensé en dejarlo. Pero entonces fui a visitar a la comunidad de una ciudad que está a unos 100 kilómetros de Kiev. Allí, una señora mayor me agarró de la mano y me dijo: “Monseñor, estamos aterrorizados, tenemos mucho miedo pero gracias por esos vídeos”. Yo le dije “Ya no sé qué más decir, ¿qué puedo decir?” y ella me respondió: “Lo importante es que nos habla. No tanto lo que nos diga”.

Recordé entonces un suceso que me ocurrió cuando ejercía como médico: un hombre ingresó tras un atropello de tren. Tuvimos que amputarle las dos piernas y no teníamos los calmantes necesarios para su dolor. Vino su esposa y él le rogó “María, háblame”. Ella cogió un libro y comenzó a leerlo. Y esa voz amada hizo de calmante para el dolor de aquel hombre. 

Entendí que la Iglesia tenía que hablar a aquellas personas que sufrían. Y comencé, cada día, a transmitir el Evangelio a través de estos mensajes. El libro muestra cómo estos mensajes eran al mismo tiempo, un diario del dolor y una palabra de esperanza. Expliqué todo el Catecismo de la Iglesia católica. Hablé también de la ecología, porque Ucrania vive una catástrofe ecológica con la guerra.

En sus mensajes, se refiere en muchas ocasiones a esos sacerdotes que viven la guerra junto a sus comunidades y las alientan 

–La presencia del sacerdote para la gente supuso la presencia viva y visible de Dios. Si veían que un sacerdote empezaba a prepararse para huir, la gente abandonaba la ciudad. Para nosotros supuso una pregunta dolorosa y complicada “¿Qué debemos hacer?”. 

Una tercera parte de mi diócesis fue ocupada, pero estoy muy orgullosos de que ninguno de mis pastores abandonó a sus fieles. Ellos han sufrido, también psicológicamente, pero han estado junto a su pueblo. 

El Papa León XIV con el Arzobispo mayor Sviatoslav Shevchuk el 15 de mayo de 2025.

También habla con frecuencia del papel de la mujer, de las madres, en este tiempo

–En estos años he podido ser testigo de la maternidad heroica de muchas mujeres ucranianas. En el metro, convertido en refugio, veías a tantas madres protegiendo, intentando alimentar a sus hijos. 

Le cuento una historia. Uno de nuestros sacerdotes, casado (en el rito grecocatólico existen los sacerdotes casados), vive en una zona que se halla cerca de Chernóbil, a unos 20 kilómetros de Bielorrusia. Esta zona fue asediada rápidamente ya que, al estar casi despoblada, las tropas rusas apenas encontraron resistencia.

Yo sabía que ese sacerdote esperaba su tercer hijo para poco después. Le llamé para “animarle” a evacuar la ciudad junto a su familia y me dijo: “Frente a mi parroquia tengo 40 mujeres con niños pequeños. Estamos cocinando para esos niños porque estas jóvenes madres dejaron de producir leche a causa del estrés de la guerra”.

Su esposa no quiso dejar a estas chicas. Dio a luz el quinto día de ocupación, en un hospital en el que no había electricidad, los médicos alumbraban con velas. Pude visitar a esta familia poco después y abracé a esa mujer diciéndole “usted es realmente imagen de la maternidad heroica”.

En el contexto de la muerte más grande, las madres siguen siendo fuentes de la vida. Con su coraje protegen a sus niños. ¡Nos hemos encontrado con tantos cadáveres de madres que habían intentado cubrir a sus hijos con su cuerpo entre escombros! 

La mayor parte de las personas que se han ido de Ucrania son mujeres con hijos pequeños. La joven madre es hoy el rostro del emigrante ucraniano. 

¿Ve cercano el fin de la guerra? 

–Es una pregunta difícil. La guerra de Ucrania concluirá como cuando cayó ese gigante de pies de barro que era la URSS. La guerra va a terminar, pero no sabemos cuándo. Pero hay un feeling, una sensación espiritual que indica que la guerra terminará cuando menos lo “esperemos”.

La victoria de Ucrania es la resistencia. Resistimos porque no tenemos otro modo de actuar. Es muy fácil decir “hay que hacer acuerdos”, pero la verdad es esta, la guerra puede terminar en dos minutos, cuando los rusos paren de matarnos. Porque entonces Ucrania parará su defensa.

En cierto modo, es una experiencia ascética de la vida monástica. ¿Cómo podemos vencer al diablo cuando nos ataca? Porque no podemos vencerlo de manera total, pero podemos resistir sus ataques. Si uno resiste el mal, el mal termina por huir. Creo que eso va a ser una imagen de nuestra victoria. 

Mundo

Eduardo Roca: «Los cristianos de Mozambique tienen una admirable capacidad de resistencia»

A pesar de las dificultades, hay grandes alegrías y razones para la esperanza. El año pasado se celebraron cerca de trescientos bautismos de jóvenes y adultos. Estos hechos constatan que la Iglesia sigue siendo edificada por Dios, independientemente de los intentos externos por destruirla.

Javier García Herrería·23 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

La Iglesia católica en Mozambique opera en un contexto de extrema complejidad, marcado fuertemente por la inestabilidad humanitaria y la violencia en el norte del país, especialmente en la región de Cabo Delgado.

En estas zonas, la institución se ha convertido en un actor clave de resistencia y ayuda de emergencia, asumiendo la acogida de miles de familias desplazadas por el terrorismo y coordinando la reconstrucción de viviendas tras el paso de devastadores ciclones.

En el contexto de la diócesis de Pemba y la provincia de Cabo Delgado, la misión de San Luis Gonzaga sufrió unos enormes ataques, en los que se incendiaron los lugares de culto, las residencias de los misioneros y el convento de las religiosas, además de destruir las infraestructuras sociales y sanitarias asociadas a la Iglesia que daban servicio a toda la comunidad de la zona. Este ataque provocó una nueva oleada de miles de desplazados internos hacia el sur y hacia la propia ciudad de Pemba.

Conversamos con Eduardo Roca, un sacerdote español de la diócesis de Zaragoza enviado como misionero hace 14 años a la diócesis de Pemba. Llegó de la mano de Mons. Ernesto Magengue, con quien coincidió estudiando en Roma. Asumió la dirección de un proyecto de ética, ciudadanía y desarrollo vinculada a la universidad católica de la diócesis. También atiende una pequeñísima comunidad en la periferia de Pemba, de mayoría musulmana, y donde ha levantado una gran iglesia. 

¿En qué consiste su trabajo en Pemba?

–Como a todo misionero, me corresponde asumir múltiples funciones. En mi condición de sacerdote y pastor, presido los sacramentos e intento hacer accesible la Palabra de Dios a la comunidad. Sin embargo, en un entorno tan complejo, uno también se convierte en un referente para la población; un guía que debe transmitir seguridad y la certeza de que el Señor no los abandona. Afirmar esto es sencillo, pero experimentarlo en un contexto de persecución, bajo la constante amenaza del extremismo islámico, resulta sumamente difícil.

Además de mis funciones pastorales, ejerzo como profesor y gestiono las instituciones educativas de la parroquia. Contamos con un centro infantil para niños de dos a cinco años y con un complejo que abarca educación primaria y secundaria, el cual supera los dos mil alumnos. Es una institución de la misión, aunque la mayoría del alumnado es de confesión musulmana. Asimismo, dedico gran parte de mi tiempo al diálogo interreligioso y a la mediación en conflictos para la construcción de la paz, que es una de mis líneas de acción prioritarias.

¿Qué labores destacaría de la Iglesia en esa región?

–Nuestra labor en Pemba y en toda la provincia de Cabo Delgado constituye una respuesta directa al sufrimiento de las comunidades. Esta asistencia se ha materializado en diversas áreas. Por ejemplo, tras el paso de dos ciclones que causaron una profunda destrucción debido a la precariedad de las construcciones locales, nos centramos en la reconstrucción de viviendas. A través de Cáritas, de la parroquia, de mi archidiócesis de origen y de varias congregaciones, hemos logrado restituir los techos de numerosas familias que lo habían perdido todo.

Por otro lado, gestionamos la emergencia alimentaria. Al ser una zona afectada por el conflicto, las opciones de empleo son casi inexistentes. La mayoría de la población es campesina y depende de los ciclos agrícolas; cuando estos fallan a causa de las inclemencias climáticas, el desabastecimiento es crítico. El centro infantil, por ejemplo, atiende a cerca de doscientos niños diarios, garantizando que regresen a sus hogares habiendo recibido, al menos, un plato de comida.

Finalmente, la Iglesia asume la acogida humanitaria. Hemos recibido a miles de familias que se han refugiado aquí huyendo de los ataques terroristas del norte, los cuales se han intensificado notablemente; hace apenas una semana se registró una agresión a solo cincuenta kilómetros que destruyó por completo una misión. Esta realidad nos exige un discernimiento constante y una relectura teológica sobre cómo manifestar la presencia de Jesús Resucitado en medio del dolor.

El padre Roca junto a un grupo de niños y jóvenes.

¿Qué es lo que más admira de la fe de los mozambiqueños?

–Sintetizaría su actitud en un concepto de la lengua macúa: ulipe, que se traduce como la capacidad de resistir, pero que implica, fundamentalmente, el acto de levantarse de la herida y de la destrucción.

Es conmovedor observar a un pueblo que, en medio de la cruz y de la miseria más absoluta, es capaz de entonar cantos de alabanza. Con el sonido de los tambores parecen quebrar la realidad del sepulcro y convocar de nuevo a la Resurrección. Esa fortaleza espiritual es lo que más me impresiona.

¿Cuáles han sido los momentos más difíciles que le ha tocado vivir?

–El periodo más complejo coincidió con una de las primeras oleadas de ataques terroristas, cuando los insurgentes alcanzaron el distrito de Metuge, justo al otro lado de la bahía de Pemba. Nos encontrábamos desprotegidos y carecíamos de seguridad. La incertidumbre sobre si irrumpirían en nuestra zona generó una angustia tremenda. En esos momentos, ante la preocupación por el destino de los niños y de las familias, la única opción viable era la oración y el abandono en la misericordia divina. Esa experiencia supuso un quiebre emocional importante, un impacto psicológico del que requería reconstruirme, debido al temor a que se repitiesen las atrocidades que ya sabíamos que ocurrían en el norte.

El otro momento crítico estuvo ligado a los factores climáticos. La noche del segundo ciclón, con la incertidumbre de no saber qué destrucción hallaríamos al amanecer o si nuestra propia estructura resistiría, albergamos en la casa parroquial a numerosos niños y mujeres cuyos hogares ya habían sido arrasados por el viento y la lluvia. Son situaciones límite donde la fe y la resistencia humana son puestas a prueba de manera extrema.

¿Le ha tocado vivir de cerca la violencia en su misión?

–Sí, la violencia ha marcado de forma definitiva nuestra realidad. Aunque nuestra comunidad de San Carlos Lwanga de Mahate fue erigida canónicamente como parroquia hace solo tres años, llevo casi quince trabajando en la zona, dedicando los últimos tiempos a la acogida de miles de refugiados.

El inicio del éxodo de estas familias representó un fuerte impacto para mi conciencia. Los relatos que transmitían eran desoladores; describían ejecuciones sumarias de familiares directos presenciadas por los propios niños. Nos vimos en la necesidad de organizar de inmediato la acogida de numerosos menores huérfanos, labor que iniciamos en colaboración con las misioneras benedictinas que residen en la misión.

A pesar del trauma y del dolor con el que llegan estas personas, muestran una asombrosa capacidad de recuperación y resiliencia, muy superior a la que solemos tener los europeos. Actualmente, nuestra misión se ha expandido para dar soporte a este flujo migratorio interno; de las siete comunidades que atiendo, cuatro están integradas exclusivamente por familias desplazadas por el conflicto del norte. Es un entorno de pérdida y vulnerabilidad donde se aprende el verdadero sentido del sacerdocio.

Iglesias así de bellas son posibles gracias a Ayuda a la Iglesia Necesitada.

¿Cómo valora la evolución y el futuro de la Iglesia en Mozambique?

–La Iglesia mantiene su compromiso asistencial a través de iniciativas habitacionales y de comedores comunitarios gestionados por Cáritas y la parroquia. Sin embargo, más allá de la asistencia material, la coyuntura actual ha generado un notable fortalecimiento espiritual. Históricamente, estas comunidades han estado muy desatendidas por la escasez de clero, dependiendo casi exclusivamente de la valiosa labor de catequistas y animadores locales con una formación limitada. Por ello, profundizar en la vida sacramental y eclesial requiere un esfuerzo constante en catequesis y formación litúrgica.

Este trabajo nos reporta grandes alegrías y fundadas razones para la esperanza. El año pasado se celebraron cerca de trescientos bautismos de jóvenes y adultos. Estos hechos constatan que la Iglesia sigue siendo edificada por Dios, independientemente de los intentos externos por destruirla.

Por último, considero fundamental consolidar el diálogo interreligioso como una prioridad pastoral diocesana. Tras mi experiencia previa en Angola, donde el islam no era una realidad cercana, aquí me encuentro inmerso en comunidades musulmanas, algunas de ellas con tendencias fundamentalistas.

Esto ha supuesto para mí un proceso de conversión interior y de aproximación al misterio que encierran las distintas religiones, siempre desde la perspectiva del Concilio Vaticano II y del magisterio de los últimos pontífices. Al final, se trata de descubrir los valores más profundos de la condición humana en los entornos más inverosímiles. Tal como solía afirmar un hermano sacerdote ya fallecido: «Las flores más hermosas crecen, a veces, en los lugares más insospechados». Esa capacidad de asombro ante la bondad humana y la necesidad de mantenernos firmes ante las dificultades resumen nuestra experiencia actual aquí.

Vaticano

¿Qué es Anthropic? La empresa que presenta la encíclica del Papa sobre IA

Cuando León XIV publique el lunes su esperada primera encíclica, “Magnifica Humanitas”, estará presente él mismo en la rueda de prensa, algo atípico en este tipo de anuncios. Además, acompañará al Papa, entre otros, un ejecutivo del sector de la IA, Christopher Olah, cofundador de Anthropic. ¿Qué es Anthropic?

OSV / Omnes·23 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

– Gina Christian, OSV News

El lunes 25 de mayo habrá al menos dos novedades en la presentación de la primera encíclica, «Magnifica Humanitas», del Papa. Una, León XIV estará presente. Además, estará acompañado, entre otros, por un ejecutivo del ámbito de la inteligencia artificial: Christopher Olah, cofundador de Anthropic.

Anthropic es la empresa de investigación y desarrollo de inteligencia artificial responsable del asistente virtual Claude, que ha proporcionado un incremento a sus ventas, debido a la capacidad de su agente Mythos para detectar vulnerabilidades informáticas.

En un comunicado de prensa del 19 de mayo, Anthropic afirmó que “durante los últimos meses” había estado “organizando diálogos con grupos cuyo trabajo y tradiciones guardan relación con las cuestiones que plantea la IA”.

La compañía informó que su “primera ronda de conversaciones ha sido con tradiciones de sabiduría, incluyendo académicos, clérigos, filósofos y especialistas en ética de más de 15 grupos religiosos e interculturales, y esperamos colaborar con un abanico más amplio de personas en el futuro».

‘Seguridad en la frontera’

El ascenso de Anthropic, desde ser una startup disidente de OpenAI en 2021,  hasta una posible valoración de 900.000 millones de dólares (pendiente del resultado de las negociaciones en curso con los inversores), ha sido meteórico.

Pero lo que ha diferenciado a la empresa de sus competidores de Silicon Valley es, como señala la página web de Anthropic, un compromiso declarado y reiterado de “poner la seguridad en primer plano»”en su investigación y sus productos.

Se trata de un compromiso sobre el que el fundador de Anthropic, Dario Amodei, ha insistido durante mucho tiempo, llegando incluso a abandonar su puesto de alto nivel en OpenAI debido a desacuerdos sobre su énfasis en la seguridad y la moderación. Y puede ser una razón clave para que Olah esté presente cuando el Papa León presente su encíclica al mundo.

Alianza Anthropic-Vaticano 

Algunos analistas han descrito la presencia de Anthropic en la presentación oficial del documento como una astuta jugada empresarial, con la que la compañía, actualmente enfrentada a la administración Trump, busca ganar terreno tanto moral como cuota de mercado, particularmente en los países europeos.

Sin embargo, la alianza entre Anthropic y el Vaticano se inscribe en el contexto de un diálogo continuo que se remonta a varios años atrás, anterior a la elección del papa León. Un diálogo en el que responsables eclesiásticos, profesionales del sector tecnológico, teólogos y especialistas en ética han reflexionado sobre el auge de la tecnología de la inteligencia artificial en un mundo en el que los derechos humanos y la dignidad se ven cada vez más amenazados.

Diálogos de Minerva

Bajo el pontificado del papa Francisco, el Vaticano puso en marcha en 2016 los Diálogos de Minerva –llamados así por Santa María sopra Minerva, la basílica romana donde se inauguraron–, que se convirtieron en debates anuales entre responsables de la Iglesia y líderes tecnológicos sobre la ética de la IA.

En 2020, la Academia Pontificia para la Vida, con sede en el Vaticano, celebró un congreso sobre IA titulado «RenAIssance: Por una inteligencia artificial centrada en el ser humano”. El encuentro culminó con la firma del Llamamiento de Roma para la Ética de la IA, un documento que recoge seis principios fundamentales —transparencia, inclusión, rendición de cuentas, imparcialidad, fiabilidad, seguridad y privacidad— que deben regir la IA. Firmaron el documento la Academia Pontificia, Microsoft, IBM, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Ministerio de Innovación de Italia.

Ese mismo año se creó el Grupo Norteamericano de Investigación en IA, convocado por el obispo Paul Tighe, secretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación del Vaticano. En 2023, el grupo publicó “Encuentro con la Inteligencia Artificial: Investigaciones Éticas y Antropológicas”.

Elegido en mayo de 2025, el Papa León XIV ha dado a entender que la inteligencia artificial es una cuestión prioritaria de su pontificado.

Logo de Anthropic en esta ilustración tomada el 1 de marzo de 2026. En un comunicado de prensa del 19 de mayo, Anthropic afirmó que, “durante los últimos meses”, había estado “organizando diálogos con grupos cuyo trabajo y tradiciones guardan relación con las cuestiones que plantea la IA”. (OSV Newsillustration/Dado Ruvic, Reuters).

Revolución tecnológica

El propio nombre de Anthropic –un adjetivo que designa lo humano– reafirma sus prioridades en el desarrollo de la IA, las cuales coinciden significativamente con las expresadas por el Vaticano. En su sitio web, la compañía declara que su propósito es “el desarrollo y mantenimiento responsable de la IA avanzada para el beneficio a largo plazo de la humanidad».

“Nos tomamos muy en serio la tarea de guiar al mundo de forma segura a través de una revolución tecnológica que tiene el potencial de cambiar el curso de la historia de la humanidad, y estamos comprometidos a ayudar a que esta transición se desarrolle sin problemas”, señala la compañía.

Anthropic, con sede en San Francisco, es una corporación de beneficio público, un tipo de entidad con fines de lucro que equilibra la rentabilidad con una misión beneficiosa para las partes interesadas y las comunidades. (En mayo de 2025, la organización sin fines de lucro OpenAI, competidora de Anthropic, transformó su filial de responsabilidad limitada con fines de lucro en una corporación de beneficio público).

Anthropic ha elaborado un “documento fundamental” para su asistente de IA, Claude (llamado así, según algunos informes, en honor al matemático estadounidense del siglo XX Claude Shannon, a menudo llamado el “padre de la teoría de la información”).

La Constitución de Claude, como se titula el texto, “expresa y da forma» al asistente de IA, que Anthropic pretende que sea “útil sin dejar de ser, en general, seguro, ético y conforme a nuestras directrices”.

Influencia católica 

La constitución refleja las aportaciones de expertos católicos, entre ellos el padre Brendan McGuire, antiguo ejecutivo de Silicon Valley, y otros líderes religiosos.

En una entrevista concedida en marzo al Observer, el padre McGuire, cuya parroquia en Los Altos, California, alberga a varios profesionales de la tecnología, relató cómo Olah se había puesto en contacto con él para hablar sobre el desarrollo de la ética de la IA.

El padre McGuire declaró al Observer que los miembros del equipo de Anthropic “básicamente estaban pidiendo ayuda directa al Vaticano para reunirse y ayudar a la industria, porque la industria estaba avanzando muy rápido por este camino”.

Los contactos

El sacerdote había contribuido a la creación del Instituto de Tecnología, Ética y Cultura en el Centro Markkula de Ética Aplicada de la Universidad de Santa Clara, una colaboración entre el Centro Markkula y el Dicasterio para la Cultura y la Educación del Vaticano. El instituto brindó apoyo para el libro del Grupo Norteamericano de Investigación en IA sobre ética y antropología de la IA.

Según el Observer, el obispo Tighe también dio su opinión sobre la Constitución de Claude, junto con Brian Patrick Green, director de ética tecnológica de Santa Clara.

Green se unió a varios académicos católicos para presentar un escrito de amicus curiae en nombre de Anthropic, después de que la administración Trump ordenara en febrero a todas las agencias estadounidenses que dejaran de usar la tecnología de inteligencia artificial de Anthropic, argumentando que representaba un riesgo para la seguridad nacional en la cadena de suministro.

Disputa entre el Pentágono y Anthropic

Anthropic replicó que había sido vetada por negarse a permitir que su tecnología se utilizara para la vigilancia masiva interna o en armas autónomas. En los meses transcurridos desde entonces, la disputa ha derivado en un litigio continuo entre el Pentágono y Anthropic, en el que el primero afirmó en documentos judiciales presentados este mes que las preocupaciones éticas de Anthropic eran “ideológicas”.

La empresa respondió que la justificación del Pentágono para designarla como zona de riesgo en su cadena de suministro, una designación que normalmente se reserva para adversarios extranjeros, ha cambiado.

La pasión de Amodei, fundador de Anthropic, por garantizar que la IA siga siendo una fuerza para el bien se remonta a años atrás, y es muy profunda, según una extensa entrevista que concedió en julio de 2025 al periodista tecnológico Alex Kantrowitz.

‘Un fuerte sentido de responsabilidad’

Amodei, biofísico de formación, señaló en la entrevista que busca moldear la propia industria de la IA. La mayor parte de los ingresos de Anthropic no provienen de Claude, sino de la venta de su interfaz de programación de aplicaciones (API) a empresas que luego utilizan los modelos de IA para sus productos.

Recordó a Kantrowitz (cuyo artículo fue el resultado de más de dos docenas de entrevistas con Amodei, además de varios conocidos personales y profesionales) que sus padres lo criaron con “un sentido del bien y del mal y de lo que era importante en el mundo”, un sentido que le inculcó “un fuerte sentido de la responsabilidad”.

Según la entrevista de Kantrowitz, la pérdida de su padre a causa de una enfermedad rara –para la cual se descubrió un avance médico tan solo unos años después– impulsó a Amodei a creer que la ciencia puede salvar vidas.

Aunque se le ha acusado de tener una visión pesimista sobre la IA, dijo Kantrowitz, el plan de Amodei “es acelerar”.

“La razón por la que advierto del riesgo es para que no tengamos que bajar el ritmo”, dijo Amodei en la entrevista. “Comprendo perfectamente lo que está en juego. En cuanto a los beneficios, en cuanto a lo que puede lograr, las vidas que puede salvar. Lo he visto con mis propios ojos”.

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Gina Christian es corresponsal multimedia de OSV News. Síguela en Twitter: @GinaJesseReina. Contribuyeron a este reportaje Courtney Mares, editora del Vaticano para OSV News (en Twitter: @catholicourtney), y Kate Scanlon, reportera de OSV News en Washington (en Twitter: @kgscanlon).

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El autorOSV / Omnes

Mundo

Líderes cristianos de Tierra Santa condenan la idea de continuar la guerra “hasta la victoria”

El patriarca de Jerusalén, el cardenal Pizzaballa, denuncia en una importante carta pastoral que la violencia se haya aceptado como el modo de resolución de conflictos

Jose Maria Navalpotro·23 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

“Hoy escuchamos amenazas de que la guerra continuará ‘hasta la victoria’. Nos preguntamos, ¿qué tipo de victoria? ¿La muerte, la destrucción, la desolación? A quienes promueven la guerra como el único camino, les decimos: la guerra no es el camino. Reiteramos nuestro llamado a poner fin al derramamiento de sangre y a la destrucción”. Un conjunto de líderes religiosos de diferentes Iglesias cristianas en Tierra Santa ha hecho pública una carta en la que exigen el fin de la guerra que afecta Israel, Estados Unidos, Líbano, Irán y Palestina.

La carta se ha hecho pública con motivo del aniversario de la Nakba palestina (el fin del Mandato británico en 1948) el 15 de mayo, y la firma un destacado grupo de líderes cristianos, entre los cuales está el patriarca emérito de Jerusalén Michel Sabbah, el arzobispo greco-ortodoxo, y el obispo luterano emérito, entre otros.

El texto recuerda que “si realmente buscamos el fin de la guerra en el Medio Oriente, debemos enfocarnos en el problema central: la difícil situación del pueblo palestino, que viene sufriendo desde 1948. Después de octubre de 2023, la catástrofe que enfrentan se ha intensificado en medio de una guerra en curso en Gaza, librada para borrar a Palestina y a los palestinos. Y la guerra se ha extendido a Cisjordania, el Líbano y más allá”.

“Nuestra Tierra Santa anhela igualdad, justicia y paz. La paz de la que hablamos es una paz que garantiza la libertad y la dignidad de cada ser humano”, subrayan los líderes cristianos.

Pastoral del patriarca Pizzaballa

El texto coincide con algunas de las consideraciones expresadas hace unas semanas, el 25 de abril, por el actual patriarca católico de Jerusalén, el cardenal Pizzaballa en una extensa y clara carta pastoral en la que insistía igualmente en la necesidad de la paz: “Rechazamos toda complicidad con la cultura de la violencia. Venga de donde venga, la violencia nunca es un camino evangélico”.

La larga carta del cardenal, titulada “Volvieron a Jerusalén con gran alegría”, de impacto entre los católicos de Tierra Santa, supone una revisión del estado actual de la Iglesia Católica allí. Sin análisis políticos, el cardenal se muestra firme al condenar la guerra, que obliga a “replantear formas y tiempos de nuestro ministerio” y se pregunta, más allá de “análisis y denuncias necesarias”, “qué nos pide el Señor en este momento”.

El texto señala que el 7 de octubre de 2023 y la posterior guerra en Gaza han cerrado una época. Según el patriarca, para los palestinos este periodo representa “la última y dramática fase de una larga historia de humillaciones y éxodos», mientras que para los israelíes ha supuesto “algo inédito: una violencia que ha revivido los horrores ocurridos en Europa hace ochenta años”. 

El Patriarca denuncia que el uso de la fuerza se haya consolidado como el método principal de resolución de disputas: «Estamos asistiendo al resurgimiento del uso de la fuerza como instrumento considerado decisivo para la resolución de los conflictos… La guerra se ha convertido en objeto de un culto idólatra».

Factores de la crisis actual

El cardenal Pizzaballa señala algunas consecuencias principales de lo que califica como “caos” que hoy reina en Tierra Santa:

  • Dolor, odio y desconfianza: La carta habla de una “dolorosa deshumanización del otro: cuando este se convierte solo en ‘el enemigo’, todo se vuelve lícito”. “La violencia no ha destruido solo ciudades y hogares, personas y esperanzas: ha marcado las conciencias, ha envenenado el lenguaje público”. Se crea una desconfianza entre todos que hace difícil la reconciliación.
  • Fragmentación y miedo: el cardenal señala un fenómeno preocupante: “la creciente polarización. No solo entre israelíes y palestinos -que conocemos bien-, sino en el interior de ambos tejidos sociales, donde solo se encuentran personas que piensan del mismo modo, que hablan el mismo lenguaje”.
  • Desgaste del lenguaje: para el patriarca, ahora, términos como “diálogo”, “justicia” o “dos Estados” han perdido vigencia en el discurso público.
  • Dificultad del diálogo interreligioso: a consecuencia del conflicto, “los Lugares Santos, que deberían ser espacios de oración, se convierten en campos de batalla identitarios. Se invocan los textos sagrados para justificar la violencia, las ocupaciones y el terrorismo”. Sentencia el cardenal: “Creo que este abuso del nombre de Dios es el pecado más grave de nuestro tiempo”. 

Sin embargo, señala, “el diálogo es nuestra vocación y nuestro destino. Es una de las formas en que nuestra fe se manifiesta y se alimenta”.

Gaza, Palestina e Israel

El patriarca latino pasa revista al estado de diferentes territorios del patriarcado: Gaza, “en una situación de extrema tribulación” y en Palestina, donde “la situación se deteriora día a día”; así como en Israel, donde “la sociedad está traumatizada desde el 7 de octubre, y este trauma ha generado recelo hacia todo lo relacionado con el mundo árabe, con la consiguiente desconfianza creciente entre ambas poblaciones”.

Un aspecto relevante de la carta es la mención al uso de la Inteligencia Artificial en el conflicto. El cardenal plantea las implicaciones éticas de la automatización de la guerra: “¿Qué sucede cuando quien decide quién vive y quién muere es una máquina? ¿Qué responsabilidad le queda al hombre?”

El documento concluye con una llamada a la convivencia. «No hay alternativa. Esta Tierra es el hogar de todos», afirma el Cardenal, quien sostiene que la misión de la Iglesia allí debe ser convertirse en espacio de reconciliación.

“Redimir las consecuencias del conflicto – el odio, el miedo, la ‘memoria tóxica’- es la tarea específica y sublime de la Iglesia de Jerusalén para el mundo entero”, apunta. Advierte que “los cristianos de Tierra Santa no son un tercero incómodo, ni un amortiguador neutral entre israelíes y palestinos, ni un grupo separado de sus hermanos no cristianos. Son, más bien, sal, luz y levadura dentro de las sociedades a las que pertenecen de pleno derecho. Comparten la historia, la lengua, las heridas y las aspiraciones de sus pueblos. No están llamados a encerrarse en un enclave protegido, ni a huir, sino a vivir hasta el fondo su vocación: permanecer dentro de la sociedad, compartiendo su destino, para fermentarla desde dentro con una visión del hombre -y de la sociedad- arraigada en el Evangelio”.

El cardenal hace finalmente un llamamiento a la comunidad internacional: “tiene el deber y el derecho de interesarse por Jerusalén, porque es de todos. El corazón del mundo está en Jerusalén y lo que allí ocurre afecta a miles de millones de creyentes”.

“La Iglesia de Jerusalén, pequeña y resiliente, se encuentra viviendo aquí y ahora el estilo de la Jerusalén celestial: ser un lugar acogedor, luz pascual que ilumina las tinieblas del rencor; ser una casa de puertas abiertas, instrumento de sanación en el mundo. Este es su sueño, su misión, su don a la humanidad”, concluye.

Vaticano

10 puntos del Papa a los líderes laicos de movimientos y asociaciones

León XIV se ha reunido este jueves con “los responsables, a nivel internacional, de diversas realidades laicales”, como les ha llamado el Papa, movimientos y asociaciones de fieles convocados por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Se resumen aquí diez indicaciones del Santo Padre.

Francisco Otamendi·22 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

Con el precedente de alguna gran Vigilia de Pentecostés celebrada en Roma con movimientos y realidades eclesiales de laicos, impulsadas por san Juan Pablo II (1998), y Benedicto XVI (2006), el Papa León se ha reunido este jueves con doscientos responsables de movimientos y asociaciones de fieles. El encuentro ha sido promovido por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Entre las realidades que ahora se han dado cita -también entonces- se encuentran el Movimiento de los Focolares, Camino Neocatecumenal, Comunión y Liberación, Comunidad de Sant’Egidio, Renovación Carismática, el Movimiento de Schoenstatt, etcétera.

Entre los mensajes que ha transmitido el Papa León XIV, y que pueden encontrar íntegramente en su Discurso, se encuentran los siguientes, necesariamente sintetizados, y prácticamente textuales. Comenzamos por el final.

Un don inestimable para la Iglesia

1) Queridísimos, les agradezco todo lo que son y lo que hacen. Las asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales son un don inestimable para la Iglesia. Hay una gran riqueza entre ustedes, muchas personas bien formadas y muchos buenos evangelizadores; muchos jóvenes y diversas vocaciones a la vida sacerdotal y matrimonial.

2) La variedad de carismas, dones y métodos de apostolado desarrollados a lo largo de los años les permite estar presentes en los ámbitos de la cultura, el arte, lo social y el trabajo, llevando a todas partes la luz del Evangelio. ¡Cuiden y, con la gracia de Dios, hagan crecer todos estos dones! La Iglesia los sostiene y los acompaña.

3) Gobernar: se trata de marcar un rumbo seguro, de modo que la comunidad sea un lugar de crecimiento para las personas que la integran. Así, también en la Iglesia hay quienes están encargados del gobierno. Aquí el gobierno se confía generalmente a los laicos (…). Se pone al servicio de los demás fieles y de la vida asociativa, y es fruto de elecciones libres.

El gobierno, don del Espíritu Santo

4) El gobierno es un don particular del Espíritu Santo, que los miembros de una comunidad reconocen presente en algunos de sus hermanos en la fe, de ello se derivan al menos tres consecuencias

5) La primera es que debe ser para el bien de todos (…). La segunda es que nunca puede ser impuesto desde arriba, sino que debe ser un don reconocible en la comunidad y libremente acogido. La tercera consecuencia es que, como todo carisma, también el gobierno de una asociación está sujeto al discernimiento de los Pastores, quienes velan por la autenticidad y el ejercicio razonable de los carismas.

6) Queridísimos, quienes dirigen sus asociaciones y movimientos asumen una tarea delicada: por un lado, están llamados a custodiar y valorizar la memoria de un patrimonio vivo; por otro, tienen un papel “profético”, que implica estar atentos a las urgencias pastorales actuales para comprender de qué manera responder a los nuevos desafíos y a las sensibilidades culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo

7) Una parte de la tarea profética de quienes gobiernan consiste, por lo tanto, en favorecer la apertura de la asociación o del movimiento, y de cada uno de sus miembros, a las situaciones históricas

Comunión

8) Otro elemento de vital importancia  es la comunión. Quisiera subrayar la importancia de la dimensión de la comunión con toda la Iglesia. A veces encontramos grupos que se encierran en sí mismos y piensan que su realidad específica es la única o es la Iglesia, pero la Iglesia somos todos nosotros, ¡es mucho más! 

9) Por lo tanto, nuestros movimientos deben buscar verdaderamente cómo vivir en comunión con toda la Iglesia, a nivel diocesano. Y por eso el obispo es una figura de referencia muy importante. Debemos tratar de vivir en comunión con toda la Iglesia, tanto a nivel diocesano como a nivel universal.

10) Desde esta perspectiva podemos comprender mejor el sentido de la fidelidad al carisma fundacional, que constituye una referencia imprescindible para el gobierno de una realidad eclesial. Gobernar de manera fiel al carisma fundacional significa, por lo tanto, encontrar en él la inspiración para abrirse al camino que la Iglesia recorre en el presente (…), dejándose interpelar por nuevas realidades y desafíos, en diálogo con todos los demás componentes del cuerpo eclesial.

El autorFrancisco Otamendi

Evangelización

Ramiro Pellitero: “La evangelización no es un debate de ideas, sino un encuentro con la persona de Jesucristo”

Ramiro Pellitero, profesor de Teología Pastoral en la Universidad de Navarra, habla con Omnes sobre la evangelización hoy, sus retos y conceptos esenciales para esta misión que interpela a todos los católicos.

Redacción Omnes·22 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

A juzgar por el lema (“Alzad la mirada”) y el logo de la visita pastoral de León XIV a España, el mensaje que desea transmitir gira en torno a la belleza, la unidad y la acogida. Por otra parte, vivimos, en España como en muchos otros países y ambientes, tiempos de polarizaciones y conflictos, que pueden desanimar a quien intenta compartir su fe. En este contexto, entrevistamos al profesor Ramiro Pellitero, profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra.

¿Cómo podemos entender la evangelización (el anuncio de la fe cristiana) hoy, para que sea una fuente de luz y no un motivo de disputa?

– Una clave está en comprender que la evangelización no es una mera transmisión de información intelectual o un debate de ideas, sino un encuentro vivo con la persona de Jesucristo, que transforma la existencia humana.

Ante los conflictos, el discernimiento eclesial actúa como brújula para leer los «signos de los tiempos» y realizar el anuncio de la fe, teniendo en cuenta la realidad concreta de las personas y de las culturas.

Para evangelizar al mundo de forma auténtica, la Iglesia en su conjunto y cada uno debemos primero dejarnos evangelizar continuamente por el Espíritu Santo.

Cuando nos enfrentamos a desafíos sociales o divisiones internas, ¿qué papel juega ese discernimiento que usted menciona?

– El discernimiento eclesial no es una técnica de organización, sino una práctica espiritual compartida que permite a cualquier comunidad cristiana (ya sea una familia, una escuela o una parroquia) reconocer lo que el Espíritu está diciendo en relación con los problemas o los proyectos que surgen. Se puede ver como ejercicio cristiano de la virtud clásica de la prudencia, en su verdadero significado de guía de la acción.

En una Iglesia sinodal, este diálogo ayuda a interpretar la vida y la realidad humana a la luz del “kerygma” (el anuncio de Cristo), ayudando a tomar decisiones que realmente impulsen la misión.

¿Qué actitudes personales ayudarían a rebajar la tensión en estos ambientes tan polarizados?

– Se requieren actitudes fundamentales como la humildad para la conversión personal y una disposición sincera para la escucha. Debemos escuchar primero a Dios en la oración y a la Iglesia en su magisterio, también es vital escucharnos a nosotros mismos y a los demás.

Esta «pedagogía del discernimiento» nos recuerda que Dios se comunica con nosotros de forma gradual, con lo que los Padres de la Iglesia llaman la «condescendencia» divina, adaptándose a nuestra capacidad humana.

Hay quienes se sienten alejados de la Iglesia por verla como un conjunto de normas rígidas. Por el contrario, otros tienen miedo de que se diluya la doctrina cristiana. ¿Cómo podemos mostrarles que el mensaje del Evangelio es verdad y amor, y que pide la cercanía a las personas?

– ¡Absolutamente! Debemos privilegiar el «camino de la belleza» (Via Pulchritudinis). La educación de la fe es eficaz cuando atrae el corazón humano mostrando el resplandor y la bondad de la verdad cristiana. Además, debemos superar la dicotomía entre doctrina y vida, reconociendo que la existencia cotidiana es «lugar teológico» donde Dios sigue hablando, a través de los acontecimientos de la vida y la oración, también con la ayuda de los criterios luminosos de la tradición eclesial y el lenguaje propio de la fe.

Una formación de estilo catecumenal, como se hacía en los primeros siglos (es decir, con estilo iniciático), no solo instruye la mente, sino que ayuda a madurar la identidad y el sentido de pertenencia.

En el entorno digital, donde las discusiones son a veces agresivas, ¿cómo podemos ser heraldos de paz?

– La cultura digital es un nuevo «areópago» que nos desafía a ser comunicadores de fe. En esta comunicación, la primacía la tiene el testimonio (“martyria”), que es más elocuente que las palabras y que se puede ofrecer en medio de las actividades cotidianas, sin la actitud de dar lecciones, a través de la amistad y las tareas culturales y sociales, con serenidad y sentido positivo.

Es célebre la expresión de san Pablo VI: “el hombre contemporáneo escucha más a los testigos que a los maestros”. Como repetía el Papa Francisco, debemos usar el «lenguaje vivo» de la misericordia, actuando como un «hospital de campaña» que cura heridas y se hace asequible a los más alejados, centrando todo en el amor salvífico de Dios. Por otra parte, nada de esto quita valor a los razonamientos y a la formación intelectual.

Finalmente, ¿cómo mantenemos el equilibrio entre ser fieles a la doctrina cristiana y ser sensibles tanto a los problemas actuales como a las situaciones personales, sin caer en extremos que nos sacan de la realidad?

– Podemos visualizar la misión cristiana como una elipse con dos focos: uno es la fidelidad al plan salvífico de Dios (la voluntad divina revelada) y el otro, la atención a la condición concreta y compleja de la historia. Esta tensión es fecunda y pide una formación integral que una la solidez doctrinal con la madurez humana y la sensibilidad social.

Como he señalado antes, es importante tener en cuenta las condiciones de las personas, tantas veces vulnerables, y de las culturas, con sus luces y sus sombras. También para fomentar el diálogo que nos puede enriquecer, a la vez que nos da nuevas luces y nos ayuda a profundizar en las cuestiones –escuchando cómo las ven otros– y a purificar nuestras intenciones.

Además, muchas cuestiones no tienen una solución única y pueden enfocarse de modos diversos. En una autopista se puede ir más o menos deprisa, en un lado u otro de nuestro carril, pero sin estorbar la marcha ni poner en peligro la vida propia o la de los demás.

La vida cristiana es una autopista que puede estar muy bien iluminada. Al unir la Palabra de Dios, cuya plenitud es Cristo, con la acción del Espíritu Santo (Palabra y Espíritu forman la “misión doble” que viene de Dios Padre), la fe se convierte en una realidad interior o «connaturalidad», que nos permite ver con más claridad, juzgar mejor los acontecimientos, elegir hacer el bien con sabiduría y vivir con mayor plenitud. Anuncio de la fe y experiencia cristiana, doctrina y vida, se unen así en nuestra existencia. Y participar en la evangelización es un servicio a todos para que puedan descubrir que la vida en Cristo es un camino de plenitud y belleza.

Mundo

Obispo Barron: 250 años de Estados Unidos, hijos de Dios con igual dignidad

Mientras la nación se prepara para celebrar su 250 aniversario, debería reflexionar sobre cómo la comprensión estadounidense de la igualdad se basa en la creencia de que todas las personas son igualmente hijos de Dios, dijo el obispo Robert E. Barron, de Winona-Rochester (Minnesota), el 17 de mayo.

OSV / Omnes·22 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

– Kate Scanlon, Washington, OSV News

“Al reflexionar sobre nuestra historia, desde la fundación del país, pasando por las tribulaciones de la Guerra Civil, hasta la lucha por los derechos civiles, podemos observar un hilo conductor constante. La convicción de que la dignidad humana, la igualdad, los derechos, la libertad y el estado de Derecho tienen su fundamento en Dios”, afirmó el obispo Robert E. Barron, en una concentración de oración en el National Mall, previa a los 250 años de Estados Unidos.

Los organizadores del evento, “Rededicate 250: A National Jubilee of Prayer, Praise & Thanksgiving”, declararon su objetivo. Conmemorar el próximo 250 aniversario de la nación “con pasajes bíblicos, testimonios, oración y la reafirmación de la dedicación de nuestro país como una sola nación a Dios”. El acto fue organizado por Freedom 250, una colaboración público-privada con la Casa Blanca para celebrar el 250 aniversario de Estados Unidos.

El acontecimiento contó principalmente con la presencia de líderes religiosos protestantes. Intervinieron además el obispo Barron, el cardenal Timothy Dolan, arzobispo emérito de Nueva York, por videoconferencia, y el rabino Meir Soloveichik, en persona. La directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, quien se identifica como hindú, también se dirigió a través de un mensaje en video.

Participantes en el acto “Rededicate 250: A National Jubilee of Prayer, Praise & Thanksgiving”, en el National Mall de Washington, el 17 de mayo de 2026. (Foto de OSV News/Eric Lee, Reuters).

Todas las personas son igualmente hijos de Dios

Aludiendo al uso que hizo Abraham Lincoln de la expresión «bajo Dios»en el discurso de Gettysburg, el obispo Barron argumentó que lo hizo porque sabía “que Dios es esencial para cualquier explicación coherente de la democracia, la libertad y la igualdad”.

Según señaló, ese sentimiento de libertad también se remonta a la fundación del país, citando la frase de la Declaración de Independencia: “Dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

“Lo que los fundadores sabían gracias a su formación cristiana es que todas las personas, a pesar de sus enormes desigualdades, son igualmente hijos de Dios y, por lo tanto, iguales en dignidad”, dijo el obispo Barron.

Intervención de políticos de la administración

El vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, ambos católicos, así como el secretario de Defensa Pete Hegseth y Tulsi Gabbard, figuraban entre los funcionarios de la Administración que intervinieron en el evento mediante mensajes de vídeo. 

“Siempre hemos sido, y seguimos siendo, una nación de oración, y le damos gracias a Dios por ello”, dijo Vance en un mensaje de vídeo. Rubio afirmó en otro vídeo que la nación fue “moldeada por esta idea cristiana”.

Señaló a los astronautas del Apolo 8 —Frank Borman, Jim Lovell y Bill Anders— leyendo el libro del Génesis durante su histórica misión de 1968 para orbitar la luna.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en una pantalla durante el evento “Rededicate 250: A National Jubilee of Prayer, Praise & Thanksgiving”, en el National Mall de Washington, el 17 de mayo de 2026. (Foto de OSV News/Eric Lee, Reuters).

“Así somos”, dijo Rubio. “Así hemos sido siempre. Estados Unidos sigue siendo una nación joven, si lo comparamos con su historia, y desde sus inicios hemos creído que nuestro país representa algo nuevo en el mundo. Pero el alma de nuestra nación siempre ha estado arraigada en una fe ancestral”. 

Los organizadores reprodujeron un mensaje en vídeo que Trump había grabado previamente en abril para un evento llamado “Estados Unidos lee la Biblia”, en el que leyó 2 Crónicas 7:11–22. Usó la Biblia King James Easy Read de Whitaker House Publishers, una traducción protestante. “Espero que todos en la reinaguración 250 lo estén pasando bien”, publicó Trump en su sitio web de redes sociales, Truth Social. 

Los críticos: separar iglesia y estado

Los críticos del evento argumentaron que el nivel de participación de la administración Trump mezclaba indebidamente la iglesia y el estado.

Rachel Laser, presidenta y directora ejecutiva de Americans United for Separation of Church and State, declaró: “Si al presidente Trump y a sus aliados les importara realmente el legado de libertad religiosa de Estados Unidos, estarían celebrando la separación entre la iglesia y el estado como el invento estadounidense único que ha permitido que la diversidad religiosa florezca en nuestro país”.

Personas oran durante un servicio religioso el día del “Rededicate 250: A National Jubilee of Prayer, Praise & Thanksgiving” en el National Mall de Washington, el 17 de mayo de 2026. (Foto de OSV News/Seth Herald, Reuters).

Arraigados en nuestra identidad como pueblo de Dios

El cardenal Dolan afirmó en su mensaje de vídeo que “en cada capítulo de la historia estadounidense, nuestra fe en Dios ha sido la base de nuestra grandeza, la fuente de nuestro éxito”.

“Desde los tiempos de la Guerra de Independencia, nuestra forma de vida se ha definido en parte por algunos principios clave. La oración, la confianza, el culto, el sábado, la lealtad a la familia, la libertad religiosa, el poder y la fortaleza de la democracia, el principio de subsidiariedad y la devoción al bien común”, dijo el cardenal Dolan. 

“En otras palabras, nuestros valores más profundos como país siempre han estado arraigados en nuestra identidad como pueblo de Dios. Y están anclados en la realidad de que no solo somos ciudadanos estadounidenses —por supuesto que lo somos, y estamos agradecidos por ello— sino que algún día seremos ciudadanos del cielo”.

El cardenal Dolan señaló que los obispos católicos estadounidenses planean dedicar la nación al Sagrado Corazón de Jesús el 11 de junio.

“Religiosamente vibrante, políticamente sana”

Además del obispo Barron y el cardenal Dolan, otros miembros de la Comisión de Libertad Religiosa de Trump que hablaron en el evento fueron Ben Carson, la reverenda Paula White-Cain, el reverendo Franklin Graham, Eric Metaxas y el rabino Soloveichik. 

Durante una oración en el evento, el obispo Barron dijo: “Una América religiosamente vibrante es una América políticamente sana”.

“Ésa es también la razón por la que valoramos tanto la libertad religiosa, una convicción que nos ha convertido en un refugio para personas que huyen de la persecución religiosa en todo el mundo”, afirmó.

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– Kate Scanlon es reportera nacional de OSV News y cubre la actualidad de Washington. Síguela en X @kgscanlon.

El autorOSV / Omnes

Cultura

Sara Barrena: Los abrazos de Dios

Merece la pena repensar una y otra vez nuestra relación con Dios para, con la gracia, ahondar en su ternura. Los escritores, quizá por su especial sensibilidad, nos adelantan a menudo en ese camino y pueden enseñarnos a ser con audacia más creativos.

Sara Barrena y Jaime Nubiola·22 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

La escritora y filósofa Sara Barrena abre su corazón a los lectores de Omnes. Por mi parte me limito a transcribir con emoción lo que me escribe:

Dicen que vuelve a estar de moda lo católico: Rosalía, con lo que llaman estética “christiancore”, y Hakuna, con cientos de jóvenes llenando los auditorios de canciones religiosas, son solo algunos ejemplos. Ojalá fuera verdad que Dios está de moda, pero muchas veces, por desgracia, todavía le tratamos a patadas.

Agradezco lo que mi familia me regaló en mi infancia. Recuerdo a mi madre planchando mientras en la radio sonaba el rezo del Santo Rosario; el “Jesusito de mi vida”, los tebeos del domingo por la mañana en el quiosco antes de ir a Misa. Recuerdo a mi abuela agarrándose a Dios para sobrellevar la pérdida de dos de sus hijos; a mi abuelo diciendo a sus nietos -yo tenía nueve años- que esta vida es un valle de lágrimas. Íbamos en el coche camino de Irún, donde pronto enterraría a su hijo pequeño. Quizá ahí es donde se nota la grandeza de un hombre, en la forma que tiene de sobrellevar los golpes que te da la vida. En el valle de lágrimas, mis abuelos encontraron, a pesar de todo, las fuerzas para enseñarme a rezar y a reír, para quererme con desmesura. Fueron probablemente lo mejor de mi infancia.

Antes pensaba que ser católica era un asunto complicado. Ahora, sin embargo, tengo una nueva lucidez, y eso que estoy entrando en esa edad que dicen que es difícil para las mujeres. A veces, desde la atalaya de los cincuenta, miro atrás y veo los enormes fracasos de mi vida, las veces en las que he estado perdida o he equivocado el camino, los cuatro hijos que se me pidió enviar directos desde mi vientre hasta el Cielo, las preocupaciones inevitables por los dos hijos que quedan a mi lado, los sinsabores en el trabajo, los amores imposibles, las crisis extraordinarias y las ordinarias, el matrimonio nulo y el que saqué adelante con muchas dificultades, los amigos que desaparecieron, los libros que no conseguí publicar y los que publiqué y pocas personas leyeron. El enorme cansancio que a veces te da vivir. Lo agotador que es a veces cuidar. Las cosas que no salen como uno quiere, como espera o como se las imagina. “Todo el mundo tiene una misión en la vida”, dice el cura en la iglesia, y aquí estoy yo con un montón de años y las manos vacías, sin saber todavía qué es lo que se espera de mí.

Sin embargo, el otro día entendí, ahora lo sé, que los aparentes fracasos no son tales. Son más bien las ocasiones en las que Dios se te hace presente y te da un abrazo. Él no ha sido indiferente a una sola de mis lágrimas, aunque a veces me haya enfadado y no le haya querido ni hablar. Cuando más perdida estás, es precisamente cuando Dios se hace el encontradizo. Aparece por sorpresa a la vuelta de la esquina o al doblar un recodo. En cada uno de los fracasos viene con un abrazo reanimante, que reconforta y consuela.

Ahora entiendo que Dios incide directamente en nuestra sensibilidad. Que somos amados por Él no es algo racional; no hacen falta grandes disquisiciones para entenderlo. Para querer a Dios con amor de hijo, de madre, de hermano, de amante, tampoco. Basta con dejarse abrazar. A veces nos quedamos con lo externo, con lo más feo, con lo más duro. Lo que puede hacerse y lo que no. No nos acordamos de extender la mano y rozar apenas el manto de Jesús, como aquella mujer del Evangelio.

    En medio de una multitud, con todas las cargas, pesadumbres y obligaciones, a veces se nos olvida tocarle. Alarga tu mano, sólo Él y tú lo sabréis, en lo más hondo del corazón, y rózale una vez y otra, hasta dejarle la túnica deshilachada. 

Dios nos regaló la sensibilidad, aunque a veces la anestesiemos. Ir a Misa ya no es aburrido, es el contacto físico que necesitamos. Sangre, cuerpo, alma y divinidad —como me enseñaron— que se pegan a tu vida. El corazón que se repara y el cuerpo que se alivia. Das un paseo y Dios te hace una señal. Los nubarrones se abren por un instante y aparece una estrella. Siempre hay una de guardia. “Yo estoy contigo”, te dice. Todo lo pegado que se puede estar. No solo con nosotros, sino en nosotros. Dios nos regala una sonrisa, una mirada, como esas de otras personas que nos quieren y que atesoramos. Un abrazo de alguien a quien amas sin que tenga que acabar. Un “te quiero” que miramos y remiramos, que un día cualquiera se nos queda grabado a fuego, sin saber por qué ese y no otro. 

No significa que el camino no sea duro a veces. Se sufre. Pero León XIV nos dio hace poco el secreto de la verdadera alegría: la vida entregada, el amor que no hace ruido. 

Hay algo tan reconfortante en entrar en una iglesia, en arrodillarse ante un Sagrario, como quien apoya la cabeza en las rodillas de Cristo; en la frase de un salmo que se te repite dentro como un mantra. La luz, el refugio, la salvación. Mi pastor. Mi nombre, que repites. Me doblo y me enderezas. Con amor eterno te quiero. Hay algo tan consolador en recibir la Comunión y marcharse, aunque sea un poco más sonriente, de la mano del mismo Dios. Rezar un padrenuestro, persignarse y seguir adelante. No hacen falta grandes acciones, ni es un conjunto de normas. Se trata, simplemente, de recibir los regalos que nos llegan. Y, aunque siempre me enseñaron que rezar es hablar con Dios, ahora he comprendido que quizá la forma mejor de oración es dejarse abrazar por Él.

El autorSara Barrena y Jaime Nubiola

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España

Alvaro Moreno y Patricia Trigo «Pati.te» se unen para celebrar los 100 años del DOMUND con una camiseta muy especial

La marca textil Alvaro Moreno y la ilustradora Pati.te han sido los artífices de una camiseta especial conmemorativa del I Centenario del DOMUND, cuyo importe íntegro será donado a Obras Misionales Pontificias (OMP) para apoyar esta labor misionera.

Maria José Atienza·21 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Una camiseta «misionera». Así han querido celebrar y hacer celebrar el primer centenario del DOMUND, Álvaro Moreno y la ilustradora Patricia Trigo.

La camiseta, diseñada por Patite, muestra al Papa León XIV rezando sonriente sobre un mundo que está sostenido por las manos de la Virgen María.

En una inscripción pone “María, Reina de las Misiones, estamos en tus manos”.

El diseño de la prenda es de Alvaro Moreno e incluye esta ilustración en la espalda, con el signo de las llaves de San Pedro, las banderas de España y del Vaticano y el título “Domund 100”.

La camiseta, a la venta en las tiendas de Álvaro Moreno, cuesta 12,95 euros y su importe íntegro –descontado el 21% de impuestos–  será donado a Obras Misionales Pontificias (OMP) para apoyar la labor misionera del DOMUND.

A pocos días de la llegada de León XIV a España, OMP anima a recibir al Papa, que ha sido misionero en Perú y es el responsable de estas Obras que sostienen las misiones, con esta camiseta solidaria.

Colaboración desinteresada

Esta original y moderna manera de unirse al centenario de la labor del DOMUND, que lleva a cabo Obras Misionales Pontificias, quiere celebrar estos «cien años en los que los cristianos de todo el mundo dedicamos un día a rezar, todos juntos, y a concienciarnos que… ¡la Iglesia es misionera!”, como ha querido resaltar José María Calderón, director de OMP en España. 

Tanto Álvaro Moreno como la diseñadora han realizado esta colaboración de manera completamente desinteresada: Patricia ha donado la ilustración, y Alvaro Moreno ha asumido el diseño y los costes de producción, fabricación y logística.

100 años del Domund

El Domund (Domingo Mundial de las Misiones) fue instituido por el Papa Pío XI en 1926. Con esta iniciativa, el pontífice quería que la misión no fuera solo un asunto de los misioneros, sino que toda la Iglesia se uniera un domingo al año (el penúltimo de octubre) en oración y cooperación económica con ellos.

El Papa encomendó a OMP encauzar la generosidad de todos los fieles para ayudar en su nombre de una forma equitativa cada año a las diócesis que habían sido creadas por los misioneros, conocidas como Territorios de Misión.

Desde entonces, el DOMUND se ha vivido con intensidad en la sociedad española, siendo uno de los países que, anualmente, más dinero aporta a esta labor. Además, España cuenta en la actualidad con cerca de 9.000 misioneros repartidos por el mundo. El centenario del Domund rinde homenaje a su entrega y servicio silencioso.

Vaticano

El Vaticano lanza la implementación del Sínodo en las diócesis en 2027-2028

Con un documento de 18 páginas titulado ‘Hacia las Asambleas 2027-2028’, la Secretaría general del Sínodo ha lanzado la fase de implementación o puesta en marcha en dos años en las diócesis. Se trata de un camino lanzado por el Papa Francisco, y confirmado por León XIV.

Francisco Otamendi·21 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

El documento de la Secretaría General del Sínodo sobre las Asambleas que se van a celebrar en 2027 y 2028, precisa en su subtítulo de lo que se trata en esta fase de implementación del Sínodo: “Etapas, criterios e instrumentos para la preparación” de estas fases.

Los encabezamientos de cada una de las cuatro fases de estos dos próximos años, definen el ámbito y las personas:

Se trata sucesivamente de:

  • Hacer memoria’ (etapa de las iglesias locales o eparquías, primer semestre de 2027); 
  • interpretar’ (etapa de las Iglesias locales de una Conferencia Episcopal, segundo semestre de 2027); 
  • orientar’ (etapa de las Iglesias locales de cada continente, primer cuatrimestre de 2028).
  • y ‘celebrar’ (octubre de 2028). Es el punto culminante de la asamblea eclesial en el Vaticano, “donde la Iglesia toda está llamada a reconocer, celebrar y revitalizar los frutos alcanzados en el camino de implementación del Sínodo».

Pregunta clave

A la luz del camino recorrido desde la conclusión del Sínodo 2021-2024, señala el texto de la Secretaría general que dirige el cardenal Mario Grech, y “con vistas a ofrecer sus frutos como un don a las demás Iglesias y al Santo Padre”, la pregunta clave es la siguiente:

“¿Qué rostro concreto de Iglesia sinodal misionera y qué nuevos caminos de sinodalidad están surgiendo en su comunidad?”

La pregunta se plantea en la introducción, y también al final del texto, al referirse a la dimensión celebrativa: “Cada grupo será invitado a ofrecer su propia contribución basada en la pregunta que anima todo el proceso”.

Raíz evangélica

La Secretaría general ancla su introducción en el Evangelio, en textos de san Lucas y de los Hechos de los Apóstoles.

De este modo, recuerda que “reunir a la Iglesia para reflexionar comunitariamente sobre lo sucedido y compartir las maravillas obradas por el Señor es una práctica arraigada en la experiencia del regreso de la misión relatada en el Evangelio: después de ser enviados de dos en dos, “los setenta y dos regresaron llenos de alegrı́a” (Lc 10,17), contando lo que el Señor habı́a realizado por medio de ellos.

Posteriormente, añade, “la Iglesia apostólica también retomó esta misma práctica, como leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: ‘Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron. Al dı́a siguiente, Pablo fue con nosotros a ver a Santiago, junto con todos los ancianos. Después de saludarlos, comenzó a contarles con detalle lo que Dios había hecho entre los gentiles por medio de su ministerio» (Hch 21,17-19; cf. Hch 14,27 y 15,4.12)”.

Sesión de trabajo de la segunda sesión del Sínodo sobre la Sinodalidad, presidida por el Papa Francisco en 2024 (CNS photo, Lola Gómez).

Tercera etapa del proceso, tras la consulta y las dos sesiones en Roma

El documento señala textualmente que “las Asambleas de 2027-2028, a cuya preparación se dedica este texto, forman parte de la fase de implementación del Sínodo, que constituye la tercera etapa del proceso delineado por la constitución apostólica Episcopalis communio, tras la consulta y escucha del Pueblo de Dios (2021-2023) y la fase de celebración, finalizada en las dos sesiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sinodo de los Obispos en octubre de 2023 y octubre de 2024”.

Documento final, y etapa confirmada por el Papa León

Con la entrega del Documento Final, el Papa Francisco inauguró esta nueva etapa, posteriormente confirmada y promovida por el Papa León XIV, recoge el texto.

Las Pistas para la Fase de Implementación del Sínodo (del 29 de junio de 2025 y disponibles en el sitio web www.synod.va) “delimitaron con mayor precisión el horizonte y el estilo de este camino, ofreciendo criterios y orientaciones iniciales”.

Ahora, “las reflexiones aquı́ presentadas buscan dar forma más concreta al proceso en curso, clarificando la participación de las Iglesias locales y los diversos ámbitos de la comunión eclesial”.

Papel de las Asambleas: paso decisivo, maduración

Las Asambleas previstas para los próximos años “constituyen un paso decisivo en la implementación del Sínodo”, dice el documento preparatorio.

Como ya se destacó en las Pistas, “no se trata de añadir un paso formal ni de repetir lo vivido en fases similares del Sı́nodo 2021-2024, sino de ayudar a las Iglesias a transformar su experiencia en sabidurı́a compartida”. 

“Lo que está en juego no es simplemente la continuidad de un proceso, sino su maduración”, añade.

El propósito es “a la vez sencillo y exigente: reconocer lo que el Espı́ritu Santo ha realizado, comprender los retos que aún marcan el camino e identificar, con realismo y confianza, los pasos a seguir.”

En este sentido, aclara el texto, “las Asambleas no son una verificación técnica, sino oportunidades de discernimiento, de corresponsabilidad y de acción de gracias, dentro de un proceso compartido por toda la Iglesia”.

Miembros del Sínodo junto al Papa, en la primera sesión de la Asamblea general, en el aula Pablo VI (©CNS photo/Lola Gomez).

Más precisiones: no es repetir la fase de consulta

Las Asambleas y su preparación “no consisten en repetir la fase de consulta del Sı́nodo, sino en aprender de la experiencia vivida, reconocer los frutos y las dificultades, reajustar las prioridades y los procesos a la luz de un discernimiento cuidadoso, fortalecer la corresponsabilidad entre las entidades eclesiales y fomentar un auténtico intercambio de dones entre las Iglesias”.

Escuchar la voz del Espíritu Santo

En todo esto, prosigue el texto, “sigue siendo crucial mantener una escucha atenta a la voz del Espı́ritu Santo a la luz de la Palabra de Dios: las Asambleas no son una consulta sociológica ni un dinamismo deliberativo. 

La calidad de la oración, de la escucha y del compartir es más importante que la cantidad de materiales producidos, que deben ser esenciales y con objetivos bien enfocados”.

Responsabilidad: el obispo diocesano, clave

Como podía imaginarse, la mayor responsabilidad del proceso recae en el obispo diocesano o eparquial, para las Asambleas diocesanas y eparquiales, en el presidente de la Conferencia Episcopal para las Asambleas nacionales o regionales, y en los responsables de las instancias continentales para las Asambleas a ese nivel, señala el documento.

También se aclara que los equipos sinodales “no son simples estructuras operativas, sino organismos que han desarrollado una experiencia de escucha y corresponsabilidad que debe preservarse y desarrollarse”.

Por lo tanto, “donde aún no se haya hecho, es fundamental reactivar y apoyar a los equipos sinodales diocesanos, nacionales y continentales, comunicando su composición a la Secretarı́a General del Sı́nodo”.

Como nota a pie de página, el texto indica que “el registro para la inscripción de equipos sinodales diocesanos, nacionales y continentales está disponible” aquí.

Composición de las asambleas

El texto subraya que “la composición de las Asambleas debe ser coherente con su propósito. No se trata simplemente de representar a una diócesis o a la Iglesia de un paı́s o región, sino de asegurar la presencia de personas conocedoras de los procesos en curso y capaces de interpretarlos teológica y pastoralmente”. 

La selección de participantes, añade, “debe garantizar una atención adecuada a las relaciones entre hombres y mujeres y entre diferentes generaciones, la diversidad cultural y eclesial -incluidos sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, miembros de asociaciones, movimientos y nuevas comunidades, ası́ como fieles no integrados en estructuras organizadas –y a la presencia de personas en situación de vulnerabilidad o marginación”.

Se debe prestar especial atención a la participación de los párrocos, precisa asimismo, y es importante valorar “las voces que no proceden directamente de estructuras eclesiales y, cuando sea el caso, incluir la participación de representantes de otras Iglesias y comunidades cristianas o de otras religiones”.

Sobre la Asamblea eclesial de 2028

Más que un punto de llegada, “la Asamblea Eclesial es el momento en el que el camino recorrido se reconduce a la unidad, se abre a nuevos desarrollos y se confía al discernimiento de la Iglesia toda, bajo la responsabilidad del Santo Padre”

Un Instrumentum laboris específico propondrá el contenido y el método de trabajo a la luz del camino emprendido.

En esta etapa, por lo tanto, “la acción eucarística y el discernimiento se entrelazan: lo vivido se reconoce como un don, se comparte con alegría y se confía a la responsabilidad de toda la Iglesia, para que continúe generando vida bajo la guía del Santo Padre”.

El autorFrancisco Otamendi

Recursos

La resurrección del cuerpo en el centro de la pascua

La pascua nos llama a contemplar la vida como una realidad a la que la muerte no pone fin: nuestra alma es inmortal y nuestro cuerpo resucitará.

Valle Rodriguez Castilla·21 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

Parece que esta realidad del cuerpo resucitado en su destino final no resuena con mucha contundencia y claridad en nuestros tiempos, tampoco en este tiempo litúrgico de la Pascua en el que es aun más propio.

En Navidad, por ejemplo, la fe, la liturgia y la cultura se dan la mano y no hay quien dude de lo que estamos celebrando. Algo parecido sucede en Semana Santa. Los misterios del nacimiento, la pasión y la muerte de nuestro Señor Jesucristo se desbordan de la liturgia y se expresan en una nutrida y enraizada cultura de tradiciones que la piedad popular secunda: luces, belenes, árboles de Navidad, cabalgatas, cenas, villancicos y regalos, procesiones, nazarenos, mantillas, penitencias, morados y negros, y velas. Todos estos signos y otros más son parte de los mismos significados que la Iglesia rememora en estos tiempos litúrgicos. 

Por otro lado, el Domingo de Resurrección abre la Pascua y, dentro de las iglesias, se estrena el cirio pascual, el blanco se erige en protagonista y se canta el Aleluya. Mas allá de estos signos de la liturgia, llega el final de la Pascua con el Domingo de Pentecostés y los pueblos —en sus calles y en sus gentes— apenas han expresado la alegría de la resurrección. Bueno, sí, quizás con escaso conocimiento del sentido, lo hacen los huevos de Pascua.

No cabe duda que, para aumentar la resonancia de la resurrección de Jesucristo (y la nuestra), faltan tradiciones (y catequesis) en la vida de la Pascua. Para poder poner la resurrección de los cuerpos en el centro de la Pascua, se echa en falta una verdadera y experiencial pedagogía de la Pascua.

La luz de la Teología del Cuerpo sobre la resurrección del cuerpo.

Hoy por hoy, las catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano son una onda antropológica expansiva que alcanza y enfoca con más luz la resurrección de nuestros cuerpos.

Si nuestros cuerpos son teológicos, si —como descubrimos en la Teología del Cuerpo— el cuerpo es una vía de conocimiento de Dios, si se puede hacer teología desde el cuerpo… el cuerpo no puede llegar y topar con el límite de la muerte, el cuerpo ha de resucitar, ha de llegar hasta Dios y poder permanecer en Él para la vida eterna.

Para ello, la primera lámpara que enciende el Papa polaco es la de la Revelación. Juan Pablo II da al ON en aquel «caso práctico» que los saduceos plantearon al Señor sobre la ley del levirato, sobre aquella mujer que había sido esposa de siete maridos que eran hermanos: «Después de todos ellos, murió la mujer. Entonces, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será esposa?, porque la tuvieron todos» (Mt 22, 27-28; Mc 12, 22-23; Lc 20, 32-33).

Desde la respuesta del Señor (te animo a meditarla en el pasaje de Lc 20, 34-38), Juan Pablo II inicia el tercer ciclo de su Teología del Cuerpo sobre la resurrección de la carne y, a través de nueve catequesis, hace una «reconstrucción teológica» de lo que será el «hombre escatológico», el varón y la mujer resucitados en sus cuerpos para la vida eterna. Resumimos en doce, algunos de sus rasgos:

1. La resurrección como estado del todo nuevo de la misma vida humana.

La resurrección, a pesar de que significa la recuperación de la corporeidad y el restablecimiento de la vida humana en su integridad mediante la unión del cuerpo con el alma, es un estado del todo nuevo de la misma vida humana. (Por eso, los discípulos no reconocían al Señor resucitado)

2. La resurrección como perfección de lo personal.

En la futura resurrección, los hombres reasumirán sus cuerpos en «la plenitud de la perfección propia de la imagen y semejanza de Dios». La resurrección consistirá en la perfecta realización de lo que en el hombre es personal, propio y exclusivo de cada uno.

3. La resurrección de la masculinidad y la feminidad.

En la resurrección se mantendrá la peculiaridad masculina o femenina: resucitaremos como varones o como mujeres. Aunque el sentido de ser en el cuerpo varón o mujer será constituido y entendido en el «otro mundo» de un modo nuevo y diferente a como lo fue «desde el principio» y en toda la dimensión de la existencia en la tierra.

4. El matrimonio y la procreación no son parte de este futuro de resurrección.

Por eso, «cuando resuciten de entre los muertos, no tomarán mujer ni marido» (Mc 12, 25). El matrimonio pertenece exclusivamente a «este mundo», es una realidad histórica. En el «mundo de Dios», Dios lo llenará «todo en todos» (1 Cor 15, 28).

La procreación tampoco es parte del futuro escatológico del hombre. El «otro mundo» es el cumplimiento definitivo del género humano, el cierre definitivo de los seres que fueron creados a imagen y semejanza de Dios.

Puede ser complicado de entender, pero así es: el matrimonio y la procreación en sí mismos no determinan definitivamente el significado originario y fundamental de ser cuerpo ni del ser, en cuanto cuerpo, varón y hembra —lo que Juan Pablo II llama en su Teología del Cuerpo el «significado esponsal» del cuerpo. El matrimonio y la procreación dan solamente una realidad concreta a aquel significado en las dimensiones de la historia. La resurrección indica el final de la dimensión histórica.

Por tanto, las palabras «cuando resuciten de entre los muertos, no tomarán mujer ni marido» (Mc 12, 25) no solo expresan qué significado no tendrá el cuerpo humano en el mundo futuro; sino que nos permiten también deducir que el significado esponsal del cuerpo en la resurrección corresponderá de modo perfecto tanto al hecho de que el hombre, como varón-mujer, es persona creada a «imagen y semejanza de Dios», como al hecho de que esta imagen se realiza en la comunión de las personas: el significado esponsal del cuerpo como un significado perfectamente personal y comunitario a la vez.

5. La perfecta espiritualización del hombre resucitado.

El ser «como ángeles en el cielo» nos permite deducir una espiritualización del hombre según una dimensión diferente a la de la vida terrena (y a la del mismo «principio»). Esto no significa que la naturaleza humana se transforme en una naturaleza angélica (puramente espiritual). Seguiremos conservando nuestra naturaleza psicosomática pero con otro grado de espiritualización: nuestro cuerpo será un «cuerpo espiritual»: sin oposición recíproca del espíritu y el cuerpo, con la perfecta participación de todo lo que en el hombre es corpóreo en lo que en él es espiritual; siendo un cuerpo impregnado de espíritu; con una perfecta armonización de la actividad del espíritu con la del cuerpo; en una perfecta sensibilidad de los sentidos… Las cotas más altas y perfectas de todo lo humano en el cuerpo, una verdadera trans-humanización por la supremacía de las fuerzas del espíritu en el cuerpo.

6. La fundamental divinización de la humanidad.

La divinización de lo humano tiene raíces de filiación divina. Los hijos de la resurrección son hijos de Dios. Por ello, la divinización en la vida eterna es incomparablemente superior a la de la vida terrena, no solo en grado sino también en género. Esto es un fruto de la gracia, del comunicarse de Dios a todo el hombre (alma, cuerpo y espíritu), en el más personal donarse de Dios al hombre.

7. La glorificación del cuerpo:

El fruto en la otra vida de esta espiritualización divinizante es la simplicidad y el esplendor del cuerpo glorioso, la glorificación del cuerpo: toda la alegría y la paz y la luz de los cuerpos como signos distintivos de haber sido creados en el mundo visible; de haber experimentado nuestros cuerpos como medios para el recíproco comunicarnos entre las personas, como expresión auténtica de la verdad y del amor con que hemos construido la comunión de las personas.

8. La comunión con Dios, «la visión cara a cara».

La comunión con Dios es la plena participación en la vida interior de Dios, en la misma realidad trinitaria. Así, del don de sí mismo por parte de Dios al hombre y el recíproco don de sí del hombre a Dios nacerá en el hombre un amor de tal profundidad y fuerza de concentración sobre Dios mismo que absorberá completamente su entera subjetividad psicosomática, todo su yo, también su cuerpo (estado virginal del cuerpo).

9. La comunión de los santos.

Tal concentración del conocimiento y del amor sobre Dios será la fuente del redescubrimiento de sí mismo por parte del hombre (de la subjetividad de cada uno); y, desde ella, el redescubrimiento de esa unión que es propia del mundo de las personas y que es una unión de comunión (la intersubjetividad de todos), la comunión de los santos.

10. La vida en el Espíritu.

Cada uno, con la Resurrección del cuerpo, participaremos plenamente del don del Espíritu vivificante, es decir, del fruto de la Resurrección de Cristo.

11. Todos llevamos la imagen de Adán y la imagen de Cristo resucitado.

Lo que el cuerpo humano es en la experiencia histórica del hombre no está totalmente desligado de las otras dos dimensiones de su existencia: el origen y el destino final. El hombre lleva, en cierto sentido, estas dos dimensiones en lo profundo de la experiencia del propio ser. 

La humanidad del primer Adán lleva en sí una particular potencialidad para llegar a ser el segundo Adán, Cristo. Nuestra humanidad corruptible lleva en sí la potencialidad de la incorruptibilidad. La experiencia terrena (incluida la muerte y la destrucción del cuerpo) son el substrato y la base del nuevo estado de la existencia en el «otro mundo».

En este sentido, el filósofo y teólogo ruso Solovyev decía que el artista cristiano es el que ve en lo que tiene delante lo que será cuando resucite y transmite la intuición de la resurrección. 

12. Las llagas de los cuerpos resucitados.

La nueva plenitud de la humanidad en el otro mundo no es solo restitución, no es sin más una vuelta al principio. Esto dejaría de lado la experiencia del pecado (y su huella).

La plenitud del otro mundo contará con toda la historia del hombre: una historia formada por el drama del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal y, al mismo tiempo, impregnada por el misterio de la redención. La redención es camino a la resurrección. Por eso nuestras llagas prevalecerán como las de Cristo, y pasará por ellas la luz de la Gloria Eterna.

Evangelización

La causa de don Giussani va de Milán a Roma: “un hombre de Dios”

Miles de personas acompañaron en la basílica de San Ambrosio de Milán la clausura diocesana de la causa de beatificación y canonización de don Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación. El arzobispo Mario Delpini le calificó como “un hombre de Dios que guió a muchos al encuentro con Cristo”.

Francisco Otamendi·21 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

La basílica de San Ambrosio de Milán y su pórtico exterior acogieron el pasado jueves a más de diez mil personas que no quisieron perderse un nuevo paso eclesial de la causa de beatificación y canonizaciòn del siervo de Dios Luigi Giussani (Desio, 1922 – Milán 2005), fundador del movimiento Comunión y Liberación.

Se trató de la clausura de la fase diocesana del proceso, presidida por el arzobispo de Milán, Mario Delpini, ante personas de edades, historias y procedencias muy diversas, unidas por el encuentro con don Giussani y con el movimiento.

La documentación relativa a la fase diocesana ocupa miles de páginas reunidas en 27 cajas, selladas y lacradas, que serán enviadas estos días a Roma, al Dicasterio de las Causas de los Santos de la Santa Sede, donde el proceso continuará su camino.

Tres motivos de alegría

“Es un momento de alegría que nace de la experiencia de una gracia”, afirmó el arzobispo Mario Delpini.

“Un primer motivo de alegría es reconocer en Luigi Giussani a un hombre de Dios, es decir, un sacerdote que con su vida, sus palabras y su carisma guió a otros hacia el encuentro con Cristo”.

Un segundo motivo se debe al reconocimiento de don Giussani como un hombre de Iglesia, como han recogido la propia Fraternidad de Comunión y Liberación (CL), y la agencia vaticana. El proceso, por tanto concluye en Milán, y pasa al discernimiento de la Iglesia,.

El tercer motivo de gracia es el reconocimiento de la historia que a través del carisma de don Giussani “os hace protagonistas”, manifestó el arzobispo.

Un mensaje que tocaba lo más profundo de su humanidad

“Mediante su carisma, muchas personas de todas las edades y de todos los países han reconocido una palabra dirigida personalmente a ellos, un mensaje que tocaba lo más profundo de su humanidad, una apertura de horizontes que llegaba a su corazón”, añadió el arzobispo Delpini.

Davide Prosperi, presidente de la Fraternidad de CL, manifestó la gratitud y alegría de todo el movimiento. “Quiero expresar la inmensa alegría de todos los miembros de CL por este paso fundamental en el recorrido con que la Iglesia reconoce la bondad del testimonio de vida cristiana de don Giussani, para la propia Iglesia y para el mundo”.

El agradecimiento llegó también al arzobispo Delpini, a monseñor Apeciti, a la postuladora Chiara Minelli y a todos los miembros de la diócesis ambrosiana que han trabajado en la causa de beatificación y canonización.

Ahora hay que mirar adelante, hacia el camino trazado por don Ciussani. “Queremos continuar con más decisión aún en comunión con el Papa y con toda la Iglesia”, dijo en presencia de la Dra. Linda Ghisoni, Subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, así como representantes de otros movimientos.

Al acto asistieron autoridades civiles de Milán y la Región de Lombardía, y varios obispos. Entre ellos, Andrea Bellandi, arzobispo de Salerno-Campagna Acerno; Massimo Camisasca, obispo emérito de Reggio Emilia-Guastalla; Ivan Maffeis, arzobispo de Perugia-Città della Pieve y consejero espiritual de la Fraternidad de CL; Giovanni Paccosi, obispo de San Miniato; Corrado Sanguineti, obispo de Pavía; y Filippo Santoro, Arzobispo Emérito de Taranto.

Libros de don Giussani

El 15 de octubre de 2022 se cumplieron 100 años de su nacimiento, y miles de miembros de CL llenaron la Plaza de San Pedro en un encuentro con el Papa Francisco. El Santo Padre manifestó, entre otras cosas, su “personal gratitud por el bien que me hizo, como sacerdote, meditar algunos libros de don Giussani, cuando era un joven sacerdote; y lo hago también como Pastor universal por todo lo que él supo sembrar e irradiar en todas partes por el bien de la Iglesia”.

El autorFrancisco Otamendi

Evangelio

Corazones que comprenden. Domingo de Pentecostés (A)

Vitus Ntube nos comenta la lecturas del Domingo de Pentecostés (A) correspondiente al día 24 de mayo de 2026.

Vitus Ntube·21 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

El tiempo de Pascua culmina con el envío del Espíritu Santo, que desciende sobre María y los Apóstoles en el Cenáculo. Este acontecimiento poderoso marca, no solo el comienzo de la misión de la Iglesia en el mundo, sino también un nuevo inicio en la vida de cada creyente.

A primera vista, la primera lectura y el Evangelio parecen presentar dos relatos distintos de la venida del Espíritu Santo, casi como si hubiera dos Pentecostés. En el Evangelio de Juan, Jesús resucitado se aparece a los apóstoles y sopla sobre ellos, diciendo: “Recibid el Espíritu Santo”. En los Hechos de los Apóstoles, en cambio, el Espíritu desciende con viento y fuego en Pentecostés. No se trata de relatos contradictorios, sino complementarios. Juan nos muestra la fuente del Espíritu -Cristo resucitado-, mientras que Lucas nos muestra la dirección de la acción del Espíritu, que conduce a la Iglesia hasta los confines de la tierra.

En la primera lectura escuchamos que judíos de todos los pueblos bajo el cielo se encontraban en Jerusalén. Esta reunión ya señala la dimensión universal de la Iglesia y de la misión cristiana. El pueblo está confundido, pero no como en Babel. En Babel, la confusión condujo a la división y a la dispersión de los pueblos. Aquí, en cambio, la confusión da paso al asombro y a la admiración. Se preguntan: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?”. Lo que experimentan no es división, sino unidad en la diversidad. La división que comenzó en Babel ahora es deshecha por el Espíritu Santo.

A los Apóstoles se les concede el don de lenguas: la capacidad de hablar de modo que todos puedan comprender. Pero Pentecostés no trata solo de hablar; también trata de escuchar. Junto al milagro del habla está el igualmente importante milagro de la comprensión. La gente es capaz de escuchar, acoger y entender. Así como vemos lenguas de fuego posarse sobre los Apóstoles, también podemos imaginar corazones encendidos entre quienes escuchan: corazones abiertos para oír y comprender las maravillas de Dios.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que hay muchos dones, pero un mismo Espíritu. Entre estos dones está el de la comprensión, la capacidad de captar el sentido de la acción de Dios en nuestras vidas. Esta es la obra del Espíritu: no solo hablar, sino hacernos comprender.

Hoy, entonces, pedimos al Espíritu Santo este don de la comprensión: reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas, conocer más profundamente a Jesucristo y permitir que nuestros corazones ardan dentro de nosotros al escuchar su palabra. Pedimos corazones que puedan ser tocados, incluso traspasados, por la verdad del Evangelio.

Pero este don no es solo para nuestra relación con Dios. También necesitamos comprensión en la vida cotidiana, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestras comunidades. La capacidad de escuchar verdaderamente, de comprender a los demás y de entrar en su experiencia es también obra del Espíritu Santo.

La misión de la Iglesia es anunciar a Cristo a todas las naciones. Esto requiere el don de lenguas. Pero, con la misma importancia, requiere el don de la comprensión: que quienes escuchan puedan realmente recibirlo. Por eso, no pedimos sólo el don de lenguas para nosotros, sino también el don de la comprensión para quienes nos escuchan, y para nosotros mismos cuando escuchamos a los demás.

Vaticano

El Papa comienza un ciclo sobre liturgia y prepara Pentecostés del domingo

El Santo Padre León XIV ha comenzado esta mañana un ciclo de catequesis sobre la liturgia, y ha implorado al Espíritu Santo, al dirigirse a los peregrinos de diversas lenguas, que les colme con sus dones.

Francisco Otamendi·20 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

La próxima Pentecostés, que la Iglesia celebra este domingo 24 de mayo, ha impregnado casi todas las palabras del Papa León XIV a peregrinos de diversas lenguas. Pero la noticia está en que el Santo Padre ha comenzado una catequesis sobre la Sagrada Liturgia, que desarrollará en las próximas semanas.

“Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC)”, ha dicho el Pontífice.

Al elaborar esta Constitución, “los Padres conciliares quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo”. 

Armenia, y oración por la paz en Líbano y Oriente Medio

En la Audiencia ha estado presente, en lugar preeminente junto al Santo Padre en la Plaza de San Pedro, Aram I, Catolicós de la Iglesia Apostólica Armenia de Cilicia, que fue recibido el lunes en el Vaticano por el Papa.

Hoy, León XIV ha manifestado el deseo de que esta visita constituya “un paso más hacia la plena unidad”.

Asimismo, el Sucesor de Pedro ha pedido que recemos “también por la paz en el Líbano y en Oriente Medio, nuevamente asolados por la violencia y la guerra”.

A los de lengua inglesa, española, portuguesa, polacos…

En sus palabras a los fieles y peregrinos de diversas lenguas, el Papa se ha referido a la próxima fiesta de Pentecostés, con diversos matices. A los de lengua inglesa ha dicho que “invoca la alegría y la paz de Jesús Resucitado”. A los de lengua española, ha invitado a pedir “al Espíritu Santo que nos ayude a dejarnos formar intensamente por la liturgia, para que toda nuestra vida sea una continua acción de gracias”.

A los de lengua portuguesa, ha animado a pedir “una renovada efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia”. Y a los polacos, les ha recordado que “hace cuarenta años, san Juan Pablo II publicó la encíclica ‘Dominum et vivificantem’». En ella recordaba que el Espíritu Santo es la ‘Luz de los corazones’ y nos permite ‘llamar por su nombre al bien y al mal”.

Ética en el deporte: el verdadero objetivo, el respeto del adversario

El Papa ha saludado también, en lengua italiana, al movimiento de la ética en el deporte. Les ha dicho: “ustedes tienen una misión noble, custodiar el alma del deporte. Recuerden que el verdadero objetivo no es la victoria material sino el respeto del adversario, la lealtad del juego, y la inclusión de todos”.

En la santa liturgia, con el poder del Espíritu, Él sigue actuando 

En la catequesis de la Audiencia, el Papa ha comenzando diciendo que la liturgia “toca el corazón mismo de este misterio (el misterio de Cristo). Es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra Redención» (SC, 2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9)”.

Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, el pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz, ha continuado el Papa. “En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cf. SC, 7)”.

En la Eucaristía, la Iglesia se convierte en lo que recibe

Aquí ha citado a San Agustín, quien escribió que al celebrar la Eucaristía, la Iglesia “recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe”: se convierte en el Cuerpo de Cristo, “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). Esta es “la obra de nuestra redención”, que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión. 

La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex orandi, lex credendi— , ha proseguido León XIV. Y al mismo tiempo, “plasma la identidad eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó san Juan Pablo II”.

Queridísimos, ha alentado el Papa, “dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis”.

El autorFrancisco Otamendi

Libros

Historia de la alegría

El historiador Alain Corbin traza un viaje al interior de la intimidad humana para analizar la evolución y el impacto de la alegría a lo largo de los siglos. Desde las fuentes bíblicas hasta el pensamiento ilustrado y la filosofía de Spinoza.

José Carlos Martín de la Hoz·20 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

El profesor de la Universidad de la Sorbona, Alain Corbin, realiza en este trabajo un viaje al interior de la intimidad que resulta de una gran actualidad, pues aborda en directo la importancia y la historia de la alegría.

Es muy interesante que Corbin no tenga ningún reparo en reconocer que la mejor fuente para conocer la verdad y la sustancia de la alegría está en la Sagrada Escritura y, por supuesto, en el Nuevo Testamento y, especialmente, en las palabras directas de María Santísima, en el maravilloso canto del Magnificat: canto de alegría y de agradecimiento infinito al Creador: “Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi Salvador” (Lc 1,47).

El camino hacia la visión beatífica

Después de un recorrido por el Medievo llega a la inolvidable figura de Chateaubriand en su Genio del cristianismo, para describir bellamente el increíble paraíso que nos tiene preparado Dios, nada menos que la visión beatífica (35).

Efectivamente, Bossuet afirmará que, como dice el mandato bíblico, si amamos a Dios con todo corazón, con toda nuestra inteligencia y con todas nuestras fuerzas, regocijándonos en Su gloria, la alegría no nos puede ser arrebatada, pues es “la alegría que tenemos del Ser de Dios” (40).

Tiempo después, Pascal hablará de la fuerza del amor de Dios y de la alegría del converso: “Así el alma se regocija por haber encontrado un bien que no le puede ser arrebatado mientras lo desee: ella se aniquila, adora y bendice a Dios en silencio” (42).

Liturgia y festividades comunitarias

Enseguida, traerá nuestro autor a colación la liturgia y los tiempos destinados a la alegría por la Iglesia: “La autoridad religiosa prescribe entonces varios momentos en los que se invita al fiel a experimentar la alegría en lo más profundo de su ser, al tiempo que el conjunto de los fieles manifiesta colectivamente una gran alegría” (43). En concreto, se detendrá a hablar de las fiestas personales: “desde la Edad Moderna, la celebración solemne de la primera comunión es una gran alegría, en primer lugar, para el comulgante, pero también para toda su familia” (46).

Como contraste fuerte, se referirá a continuación a la alegría “satánica” y pone como ejemplo la envidia, presente en la historia humana desde Caín y Abel: “¿Quién no ha experimentado alguna vez en su vida un sentimiento de alegría, más o menos oscuro, ante los reveses de un competidor o de una persona que había despertado envidia, o incluso temor?” (51).

Intrigas y ambiciones de poder

La obtención del capelo cardenalicio por parte de Retz en 1652, en franca y abierta competencia con el cardenal Mazarino, es narrada con tanto detalle que hace sospechar al lector una crítica mordaz a las envidias y a las peleas tanto en la Curia romana como en la corte francesa: “este episodio de la vida del nuevo cardenal, cuya alegría se adivina a pesar de su reserva, demuestra la tenacidad de las intrigas en el seno de la Corte y del Vaticano, ya sea para impedir o para obtener el tan deseado ascenso” (58).

Cambiando de tercio se referirá a Baruch Spinoza, un autor actualmente de moda y muy cotizado, pues cada semana hay novedades editoriales que lo ensalzan, que editan sus textos y los comentan. Siempre siguiendo la estela de Hegel, quien lo tenía como el pensador clave de la historia.

La perspectiva filosófica de Spinoza

En primer lugar, recordará que, para Spinoza, Dios no se ve afectado por ningún sentimiento de alegría o de tristeza y por tanto deberíamos eliminar de la Escritura toda veleidad al respecto, como todo milagro. Por eso, para Spinoza, la Escritura debe ser interpretada de manera racional y no literal.

Enseguida aportará estos textos de Spinoza: “Todos los atributos de Dios son eternos y Dios es la causa de la existencia y de la esencia de las cosas”. Es más, afirmará Spinoza: “el hombre ya no es la unión del alma y del cuerpo, sino parte del universo homogéneo, parte que tiene su estructura singular” (61).

También afirmará que el hombre está dominado por la pasión de la alegría y de la tristeza. Además, las definirá así: “la alegría es la pasión por la cual el espíritu alcanza una mayor perfección; por tristeza, por el contrario, entiendo la pasión por la cual alcanza una menor perfección”. Por tanto, afirmará que conviene esforzarse por vivir con alegría y evitar la tristeza (61).

Lógicamente, añadirá poco después que “entender es entender a Dios, por quien todo existe, Dios que es la verdad y, por tanto, la fuente viva de la alegría más elevada (…). Amar a Dios no implica ninguna reciprocidad”. Pero señala Corbin: “Dios, según Spinoza, no ama ni odia a nadie. Se ama a sí mismo” (62). Aquí radica el gran error de Spinoza, que prescinde de la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia y por tanto de la experiencia vital de millones de cristianos que creemos que “Dios es Amor” y que nos lo ha revelado y nos ha concedido experimentarlo.

Terminará recogiendo el profundo subjetivismo de Spinoza: “Cuanto mayor es la alegría que nos embarga, mayor es la perfección a la que nos elevamos y, por consiguiente, más participamos de la naturaleza divina” (63).

Del deísmo a la familia cristiana

Al adentrarse en la Ilustración alemana, traerá el interesante testimonio de Schiller con su oda a la alegría de 1785, “donde hablará de la alegría íntima que nos anima bajo la égira de un Dios creador dotado de personalidad. Esta referencia al deísmo se aleja radicalmente del Dios de Spinoza y solo toma prestada una parte del Dios de los cristianos” (69).

No queremos terminar este breve comentario a la historia de la alegría de Alain Corbin sin hacer una referencia a la alegría en el seno de la familia cristiana, es decir, la de siempre, la de toda la vida, donde los hijos crecen en el amor y en la seguridad de unos padres que viven volcados en una esmerada educación y amplia cultura y a quienes procuran formar con muchas dosis de ternura y de confianza (97).


Historia de la alegría. Viaje al corazón de nuestra intimidad

Autor: Alain Corbin
Editorial: Alianza editorial
Año: 2026
Número de páginas: 179

FirmasMaría Paz Montero

La tierra sagrada

Los padres a menudo prefieren aferrarse a versiones superficiales o cómodas de la realidad de sus hijos, priorizando los logros visibles y el rendimiento por encima de las verdaderas e íntimas batallas que se libran en el interior del hogar.

20 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Una amiga organizó el cumpleaños de su hijo adolescente en su casa. En algún momento de la noche, uno de los invitados bebió de más y terminó vomitando en un baño. Entre varios adultos lo limpiaron un poco, lo dejaron durmiendo en una habitación y llamaron a sus padres para avisarles que el chico no estaba bien.

Del otro lado hubo un pequeño silencio y después una respuesta inmediata, casi aliviada:

—Uy, sí… yo sabía. Debe haberle caído mal la comida.

Mi amiga me lo contaba entre divertida y desconcertada. Porque no estamos hablando de padres ingenuos. Son adultos inteligentes, razonables, perfectamente conscientes del mundo en que viven sus hijos. Han escuchado infinitas veces conversaciones sobre alcohol adolescente, han ido a charlas, han leído correos del colegio. Y, sin embargo, prefirieron otra versión de la historia; una versión menos incómoda. 

La escena da un poco de risa porque todos reconocemos el mecanismo. Hay cosas que intuimos, pero que preferimos no mirar de frente. Y no ocurre solo con el alcohol.

El mecanismo de la negación

Pasa también cuando un profesor intenta mostrarnos algo incómodo sobre nuestro hijo y, antes de terminar de escuchar, empezamos interiormente a defenderlo. Pasa cuando una adolescente cambia de grupo una y otra vez y concluimos demasiado rápido que “le tienen envidia”. Pasa cuando vemos a una niña consumida por las notas, obsesionada con el peso o pendiente de manera enfermiza de la aprobación social, y reducimos todo a perfeccionismo, inseguridad o “presión de esta generación”, como si bastara nombrar las cosas para haberlas entendido.

Vivimos mirando lo visible porque lo visible tranquiliza. Las notas pueden medirse; las medallas se exhiben con facilidad. El rendimiento permite comparaciones rápidas, y las fotos felices en Instagram ayudan a construir la impresión de que todo está bien.

El corazón no tolera ser mirado con liviandad.

Y, sin embargo, el cristianismo siempre ha insistido justamente ahí. Cristo vuelve una y otra vez al corazón: ese lugar misterioso e inaccesible donde una persona decide qué ama, a qué le tiene miedo, cuánto necesita la aprobación de otros para sentirse valiosa, hasta dónde está dispuesta a ceder para pertenecer y qué clase de vínculos termina construyendo. 

El verdadero valor de una persona

“Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.”

No parece casualidad que el Evangelio insista tanto ahí, precisamente en una cultura obsesionada con lo visible. Porque cuando uno vive mirando solo lo superficial, termina dejando al hijo bastante solo justamente en el lugar donde más necesita compañía.

Y es ahí donde se juega lo importante: no en las calificaciones escolares ni en el podio deportivo. Tampoco únicamente en la universidad a la que logrará entrar o en esa cuenta de Instagram donde parece siempre feliz y rodeado de amigos.

Asómate ahí. Con inmenso cariño y con respeto, porque la tierra que pisas es tierra sagrada. Asómate para mirar qué está pasando realmente en ese corazón: qué cosas lo entusiasman y cuáles lo paralizan. Qué tipo de aprobación necesita desesperadamente. Cuánto miedo tiene a quedarse fuera. Qué dolor intenta esconder detrás de la obsesión por el rendimiento o por un cuerpo perfecto. Qué tan capaz es de sostener una amistad, sacrificarse por otro o reconocer un error sin derrumbarse.

Y también —porque no todo consiste en detectar heridas— asómate para maravillarte.

Conexiones en momentos cotidianos

Asomarse al corazón de un hijo rara vez ocurre en las grandes conversaciones planificadas. Ocurre muchas veces en momentos laterales: en el auto, tarde en la noche, mientras se lavan los platos, cuando el adolescente dice algo aparentemente pequeño y el adulto resiste la tentación inmediata de corregir, explicar o tranquilizar.

A través de muchos años impartiendo clases y tutorías a adolescentes, pocas veces me he encontrado con jóvenes convencidos de que sus padres están profundamente orgullosos de ellos porque luchan por hacer lo correcto, porque son honestos, porque intentan ser leales con sus amigos o porque tuvieron la humildad de reconocer una falta.

En cambio, suelen tener bastante claro cuándo generan orgullo por sus notas, por un triunfo deportivo o por esos logros visibles que cualquier adulto puede comentar delante de otros.

La mirada de la aceptación real

Y no se trata de que los padres sean frívolos o malos. Muchas veces ocurre algo más triste: nosotros mismos hemos aprendido a medir nuestro valor de esa manera. También nosotros vivimos agotados intentando demostrar que merecemos amor a través del rendimiento, del control o del éxito.

Quizá por eso nos cuesta tanto creer —de verdad— que Dios no nos ama principalmente por nuestros triunfos. Que lo que conmueve sus entrañas es otra cosa: el corazón real, frágil y a veces bastante desordenado de sus hijos.

Una de las cosas más decisivas que un niño aprende en su casa es precisamente qué aspectos de sí mismo despiertan amor, alegría, admiración o esperanza en quienes lo quieren. Los hijos terminan intuyendo con gran precisión qué cosas entusiasman a sus padres y cuáles apenas merecen atención. Descubren rápido si el amor parece expandirse con el éxito y retraerse con el fracaso, o si existe algo más estable debajo de todo eso.

Los hijos aprenden cómo mira Dios a partir de cómo son mirados en su casa. Aprenden lentamente –y mucho antes de comprenderlo intelectualmente- si el amor depende de cumplir ciertas expectativas o si puede permanecer incluso cuando aparecen la torpeza, la lentitud o el fracaso. 

Abrazar la imperfección

Quizá una parte importante de educar consista en renunciar al hijo impecable, brillante, equilibrado y siempre exitoso para encontrarse con este otro: más vulnerable, más contradictorio, a veces difícil, pero infinitamente digno de ser amado. 

En el pequeño duelo de abrazar al hijo real y no solamente al hijo imaginado aparece algo muy parecido al corazón de Cristo.

Un amor que no es ciego ni ingenuo, pero sí misericordioso. Un amor capaz de mirar la verdad sin retirar por eso la cercanía. Un amor magnánimo, que no reduce a la persona a su peor momento ni a su mejor rendimiento.

Tal vez eso sea, en el fondo, acompañar el corazón de un hijo: entrar ahí con suficiente delicadeza como para enseñarle —muy lentamente— a amar y también a dejarse amar.

El autorMaría Paz Montero

Periodista y profesora de Lenguaje y Literatura. Combina su trabajo docente con proyectos de difusión cultural. Recomienda libros en el Instagram @milesdebuenoslibros

Mundo

Vietnam, el nuevo pulmón de la Iglesia en Asia

Vietnam es, junto con Corea del Sur y Filipinas, uno de los grandes “motores” del cristianismo en Asia. Su situación actual es fascinante, pues tiene el reto de acompañar el crecimiento espiritual de muchos creyentes y la delicada relación con un gobierno comunista.

Francisco Otamendi·20 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

Mientras en no pocas partes del mundo la secularización avanza, la Iglesia católica en Vietnam muestra signos de enorme vitalidad en un contexto marcado por un gobierno comunista y una religión budista que sigue aproximadamente la mitad de la población, según Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) y otras fuentes como Pew Research Center.

Los fieles, la mayoría familias católicas, muestran una fe profunda en la vida cotidiana, y mantienen una presencia activa y creciente distribuida en 27 diócesis, con más de 3.400 parroquias y alrededor de 5.000 sacerdotes diocesanos y otros 2.000 religiosos.

En un momento en que en Europa se cierran conventos o parroquias, Vietnam vive una primavera de fe. Con una población de 102 millones de habitantes, el país cuenta ya con más de 7 millones de católicos, lo que le convierte en la quinta comunidad católica más grande de Asia.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? En 1960 la población de Vietnam era de 34 millones, y ahora (2026) se ha triplicado, incluso con una guerra de por medio, que terminó en 1975. Si entonces los católicos eran más o menos 2 millones, y ahora son más de 7, el “secreto” son en gran parte las familias católicas que tienen hijos y la difusión de una fe creciente.

En estas líneas veremos una breve radiografía sobre estos aspectos: “fiebre” constructora, vitalidad sacramental, el “milagro” de las vocaciones, los hitos diplomáticos, y lo que la religiosa vietnamita Tham, de la Congregación de las Misioneras de Cristo Jesús, explica a Omnes: “La Iglesia en Vietnam tiene una historia profundamente marcada por el sufrimiento y la fidelidad. Durante las persecuciones, muchos cristianos dieron su vida por la fe. Es el testimonio de los mártires”, sin el cual no se entiende apenas nada.

200 nuevas iglesias en 2025

El dinamismo católico se traduce en iniciativas pastorales constantes y en un compromiso misionero que trasciende las fronteras. Uno de los fenómenos más visibles es la intensa actividad edificadora.

Vietnam construye una media de 200 iglesias al año, algunas de ellas auténticas catedrales con capacidad para miles de personas. Estas construcciones responden a la demanda de espacio para el culto y reflejan el crecimiento de la comunidad.

Uno de los ejemplos más llamativos es la iglesia de Lang Van, en Ninh Binh, inaugurada en diciembre de 2025. Con estilo neogótico, capacidad para 5.000 personas y un campanario de más de 100 metros, es ya el templo católico más grande del sudeste asiático.

Sorprende que esta “fiebre” constructora, acompasada al crecimiento de la comunidad católica, tenga lugar con un gobierno comunista. Pero esta ha sido la apuesta gubernamental, en especial desde la pandemia.

Avance de relaciones diplomáticas 

En publicaciones oficiales como vietnam.es se ha recogido la audiencia en abril del Papa León XIV al presidente de la Asamblea Nacional de Vietnam, Tran Thanh Man, y su esposa, considerada de “gran importancia”. “Ambas partes buscan establecer relaciones diplomáticas plenas entre Vietnam y la Santa Sede, y facilitar una visita del Papa a Vietnam”, dice la información.

En este contexto, ambas partes “expresaron su satisfacción por los importantes y sustanciales avances logrados en las relaciones entre Vietnam y la Santa Sede, desde las reuniones entre altos dirigentes de ambos países hasta el establecimiento de la Oficina del Representante Permanente de la Santa Sede en Vietnam”. Se trata del arzobispo Marek Zalewski, primer Representante Papal residente en Hanoi (la capital) desde 1975, quien asegura que “la Iglesia en Vietnam está viva porque su gente está viva”.

El sacerdote David Rolo (Toledo, 1974), misionero del Verbum Dei que reside en Roma tras trabajar 6 años en el país vietnamita, ofrece a Omnes un dato: “en tiempos de la pandemia, la Conferencia Episcopal vietnamita hizo una llamada a todos los fieles, para atender las necesidades de las personas que estaban sufriendo”. Y el gobierno reconoció el beneficio social de la Iglesia católica en el país.

Vida sacramental

La vida sacramental muestra igual dinamismo, con más de 100.000 bautizos anuales y una asistencia a Misa dominical que alcanza entre el 64 % y el 90 % en zonas rurales y comunidades dedicadas, donde familias enteras participan en celebraciones litúrgicas de carácter comunitario.

Por experiencia propia, la Hermana Tham asegura que “la fe vivida en las familias y en las parroquias sigue siendo fundamental”. El P. David Rolo añade que “las familias católicas siguen teniendo un buen número de hijos, y hay muchos jóvenes, hombres y mujeres, provenientes de familias católicas, que desean seguir a Jesús en la vida consagrada o en la vida sacerdotal”.

El “milagro” de las vocaciones

Quizá el aspecto más llamativo del crecimiento sea el florecimiento vocacional. Los 11 seminarios mayores del país funcionan a plena capacidad con más de 2.800 seminaristas, a los que se suman unas 31.000 religiosas y religiosos entregados al servicio de la Iglesia. El sacerdote Joseph Dinh Quang Hoan, de la diócesis de Thai Binh y actualmente en Roma estudiando gracias a una beca de la Fundación CARF, dice: “En Vietnam hay muchos jóvenes dispuestos a servir a la Iglesia. El número de vocaciones en la Iglesia vietnamita es muy elevado. En mi diócesis de Thai Binh, una diócesis pequeña, tenemos actualmente cerca de 100 seminaristas y muchos religiosos, monjas y hermanos”.

Este abundante número de vocaciones ha permitido a la Iglesia vietnamita comenzar a exportar sacerdotes y religiosos a Europa y Estados Unidos, donde apoyan comunidades con escasez de clero. El propio Hoan explica su vocación formativa: “Venir a Roma a estudiar no es sólo mi sueño, sino el sueño de muchos creyentes vietnamitas. Quiero estudiar todo lo que pueda para poder volver a servir a la formación intelectual en mi diócesis”. Hoan también menciona que en su diócesis se está construyendo el seminario mayor del Sagrado Corazón, por lo que se necesitan profesores cualificados para acompañar este crecimiento sostenido.

Raíces históricas: la sangre de los mártires

El beato Andrés Phú Yên, primer mártir del país nacido en 1625, sigue siendo referente para la Iglesia en Vietnam. Con ocasión del 400 aniversario de su nacimiento, el Papa León XIV dirigió un mensaje a los más de 64.000 catequistas vietnamitas recordando que Andrés “recibió el bautismo, colaboró con los misioneros jesuitas, fue arrestado por su fe y asesinado a los 19 años tras negarse a renunciar a Cristo. Murió diciendo: ‘Jesús’”. El Pontífice agradeció a los catequistas su entrega: “Con vuestra enseñanza y vuestro ejemplo, atraen a los niños y a los jóvenes a la amistad con Jesús”.

Vietnam cuenta además con 117 mártires canonizados, entre ellos san Andrés Dung-Lac y compañeros, cuyo testimonio en tiempos de dura represión sigue inspirando a las nuevas generaciones. Estos mártires, canonizados por san Juan Pablo II en 1988, corresponden a un período de persecuciones entre 1745 y 1862, durante el cual miles de cristianos vietnamitas fueron ejecutados por su fe. Fides, OMP Press o Asia News han señalado que los catequistas desempeñan un papel clave en la evangelización en áreas remotas donde el acceso a sacerdotes es limitado.

El legado de cardenales vietnamitas

La Iglesia vietnamita también ha dado a la Iglesia figuras cardenalicias de gran relieve. El cardenal François Xavier Nguyen Van Thuan, detenido 13 años en cárceles comunistas entre 1975 y 1988, se convirtió en símbolo de resistencia pacífica al celebrar Misa en secreto con tres gotas de vino y un poco de agua sobre la mano y escribir El camino de la esperanza, compuesto por 1001 pensamientos dedicados a sus fieles durante su cautiverio.

El autorFrancisco Otamendi

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España

Cuenta atrás para la llegada del Papa León XIV a España

La organización del viaje ha presentado una campaña comunicativa que preparará el terreno para la llegada del pontífice.

Redacción Omnes·19 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

Dos spots, algo más largos de lo habitual, uno referido a la amistad y el encuentro a pesar de las diferencias y otro, sobre la necesidad de conocer y tratar a los demás “alzando la mirada” serán los dos relatos audiovisuales con los que España prepara la visita del Papa León XIV

Rafael Rubio, Coordinador de Comunicación Nacional de la visita; Gabriel González Andrío, Responsable de Marketing y Campañas de la visita; Marcos Tejeiro, Director General de UM (Omnicom Media España) y Sara de la Torre, Directora de Comunicación de la Archidiócesis de Madrid, han compartido con la prensa algunas novedades y avances de los preparativos de la visita del pontífice a España. Durante tres semanas, los martes, se darán a conocer estos avances en las diversas sedes. 

Los spots: “Metro” y “Nuevos (viejos) amigos””

“Metro” y “Nuevos (viejos) amigos” son las dos cápsulas de vídeo, que se proyectarán fundamentalmente en televisiones y redes sociales, con las que la organización de la visita papal “aspira a interpelar tanto a creyentes como a no creyentes”.

La campaña ha contado con Omnicon Media para la planificación estratégica; con Ábside Media para la producción y con TheCyranos para la creatividad. Sobre este aspecto, Gabriel González Andrío ha querido agradecer a los voluntarios, no actores, que protagonizan estos spots y cómo quieren reflejar esta necesidad de superar la polarización y especialmente, a establecer relaciones personales superando las diferencias y prejuicios, como preparación a la llegada del Papa y en consonancia con los mensajes que, en este sentido, ha ido lanzando el Papa León XIV desde el inicio de su pontificado. 

Los actos de Madrid

Sara de la Torre ha avanzado algunos aspectos de los actos y celebraciones que presidirá León XIV en Madrid. 

En este sentido, ha explicado el recorrido de la procesión del Corpus Christi, presidida por el pontífice que partirá desde Cibeles, donde se celebrará la Santa Misa, por la calle Alcalá hasta la altura de la parroquia de San José. Allí dará la vuelta, regresando al punto de partida.  

De la Torre ha querido puntualizar además que “para la distribución de la comunión en la Santa Misa de Cibeles se ha establecido un plan estratégico para evitar que alguien quede sin comulgar. En este sentido, “500 sacerdotes y 1.800 ministros extraordinarios de la comunión, estarán distribuidos a lo largo de todo el espacio y además, 6 parroquias del entorno: San José, la basílica de Jesús de Medinaceli, San Jerónimo, San Manuel y San Benito, Santa Bárbara y el centro cultural de la villa, serán ‘parroquias eucarísticas’, a las que se puede acudir a comulgar en el caso de no llegar a uno de estos ministros”. Hay que apuntar que, a día de hoy, hay 250.000 personas registradas para esta celebración de la Santa Misa en Cibeles. 

La directora de Comunicación de la Archidiócesis de Madrid ha desvelado, además que, en todo el entorno de Castellana se establecerán diversos “puntos de escucha”. Una iniciativa pastoral que se lleva a cabo en la Archidiócesis madrileña hace tiempo y que tendrá su expresión visible en estos días, con el objetivo que cualquier persona que quiera y lo necesite, pueda ser escuchado por agente de esta pastoral, formados para ello, e iniciar un proceso de acompañamiento. 

La participación

Además se han dado a conocer algunas de las cifras de participación de las que se teine constancia. Además del cuarto de millón de asistentes a la Misa y procesión del Corpus, Rafael Rubio ha dado a conocer que hay unos 160.000 inscritos para la Vigilia del sábado; 36.000 en la Santa Misa de Gran Canaria y 25.000 para la de Tenerife. No se han dado los datos correspondiente a los actos en Barcelona. 

Equipaciones de voluntarios y merchandising

La rueda de prensa ha servido para dar a conocer, además, las equipaciones de los voluntarios y la organización de estas celebraciones. Los voluntarios y organización irán equipados con camisetas y gorras de diferente color, según su labor: 

Rojo para el staff general, naranja para los voluntarios, azul para voluntarios de accesibilidad y verde para los voluntarios de información. Junto a esto, el merchandising de esta visita ya está disponible en la tienda online de El Corte Inglés y en la web Conelpapa.es.  Los beneficios irán íntegros a sufragar los gastos del viaje y además gracias a la colaboración de la Fundación Contemplare, también están a la venta productos religiosos elaborados por distintos conventos de clausura de España.